Ante el fallecimiento de

Julián Marías Aguilera

Valladolid 17 junio 1914 / Madrid 15 diciembre 2005

El jueves 15 de diciembre de 2005 falleció en Madrid, tras una larga enfermedad y a los 91 años de edad, el filósofo español Julián Marías:

  1. Fallece Don Julián Marías, www.javiermarias.es
  2. Fallece el filósofo Julián Marías, EFE
  3. Fallece el académico y filósofo Julián Marías, Europa Press
  4. Muere a los 91 años el filósofo y escritor Julián Marías, Reuters
  5. Muere el filósofo y escritor Julián Marías a los 91 años, Tele 5
  6. Muere Julián Marías, ABC
  7. Murió el filósofo y escritor Julián Marías, Cadena 3 Argentina
  8. Muere el filósofo Julián Marías a los 91 años de edad, Estrella Digital
  9. Muere el filósofo Julián Marías, La Nueva España
  10. Gustavo Bueno destaca su «acción infatigable» Europa Press
  11. Miguel Delibes enaltece el magisterio filosófico de Julián Marías Terra
  12. Julián Marías. ¡Por mí que no quede! Agapito Maestre
  13. Aguirre anuncia un premio de humanidades 'Julián Marías' LD
  14. Javier Marías: «España ha sido bastante cicatera con mi padre» Tele 5
  15. Savater destaca su importancia a la hora de «acercar» la filosofía EP
  16. Salvador: ha sido un ejemplo de coherencia y de decencia moral Terra
  17. Julián Marías encarna espíritu transición, según nieto Ortega Terra
  18. Ha muerto Marías: Cebrián descansa en paz Eulogio López
  19. La filosofía como vida Gustavo Bueno
  20. En la senda del pensamiento de Ortega José Luis Molinuevo
  21. La universidad ausente Helio Carpintero
  22. Un eslabón solitario del pensamiento español Germán Cano
  23. Muerte de la nación y olvido de los libros Jorge Urrutia
  24. La palabra certera Víctor García de la Concha
  25. Civilidad del pensamiento español Antonio Garrigues Walker
  26. Sólo admiración y agradecimiento Esperanza Aguirre Gil de Biedma
  27. Don Julián Santiago Castelo
  28. Adiós a Julián Marías Manuel Martín Ferrand
  29. En la muerte de Julián Marías Libertad Digital
  30. Un hombre que deja huellas Ricardo Roa
  31. Humanismo vital Andrés Ortiz-Osés
  32. La visión responsable Helio Carpintero
  33. Un notable eslabón de la filosofía orteguiana José Luis Abellán
  34. La segunda muerte de Julián Marías Daniel Martín
  35. Julián Marías, in memóriam Emilio Ruiz
  36. Julián Marías: geometría sentimental Rafael Pérez Ortolá
  37. Adiós al gran maestro Mariano Grondona
  38. Sobresaliente ensayista... Lorenzo Gomis
  39. Una filosofía no definitiva Miquel Escudero
  40. El gusto de pensar Domingo Ródenas Moya
  41. Marías, valor y esperanza Miguel Escudero
  42. El humo ciega tus ojos Luis Ignacio Parada
  43. Julián Marías y la realidad de España Joaquín Calomarde
  44. Una vida presente Ignacio Sánchez Cámara
  45. La mesura del pensador Carlos Seco Serrano
  46. Una idea de España Francisco José Martín
  47. Volvemos a estar en casa Antonio Piedra
  48. Julián Marías Francisco Javier Elena
  49. Julián Marías: el jardinero fiel Manuel Barrios Casares
  50. El español confiado Manuel Gregorio
  51. Julián Marías o la sensatez Pío Moa
  52. A don Julián Marías, filósofo liberal español Fernando R. Genovés
  53. Todo un sospechoso hasta el fin César Alonso de los Ríos
  54. Muerte de mi amigo Carmen de Zulueta
  55. Julián Marías y la vida perdurable José Luis Sánchez García
  56. Julián Marías con Gijón al fondo Ramón Avello
  57. Fue todo un maestro Javier Gómez Cuesta
  58. Marías en el Doña María Francisco Correal
  59. Marías: maestro Antonio Castellano
  60. Esquela ABC

Fallece Don Julián Marías

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página principal de www.javiermarias.es el jueves 15 de diciembre de 2005


Fallece el filósofo Julián Marías

Agencia EFE, Madrid, jueves 15 de diciembre de 2005, 12:00
Marías obtuvo el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades en 1996

efe/j.l cerejido Académico. Fotografía de archivo, tomada el 5 de junio de 1996, del filosofo y escritor Julián Marías, que murió hoy en Madrid a los 91 años Madrid. El académico y escritor Julián Marías ha fallecido en Madrid a los 91 años, según informaron fuentes de la Real Academia Española, institución de la que era miembro y en donde ocupó el sillón «S» desde 1964. Nacido en Valladolid en 1914, Marías era doctor en Filosofía por la Universidad de Madrid. Fue fundador con Ortega y Gasset del Instituto de Humanidades (1948-1950) e impartió docencia en varias universidades de Estados Unidos, entre ellas Wellesley College, Harvard, Yale e Indiana. Fue director del Seminario de Estudios de Humanidades y también miembro de la Real Academia de Bellas Artes y doctor honoris causa en Teología por la Universidad Pontificia de Salamanca.

Entre sus obras sobre filosofía y pensamiento destacan: Historia de la Filosofía; Introducción a la Filosofía; Miguel de Unamuno; Antropología metafísica y La perspectiva cristiana. Cabe mencionar entre sus libros varios títulos dedicados al tema de España, tales como La España real; La devolución de España; España en nuestras manos; España ante la historia y ante sí misma; España inteligible: razón histórica de las Españas y 25 años del reinado de Juan Carlos I.

Julián Marías obtuvo el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades junto con el periodista italiano Indro Montanelli en 1996.


Fallece el académico y filósofo Julián Marías

Agencia Europa Press, Madrid, jueves 15 de diciembre de 2005, 12:00

Julián Marías Madrid. El académico y filósofo Julián Marías ha fallecido en Madrid a los 91 años, según informaron a Europa Press fuentes de la Real Academia Española, institución de la que era miembro y en donde ocupó el sillón «S» desde 1964. Nacido en Valladolid en 1914, Marías era doctor en Filosofía por la Universidad de Madrid. Fue fundador con Ortega y Gasset del Instituto de Humanidades (1948-1950) e impartió docencia en varias universidades de Estados Unidos, entre ellas Wellesley College, Harvard, Yale e Indiana. Fue director del Seminario de Estudios de Humanidades y también miembro de la Real Academia de Bellas Artes y doctor honoris causa en Teología por la Universidad Pontificia de Salamanca.

Entre sus obras sobre filosofía y pensamiento destacan: Historia de la Filosofía; Introducción a la Filosofía; Miguel de Unamuno; Antropología metafísica y La perspectiva cristiana. Cabe mencionar entre sus libros varios títulos dedicados al tema de España, tales como La España real; La devolución de España; España en nuestras manos; España ante la historia y ante sí misma; España inteligible: razón histórica de las Españas y 25 años del reinado de Juan Carlos I.

Julián Marías obtuvo el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades junto con el periodista italiano Indro Montanelli en 1996.


Muere a los 91 años el filósofo y escritor Julián Marías

Agencia Reuters, Madrid, jueves 15 de diciembre de 2005, 13:00

Madrid. El filósofo, académico y escritor Julián Marías murió el jueves en Madrid a los 91 años de edad, informaron medios.

Marías, autor de más de 50 libros de pensamiento y sillón «S» de la Real Academia Española de la Lengua desde 1964, fue también senador por designación real en la primera legislatura de la democracia, entre 1977 y 1979.

Considerado uno de los principales continuadores de la obra del gran José Ortega y Gasset y de Xabier Zubiri, entre otras muchas distinciones recibió en 1996 el Premio Príncipe de Asturias de las Humanidades junto con el periodista italiano Indro Montanelli.

Entre sus muchas obras escribió La educación sentimental (1992) o el Tratado de lo mejor. La moral y las formas de la vida (1995).

Este doctor en Filosofía que fue miembro de la Academia de Bellas Artes, era un gran admirador del cine y realizó críticas cinematográficas.

Marías, nacido en Valladolid el 17 de junio de 1914, era el padre del también escritor y periodista Javier Marías.

«Es una figura no solo en la cultura española sino en la cultura occidental, ha sido un gran filósofo y pensador», declaró a Radio Nacional de España Elio Carpintero, catedrático de Psicología de la Facultad de Filosofía de la Universidad Complutense, conocedor y discípulo de la obra del filósofo.

«Tuvo una extraordinaria lucidez a la hora de contemplar los problemas filosóficos y de la sociedad», añadió, tras calificar a Marías de «figura honesta y sin compromiso».

Carpintero destacó su labor en la primera legislatura, cuando se estaba elaborando la Constitución y expresó su preocupación porque figurara la idea de que España era una nación. «Sus palabras hacían ver un problema que está ahí latente y que nuestra sociedad tendrá que saber resolver», agregó.


Muere el filósofo y escritor Julián Marías a los 91 años

Informativos Tele 5, Madrid, jueves 15 de diciembre de 2005, 13:00
Un larga enfermedad ha acabado con la vida del filósofo y escritor Julián Marías. El pensador ha muerto en su domicilio familiar de Madrid a los 91 años de edad, informaron fuentes familiares

Julián Marías Los restos mortales de Marías serán trasladados al tanatorio de la Paz, en la carretera de Colmenar. Será enterrado este viernes en el cementerio madrileño de la Almudena. Alumno y continuador de la obra filosófica de José Ortega y Gasset y Xavier Zubiri, Marías era miembro de la Real Academia de la Lengua desde 1964 y fue senador por designación real de 1977 a 1979. Nacido en Valladolid, en 1914, el pensador es autor de numerosas obras, entre las que destacan Historia de la Filosofía, Idea de la metafísica, La escuela de Madrid, Antropología filosófica y España inteligible.


Discípulo de Ortega y Gasset

Muere Julián Marías, el filósofo que protegió la llama del pensamiento liberal en el siglo XX

ABC, Madrid, jueves 15 de diciembre de 2005, 13:00

Julián Marías Julián Marías, filósofo, académico, ensayista y colaborador asiduo de ABC, falleció en Madrid a los 91 años víctima de una enfermedad cardiovascular

Madrid. Julián Marías hizo suya la frase de José Ortega y Gasset, de quien fue su mejor discípulo, de que la claridad es la cortesía del filósofo. Y así, valiéndose de una vocación temprana, vertebró sus ideas en torno a la defensa de la libertad y a una inagotable preocupación por la condición humana.

Filósofo, sociólogo y ensayista, Julián Marías nació en Valladolid el 17 de junio de 1914. A los cinco años se trasladó a Madrid con su familia, ciudad en la que estudió el Bachillerato en el Instituto Cardenal Cisneros y la carrera de Filosofía y Letras en la Universidad Complutense, por la que se licenció y posteriormente obtuvo el doctorado. «En mi casa –decía él mismo– recibí una actitud de respeto y de interés por el pensamiento y la literatura, pero con la Filosofía no tropecé hasta que entré en la Universidad».

Modelo intelectual. En efecto, su propósito era cursar estudios científicos, pero a los dieciséis años sintió una gran preocupación por las cuestiones esenciales y una irrefrenable atracción por la literatura y la historia. De esta manera, improvisó el Bachillerato de Letras, compaginando su aprendizaje en el laboratorio de Biología con las clases de Introducción a la Filosofía de Zubiri, el hombre que le puso en contacto con los grandes pensadores clásicos: Aristóteles, Platón, San Agustín o Descartes.

A los dieciocho años conoció a José Ortega y Gasset, a cuya cátedra de Metafísica acudía diariamente con apasionado interés. Su maestro constituyó para él «un modelo de intensidad intelectual, de un rigor de pensamiento, de una belleza de expresión, que nos parecía la forma más perfecta que se podía alcanzar». Con él fundó en 1948 el Instituto de Humanidades de Madrid, del que Marías fue director.

La idea de la autenticidad, verdadera esencia de su pensamiento, se vislumbra ya en sus primeras publicaciones del año 34 en la revista «Cruz y Raya». Su primer libro, «Historia de la Filosofía», apareció en 1941. En él proclama su absoluta e irrenunciable fidelidad a los principios intelectuales de Ortega y Gasset. «Lo hice a sabiendas, con plena conciencia y desde entonces me dediqué a organizar una modesta vida privada, cuyo principio se podía resumir en decir con frecuencia no».

Vendrían después obras como «Introducción a la Filosofía», «Filosofía española actual», «Ortega y la idea de la razón vital», «El método histórico de las generaciones», «La escolástica en su mundo y el nuestro», «Antropología Metafísica» y «Breve tratado de la ilusión».

Encarcelado por una falsa acusación. Tras el paréntesis de la Guerra Civil –en la que fue encarcelado durante tres meses por una falsa acusación y liberado en agosto de 1939– tuvo dificultades para publicar sus artículos y se le impidió impartir clases como profesor de Filosofía y Letras. A principios de los cincuenta y tras ser «vetado» para acceder a la cátedra que Ortega dejó vacante, Marías impartió cursos como profesor invitado en las Universidades norteamericanas de California, Harvard, Yale y Puerto Rico, entre otras muchas. Como conferenciante expuso su pensamiento en los más importantes centros culturales del mundo, al tiempo que reflexionaba sobre la actualidad desde las páginas de ABC, del que ha sido uno de sus más asiduos y fieles colaboradores.

En octubre de 1964 fue elegido miembro de número de la Real Academia Española, para ocupar el sillón «S», que había dejado vacante Wenceslao Fernández-Florez. Ocho meses después, el 20 de junio de 1965, leyó su discurso de ingreso sobre «La realidad histórica y social del uso lingüístico», que fue contestado por Rafael Lapesa. Su gran amigo Pedro Laín Entralgo solía referirse a Marías en su triple condición de maestro de la libertad, pensador de la circunstancia y escritor de casta, «que viene enseñando a los españoles a vivir como hombres libres».

En 1931 conoció en la Universidad a la que sería su mujer desde 1941, Dolores Franco Manera, con quien tuvo cuatro hijos: Miguel, Fernando, Javier y Álvaro. «Mi mujer fue lo más importante de mi vida. Con su muerte desapareció mi proyecto vital de tantos años, lo que le había dado su sentido. Yo ya no soy yo, ni mi casa es ya mi casa». Esta frase, tantas veces repetida tras el fallecimiento de su esposa en 1977, mostraba su desesperación ante esta desaparición de la que sólo le consolaba su convencimiento de que la vida no termina con la muerte: «Si así fuera, la felicidad sería un engaño».

De hecho, una de sus mayores satisfacciones fue la presentación en 1998 de la cuarta edición de «España como preocupación», escrito por Dolores Franco. El libro reflexiona sobre el ser de España a través de lo que de ella dijeron nuestros grandes escritores, desde Cervantes hasta Ortega, haciendo especial referencia a los hombres del 98. Marías aseguró entonces que tenía especial interés en que esta obra se reeditara para que la lean los jóvenes en una época «en la que se está haciendo la caricatura de la historia española de este siglo; una caricatura vergonzosa, una calumnia de España».

En 1971 fue elegido correspondiente de la Academia de Artes y Ciencias de Puerto Rico. Fue además miembro de la «Hispanic Society of America», de Nueva York; del «Institut International de Philosophie», de la «International Society for the History of Idees», y del «Council of Scholars» de la Biblioteca del Congreso de Washington.

Senador real. El 15 de junio de 1977 Don Juan Carlos le nombró senador real y en enero de 1979 fue elegido presidente de la Fundación de Estudios Sociológicos (FUNDES). En el verano de 1980 fue nombrado catedrático «honoris causa» por la Universidad de la ciudad de Buenos Aires y cinco meses después tomó posesión de la recién creada cátedra «José Ortega y Gasset de Filosofía Española», de la Universidad Nacional de Educación a Distancia. En diciembre de 1982, Julián Marías fue el primer intelectual en lengua castellana nombrado miembro del Consejo Internacional Pontificio para la Cultura, creado por el Papa Juan Pablo II.

De su imprescindible bibliografía –es autor de más de cincuenta libros– cabe citar los siguientes títulos: «Introducción a la Filosofía», «Historia de la Filosofía», «Nuevos ensayos de Filosofía», «La Escolástica en su mundo y en el nuestro», «Estructura social», «Ortega y la idea de la razón vital», «El existencialismo en España», «Idea de la Metafísica», «Biografía de la Filosofía», «Ortega, circunstancias y vocación», «Nuestra Andalucía», «La España real», «La devolución de España», «Método histórico de las generaciones», «Los españoles», «La imagen de la vida humana», «El oficio del pensamiento», «Justicia social y otras injusticias», «La mujer en el siglo XX», «Cinco años de España», «Problemas del Cristianismo», y «Ser español», entre otros.

Libro de memorias. En diciembre de 1988 presentó el primer tomo de sus memorias, «Una vida presente», que recoge su vida de 1914 a 1951 y que definió como «una narración vital que pretende poseer la vida y comunicarla, y un compendio de gratitudes». En 1989 completó las memorias con la publicación de otros dos volúmenes. Entre los galardones que ha recibido destacan el premio Fastenrath por «Miguel de Unamuno»; el Kennedy del Instituto de Estudios Norteamericanos, de Barcelona; el Juan Palomo por «Antropología metafísica», el Gulbenkian de Ensayo, el de la Academia del Mundo Latino; el Ramón Godó de Periodismo, el León Felipe de Artículos Periodísticos, el del Colegio Oficial de Farmacéuticos de Madrid y el Mariano de Cavia, que recibió en 1985 por su artículo «La libertad en regresión», publicado en la Tercera de ABC.

En abril de 1988 fue galardonado con el premio Castilla y León de las Letras, Ese mismo año le fue concedido el premio Bravo, que otorga la Conferencia Episcopal. El 16 de diciembre de 1990 ingresó en ]a Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, con el discurso titulado «Reflexión sobre el cine». El filósofo ocupaba plaza en la sección de Artes de la Imagen.

En 1991 inauguró en París la cátedra Miguel de Cervantes, creada por el Comité de Lengua Española de la UNESCO, con una conferencia sobre el autor del Quijote. Ese mismo año presentó su nuevo libro «Cervantes clave española» en la Universidad de San Juan de Puerto Rico y formó parte del Comité de Expertos de la Exposición Universal de Sevilla. Obtuvo en 1996 el premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades.

Marías, que se consideraba miembro de lo que él mismo denominó Escuela de Madrid, ha presentado de forma sistemática los temas capitales filosóficos a la luz de la filosofía de la razón vital. Presidente de la asociación Fundes-Club de los 90, en 1993 publicó «Literatura y fantasma», una recopilación de ensayos y artículos, todos ellos sobre asuntos literarios. El 1994 se le dedicaron diversos homenajes con motivo de su 80 cumpleaños, entre ellos tres mesas redondas en el Instituto de España, donde Julián Marías enfocó su trayectoria como escritor, como filósofo y como humanista. ABC Cultural le dedicó entonces unas páginas especiales a un pensador esencial.


Murió el filósofo y escritor Julián Marías

Cadena 3 Argentina, Buenos Aires, jueves 15 de diciembre de 2005, 13:00

Julián Marías El filósofo y escritor Julián Marías ha muerto en Madrid a los 91 años, según informaron fuentes de la Academia de la Lengua. Alumno y continuador de la obra filosófica de José Ortega y Gasset y Xavier Zubiri, Marías era miembro de la Real Academia de la Lengua desde 1964 y fue senador por designación real de 1977 a 1979.

Los restos mortales de Marías serán trasladados al tanatorio de la Paz, y serán enterrados el viernes, en el cementerio madrileño de la Almudena, aunque la hora está por precisar.

Marías, quien ocupa el sillón «S» de la Real Academia de la Lengua desde 1964, obtuvo el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades junto con el periodista italiano Indro Montanelli en 1996.

Alumno de José Ortega y Gasset en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Complutense de Madrid, fue profesor invitado en las Universidades norteamericanas de California, Harvard, Yale y Puerto Rico. Tuvo cuatro hijos, uno de ellos, el conocido novelista Javier Marías.

Es autor de más de 50 libros, entre los que se encuentran La educación sentimental (1992) o el Tratado de lo mejor. La moral y las formas de la vida (1995), en el que hace un recorrido por la desorientación moral de la época actual.

Gran aficionado al cine, durante muchos años destacó también en la labor periodística, sobre todo en sus asiduas colaboraciones en el diario ABC.

En los últimos años, Marías había manifestado su decepción porque «la filosofía se haya abandonado». «Hasta en Alemania, que era un país con una interesante trayectoria filosófica, se ha perdido la vocación por la filosofía. Y eso que la sociedad contemporánea la necesita más que nunca», decía. Por eso, asumía, con cierto sentido del humor, que «los filósofos somos cuatro gatos sin ninguna importancia social».


Muere el filósofo Julián Marías a los 91 años de edad

Estrella Digital, Madrid, jueves 15 de diciembre de 2005, 13:00
Alumno y continuador de la obra filosófica de José Ortega y Gasset y Xavier Zubiri, Marías era miembro de la Real Academia de la Lengua desde 1964

Estrella Digital/Efe. Madrid. El filosofo y escritor Julián Marías murió hoy en Madrid a los 91 años, informaron a Efe fuentes de la Academia de la Lengua. Alumno y continuador de la obra filosófica de José Ortega y Gasset y Xavier Zubiri, Marías era miembro de la Real Academia de la Lengua desde 1964 y fue senador por designación real de 1977 a 1979. Los restos mortales del filósofo, que falleció en su domicilio de Madrid, serán trasladados a un Tanatorio al norte de la ciudad y mañana serán enterrados en el cementerio de La Almudena, uno de los más antiguos de la capital de España.

Julián Marías, filósofo, sociólogo y ensayista, nació en Valladolid, España, el 17 de junio de 1914. A los cinco años se traslada a Madrid con su familia, donde estudió el Bachillerato en el Instituto Cardenal Cisneros y después se doctoró en Filosofía y Letras en la Universidad Complutense donde tuvo como profesores a Zubiri y a José Ortega y Gasset.

Conoció a este último en 1932 y fue su discípulo y amigo durante veintitrés años. Fue cofundador con Ortega y Gasset del Instituto de Humanidades de Madrid, del que más tarde fue director.

Es el gran continuador e impulsor de la obra de Ortega y ha ampliado y actualizado la idea orteguiana de la «razón vital». Es también un gran estudioso de Unamuno.

Entre 1935 y 1936 fue redactor de los «Cuadernos» de la Facultad de Filosofía y Letras de Madrid. Colaboró, asimismo, en la revista «Cruz y Raya», en la que en 1934 aparecieron sus primeros trabajos.

Tras el paréntesis de la guerra civil española, en la que fue encarcelado durante tres meses por una falsa acusación y liberado en agosto de 1939, pasó dificultades para publicar sus artículos y se le impidió trabajar como profesor de Filosofía y Letras.

En 1941 pudo publicar su primera obra, Historia de la Filosofía, en la «Revista de Occidente», a la que siguió La Filosofía del padre Gratry, el libro Miguel de Unamuno, varias traducciones de clásicos y una antología, El tema del hombre.

A principios de los cincuenta, y tras ser «vetado» para acceder a la cátedra que Ortega dejó vacante, Julián Marías imparte cursos como profesor invitado en las Universidades norteamericanas de California, Harvard, Yale y Puerto Rico.

En octubre de 1964 fue elegido miembro de número de la Real Academia Española de la Lengua, para ocupar el sillón «S», que dejó vacante Wenceslao Fernández Florez. El 20 de junio de 1965 leyó su discurso de ingreso que versó sobre «La realidad histórica y social del uso lingüístico», y fue contestado por Rafael Lapesa.

En 1971 fue elegido correspondiente de la Academia de Artes y Ciencias de Puerto Rico. Julián Marías es además miembro de la «Hispanic Society of America», de Nueva York; del «Institut International de Philosophie», de la «International Society for the History of Idees», y de la «Council of Scholars» de la Biblioteca del Congreso de Washington.

El 15 de junio de 1977 el Rey don Juan Carlos le nombró senador real, y en enero de 1979 fue elegido presidente de la Fundación de Estudios Sociológicos (FUNDES).

En el verano de 1980 fue nombrado catedrático «honoris causa» por la Universidad de la ciudad de Buenos Aires, y el 19 de noviembre de ese año, tomó posesión de la recién creada cátedra «José Ortega y Gasset de Filosofía Española», de la Universidad Nacional de Educación a Distancia.

En diciembre de 1982, fue nombrado miembro del Consejo Internacional Pontificio para la Cultura, creado por el Papa Juan Pablo II el 20 de mayo de 1982. Julián Marías fue el primer intelectual en lengua castellana designado miembro de esta institución.

Es autor de más de cincuenta libros –entre ellos–: Introducción a la filosofía; Historia de la filosofía; Nuevos ensayos de filosofía (1968), La Escolástica en su mundo y en el nuestro; Estructura social; Ortega y la idea de la razón vital; El existencialismo en España; Idea de la Metafísica; Biografía de la Filosofía; Ortega, circunstancias y vocación; Nuestra Andalucía; La España real; La devolución de España; Método histórico de las generaciones; Los españoles; La imagen de la vida humana; El oficio del pensamiento; La España posible en tiempos de Carlos III, editada en 1963 y reeditada en 1988; Justicia social y otras injusticias; La mujer en el siglo XX; Cinco años de España; Problemas del Cristianismo; y Ser español, en 1987.

En diciembre de 1988 presentó el primer tomo de sus memorias, Una vida presente, que recoge su vida de 1914 a 1951. En 1989 completó las memorias con la publicación de otros dos volúmenes.

El 16 de diciembre de 1990 ingresó en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, con el discurso titulado Reflexión sobre el cine. El filósofo ocupa plaza en la sección de Artes de la Imagen.

El 23 de abril de 1991 inauguró en París la cátedra Miguel de Cervantes, creada por el Comité de Lengua española de la UNESCO, con una conferencia sobre Miguel de Cervantes, con ocasión del aniversario de su muerte. Ese año presentó su nuevo libro Cervantes clave española en la Universidad de San Juan de Puerto Rico y formó parte del Comité de Expertos de la EXPO de Sevilla, puesto que ejerció hasta julio de 1991.

Candidato al Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades, en las ediciones de 1987, 1990, 1991, 1992 y 1993, lo obtuvo finalmente en 1996. En 1992 fue candidato al Premio Menéndez Pelayo y presentó la obra La educación sentimental.

El 26 de junio de 1994 publicó, con motivo de sus ocho décadas de vida, el artículo Ochenta años en el rotativo argentino La Nación en el que colabora desde 1948. Ese año, y también con motivo de su aniversario, se celebraron en Madrid varios homenajes, entre ellos tres mesas redondas en el Instituto de España, donde Julián Marías enfocó su trayectoria como escritor, filósofo y humanista.

El 9 diciembre de 1997 presentó en Madrid la obra Sobre el Cristianismo en la que recopiló una serie de ensayos en los que aborda los problemas y desafíos de la Iglesia Católica en el tercer milenio. Al año siguiente recogió en dos volúmenes titulados El curso del tiempo el mundo y sus cambios en los últimos 20 años.

Uno de los últimos actos a los que ha asistido el ensayista fue a la LX Feria del Libro de Madrid en junio de 2001 a la presentación del libro que sobre su vida y obra editó la Diputación de Valladolid, y de la que es autor el catedrático Helio Carpintero. Anteriormente, enero de 2001, el escritor participó en Madrid en el ciclo de conferencias sobre «Veinte siglos de vidas en España». Además de los mencionados galardones en junio de 1994 fue designado por el Ayuntamiento de Madrid Hijo Adoptivo de la Villa.

Sus obras están traducidas al inglés, alemán, portugués, holandés y griego.

Era viudo desde 1977. Estuvo casado desde 1941 con Dolores Franco Manera a quien conoció en la Universidad. Tiene cuatro hijos: Miguel, Fernando, Javier y Alvaro.


Muere el filósofo Julián Marías

La Nueva España, Oviedo, jueves 15 de diciembre de 2005, 13:47

Fotografía de archivo, tomada el 8 de noviembre de 1996, del filosofo y escritor Julián Marías al recibir el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades de manos de Don Felipe en el teatro Campoamor de Oviedo. Marías murió hoy en Madrid a los 91 años El filósofo y escritor Julián Marías murió hoy en Madrid a los 91 años, según informaron fuentes de la Academia de la Lengua. Amigo y discípulo de Ortega y Gasset, seguidor y estudioso de su obra y su «razón vital» era un intelectual liberal que «miraba a la vida» y que escribió más de sesenta libros.

Los restos mortales de Marías serán trasladados al tanatorio de la Paz, en la carretera de Colmenar, y serán enterrados mañana, viernes, en el cementerio madrileño de la Almudena, aunque la hora está por precisar.

Alumno y continuador de la obra filosófica de José Ortega y Gasset y Xavier Zubiri, Marías era miembro de la Real Academia de la Lengua desde 1964 y fue senador por designación real de 1977 a 1979.

Nacido en Valladolid, en 1914, el pensador es autor de numerosas obras, entre las que destacan Historia de la Filosofía, Idea de la metafísica, La escuela de Madrid, Antropología filosófica y España inteligible. EFE


Julián Marías

Gustavo Bueno destaca su «acción infatigable»
y el «mérito» de su trabajo

Agencia Europa Press, Madrid, jueves 15 de diciembre de 2005, 16:28

Oviedo. El filósofo Gustavo Bueno destacó hoy «la acción infatigable y el mérito del trabajo» realizado por Julián Marías (Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades 1996), fallecido hoy en Madrid. El pensador valoró positivamente la influencia que Marías ejerció a través de su obra, especialmente con la Historia de la filosofía y aseguró tener «un recuerdo afectuoso» del fallecido a quien conoció personalmente y visitó en su casa en el año 1942.

«Su primer impacto lo logró con su obra 'La historia de la filosofía', de gran influencia. Fue un libro muy idealista lo cual para muchos era un mérito, pero de aquello no queda prácticamente nada», dijo Bueno.

El pensador se refirió asimismo a la influencia de Ortega en la obra de Marías, a quien definió, no obstante, como «un Dios menor». «La obra de Julián Marías no es la de Ortega. Marías es un expositor, un divulgador, muy trabajador que dominaba el lenguaje», dijo Bueno.

De entre las aportaciones más valoradas de la obra del filosofo fallecido, Bueno destacó su planteamiento sobre «la España inteligible» que consideró como «algo muy apreciable».

Gustavo Bueno también mencionó la desvinculación de Marías del mundo universitario durante la etapa franquista. «Tuvo la suerte de no estar en la Universidad en aquella época y ejercer, pese a ello, una influencia importante con su obra». Recordó asimismo que sus libros se vendieron «más que nunca con Franco».

Insistió en la influencia que tuvo la obra del filosofo fallecido durante generaciones. «Mantuvo un estilo que para muchos hoy sigue vigente, pero que para mí habría que revisar, aunque evidente no despreciar», concluyó Bueno.


Miguel Delibes enaltece el magisterio filosófico de Julián Marías

Terra Actualidad, Madrid, jueves 15 de diciembre de 2005, 19:00

El escritor Miguel Delibes expresó su pesar por la muerte del pensador Julián Marías, fallecido hoy en Madrid a los 91 años, de quien enalteció su faceta de maestro, «lo que él quiso ser de muchacho y la España oficial le negó reiteradamente», manifestó a través de un comunicado remitido a Efe.

«En una época en la que no era fácil encontrar un intelectual que se expresara con maestría, con belleza y espontaneidad, hubo uno excepcionalmente dotado que fue Marías Aguilera. Contra viento y marea, el académico ahora fallecido extendió su fama y defendió su nombre por España, Europa y América Latina», añadió Delibes.

El novelista definió a Marías como «un ensayista cabal» y «un orador completo», cuyo continente y contenido de sus discursos «rimaba a la perfección sin necesidad de guiones ni notas complementarias». Ensalzó también su capacidad para el «verbo fácil y expansivo», así como su condición de «crítico convincente» y de «orientador de mentes jóvenes inclinadas a la filosofía».

Recordó también Miguel Delibes la generosidad de quien mediada la década de los setenta le propuso para ingresar en la Real Academia de la Lengua dentro de una candidatura, la del novelista vallisoletano, que también avalaron Vicente Aleixandre y Pedro Laín Entralgo.

«La noticia de la muerte de Julián Marías me ha afectado profundamente. Hace cincuenta años Julián ya significaba mucho para mí, desde mis escapadas estivales a Soria hasta su referencia personal que duró muchos años», afirmó el autor de El hereje.

Miguel Delibes concluyó que «no es esta ocasión de ensalzar su figura, sino de llorar su muerte, de expresar mi sentimiento a los que lamentan como yo su pérdida».


Julián Marías

¡Por mí que no quede!

Libertad Digital, Madrid, jueves 15 de diciembre de 2005, 19:34
por Agapito Maestre

España está de luto. Ha muerto un maestro del pensamiento español. Un filósofo. Ha muerto un hombre ejemplar. Esto no es, sin embargo, una necrológica, sino el recuerdo de una obra viva para salvar a una nación, España, de su desaparición. Hoy, sin duda alguna, la obra de Marías es una referencia fundamental, una lección de ética política, para salvar el suelo y el espíritu sobre el que edificamos todos los españoles nuestros proyectos: España. Hoy, ante el cuerpo sin vida de Marías, los españoles de bien, los españoles, deben entonar la oración de Eugenio d'Ors: «Todo pasa: una sola cosa te será contada, y es tu obra bien hecha.» Marías nos deja una obra clave para salvar la circunstancia más grave, trágica, que vive España desde la Guerra Civil: la muerte de la nación española.

Por eso, precisamente, en nombre de la obra de Marías, esgrimiendo su argumentación precisa y su espíritu reconciliador entre todos los españoles, deberíamos abrir una iniciativa, una acción de moral ciudadana, para que ésta reciba el premio Cervantes, el mismo que en vida de su autor le negaron los mezquinos burócratas del Ministerio de la (In)cultura. Las cuentas estarían saldadas: si se reconociera a la obra, hoy más viva que nunca, lo que se negó a su autor. El reconocimiento nacional de la obra de Marías sería no sólo una señal significativa, una renovación del entusiasmo democrático, sino una afirmación de que España aún no ha sido vencida. España existe.

En la hora de su muerte sería un ingrato, un desagradecido, si ocultara la lección de inmortalidad que me dio una tarde de enero de 2003: «La gente admite con una frivolidad increíble que cuando alguien muere se acaba. ¿Cómo se va a acabar? El que crea eso es que no ha querido a nadie.» Ha muerto Julián Marías, pero su obra no ha hecho sino comenzar para quien aquella tarde, después de una conversación con el filósofo, escribió temblorosamente: «La filosofía no es para Marías un antídoto, un consuelo, porque la vida no es un veneno.» Fue un grandioso vitalista.

Escribí, sí, estas palabras, después de elegir una obra de Marías, Antropología metafísica, para palpar su originalidad filosófica. Aquí se muestra Ortega más allá de Ortega. Palabras elevadas y metáforas intelectuales desaparecen. La hipocresía del pensamiento es acorralada, en cierto sentido vencida, porque no recurre jamás a justificación alguna de nuestros terrores y deseos. El pensamiento está encarnado. El pensamiento está vivo. El pensamiento se iguala con la vida. La filosofía es, pues, expresión de vida, faz de la genuina existencia, pues «en el rostro –la persona en cuanto se proyecta hacia delante– rezuma la intimidad secreta en que esa persona arcana consiste».


Fallece el escritor Julián Marías

Aguirre anuncia un premio de humanidades que llevará el nombre de Julián Marías

Libertad Digital, Madrid, jueves 15 de diciembre de 2005, 19:37
La presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, aseguró este jueves que el académico y escritor fallecido esta mañana Julián Marías «fue injustamente tratado por los dos bandos después de la Guerra Civil» y citó, por ejemplo, que nunca llegó a ser catedrático de ninguna Universidad y tampoco recibió el Premio Nacional de Ensayo. Aguirre anunció un premio de humanidades con el nombre del escritor.

LD (Europa Press). Aguirre, que ha realizado estas declaraciones en el Tanatorio de La Paz, donde se encuentra Julián Marías, recordó que este intelectual «ha sido una de las figuras más importantes del pensamiento para la filosofía y la literatura» y que «iluminó sobre diversas cuestiones de una manera brillante». Asimismo aludió a su carácter bondadoso y destacó que fue discípulo de Ortega e incluso crítico de cine.

Por todo ello, Aguirre afirmó que «se debe producir una restitución de su memoria» y avanzó que la Comunidad de Madrid creará un premio de humanidades que llevará su nombre con una importante dotación económica que tenga como objetivo impulsar estas materias a las que él dedicó su vida. Por otra parte, señaló que se ha pensado poner el nombre de Julián Marías a uno de los últimos colegios que está poniendo en marcha la Comunidad de Madrid, posiblemente el de Vallecas.

Finalmente, Esperanza Aguirre dijo que Julián Marías tuvo una vida «muy fecunda» y confesó su «admiración» hacia él al tiempo que recordó que cuando fue ministra de Educación le pidió formar parte de una comisión de Humanidades. «Madrid nunca le ha olvidado», concluyó.


Javier Marías: «España ha sido bastante cicatera con mi padre»

Informativos Tele 5, Madrid, jueves 15 de diciembre de 2005, 19:39
Agencias. El escritor Javier Marías, hijo del fallecido Julián Marías, cree que España «ha sido bastante cicatera y tacaña» con su padre, un filósofo que ha sido «una persona importante» en la vida intelectual española del siglo pasado

Javier Marías ha hablado con la prensa en las puertas del tanatorio de La Paz, donde está instalada la capilla ardiente con los restos morales de su padre, el filósofo y también escrito Julián Marías. Según el hijo del fallecido, en España «viene siendo algo tradicional e histórico el que a personas de gran valía no se les valore institucionalmente o se les haya hecho poco caso».

Según Marías, su padre nunca ha obtenido ningún premio nacional, «ni siquiera el de Ensayo que se da todos los años, y qué decir de otros como el Nacional de Literatura o el Cervantes. Nunca ha tenido ese reconocimiento oficial».

«Yo no soy quién para valorar la figura intelectual de mi padre porque no soy imparcial, pero sí que ha sido una persona importante en la vida intelectual de España del siglo pasado y de éste», ha afirmado el escritor.

Aquel artículo que interesó a Adolfo Suárez. Julián Marías fue una figura intelectual de gran relevancia durante el franquismo. De hecho, mientras se elaboraba la Constitución este filósofo escribió una artículo de tal peso que incluso el presidente Adolfo Suárez lo llamó para consultarle algunas cuestiones.

Javier Marías ha recordado que su padre sufrió «durante muchos años» las represalias franquistas. A este mal gesto se unió la falta de reconocimiento oficial por parte de los gobiernos democráticos que se han ido sucediendo. Sin embargo, según Javier lo que más le importaba a su padre eran sus lectores de «dentro y fuera de España».

España, cicatera y tacaña. Visiblemente afectado por la muerte de su padre, Javier Marías ha recordado también la figura del filósofo desde un punto de vista más personal y ha dicho que ha sido una persona «con la que he tenido mucho que hablar. He nacido en una casa llena de libros y se da la circunstancia de que a mí esos libro me han gustado» y han debido influir en su carrera de escritor.

«El sabía mucho de literatura, no sólo escribía de filosofía, de asuntos sociológicos o políticos, también escribió libros de literatura», ha recordado Marías. El escritor, que reconoce que no puede ser imparcial, ha querido destacar que su padre «era muy agudo a mi modo de ver en toda su obra literaria, y tiene un libro excelente sobre el Quijote, del que este año no se ha hablado nada».

Como escritor, Julián Marías le aconsejaba a su hijo que «uno tiene que escribir siempre lo que quiere, sin importarle los resultados, sin tener en cuenta si lo que uno hace le gusta o no a los demás».

En suma, Julián Marías fue uno de los grandes intelectuales del siglo XX, y, aunque a su hijo Javier le importa poco «lo institucional», «se podría decir que España, a nivela institucional, ha sido bastante cicatera y tacaña con él».


Julián Marías

Savater destaca su importancia a la hora de «acercar» la filosofía «al gran público»

Agencia Europa Press, Madrid, jueves 15 de diciembre de 2005, 19:23

Madrid. El filósofo Fernando Savater, afirmó hoy que Julián Marías fue «una de esas personas que acercó la filosofía al gran público», algo que siempre intentó, a través de libros muy «accesibles» como, por ejemplo, La biografía de la filosofía. «Fue un adelantado en acercar la filosofía de forma clara y accesible a la gente», subrayó.

En este sentido, lamentó que haya sido una de las personas de su «importancia y peso intelectual» que «menos reconocimiento ha podido conseguir». Además, agregó que ha sido también «muy importante» en la «formación intelectual» de nuevas generaciones de pensadores, incluido él mismo.

Savater argumentó que ese poco reconocimiento puede deberse a que estuvo represaliado tras la Guerra Civil, en una situación de «marginación» por parte de los ganadores de aquella guerra y, añadió que, como «no era una persona de izquierda militante pues tampoco ha tenido reconocimiento por el otro lado, se ha quedado un poquito a medio camino».

Finalmente, apuntó que Marías tiene muchos libros «interesantes», si bien señaló como uno de «los más manejados», La historia de la filosofía, que él mismo leyó «mucho» en la universidad, por lo que es un libro al que le tiene «mucho cariño», y recordó que escribió mucho también sobre los conflictos autonómicos, Cataluña, temas religiosos y tiene una «famosa antología sobre la unidad de España».


Julián Marías

Salvador: Ha sido un ejemplo de coherencia y de decencia moral

Terra, Madrid, jueves 15 de diciembre de 2005

El vicedirector de la Real Academia Española, Gregorio Salvador, buen amigo desde hace 18 años de Julián Marías, afirmó hoy que el filósofo fallecido «ha sido un ejemplo de coherencia y de decencia moral» y fue un intelectual «al que le debe mucho España».

«Ha sido una de las personas que más claro ha tenido el concepto de España, de lo que es este país, de lo que se le debe a España en el mundo y de lo que España podía ofrecer», dijo, en declaraciones a Efe, Salvador, quien se enteró de la noticia del fallecimiento cuando viajaba hacia Alcalá de Henares para asistir a la investidura de Antonio Mingote como doctor honoris causa.

Salvador señaló que, en los últimos tiempos, desde que Julián Marías dejó de ir a la Academia de la Lengua, lo visitaba en su casa y pasaba largos ratos «charlando con él. Estaba muy lúcido, aunque cada vez se iba deteriorando más».

«Ha muerto en soledad; cuando uno tiene más de noventa años se muere de eso, de la edad. Pero estuvo muy activo hasta el final, y hasta hace un año, aproximadamente, ha estado publicando artículos en la prensa», agregó.

Con su extensa obra, Marías se ha ganado un puesto destacado en la producción ensayística del siglo XX, y «en futuras historias de la literatura y del pensamiento de ese siglo habrá un capítulo que será Julián Marías y otros», afirmó Salvador, para quien el filósofo fallecido hoy «ha estado siempre en primera línea, ha publicado infinidad de libros y ha ayudado a ordenar el pensamiento en España. Muchos hemos aprendido filosofía en su Historia de la Filosofía».

Julián Marías prestaba gran atención «a todas las cosas de actualidad y a las cuestiones políticas». Era también gran aficionado al cine y «ha sido un espectador de cine muy inteligente», que aconsejaba de manera acertada sobre las películas que había que ver.

«Para mí era una figura admirada mucho antes de tratarlo en la Academia», afirma Salvador, quien, como curiosidad, recuerda que cuando él entró en la RAE, hace 18 años, Marías apoyaba la candidatura de su oponente. A pesar de eso, «luego nos fuimos acercando y haciendo amigos. Hemos tenido una relación intelectual muy viva y un gran entendimiento. Pensábamos lo mismo acerca de muchas cosas».

Pero, «fundamentalmente, Julián Marías ha sido un ejemplo de coherencia y de decencia moral». «Ha sido un perseguido» durante décadas en España, afirma Gregorio Salvador, quien recuerda que, cuando terminó la Guerra Civil, el filósofo decidió no exiliarse, «mantuvo vivo el pensamiento en España».

«Estuvo a la contra. Le impidieron doctorarse, tuvo que hacerlo en el extranjero; nuestro maestro mayor en filosofía no tuvo una cátedra en la universidad durante el régimen franquista, y finalmente le dieron una extraordinaria en la transición», añadió Salvador.

Después del cambio de régimen, Marías siguió siendo «una persona molesta para la nueva situación, porque, por su independencia, estaba por encima de muchas cosas, y también porque creo que era alguien que avergonzaba a muchos de los que luego llegaron, y eso sucedía porque él había sabido estar en su sitio y otros quizá no».


Julián Marías encarna espíritu transición, según nieto Ortega

Terra, Madrid, jueves 15 de diciembre de 2005, 19:59

París, 15 dic (EFE). José Varela Ortega, vicepresidente de la Fundación José Ortega y Gasset y nieto del filósofo, afirmó hoy a EFE que el fallecido Julián Marías «encarna perfectamente el espíritu de la transición» española. Varela, catedrático de historia contemporánea de la madrileña Universidad Rey Juan Carlos, destacó la habilidad de Marías para «arrostrar y navegar» por la España Franquista «sin una palabra más alta que otra y sin el menor deseo de venganza, pensando siempre en la reconciliación de los españoles». Recordó que el filósofo fallecido hoy sufrió la represión Franquista pero «nunca hizo bandera de ello». «Siempre mantuvo un espíritu de concordia en plena Guerra Civil», afirmó Varela, que participó en París en un coloquio sobre su abuelo. Discípulo fiel de Ortega y Gasset, Javier Marías colaboró estrechamente con la Fundación que lleva el nombre del fundador de la Revista de Occidente. Varela fue alumno de Marías y en varias ocasiones le visitó en su domicilio, aseguró. «Era una persona de una gran integridad moral, un intelectual de verdad en el mejor sentido de la palabra», aseguró el profesor. Indicó que Marías era «un discípulo de Ortega y Gasset de primerísimo nivel con libros imprescindibles para el conocimiento de la filosofía 'orteguiana'». «Tres o cuatro generaciones nos iniciamos con su Historia de la filosofía y es difícil encontrar un libro tan pedagógico, ameno e inteligible», aseguró. Precisó que Marías «es uno de esos españoles que se echará de menos, que vivió hasta el final de una manera muy lúcida».


Ha muerto Marías: Cebrián descansa en paz

Hispanidad, Madrid, jueves 15 de diciembre de 2005
por Eulogio López

El hoy fallecido Julián Marías es el prototipo de hombre de la postguerra (de la postguerra de la II Guerra Mundial). En 1962, cuando Jesús Polanco y Juan Luis Cebrián disfrutaban las mieles del servilismo al Régimen, Marías firmaba con otros intelectuales un documento, el primero desde que terminara la Guerra Civil, contra la falta de libertades. El discípulo de Zubiri y de Ortega nunca aceptó la dictadura.

Luego llegó la transición, los modelos ideológicos cambiaron. Se impuso la generación progre, la representada por Juan Luis Cebrián, y resultó que Julián Marías fue condenado por El País y sus medios al ostracismo. Sus artículos ya no eran bien recibidos, su militancia antifranquista y su verbo claro y pluma aún más sincera desapreció del discurso cultural imperante, y especialmente de los medios «democráticos». La razón era muy simple: Julián Marías era, antes que ninguna otra cosa, católico, sin apellidos. Como diría Clive Lewis, pertenecía «al mero cristianismo». Y lo que resultaba más insoportable para los polancos o cebrianes: era católico a fuer de demócrata. La ecuación que constituye el basamento de toda la progresía quedaba en el aire: o cristiano o demócrata, pero ambas cosas, nunca jamás. Y como no se le podía quitar el sombrero de demócrata ni estaba dispuesto a ocultar su sombrero de cristiano, pues, qué remedio, había que condenarle al silencio.

En cierta ocasión, veinte años atrás, acudí a su domicilio para hacerle una entrevista. Le pregunté qué es lo que más deseaba en el mundo (uno es capaz de formular preguntas así de profundas, oiga usted) y me contestó que, tras la muerte de su esposa, lo que más anhelaba era morirse. Lógico, ¿no? Para un tipo de fe, la muerte es el más esperado de los acontecimientos. Sólo quien ama la vida puede desear la muerte. La progresía ya puede descansar tranquila: Marías ha dejado de ser un incordio viviente que contradecía sus postulados... y hasta sus prejuicios.

Es una gran noticia la de hoy: Marías está donde quería y Cebrián ya puede descansar tranquilo, en paz.


La filosofía como vida

La Razón, Madrid, viernes 16 de diciembre de 2005
por Gustavo Bueno

La representación que tengo de Julián Marías es amable, no sólo por su pensamiento y su obra, sino por su persona. Es una figura inexcusable, y no solo de la filosofía. Decía Henri Bergson que todos tenemos dos filosofías, la de Espinosa y la nuestra propia. Marías elaboró la suya durante toda su vida. Otra cosa es tratar de enjuiciar en qué tipo de filosofía se movía y qué alcance puede tener para las generaciones futuras. Eso es algo difícil y opinable. Estuvo perseguido por el franquismo y su influencia fue tremenda durante aquella etapa. Significó un gran paso adelante y una novedad completa con la filosofía de aquellos años. Bajo la influencia de Ortega y Zubiri, adoptó una perspectiva distinta. Todos lo leíamos en los cuarenta. Recuerdo un conjunto de ensayos muy interesantes, con una crítica filosófica distinta a la de la escolástica, que es la que se usaba por aquel entonces. Luego se mantuvo en la escuela del cristianismo, lo que le daba una perspectiva particular y esto era lo que le diferenciaba de Ortega.

En la Transición tuvo gran influencia sobre todo en su condición de senador y, también, con sus artículos y obras políticas. La impresión que tengo, sobre todo en los últimos años que di clase en la facultad, es que a los estudiantes no les interesaba Marías, lo veían como de otra generación. Quizás encontraban ciertos rasgos en su forma de pensar que les resultaban arcaicos. Esa no es mi opinión, era un escritor perfectamente dueño de sus palabras. Pero no fue un pensador de la importancia de Ortega. En cuanto al alcance histórico, ha sido una figura menor, pero sin embargo de primera fila, y en este orden se seguirá leyendo.


En la senda del pensamiento de Ortega

La Razón, Madrid, viernes 16 de diciembre de 2005
por José Luis Molinuevo

Es el año 1943 y Ortega está en el exilio de Portugal. Su hijo José le transmite la petición de Julián Marías para que escriba un epílogo a la segunda edición de su Historia de la Filosofía, que ya llevaba un prólogo de Zubiri. Se hará justicia a la importancia y variedad de la obra creadora de Julián Marías. Pero en este momento luctuoso quizá no sea del todo inoportuno llamar la atención sobre un, ahora, modesto libro. Por lo que fue y por lo que pudo haber sido. Es un pequeño homenaje de «salvación» orteguiana.

No fue uno de los manuales de historia de la filosofía al uso, tan denostados, «remediavagos» los llamaba Ortega. Sino que se benefició en su escritura de uno de los escasos momentos en los que la filosofía española estuvo a la altura de su tiempo, con Morente, Zubiri y el propio Ortega. Y también permitió después a sucesivas generaciones de españoles acceder en tiempos difíciles a los autores de las fuentes. Cosa distinta de la investigación sobre las fuentes de los autores, aspecto que no llegaba a entusiasmar a Don Julián.

Además de esto, el libro pudo haber sido el detonante de la última y más ambiciosa empresa de Ortega. Aquella de la que hablaba constantemente, y que demostraría, de una vez por todas, que su obra era un pensamiento sistemático de expresión circunstancial. Ortega está entrando en el invierno de su vida, como Europa está pasando el invierno de la época. Con la crisis de la fe en la razón que tendría que dar lugar a algo nuevo, al igual que la crisis de la fe en el mito dio origen a la filosofía. Pero advierte Ortega y Gasset que de la crisis de la razón nos retiramos a la vida, para encontrar en ella su razón.

Lee la «Historia de la Filosofía» de Julián Marías y comienza a redactar el epílogo solicitado. Sin embargo, «...al manuscribir las primeras líneas de este epílogo vi que no podía, que no debía reducirse a las páginas sino que había llegado la hora –en mis sesenta años– de soltar las crines y los frenos a las cuádrigas del pensamiento –aunque no fuese más que para demostrar una vez más–, lo que veintiséis siglos de pasado meditabundo habían hecho ver de sobra en Occidente: que la filosofía es la forma que toma la juventud floreciendo y madurando en el hombre viejo».

El libro sobre la vida de la razón, que debería convertirse en la razón de la vida del último Ortega, llevaría, según éste, un título feo, «Epílogo». La investigación sobre los orígenes del pensamiento le conduciría a los orígenes del suyo, probando una originalidad regateada. Comienza una larga gestación. En el verano de 1945 escribe Ortega a Julián Marías que piensa separar una parte del libro proyectado, publicando otro con el título El origen de la filosofía. Temas y libro se quedan una vez más «trasconejados», como gustaba decir a Ortega, en los avatares de su vida. Paulino Garagorri hizo una edición de los inéditos con el título Origen y Epílogo de la Filosofía. Posteriormente la incorporó Julián Marías a su Historia de la Filosofía. Yo mismo hice una edición de las notas de trabajo de Ortega con el título de «Epílogo», prologado por su hija Soledad.

Julián Marías se quedó entonces sin el epílogo a su Historia de la Filosofía. Pero fue sacrificado generosamente para alimentar la última filosofía de Ortega. Sería deseable que su muerte no significara un epílogo definitivo a su filosofía, para seguir nutriendo la filosofía española.


La universidad ausente

La Razón, Madrid, viernes 16 de diciembre de 2005
por Helio Carpintero

La figura de Julián Marías se irá agigantando con el tiempo porque ha sido un extraordinario pensador, un hombre comprometido con la sociedad y los problemas de su tiempo, y que vivió y sufrió una situación, desde que comenzó su carrera como escritor y filósofo al concluir la Guerra Civil, de exilio dentro de España. Estuvo marginado en la Universidad y eso no le hizo perder su preocupación, en todo momento, por mantener e impulsar la tradición del pensamiento que había heredado de sus maestros, Miguel de Unamuno, José Ortega y Gasset, la generación del 98 y la que había dejado toda la tradición liberal española. Además se esforzó por mantenerla viva durante el franquismo, promoviendo así lo que luego denominó «la devolución de España»: la recuperación de la democracia, la verdad y el pensamiento libre, de la mejor tradición intelectual en nuestro país. Durante la transición estuvo directamente implicado en la tarea de la redacción de nuestra Constitución, en la que intervino de una manera activa y pública, introduciendo sus puntos de vistas acerca de cómo mejorar el boceto de Constitución. Siempre ha estado implicado en la realidad histórica e intelectual de nuestro país.

Algo que nunca dejó, incluso durante la dictadura. Al acabar la guerra, como él cuenta en sus memorias, estuvo en Madrid y colaborando especialmente con el filósofo Julián Besteiro durante los últimos tiempos de la guerra. Luego, él mismo, estuvo en la cárcel unos meses, y al salir estuvo totalmente apartado de la universidad y de la vida oficial durante un largo periodo de tiempo. Ni siquiera pudo escribir en los periódicos. Hacia la década de los 50, después de haber pasado un tiempo enseñando en Estados Unidos, pudo incorporar su firma a algunos medios españoles, pero siempre como un escritor absolutamente independiente y al margen de todas las instituciones oficiales.

Él ha ejercido su magisterio como profesor, sobre todo en las universidades americanas y otras extranjeras, especialmente en Argentina, donde es un nombre admirado y extraordinariamente respetado, mientras que aquí no pudo tener una cátedra. Sólo con el gobierno de Adolfo Suárez, que hizo una recuperación de las figuras más importantes que no habían entrado en la universidad, se le reconoció y se le nombró catedrático de la Uned en una cátedra recién creada que se llamó Ortega y Gasset y que se extinguió a los pocos años, cuando él se jubiló. De forma que su presencia física en la Universidad española ha sido muy pequeña pero es verdad que innumerables estudiantes han estudiado su «Historia de la filosofía» un libro que han estudiado, desde 1941 hasta hoy en día, muchas generaciones .


Un eslabón solitario del pensamiento español

La Razón, Madrid, viernes 16 de diciembre de 2005
por Germán Cano

Cuando uno se acerca a la obra de Julián Marías, lo primero que piensa es hasta qué punto en su caso y en el de otros compañeros de su generación el relevo de la cultura española perdió con el franquismo un imprescindible eslabón generacional. De algún modo su figura es testimonio del erial cultural que desertizó España tras desprenderse de la tradición precedente. La llegada de Marías a la Facultad de Filosofía y Letras de Madrid coincidió con la mejor época de la Universidad española y con un plantel de maestros difícilmente repetible: Menéndez Pidal, Sánchez Albornoz, Américo Castro, Zubiri, Gaos, García Morente y, sobre todo, Ortega y Gasset. Aunque la relación con todos fue fecunda, fue sin duda el último quien guió sus pasos a través de su gran tema: la teoría de la razón vital y la estructura empírica de la existencia. Esta orientación se complementaba con un buen conocimiento de la fenomenología, la filosofía de los valores o el existencialismo. Aranguren calificó a Marías como «el discípulo por antonomasia de Ortega», y no le faltaba la razón. «En realidad –decía el maestro– se ha hecho usted discípulo mío después de dejar yo de ser profesor, en estos años de ausencia mía y de reconcentración y de madurecimiento de usted». De este encuentro surgirán obras como «Ortega I: Circunstancia y vocación» (1960) y «Ortega II: Las trayectorias» (1983). En este sentido, su trayectoria, se antoja más ortodoxa y menos original, por ejemplo, que la de María Zambrano. En esta labor de principal «heredero» del espíritu orteguiano cabe cifrar, la principal contribución de Marías al pensamiento español. Sin embargo, no es menos cierto que supo desarrollar esta fidelidad al maestro y escapar de la mera repetición escolástica profundizándola y desarrollándola con otras influencias importantes, por ejemplo, la de Unamuno. De él aprendió la importancia del compromiso vital, de «carne y hueso», con la verdad y la preocupación «agónica» por el tema de la muerte, una cuestión que no se ajustaba al talante más jovial de Ortega. No hay que olvidar que esta filiación orteguiana y sus antecedentes liberales le causaron no pocos problemas, como el «suspenso» de su tesis doctoral en 1942. En esa época Marías, considerado por Franco «un enemigo del régimen», fue considerado persona «non grata» para la Universidad, sobre todo después de que en 1940 publicara «Historia de la filosofía» que se abría con un prólogo de Zubiri y terminaba con un capítulo sobre Ortega. Una marginación que empezó a desvanecerse, pero que en los últimos años se transformó en silencio. En 1964 llegó a ser miembro de la Real Academia Española; entre 1977 y 1979 fue senador por designación real, y en 1980 accedió a la cátedra extraordinaria de la cátedra «José Ortega y Gasset» de la Uned. Hasta ese momento, Marías se había curtido como profesor, impartiendo docencia en universidades extranjeras (Harvard, Los Ángeles, Yale, Buenos Aires, Puerto Rico...), y como escritor, desarrollando una incesante actividad como articulista y conferenciante. Su amor hacia el séptimo arte encontró un hueco en la prensa, donde publicaba sus reflexiones. Hace veinte años, el hispanista Harold Raley tituló su libro sobre Marías «La visión responsable», un rótulo que describe su posición. De forma similar a la tentativa «raciovitalista», el planteamiento filosófico de Marías surge como un intento de reforma filosófica radical que toma como pretexto el insuficiente planteamiento fenomenológico de la relación yo-mundo. Asimismo, esta indagación no puede separarse de la dimensión hermenéutica de la razón histórica. El hombre no es sólo una realidad temporal por estar inmerso en el tiempo, sino, ante todo, porque, en cuanto se compone de su «circunstancia», está constituido por una forma muy precisa de temporalidad, la histórica. En la medida en que la vida se nutre de sus propios actos, el hombre ha de responder de ella, se hace responsable de sí, y contrae la ineludible obligación vital de saber a qué atenerse en sus decisiones. En otras palabras, no tiene sentido una filosofía que no esté de algún modo a la altura de su tiempo. A partir de ahí se entiende la importancia que en esta reflexión tienen categorías como la «responsabilidad», o incluso la preocupación por España como problema, tema sobre el que volvió una y otra vez como muestran sus libros «Ser español», «España inteligente: razón histórica de las Españas» o «Los españoles».


Muerte de la nación y olvido de los libros

La Razón, Madrid, viernes 16 de diciembre de 2005
por Jorge Urrutia

La relación de los pensadores de estirpe orteguiana con la literatura fue siempre grande. Tal vez Julián Marías es, de todos ellos, no quien más comentarios de obras hiciese pero sí quien más teorizase, aunque no falten en su bibliografía páginas sobre Pérez Galdós, Bécquer, Rosales o los autores llamados del 98, entre otros. En 1973, estando él de profesor en Indiana University, una editorial solicitó a varios intelectuales respuestas a unas preguntas sobre literatura y educación, con destino a un libro que se publicó al año siguiente. Que Marías dio importancia a sus respuestas resulta evidente cuando las encontramos en «Literatura y generaciones» volumen, que publicara en 1975 la colección Austral.

Empieza Marías afirmando que el estudio de la literatura es importante porque ésta ha constituido «el factor decisivo que ha determinado el interés por ciertos temas» y constituye el «gran instrumento de interpretación de las formas de vida». La exploración del espacio interestelar, por ejemplo, importa poco a la gente porque carece de literatura. Si conocemos la historia griega se debe a que posee una amplia literatura y, en cambio, el período visigótico permanece oscuro, pese al gran número de documentos conservado. La literatura cumple una función mítica, esencial para la construcción de las naciones y prescindir de su enseñanza sería el camino más rápido para obtener una masa sin memoria histórica. Conviene observar que España es un país cuya cultura ha sido fundamentalmente literaria y la literatura ha sido su modo de integrarse en el ser europeo y occidental.

Marías entiende que la construcción del yo es una operación literaria: «Ni yo puedo convivir con los demás sin imaginarlos (...) ni puedo vivir sin inventarme como personaje». La literatura es, pues, un instrumento de humanización. Cuando al pensador se le pregunta sobre los efectos de la desaparición de la enseñanza de la literatura, asegura que atentaría gravemente contra el concepto de nación, el arraigamiento cultural en Europa y a la ruptura de los valores individuales y colectivos.

Pese a lo dicho, no cae Marías en el error de contemplar la literatura como una manifestación secundaria que importaría sólo por su contenido, como si de un mero soporte traslaticio se tratara. Al hablar del estudio de las fuentes literarias, afirma: «Lo que en definitiva interesa es qué hace el autor con esas fuentes». Defiende un estudio de la obra literaria, que se base en los procedimientos literarios, en los modos de manipulación de los temas y en la construcción del texto. A Marías le preocupa cómo se conforma la significación y pide que se integre el estudio del autor en lo que llamaríamos el campo literario pero, también, en la preocupación por el lector, apuntando en su libro «La estructura social» (1972) un esbozo de teoría del receptor. Más allá del acuerdo que las opiniones de Marías puedan suscitar, lo que el cronista lamenta es que una reflexión de este tipo, con polémica incluida para todas sus trascendentes implicaciones, no exista en España en una época en la que sufrimos la generalización de un pensamiento político enclenque, provinciano, ágrafo y carente de respuesta intelectual.


La palabra certera

La Razón, Madrid, viernes 16 de diciembre de 2005
por Víctor García de la Concha

La muerte de Julián Marías ha sido un mazazo. Todos los académicos estábamos ligados a Julián Marías, pero había algunos, como Antonio Colino, que era un amigo de la infancia. O Emilio Lledó, que también estaba muy unido a él, y para el cual era un referente de la filosofía en España. Destacaba su Historia de la filosofía, que no por ser un libro de juventud dejaba de ser un gran libro. Lamento que la universidad española haya sido injusta con él y que no fuera reconocido hasta muy tarde, casi hasta la Transición. Pero a pesar de que era un hombre sin cátedra en la universidad, sí tenía una cátedra abierta en las principales universidades y medios culturales de todo el mundo.

Con Marías desaparece una etapa de la cultura española. Como buen orteguiano estaba abierto a la cultura y el pensamiento, como refleja la hondura de sus trabajos. Y también desaparece un académico singular. Me sorprendieron siempre sus intervenciones en los plenos. Cuando se discutía la acepción de una palabra, él, con una frase certera, daba en la diana. Este hecho era un reflejo de su forma de pensamiento. Sus discursos, que nunca llevaba escritos, poseían una gran claridad, eran un fluir del pensamiento. Eran tan diáfanos que parecía que lo tenía escrito, pero no estaban redactados. Esta impresión la daba por su gran asimilación de la cultura.


Civilidad del pensamiento español

ABC, Madrid, viernes 16 de diciembre de 2005
por Antonio Garrigues Walker
Presidente de la Fundación Ortega

Primero, y ante todo, lamento la pérdida de un gran ciudadano, una de las gentes más buenas y más válidas que uno ha conocido. Y después, muchos otros sentimientos que se mezclan y superponen. Sin duda, prevalece el agradecimiento a una labor tenaz y constante para mejorar la civilidad, la calidad y la modernidad del pensamiento español.

En este país no sabemos dar las gracias adecuadamente, y a Julián Marías nadie se las dio. Él nunca reclamó, como hacen tantos otros, ese agradecimiento. Pienso que ahora tenemos entre todos la obligación de valorar su obra, revivir sus mensajes y reconocerle como uno de nuestros grandes pensadores. En la Fundación José Ortega y Gasset nos comprometemos desde ahora mismo a llevar a cabo esta tarea y confiamos en contar con la colaboración de muchos.

Sólo debo añadir, desde mi concepción liberal, que Julián Marías representó al liberalismo y a la sociedad civil en un grado de excelencia. Ha sido y seguirá siendo uno de nuestros ejemplos más admirables.


Sólo admiración y agradecimiento

ABC, Madrid, viernes 16 de diciembre de 2005
por Esperanza Aguirre Gil de Biedma
Presidenta de la Comunidad de Madrid

La noticia de la muerte de Julián Marías me ha llenado de profunda tristeza. Hace algo más de un año, cuando Julián Marías cumplió noventa, tuve la suerte de que me recibiera en su casa, adonde fui para felicitarle por su cumpleaños y para expresarle, una vez más, mi admiración y mi respeto por su ingente obra intelectual y por el inmenso ejemplo de integridad moral que siempre nos ha dado. Allí, en su casa, encontré a un Julián Marías ya bastante débil de piernas, con problemas de vista, pero esplendorosamente vivo y brillante de memoria y de juicio. La verdad es que salí de aquella larga entrevista que mantuvimos en su despacho, lleno hasta el último rincón de montones de libros y papeles, con la sensación de haber estado junto a un gigante de la vida intelectual española de los últimos setenta años.

Julián Marías, con los problemas físicos lógicos a su edad, me había dado una exhibición de sus infinitos conocimientos sobre historia, literatura, filosofía y también sobre cine, sostenidos todos en una memoria prodigiosa para las citas, las referencias y las fechas. Hay un famoso verso que Jorge Guillén dedicó a don Ramón Menéndez Pidal –del que, por cierto, también puede considerarse discípulo a Marías–: «Buscad sus pares, pocos». Así quería expresar su admiración por la obra de otro de los grandes de la auténtica cultura española de todos los tiempos. Pues bien, creo que a Julián Marías se le pueden dedicar también esas palabras del poeta. Pocos, muy pocos, pueden presentarse ante la Historia con una obra intelectual tan cumplida, tan llena, tan profunda y tan preocupada por explicar lo que pasa y lo que nos pasa.

Nunca fue Marías un pensador encerrado en su torre de marfil, nunca se limitó a cultivar la filosofía pura –y eso que fue uno de los primeros, si no el primero, en conocer a fondo la obra clave de Heidegger, que es el filósofo por excelencia del siglo XX–. Siempre procuró iluminar a sus infinitos lectores con sus reflexiones sobre la realidad cotidiana, española y no española. Unas reflexiones siempre llenas de inteligencia, por supuesto; de amplitud cultural –su cultura era absolutamente universal–; de profundidad y de rigor intelectuales. Y, sobre todo, siempre llenas de sentido común –ese sentido común que ahora echamos tanto en falta en nuestra vida pública–, de bondad y de generosidad.

Una bondad y una generosidad que en Marías han sido proverbiales durante toda su vida. Probablemente es el intelectual español al que peor ha tratado el «establishment» político y universitario en los últimos tiempos, hasta el punto de que para la Universidad española es hoy una falta imperdonable que Marías no haya enseñado nunca en sus aulas. Sin embargo, Julián Marías jamás ha dedicado ni una sola línea a quejarse. Todo lo contrario. Represaliado, de verdad, al final de la guerra, siempre hizo gala de un optimismo vital admirable y, a base de un trabajo y un esfuerzo inmensos, supo encontrar la manera de llevar a cabo, incluso en aquellos años de represión, una obra intelectual absolutamente impar.

Hoy, a la hora de su desaparición física, quiero testimoniar mi admiración por la magnífica persona que ha sido Julián Marías y mi agradecimiento por la monumental obra intelectual que ha llevado a cabo durante toda su larga vida dedicada al estudio, la reflexión y el trabajo intelectual, una obra que va a permanecer entre nosotros y que nosotros vamos a continuar leyendo y apreciando.


Don Julián

ABC, Madrid, viernes 16 de diciembre de 2005
por Santiago Castelo

Para los redactores de ABC Julián Marías era, sencillamente, don Julián. Casi toda su vida estuvo ligado a esta Casa, desde que, siendo un joven intelectual, quiso, en los trágicos meses de enero a marzo de 1939, poner la voz de su cordura en los editoriales de aquel ABC de Madrid, secuestrado por la República. Agonizaba ésta y aquel muchacho de apenas veinticinco años intentaba agilizar la capitulación de Madrid, llamando a la concordia y queriendo evitar aún más derramamientos de sangre.

Vuelto ABC a sus legítimos dueños, la liberalidad de Juan Ignacio Luca de Tena fue llamando a sus publicaciones a los perseguidos por el nuevo régimen. Desde José María Massip a José Carlos de Luna, desde Ramón Pérez de Ayala a Azorín; desde Miguel Pérez Ferrero a Lorenzo López Sancho. Y a Julián Marías. Hasta ahora.

A mí me tocó, en los últimos veinte años, la honrosa tarea de hablar con él cada semana. Don Julián era un pozo de sabiduría, de inteligencia, de sagacidad, de patriotismo, de religiosidad. A simple vista parecía huraño y hasta antipático, pero bajo esa especie de coraza anidaba un hombre con una ternura emocionante, con una bondad de niño, con unas ingenuidades increíbles. Asombraba su sentido del periodismo. Si le llamaba pidiéndole una Tercera de urgencia, ya sabía de antemano que me iba a decir que no. Alegaba sus muchos quehaceres, refunfuñando, sus libros, sus conferencias... Al cuarto de hora él mismo te telefoneaba para decir cuándo tenía que ir el motorista a recoger el artículo. Y era una pieza impecable.

España ha perdido a uno de sus pensadores más eminentes. La Casa de ABC y quienes trabajamos en ella, a un colaborador excepcional, a cuyo lado siempre se aprendía algo.


Adiós a Julián Marías

ABC, Madrid, viernes 16 de diciembre de 2005
por Manuel Martín Ferrand

Desde que Claudio Sánchez Albornoz y Américo Castro se enzarzaron en su brillante y fecunda polémica sobre la esencia y la realidad de España, ha sido Julián Marías el más notable y constante, el más esforzado, de todos los intelectuales atentos al sentido y el significado de una Nación que es grande aún en la pequeñez de algunos, bastantes, de sus protagonistas. Ayer, cumplidos los 91 años de edad, se fue de este mundo con la elegante discreción con la que supo vivir, después de dejarnos una obra literaria y filosófica a la que muchos debemos agradecimiento porque nos sirvió de guía para adentrarnos en el mundo del pensamiento y entrar, de puntillas, por la puerta que abre su Historia de la Filosofía.

Marías fue alumno de José Gaos, Manuel Gómez Morante [sic], Xavier Zubiri y, sobre todo, de José Ortega y Gasset –la «Escuela de Madrid»–, y de este último, además de discípulo, continuador. Supo pensar nuestra Historia y destilar de ella, sin caer en los aspavientos de un nacionalismo españolista, sus rasgos fundamentales e identitarios. Su Consideración de Cataluña, por ejemplo, cuarenta años después de su escritura, sigue siendo válida y cabal para entender las raíces y la naturaleza de uno de nuestros mayores problemas actuales. También con valor de actualidad nos deja todo su pensamiento cristiano, luminoso y crítico, del que nunca abdicó ni consintió en transacción alguna.

Era un gran liberal, defensor de las libertades y predicador de la búsqueda de la excelencia que, de hecho, es la sustancia principal de una ideología conservadora. Por eso, en la hora de la verdad, debe caer sobre el PP la vergüenza de no haberle concedido, en sus ocho años de instalación en La Moncloa, el Premio Cervantes. Como demuestran los hechos y los jurados que se van sucediendo, ése es un premio con el que el Gobierno de turno favorece a sus amigos. Cuando manda el PSOE, claro está, se lo otorga a los más meritorios entre sus próximos y, cuando manda el PP, en virtud del complejo más viejo de la derecha española, también se lo atribuyen a los próximos al socialismo. Por eso el autor de «Cervantes clave española», uno de sus últimos libros, se quedó compuesto y sin un premio que sin él en la nómina de sus favorecidos pierde mucho de su sentido.

Para quienes escribimos en ABC, Marías es una referencia obligada. La obra publicada en estas páginas, especialmente en las Terceras, le convierte en uno de los maestros que, en más o en menos, a todos nos ha orientado, especialmente en el sentido de buscar en el pasado las raíces y la continuidad de nuestra cultura, de nuestra conducta individual y social, y de abandonar la obsesión por la ruptura que, sea cual fuere su modalidad, tanto complace a quienes no quieren, quizá porque no pueden, ser españoles. Se nos ha ido uno de los pocos filones de rigor intelectual que nos quedaba en explotación.


En la muerte de Julián Marías

Libertad Digital, Madrid, viernes 16 de diciembre de 2005
Editorial

La muerte de Julián Marías no sólo supone la desaparición física de uno de los españoles que más importantes contribuciones ha brindado a la historia de la Filosofía, sino también la de uno de los más lúcidos defensores del futuro y de la razón histórica de España como nación.

La obra –y ejemplar vida– de este inmortal pensador, católico y liberal, que hizo de la orteguiana «razón vital» el eje de su filosofía, es tan fructífera y diversa que no podemos dejar de lamentar tener que referirnos breve y exclusivamente a una de sus múltiples facetas. Su respeto a la verdad, a la libertad y a la dignidad de la persona se plasmó en toda su obra y, muy especialmente, en su inteligible análisis de nuestra nación, a la que ha defendido intelectual e incansablemente de quienes, como los nacionalistas, sacrifican la verdad histórica –y también la libertad y el individuo– a sus delirios colectivistas.

Es precisamente en estos momentos históricos, en los que España sufre una de sus más descaradas y graves amenazas a sus continuidad nacional, cuando es más necesario tener presente la obra de Julián Marías. Con guías que son aplicables tanto para la vida individual como para el acontecer colectivo, Marías nos puso en guardia contra la mentira, la insaciabilidad y el empobrecimiento vital que entraña la negación de España.

Los españoles podemos estar agradecidos a este intelectual ejemplar, pero sobre todo necesitados de tener presente una obra que, afortunadamente, sobrevive a su autor. Marías, por su parte, confiado y arropado en la Fe, habrá cerrado los ojos soñando el inminente y anhelado reencuentro.


Un hombre que deja huellas

Clarín, Buenos Aires, 16 de diciembre de 2005
por Ricardo Roa
Editor General Adjunto de Clarín

Ha muerto el filósofo Julián Marías, pero no ha muerto el debate que desató su figura. Representó esa tradición española en el campo del pensamiento de no encerrarse en una torre de marfil para dialogar sólo con una elite de entendidos. Al contrario, como su maestro Ortega y Gasset, hablaba con un lenguaje claro, porque la palabra puede oscurecer y escribía permanentemente en los medios. Fue un precursor en eso: en llevar el debate, la reflexión intelectual a los medios. No transmitía un saber concluido sino un camino para reflexionar y argumentar.

Una tradición insistente lo condenó como un colaboracionista intelectual del franquismo. Su vida fue más compleja. Estuvo encarcelado por el régimen después de acompañar a los republicanos durante la Guerra Civil. Y al recuperar la libertad, le prohibieron enseñar. El veto llegaría bastantes años después incluso a estas tierras, como recuerda en su columna Alberto Amato: considerado un enemigo por el ala dura de la Iglesia, la UCA impidió aquí que pronunciara una conferencia. De todos modos, ya había recuperado en España los espacios para escribir en periódicos y vivir sin amenazas en esos años autoritarios, aunque nunca adhirió al pensamiento fascista. Era un liberal extraño, católico pero sin esa obsesión fascista del complot y de la vida como una guerra permanente.

Fue uno de los redactores de la Constitución que hizo posible la transición en España. Y como Ortega, visitó muchas veces la Argentina. Saludó con alborozo el retorno a la democracia en 1983 y las crisis sucesivas lo movilizaron a redactar más y más artículos sobre este país, desde un ángulo conservador y mesurado. Tuvo una producción intelectual enorme: escribió más de 50 libros. Pensando en la Argentina había dicho: «hay que ser implacable con la mentira». Es todo un consejo, que hoy es un consejo póstumo, pero vigente para siempre.


Humanismo vital

El Diario Montañés, Santander, viernes 16 de diciembre de 2005
por Andrés Ortiz-Osés

Julián Marías fue el discípulo predilecto de José Ortega y Gasset, con quien fundó el Instituto de Humanidades en 1948, siendo un miembro clave de la llamada Escuela de Madrid. Entre sus obras destacan su famosa Historia de la filosofía; Introducción a la filosofía; Biografía de la filosofía; El método histórico de las generaciones; La filosofía en sus textos; Antropología metafísica... Puede consultarse a modo de síntesis su antología titulada El tema del hombre. Sin embargo, el autor ha cultivado también temas literarios, sociales y políticos, así como fenómenos culturales tan actuales como el cine o la idea de España en Europa.

Mas la clave de la obra de Julián Marías está en la filosofía, que el autor recoge de Ortega y Gasset con su mezcla de razón y vitalismo, el llamado raciovitalismo que emerge en Europa en la primera parte del siglo XX bajo el influjo poderoso de Nietzsche, Dilthey, Simmel o Unamuno. Se trata de una crítica del racionalismo positivista decimonónico, así como de una apertura a la vida vivida, es decir, a las vivencias y experiencias, así como al arte y la religión, las creencias y afectos, la existencia y la convivencia, la angustia y la muerte. Una tal filosofía vitalista se relaciona, como es obvio, con la cercana filosofía existencial de Heidegger e incluso con el existencialismo posterior.

La originalidad de Julián Marías y de la Escuela de Madrid está en proponer a la filosofía continental europea una visión del mundo más latina, más hispánica o mediterránea, basada no en la categoría de la razón pura sino de la razón impura. Por eso a veces se le ha tildado de cierto irracionalismo, aunque en realidad se trata de compensar el abstraccionismo clásico con la categoría sudista del Sentido: el cual es una razón más concreta y cromática, situada y encarnada. Por ello en esta filosofía hispana no se habla tanto del Ser, como en Heidegger, sino del Estar y de la estancia, de la situación y circunstancia, de la radicación del Ser en la vida humana, como dice el propio Marías.

Esta radicación de todo en la vida da un tono radical a la filosofía orteguiana que Marías recibe, aunque se atempera no sólo con la edad sino con los acontecimientos especialmente bélicos. Esta atemperación o moderación filosófica se percibe bien en Marías no sólo por su talante moderado sino por su posición católica. En efecto, la persona y obra de Marías representa el cruce entre el liberalismo orteguiano y el catolicismo cultural, lo que ofrece una mezcla mediadora e interesante en este país de extremismos tradicionales. Julián Marías ha cultivado una fenomenología vital o existencial abierta al Sentido humano del mundo: podríamos hablar entonces de cierto Humanismo vital o existencial, que el autor comparte con otros miembros de la Escuela de Madrid como María Zambrano, Xabier Zubiri, Pedro Laín Entralgo o José Luis Aranguren.


La visión responsable

El País, Madrid, viernes 16 de diciembre de 2005
por Helio Carpintero

Julián Marías es un nombre clave en la cultura del siglo XX. Es un pensador profundamente arraigado en la tradición cultural española, cuyas reflexiones alcanzan a ámbitos variados y extensos que van desde la filosofía, el pensamiento cristiano, o el hispanismo americano, a la historia española, la erudición literaria y el ensayismo cinematográfico... Como antes Unamuno y Ortega, él también ha acertado a ser un filósofo en la plaza, es decir, en el periódico, la conferencia, o el ensayo. Su voz y su pluma han sido –y estoy seguro de que seguirán siendo– una luz para innumerables lectores que buscan la verdad de las cosas. Toda su obra nace de una profunda convicción: que el filósofo y el intelectual deben ofrecer «una visión responsable» de la realidad. Ha de procurar que en sus palabras aparezca aquello que de verdad es, con su fundamentación y base, es decir, responsablemente.

Marías ha sido un raro ejemplo de autenticidad, éxito y fracaso. Una temprana vocación filosófica le llevó a estudiar filosofía en Madrid con Ortega, Zubiri, García Morente y Gaos, en los años de la II República. Pronto creyó que en la manera de mirar que ofrecía aquella Escuela de Madrid, y singularmente Ortega, se hallaba el mejor método para pensar las cosas. Y hasta el último día ha puesto en juego aquellos conceptos para comprender. En una de sus notas, escrita por Ortega tras su vuelta a Madrid, comenta que en la Historia de la filosofía de Marías, prologada por Xavier Zubiri y con epílogo del propio Ortega, estarían los tres nombres «entreverados y mixtos», hechos un lío, sin «saber ya si somos cada cual de los otros dos discípulos o maestros».

Su fidelidad creadora hacia aquella filosofía que Ortega iniciara hacia 1914 le cerró la universidad de la España de posguerra. Licenciado en Filosofía en 1936, pasó la guerra en Madrid, colaborando con Besteiro en los tiempos finales del conflicto, e iba a mantener una inquebrantable adhesión a sus raíces intelectuales y morales. Su famosa Historia de la filosofía (1941) terminaba con la exposición del sistema de Ortega, y enseguida, en 1943, publicó un estudio riguroso y positivo sobre Unamuno, dos pensadores cuestionados por el franquismo. En todos sus escritos está viva la exigencia de libertad, de respeto al pasado, de democracia, y de un cristianismo personal limpio de contaminación política.

A lo largo de su obra corre una honda preocupación por España, por la diversidad de sus grupos y la coherencia de su historia. En España inteligible (1985), ofrece su visión de una nación con vocación europea desde la reconquista, ligada a una cosmovisión humanista y personalista de inspiración cristiana, y constructora de una fraternidad de países en Hispanoamérica fundada en la lengua común y en ciertas ideas básicas sobre lo humano.

Cuando llegó la hora de la transición democrática, por la que tanto había laborado, prestó su apoyo sin fisura a un proceso que veía como una «devolución de España» a las manos de los propios españoles, a quienes les había sido enajenada. Y mantuvo con denuedo la idea de nación española y su inclusión en el texto de la Constitución, en unos inolvidables artículos aparecidos en su día en este mismo periódico.

Marías ha sido un ejemplo de intelectual independiente, honrado y valiente. No ha cedido a las modas ni a los favores del poder; más bien al contrario, ha salido una y otra vez en defensa de aquellas causas que consideraba justas. Peleó por una Constitución que deseaba más perfecta y más vivaz; defendió el pensamiento de Ortega frente a aquellos ataques ultraconservadores que buscaban su condenación por parte de la Iglesia católica; alzó su voz reiteradamente contra los totalitarismos de todos los signos, empezando por el franquista, y nunca transigió, en razón de su idea personal del hombre, con la aceptación del aborto o el secuestro político de la libertad.

Habrá que estudiar sus contribuciones más rigurosamente filosóficas al sistema de la «razón vital» orteguiana, especialmente en el ámbito que llamó «antropología metafísica». Su innovadora idea del hombre como una cierta estructura empírica de la vida humana complementa y enriquece la comprensión de ésta, y la enlaza con su visión de la persona y el mundo personal, de claras raíces unamunianas. Habrá que repensar otras aportaciones suyas al conocimiento de la estructura social, las vigencias sociales o la dinámica de las generaciones, donde se hace visible una admirable capacidad analítica aplicada a las sociedades, el cine, la literatura o las gentes.

Marías ha sido un extraordinario pensador visual. Precisamente en su capacidad de mirar y de decir lo que ha visto, reside, a mi juicio, el fundamento de ese futuro promisor que creo que a su pensamiento le está reservado.

Helio Carpintero es catedrático de Psicología y autor de la biografía Julián Marías (Diputación de Valladolid).


Un notable eslabón de la filosofía orteguiana

El País, Madrid, viernes 16 de diciembre de 2005
por José Luis Abellán

La desaparición de un filósofo se convierte siempre en noticia, porque somos tan escasos que el mero hecho de dejar de existir uno de ellos lo convierte en realidad noticiable. Es como la desaparición de un individuo de una especie a extinguir, que es quizá lo que somos. Esta discutible aseveración se convierte en axioma si el filósofo es Julián Marías, uno de los protagonistas del área de la filosofía española en la segunda mitad del siglo XX.

La desaparición de Marías es, desde luego, la constatación una vez más de que el tiempo pasa y con él muchas de las circunstancias que tuvieron vigencia en otro momento. Aparte de dejar constancia de nuestra tristeza, es hora también de hacer balance. Marías deja una obra de indiscutible valor filosófico, y aunque toda su obra es testimonio muy valioso de una época que ya ha pasado, hay obras suyas que permanecerán inmarcesibles a ese paso del tiempo: su Antropología metafísica, por ejemplo, es un hallazgo definitivo que se sustrae a esa terrible dinámica del tiempo a la que hemos aludido.

A mí me parece, con todo, que en esta hora de la defunción hay que resaltar, por encima de todo, su fidelidad al que fue su maestro indiscutible. Es, por lo demás, curioso y aleccionador que se marcha de este mundo a los 50 años justos de la muerte de Ortega y Gasset, cuando conmemoramos el legado de este gran filósofo del siglo XX. Ambos permanecerán siempre unidos en la memoria histórica, pues así lo exige un mínimo sentido de la justicia.

Desde que, en 1936, Ortega y Gasset sale de España para instalarse –provisionalmente, al menos– en el exilio encontrará en Julián Marías un defensor a ultranza, por lo que el discípulo pagó un precio muy alto; entre otras cosas, su ausencia de la universidad oficial y la necesidad de ganarse la vida con ocupaciones azarosas e intermitentes de muy diversas ofertas, y de modo especial con contratos aleatorios en universidades norteamericanas.

La dictadura de Franco vio en Ortega y Gasset un peligroso enemigo por sus convicciones de «catolicismo», de la misma forma que lo vio también en los escritos de Unamuno. A ambos se les acusaba de envenenar la conciencia católica de la juventud española, y se emprendió una campaña clásica contra Ortega con el fin de conseguir que sus libros fueran condenados por la Iglesia católica. Tres jesuitas y un dominico capitanearon la campaña, que al fin fracasó porque tres intelectuales católicos se opusieron tenazmente; eran Pedro Laín Entralgo, José Luis Aranguren y Julián Marías. Muy en especial este último, que escribió entonces un libro memorable: Ortega y tres antípodas. Un ejemplo de intriga intelectual (1950). Allí dice, entre otras cosas, que «esa hostilidad era primariamente política, pero tomaba ante todo aspecto clerical. Conviene no olvidar que lo político y lo eclesiástico aparecían en aquellos años estrechamente unidos, cuando no identificados. El brazo eclesiástico es el que se movilizaba sobre todo en los temas que tenían una vertiente intelectual, y así se realizó la destrucción de la enseñanza de la filosofía en la universidad, y en especial en la admirable facultad de Madrid».

Aun así, no dejó de haber tensiones entre el maestro y el discípulo, pues Marías era fervientemente católico, lo que no le impedía ser orteguiano a ultranza. Al mismo tiempo, Marías intentó siempre, a lo largo de su dilatada existencia, mostrar que la cultura española se había repuesto del dramático trance de la Guerra Civil, defendiendo los valores de nuestra cultura; en ese afán hablaba de la presencia de Ortega entre nosotros. La verdad es que Ortega había vuelto a España, tras un exilio de nueve años, pensando que con su presencia ayudaría a una recuperación democrática de la dictadura, pero de hecho no recibió más que ominosos silencios y desdenes ostensibles. Por eso se indigna cuando Marías dice en 1953 que Ortega está en España y le contesta: «Si usted pudiera imaginar representarse mi estado de ánimo, se daría cuenta del efecto que me ha producido leer en su escrito una cosa evidentemente falsa. Nadie sabe mejor que usted que lo que he hecho es intentar estar en España, pero que ese intento ha fracasado».

Estas mínimas discrepancias no deben minusvalorar la importancia de la labor realizada por Julián Marías para salvar la salud de la filosofía, defendiendo siempre a su maestro contra encarnizados enemigos, en una época en que no era fácil hacerlo. A los católicos antiorteguianos se sumaron entonces marxistas radicales que despreciaban la filosofía pequeño-burguesa y reaccionaria de un filósofo demi-mondain, que coqueteaba con posiciones totalitarias. Marías no se dejó tentar ni por unos ni por otros; se mantuvo fiel a un maestro, de cuyos planteamientos extrajo conclusiones propias y originales, en una esforzada actitud de independencia intelectual.

A la hora de su muerte ésta es la imagen que debemos transmitir: la de un filósofo serio, responsable, consecuente consigo mismo, con aportaciones propias y originales, cuya trascendencia es hora de empezar a valorar.


La segunda muerte de Julián Marías

Estrella Digital, Madrid, viernes 16 de diciembre de 2005
por Daniel Martín

Ayer, jueves 15 de diciembre, cuando comenté a un par de amigos que Julián Marías había muerto, me contestaron: «Ahora no caigo en quién era» y «¿pero no había muerto ya?». Realmente, Julián Marías, el alumno que a partir de su maestro Ortega construyó un sistema propio de ideas, había desaparecido hacía mucho del panorama social e intelectual español. Total, si era una filósofo –liberal nada menos–, algo que para nada encaja con el mundo actual, tan práctico, y la España del siglo XXI, tan prehistórica en su ignorancia, capaz de matar a ideas y personas por el simple hecho de ser diferentes.

Aunque español, Marías era un hombre vital. Para él, la filosofía era biografía, vida. En el 2001 acudí a una conferencia que dio sobre Enrique Jardiel Poncela en el Teatro Español de Madrid. Marías entró en el escenario como un anciano, encorvado y tembloroso, dando pequeños pasos con aire de ir a caerse de un momento a otro. Por fin se sentó, carraspeó y comenzó a hablar. En ese momento se transfiguró en una persona decenas de años más joven y embelesó con sus palabras y su entusiasmo a un público asombrado ante aquel derroche de energía arrebatadora. En cuanto hablaba, recuperaba las fuerzas, porque vivía para y por sus ideas.

Otra anécdota demuestra algo parecido. Hace unos pocos años, un amigo de Julián Marías le invitó a comer en el también desaparecido restaurante 'Guría' donde, según el amigo, servían el mejor bacalao a la vizcaína de Madrid. Marías, ya enfermo, no quiso tomar primer plato con el fin de cuidar y reservar fuerzas para el bacalao, que devoró con deleite y fruición. A la pregunta del amigo sobre si quería algo de postre, Marías, sin dudar, dijo: «Estaba tan rico que me comería otra ración de bacalao». Y así fue, para regocijo de los presentes y, en mayor medida, del filósofo.

Marías es uno de los grandes filósofos españoles y mundiales del siglo XX. Y, coherente con sus ideas, hizo de su filosofía un modo de vida, y de su vida un modo de filosofía. Vivió, disfrutó, padeció como cualquier otro, al tiempo que construía un monumento intelectual incomparable: una infinitud de libros, artículos y reflexiones, algunas tan lúcidas como aquella frase que ya ha acogido la sabiduría popular: «Lo que más me inquieta es que en España todo el mundo se pregunta: ¿Qué va a pasar? Casi nadie hace esta otra pregunta: ¿Qué vamos a hacer?».

Por esas vitalidad y lucidez resulta más irónico y más trágico que Julián Marías, que murió ayer, llevase lustros «desaparecido» de España y naciones adjuntas. Recibió muchos premios, es cierto, a modo de homenaje «póstumo», y es que en España enterramos como nadie. Pero lo que es escucharle, leerle, consultarle, apenas se hizo, y la memoria de su nombre –de su pensamiento mejor ni hablar– se diluyó en el olvido que tanto caracteriza al alma española, tan vitalista a su modo, ese que no filosofa.

Y si fuese por ignorancia o pura dejadez –como en los casos de Quevedo, Góngora, Gracián, Jovellanos, Galdós, &c.– apenas importaría porque eso forma parte del espíritu de los tiempos y de la raza hispánica. Pero en el caso de Marías, el olvido, el asesinato intelectual de su obra, de sus ideas, la ignorancia y la molicie no han sido las únicas culpables. Sus ideas liberales, la mala suerte de haber vivido –y sido marginado– en España con Franco vivo, y el empeño de pensar y ser independiente ayudaron sin duda a que se le apartase y recluyese en ese panteón de chichinabo donde los españoles dejamos sobrevivir, mínimamente, a otros nombres como el de Mihura, Ortega, Madariaga o Jardiel, que ya vaticinó que no hay nada tan peligroso en España como ser intelectual y de derechas.

Hoy, quizás mañana, se hablará de Marías con respeto, desidia y, en algunas pocas ocasiones, admiración o rencor. Pero sólo para rendir tributo póstumo a una persona a la que ya se «eliminó» hace tiempo de los libros de texto y las fuentes de pensamiento. Se rendirá homenaje a la persona, y su obra seguirá sepultada en el ocaso de la propia España, mientras en otros países aprenden de su sabiduría. Aquí, tan perdidos como estamos mirándonos el ombligo, seguiremos dudando de la propia existencia de don Julián Marías.

P.S.: Sirva la siguiente frase, del libro La España Real, publicado en 1976, para demostrar cuánto hemos perdido ignorando a Marías: «Las regiones de España no tienen el mismo grado –ni el mismo modo– de regionalidad. Imponer a muchas de ellas un alto grado de autonomía sería tan artificial –tan violento– como negarlo a las que lo desean, apetecen, necesitan. Por eso, la estructura regional de España, que debe establecerse cuanto antes, superpuesta a la provincial, no puede ser rígida, ni homogénea. Crear una serie de unidades análogas, puramente formales, sin contenido en muchos casos, con la tentación de convertirse en minúsculos «Estados» que reprodujesen miméticamente las estructuras nacionales, no llevaría más que a tres consecuencias: 1) un inmenso despilfarro; 2) la multiplicación de una de las plagas mayores de nuestro tiempo, la burocracia; 3) los reinos de taifas, el enquistamiento de cada región en sí misma». Demasiado tarde, me parece, para escucharle.


Julián Marías, in memóriam

El Norte de Castilla, Valladolid, viernes 16 de diciembre de 2005
por Emilio Ruiz

La muerte de Julián Marías era algo tan esperado, como, en modo alguno, deseado. Decir ahora que España ha perdido a uno de sus grandes pensadores, sería tanto como reconocer toda una vida dedicada a esclarecer que es el hombre y la libertad en toda su amplitud, y, por encima de todo, y a cualquier precio, la búsqueda incesante de la verdad.

La filosofía es siempre una tarea humana, intrínsecamente unida a la circunstancia de la vida real, teniendo siempre un carácter radical.

La relación de Julián Marías con Soria se remonta al año 1946. Cuando llega a Soria se sabe muy poco de él. Sus primeros pasos, guiado por Ortega y Gasset, los da en el Museo Numantino, acompañado por José Tudela y luego será la Dehesa de San Andrés, sus árboles centenarios, su «despacho predilecto».

«Soria ha sido para mí un lugar de convivencia. Su tamaño reducido, la posibilidad de llegar a todas partes en unos minutos de marcha, el hecho de conocer, al menos de vista a tantas personas, y ser conocido de ellas –ahora lo he comprobado– la facilidad de trato, de conversación, todo esto permitía un tipo de relación humana imposible en las grandes ciudades. Es asombroso el cúmulo de recuerdos que han ido almacenando mis hijos desde su primera niñez: un tesoro difícil de conseguir y que ahora estiman y reviven». Julián Marías pasó los últimos veranos en Soria, todavía con fuerzas suficientes para ver el paisaje de Castilla, hecho Soria, que tanto le entusiasmaba, él que había vivido plenamente, ya desde aquel lejano 1972, cuando dieron comienzo los cursos de verano, alumnos de Europa, de EEUU, de Méjico, de Suecia, de Soria y lo más ilustre del profesorado español.

Enseñar y aprender fue siempre, en todo momento, su gozo y su ilusión. «Ayudar y orientar». Quizá sea este principio lo que resume su vida de total independencia e inconformidad, su trayectoria vital.

Por supuesto, su vida personal, creo que es imposible entenderla sin el recuerdo de Lolita, su entrañable y querida Lolita. Y en medio de tantos recuerdos siempre Soria. «En ella se puede asistir a lo que está pasando en España y gran parte del mundo; y se puede prever lo que podría ser el porvenir si no se renuncia a lo que es inexorablemente la vida humana».

Entre sus muchas vivencias y horas entrañables en su compañía me viene ahora a la memoria su amistad con Miguel Delibes y su relación con Valladolid, donde nace el 17 de junio de 1914; sus conferencias en la Universidad de Verano, en Fuente Dorada; los recuerdos de su niñez, sus primeros pasos, la Banca Jover donde trabaja su padre y su amor por los perros, el Campo Grande donde da sus primeros pasos siempre inconfundibles para ir ofreciéndonos desde su primer libro, Juventud en el mundo antiguo. Crucero universitario por el Mediterráneo, año de 1934, toda una línea de continuidad hasta completar su extensa obra, sin un ápice de servilismo. Esto es todo lo que se ha llevado al otro mundo y lo que nos ha dejado a nosotros, una herencia nada desdeñable, desde la Historia de la Filosofía, de 1941, hasta el Tratado sobre la convivencia.

«Por mí que no quede», solía decir con frecuencia Julián; tenemos que seguir creyendo en la libertad humana y menos en la economía y la política. Julián Marías sigue presente en su filosofía como «la visión responsable» que justifica lo que se ve y responde a las preguntas. Estas, las preguntas «radicales», son el verdadero contenido de su filosofía, sin esperar muchas veces a que tengan respuesta.


Julián Marías: geometría sentimental

Siglo XXI, Madrid, viernes 16 de diciembre de 2005
por Rafael Pérez Ortolá

La terminación de una vida siempre tiene un realce significativo. Por más que las diferencias asoman enseguida, unas transcurrieron de forma anómica y rutinaria, otras conllevan la cálida proximidad de sus íntimos; pero hay otras que ejercieron una mayor labor de estudio, de comunicación y de apertura de horizontes para el resto de las personas. Al acabarse la vida también serán distintos los significados y la repercusión.

Acaba de fallecer Don Julián Marías, con una vida entregada a la reflexión, incansable labor de comunicación y testimonio, así como una clara honradez intelectual en épocas muy conflictivas. Sus libros y artículos constituyen eslabones cruciales para entender los diferentes aspectos sociales; para comprendernos mejor a nosotros mismos.

Escribió sobre una de las pérdidas más graves que sufríamos y me da la impresión que continuamos padeciendo, «la perdida de la espontaneidad; es decir, de la libertad, intensidad, la calidad y el sabor de la vida». Todo muy fiscalizado por un entramado social que esconde sus premisas, enmascara sus verdaderas intenciones. En parte por candidez, y en parte por dejación, o las dos cosas juntas; vamos abocando a una frustración y pasividad nada estimulante, pero muy visible en la actualidad.

Me parecen entrañables sus alegatos para denunciar la corrupción de los mayores, se trata de esa renuncia progresiva y de instauración lenta, por parte de padres, profesores e intelectuales, para testificar y propagar con valentía aquellas cosas estimadas como importantes. Escribe a este respecto: «Los jóvenes son los más afectados porque se les hurta en su plena eficacia el instrumento capital de su herencia histórica, que es lo que distingue al hombre del animal».

Lo vemos en gran cantidad de situaciones actuales, no hay una exposición nítida de lo que pensamos sobre la enseñanza, la violencia, la sanidad, la economía, las drogas. Parece que nos va más el batiburrillo de una mezcolanza indigerible. Ante ese borrón, no se atisba el horizonte adecuado.

Quiero reflejar otra de sus ideas, «La medida de la libertad», sobre posibilidades reales, prohibiciones, intolerancias y agresiones, en todo lo referente a las personas de diferente pelaje o condición. Dice por ejemplo: «El verdadero genocidio, y en gran escala, es precisamente aquella organización política, social y económica que impide nacer o vivir a los millones de personas que de otro modo podrían nacer, vivir y, encima, ser libres». ¿Qué les parece? Cada día veo más actuales estas palabras y orientaciones.

Evidentemente, todo esto sobra en el caso de permanecer indolentes ante cualquier tipo de pensamiento. Si entendemos eso de la tolerancia a todo, porque todo tiene el mismo significado, acabemos, no hay materia de discusión.

Julián Marías reverdeció un viejo concepto de su admirado Ortega y Gasset, se trata de la llamada «Geometría Sentimental». La considera una menudencia, como parte de las excentricidades del alma, pero tiene un calado francamente radical para entender los sentimientos humanos.

Esta geometría sentimental viene a plasmar, a consolidar, las vivencias humanas relacionadas con los elementos externos al hombre. Vivencias que confieren un sentido especial a unos edificios abandonados –pueblos sumergidos–, unos paisajes, una habitación, en algún momento relacionados con nosotros. Vienen a ser unas «formas geométricas» que retratan un reflejo de diversas actuaciones humanas, momentos y relaciones con diverso grado de intimidad.

Cada pueblo y cada persona establece de forma continuada relaciones con este cariz. De ahí, el significado diferente según el protagonista; no será lo mismo un edificio, un árbol o una decoración, según la vida desarrollada en su entorno. Mas, no se trata de un producto objetivo, medible, ni manipulable; es el auténtico sentimiento surgido de esos eventos relacionales entre las personas y la morfología del entorno.

Como es fácil apreciar, el latido subyacente en los pensamientos referidos gira en torno a una vida protagonista. No se trata de criticar o calificar a cada persona en la percepción de esos sentimientos, sino de una aportación permanente y enriquecedora. De forma más simple, acudir al hecho vital sin demasiadas cortapisas teóricas, con mayor libertad y espontaneidad. No se plantean aún los contrarios, es una fase plenamente positiva.

Con el apagamiento, durante los últimos años, de la actividad intelectual y comunicadora de Julián Marías, ya se originó un hueco lamentable en el panorama de escritos y pensamientos estimulantes. Su muerte representa un eslabón que debiera convertirse en provocación, en acicate de una razón cada vez menos próxima a los horizontes vitales, a los proyectos de felicidad y concordia.

Ahora se presenta todo como público y transparente, se presenta, nos engañan con ese mensaje. Aunque nos enmascaran que todo lo público ha de nacer de las entrañas mismas de las personas, una por una. Como podemos fácilmente colegir, no se trata de negar la importancia de lo público, sino del menosprecio por las actitudes y sentimientos privados.

Finalizo este sentido recuerdo por Don Julián, con sus palabras: «Lo privado tiene una realidad superior que hay que tomar en cuenta, si se quiere evitar una gigantesca falsificación que amenaza al mundo en que vivimos». Descanse en paz.


Adiós al gran maestro

La Nación, Buenos Aires, viernes 16 de diciembre de 2005
por Mariano Grondona

Cincuenta años después de su maestro, ha muerto nuestro maestro. Hace dos meses La Nación recordaba el cincuentenario de la muerte de José Ortega y Gasset, maestro de varias generaciones argentinas. Pero en ese hueco de medio siglo que siguió a la muerte de Ortega, nuevas generaciones de argentinos tuvimos otro maestro que era, a la vez, su discípulo. Ha muerto Julián Marías.

La generación de mis hermanos mayores, como Máximo Etchecopar, Jaime Perriaux, Nicanor Costa Méndez y Marcelo Sánchez Sorondo pudo disfrutar a Ortega no sólo leyéndolo sino también en persona, durante sus últimas visitas a la Argentina.

Mi generación, en cambio, sólo pudo leer a Ortega. Pero si bien mi generación fue privada, por así decirlo, de la presencia visible de Ortega, tuvo como compensación encontrarse una y mil veces con quien fue al mismo tiempo, su discípulo y nuestro maestro. Ayer, ha muerto Marías.

Ortega y Marías eran, en cierta forma, dos versiones de lo mismo. En Ortega habían nacido las ideas de Marías. A partir de esta siembra incomparable, Marías escribió sus obras admirables. Ortega era un agnóstico de formación kantiana. Un agnóstico liberal en quien, como en todo español, calaba hondo la huella de la Iglesia de la cual escribió alguna vez, en tiempos del autoritarismo de derecha, que «el problema de la Iglesia Católica española es que es la Iglesia Católica española». Marías, por su parte, era católico. Eso sí: católico liberal.

Alguien tendrá que escribir alguna vez, ahora que ambos ya no están, las vidas paralelas de Ortega y Marías. Pero en esa comparación que promete jugosos frutos no tendrá que olvidar un dato que nos concierne: que ambos, cada cual a su turno, amaron profundamente a la Argentina.

Ortega vino tres veces a nuestro país, a conocer y a anunciar su esencia. Marías vino incontables veces a tomar nuestro pulso irregular pero, sobre todo, a enseñarnos. Era un conferencista excepcional que supo aunar como pocos a esa pareja en general mal avenida de lo ameno y lo profundo. Hizo suya la consigna de su maestro: «La claridad es la cortesía del filósofo».

Pensando en la integración europea, Marías nos dijo un día que, así como en el siglo XV Castilla, Navarra y Aragón, que eran empresas perdidas, se habían salvado en España, ésta, a su vez, debería salvarse en Europa, lo cual, acto seguido fue lo que hizo España. ¿En dónde debería salvarse hoy la Argentina? Ya no está Marías para decírnoslo. Pero alguna vez imaginó que el papel de España en Iberoamérica tendría que asemejarse al del arbotante, ese arco que sostiene desde afuera a las catedrales góticas. ¿No es esto lo que está tratando de hacer esta España hoy pujante con la díscola Argentina?

En 1956, a poco de caer Perón, me casé y me fui a estudiar a España. ¿Por qué? Porque allí brillaban la fresca memoria de Ortega y la intensa presencia de sus discípulos.

Tuve la fortuna de estudiar por dos años con las luminarias del cielo orteguiano: Zubiri, Díez del Corral, Tierno Galván, Fraga Iribarne, López Aranguren, Gómez Arboleda...

Cada mediodía –el mediodía madrileño: de dos a tres de la tarde– se reunían en tertulia los continuadores de Ortega. Allí reinaba, como una suerte de primus inter pares, Julián Marías. Allí me preguntó una vez: «¿Cuánto piensan hoy los intelectuales? Confeccionan fichas, multiplican citas y escriben libros. Pero ¿cuánto piensan?». No pude y aún no puedo contestarle. Era la urgente demanda de un ser que tuvo la inmensa alegría de pensar y la inmensa generosidad de compartir esa impar alegría con los demás.


Sobresaliente ensayista...

La Vanguardia, Barcelona, viernes 16 de diciembre de 2005, pág. 40
por Lorenzo Gomis

Julián Marías, que acaba de morir, parecía destinado a ser catedrático de Filosofía en la Universidad de Madrid, que entonces se llamaba Central. Era el discípulo más destacado del gran filósofo José Ortega y Gasset, a quien algún bromista llamó primero de España y quinto de Alemania, como el emperador Carlos V. Parecía desde esa privilegiada sede llamado a desarrollar el ambicioso sistema orteguiano de la razón vital. Si no tuvo su sitio en la universidad española –en la que muchos más de izquierdas que él han sido docentes– fue porque el régimen franquista no quiso. Quizá le considerarían demasiado fiel a un maestro que tampoco tuvo acomodo en ninguna de las dos Españas enfrentadas en la Guerra Civil. Al fin y por eso fundaron Ortega y Marías juntos, ya en 1948 y en Madrid, el Instituto de Humanidades, que funcionó durante dos años.

¿Echó de menos Marías el entorno académico oficial de discípulos y tesis? Hay un drama no estudiado que ha sido el del pensador liberal mal visto por el franquismo oficial y rechazado por el marxismo oficioso. Recuerdo que en 1960 el poeta Pierre Emmanuel me preguntaba perplejo si yo creía que Marías era tan de derechas como decían otros. Estábamos en Copenhague, en un seminario internacional que moderaba el francés sobre el escritor y la sociedad del bienestar, en que dominaban los escandinavos que sabían bien lo que era el Estado de bienestar y en el que participábamos algunos españoles a los que nos tocaba todavía hablar de la pobreza de la que tratábamos de salir. Marías tuvo una ponencia sobre el buen uso de la pobreza y de las riquezas y yo una subponencia que me pidió y publicó después Domenach, el director de la revista francesa Esprit. Carlos Barral cuenta en sus memorias que aquellos dos «lamentables discursos» venían a ser un «elogio cristiano de la pobreza» y que la izquierda española presente no podía pasarlo por alto y añade: «Arremetí en tono volteriano contra el solemne heredero de Ortega y se produjo una gran crispación». Yo la crispación no la recuerdo, pero Barral cuenta que Castellet, «maestro de las transacciones», trató por dos veces de reconciliar a Barral con Marías sin conseguirlo. No sé si una escena así se hubiera producido entre escritores de países europeos que no vivieran en nuestra peculiar situación.

Y no es que Marías no haya sido respetado y leído. Su Historia de la filosofía y su Introducción a la filosofía son dos clásicos, como lo es su estudio sobre Unamuno. A su copiosa bibliografía podría añadirse su Antropología metafísica en el terreno filosófico y sus numerosos títulos sobre el tema de España. Ha sido miembro de la Real Academia Española y de la de Bellas Artes, doctor en Filosofía por la Universidad de Madrid y doctor honoris causa en Teología por la Universidad Pontificia de Salamanca. Fue senador por designación real entre 1977 y 1979 y en 1996 se le concedió el premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades. Ha enseñado en varias universidades norteamericanas y dado conferencias en numerosos países de Europa y América. Sus artículos regulares en ABC son un modelo de prosa ensayística en las tribunas de la prensa. Los dos gruesos tomos de su autobiografía recogen con natural satisfacción los hitos de una carrera de éxitos. Recuerdo de las tertulias vespertinas en las Conversaciones de Gredos, hace muchos años, confidencias de una vida hogareña dichosa. Casado con una escritora y con hijos escritores de éxito, no le ha faltado el calor del afecto familiar. El novelista Javier Marías ha salido más de una vez a la palestra en defensa de su padre, cuyos valores no siempre veía justamente reconocidos. Este mismo año, el 17 de junio, celebraba en su blog el cumpleaños de quien calificaba de «sobresaliente ensayista y distinguido filósofo». Lo que ha sido sin duda.


Una filosofía no definitiva

La Vanguardia, Barcelona, viernes 16 de diciembre de 2005, pág. 40
por Miquel Escudero

Marías ha dejado una rica, extensa y variada obra. Comenzó a escribir con menos de veinte años y lo siguió haciendo hasta prácticamente el final de sus días, con más de noventa. A sus grandes cualidades como persona: serio, bondadoso, valiente y modesto, unía erudición, memoria e inteligencia de la mejor clase. Siempre le sostuvo jovial la curiosidad por saber y amar, y su generosa disposición a admirar lo valioso en cualquiera de sus formas. Siempre anduvo al margen de los poderes establecidos y no se puede entenderle sin contar con su renuncia expresa a tener buena fama. Antepuso su pasión por la verdad y la libertad a su fama y utilidad social.

Marías entendía la filosofía como un asunto personal y no como una disciplina abstracta, y la definió como la visión responsable. Siguiendo a su maestro y amigo Ortega, parte de que el hombre es libre lo quiera o no, porque rodeado de circunstancias debe elegir en cada momento. Así señaló que «el hombre rinde el máximo de su capacidad cuando adquiere la plena conciencia de sus circunstancias». A la pregunta: ¿Cuándo hay libertad?, responde: «Cuando se respeta la realidad y no se suplanta por otra cosa. Importa mucho tener libertad, pero incomparablemente más ser libre». Marías definió la realidad como «aquello que encuentro tal como lo encuentro». Para él el hombre es una realidad que incluye irrealidad y que ha de hacerse a lo largo de la vida, es «el animal que tiene una vida humana». Pero para llevar una vida humana cada ser humano necesita usar la razón. Se trata de una razón que sea la vida humana en la función de aprehender la realidad ligando cosa a cosa y todo a nosotros; es la razón vital, que se constituye viviendo, por eso no hay filosofía definitiva y Marías puede decir que la filosofía no tiene sentido más que como algo que mana de una vida concreta.

Marías veía a Cervantes como una clave española y advertía contra los fanatismos exaltantes de lo español que paradójicamente han insistido en descalificar casi todo lo valioso que ha producido España. Firme autonomista y partidario de descentralizar por razones de eficacia, en 1965 escribió una serie de artículos que fueron aquí muy bien recibidos y que acabaron formando su libro Consideración de Cataluña. Veía necesario que el idioma catalán fuese poseído con plenitud, escrito con naturalidad y esmero, usado con libertad. Asimismo aseguraba que «no es fácil ni probable ser directamente español; en algunos casos, imposible. Concretamente en el caso de Cataluña»; y señalaba que la advertencia de que algunos la quisieran menos catalana arrastraba un sentimiento de menor españolidad. Al volver del exilio, Tarradellas le agradeció por carta «la comprensión que profesa por nuestras realidades catalanas». Marías, lector también de toda la obra de Maragall, rechazaba el carácter de nación para Catalunya, lo que supuso la réplica escrita, afable y cordial de Maurici Serrahima. Argüía que tampoco lo habían sido Roma, Atenas o el califato de Córdoba, por ejemplo, pero que Catalunya es una realidad que existe a un nivel histórico-social distinto que Francia o España por una parte, que las ciudades por otra. Liberal, dispuesto a dudar de lo que no estaba seguro, tuvo gratitud y amistad con Adolfo Suárez. Como senador real propuso en vano que el Senado se constituyese como Cámara de representantes regionales, así como que las listas electorales fuesen abiertas y no cerradas y bloqueadas.


El gusto de pensar

El Periódico, Barcelona, viernes 16 de diciembre de 2005
por Domingo Ródenas Moya

Rebasados los 90 años, ha muerto Julián Marías sin que se acabara de hacer con él la justicia a la que era acreedor. Fiel discípulo de Ortega y Gasset, de Xavier Zubiri y de Manuel García Morente, no confinó su actividad intelectual en la filosofía académica, sino que asumió el papel de pensador irrestricto de intereses universales y vocación pública.

En su copiosa obra ensayística abordó multitud de temas, desde la estructura social a la cultura hindú, de la liberación de la mujer a la España ilustrada, de los Estados Unidos a la libertad. De la cual fue un denodado defensor cuando eso era una temeridad. En El tiempo que ni vuelve ni tropieza (1964) recusaba las abstracciones sobre la libertad y exigía vincularla siempre a una situación concreta. Sus palabras no han caducado: «Nadie puede ser libre en una sociedad de esclavos. Es un espejismo pensar que el tirano es libre. No se puede ser libre más que entre libres».

Denunciado a la policía franquista (delación que narra su hijo Javier en Tu rostro mañana), vio cómo se le cerraba la universidad mientras se abría a sujetos de mollera espesa, misa diaria y lengua larga. Trabajó en un páramo y, pese a ello, escribió, claros y rigurosos, libros como Historia de la filosofía (1944) o El método histórico de las generaciones (1949) y desarrolló una filosofía de raíz orteguiana sólidamente amarrada a la vida tangible y real.


Marías, valor y esperanza

El Correo, Bilbao, viernes 16 de diciembre de 2005
por Miguel Escudero

Acaba de fallecer Julián Marías, una de esas personas que vale la pena conocer siquiera sea después de muerto. Les diré por qué: en su extensa y riquísima obra como escritor y pensador podrán encontrar un maestro en el arte de ser persona y de vivir con hondura y responsabilidad. Siempre suscribió todas y cada una de sus páginas, y antepuso su pasión por la verdad y la libertad a su fama o a la 'utilidad' social. Por eso sus trayectorias por la vida estuvieron cuajadas de honradez y limpieza. Consciente de que «cada uno de nosotros está habitado por multitudes ignoradas, en formas muy diversas, que penetran sin que nos demos cuenta en nuestra vida, que son ingredientes latentes de la persona que somos», enseñaba el camino de la 'concordia sin acuerdo': podemos discrepar abiertamente pero nunca renunciar a tratarnos como personas. Su ejemplo vivo de moderación era sinónimo de inteligencia o respeto a la civilización, y no señal de tibieza.

La dictadura franquista no sólo le vetó que escribiera en los periódicos, sino que su tesis doctoral fue suspendida y se le cerró el paso a la universidad como profesor. Él permaneció, a pesar de todo, entero, afable y esperanzado. «Por mí que no quede», era su lema. Creía que las cosas siempre pueden ir peor, y que por eso no debemos desesperarnos. Guardemos el sosiego junto a la gravedad y la holgura como actitudes ante la vida y sus circunstancias imprevisibles. No dejemos de sentir deseos en cuanto personas, pues importa no tanto nuestros éxitos como nuestro empeño por ser: a eso nos condenamos: a ser de verdad y para siempre lo que hemos querido. ¿Cuándo hay libertad?, se preguntaba. Y respondía: «Cuando se respeta la realidad y no se suplanta por otra cosa. Importa mucho 'tener libertad', pero incomparablemente más 'ser libre'». Marías creía que la verdad siempre prevalece sobre la mentira. Piénsese que tenía la idea de que todo lo que un hombre ha visto es verdad. Pero también que la mentira guarda en sí misma una grave inconsistencia y sólo es eficaz si es creída. Por motivos de riqueza personal no podemos prescindir de Julián Marías. Ya muerto podrá decir como Unamuno: «Retemblaré en vuestras manos./ Aquí os dejo mi alma-libro,/ Hombre-, mundo verdadero./ Cuando vibres todo entero/ Soy yo, lector, que en ti vibro».


El humo ciega tus ojos

La Rioja, Logroño, viernes 16 de diciembre de 2005
por Luis Ignacio Parada

Julián Marías escribió hace tres décadas que cuando quería medir el grado de libertad del que podía disfrutar en un país se hacía siempre tres preguntas: «¿Qué puedo hacer? ¿Qué no puedo hacer? ¿Qué me pueden hacer?» Desde entonces cada vez que he visitado un país me he hecho siempre esas mismas tres preguntas. El resultado ha sido una lista personal e intransferible de países en los que las libertades que los ciudadanos pueden ejercer no están en proporción con su aparente grado de democratización y viceversa. Y he llegado a tres conclusiones. Primera que, en las dictaduras, todo lo que no es obligatorio está prohibido, pero sólo viven bien los que deciden qué es obligatorio. Segunda que, en las democracias, todo está permitido menos lo que está expresamente prohibido, pero los que mejor viven son los que establecen las prohibiciones. Tercera y paradójica, que cada vez hay más obligaciones y más prohibiciones.

En un libro titulado España inteligible, Julián Marías escribía en 1985 que frente a la idea de que España es un país «anormal», conflictivo, irracional y enigmático, un conglomerado de elementos múltiples y que no se entienden bien, España es coherente y sólo ocurre que a algunos les parece una «herejía» la idea de que pueda ser «normal», una realidad colectiva humana y por tanto inteligible. Si el filósofo desaparecido ayer, se hubiera hecho ayer mismo las tres preguntas que empleaba para medir el grado de libertad de los países habría llegado a la conclusión de que hay quienes se empeñan en seguir dando argumentos para que España sea cada vez menos inteligible. Porque, con la que está cayendo en materia política, autonómica y económica, el humo cegaba los ojos de los políticos que estaban entusiásticamente dedicados a prohibir el tabaco y a hacer obligatoria una nueva asignatura de «Educación para la Ciudadanía». Señores, lo que preocupa a la ciudadanía es saber ¿qué puede hacer?, ¿qué no puede hacer? y ¿qué le pueden hacer?


Julián Marías y la realidad de España

Las Provincias, Valencia, viernes 16 de diciembre de 2005
por Joaquín Calomarde

Hace dos años que tuve el placer de pasar la tarde con Julián Marías en su casa de Vallehermoso, en Madrid, por última vez. Tuve el honor de frecuentarlo. Y hoy deseo glosar su muerte hablando de su pasión última y más honda: la de pensar verdaderamente la España real (título de su libro del mismo nombre de 1976).

En toda la obra de Marías vibra sostenidamente la pasión por España, por la realidad de España, por la vertebración española, por la cultura española, por la relación íntima y magnífica entre España e Hispanoamérica (auténtico centro del mundo hispánico). Lo determinante, lo que da tono, temple y textura al pensamiento de Marías es su ansia por la verdad; por la realidad; su huida de la virtual mentira mediática, su necesidad, su imperioso afán por decir lo esencial e irrenunciable, lo que no admite otro tratamiento que la sincera manifestación de un intelecto atento, abierto, constructivo y tolerante, liberal y sensatamente incardinado en la tradición que representa, culmina y lleva hacia adelante: la ilustración española, el noventa y ocho, la filosofía orteguiana, en suma, el humanismo español.

La España real de Julián Marías debe leerse con profundidad, sin prisas, analizando cada asunto cronológicamente, sin apresuramientos innecesarios y tentando la razón que en ellos emana emulándola con la propia de los españoles de hoy, con la realidad de la España de 2001.

La noción de razón histórica resulta fundamental para entender de qué se habla. La estructura de la historia española es amplia, sus líneas fecundas, sus trayectorias abiertas. Resulta esencial repensar los conceptos básicos en la filosofía de Marías de instalación y trayectoria.

Los españoles no somos un cúmulo de pueblos dispersos, de naciones, nacionalidades o regiones aviesas que no tienen en común un sólido pasado compartido (entre ellos e Iberoamérica) que pueden entenderse desde la dispersión, la confrontación y la partición histórica. Bajo los datos, las fechas, las dinastías, las formas de gobierno, de configuración del Estado, de los regímenes mismos late la realidad nacional de España, la identidad plural y abierta de la nación española que es una de las más antiguas de Europa a la que cinco siglos de Historia en común han marcado indeleblemente para siempre.

España, lo ha precisado a lo largo de más de cincuenta años Julián Marías, precisa reencontrar el sentido profundo de sus trayectorias históricas; la raíz misma de sus proyectos nacionales; el fluir primigenio de lo que constituye su forma precisa de instalación temporal, individual y colectiva en la configuración del mundo occidental. En una palabra: tomar posesión de sí misma; alimentarse con el conocimiento fecundo, sabio y temperado de su pasado, de su condición, de sus posibilidades, de su lengua, de su cultura, de sus apuestas históricas.

A lo largo de todo su espléndido magisterio filosófico, Marías ha tratado a la España real con «trabajos de amor», los propios de la sabiduría enciclopédica de don Julián, con pasión no exenta de lucidez, razón y moderación. Ningún tipo de fanatismo y lamedor definición española de liberalismo: «el liberalismo –escribía Marías– no es sino la organización social de la libertad».

Qué pena no poder volver a visitarle, pues una conversación pausada con don Julián Marías era una lección de humanidad, de humanismo, de sabiduría profunda, de exagerado amor por España, por sus letras, por la filosofía escrita en español y por la realidad total de los españoles.

El espíritu de don Julián Marías siempre ansioso y práctico, desde dentro, desde España, desde su casa de Vallehermoso en Madrid, en ocasiones en condiciones de extrema dificultad, la libertad real; es decir, aquella, decía Marías, que uno, en cualquier situación por adversa que sea, se toma. Se refería a los infinitos años del franquismo.

Tuve la ocasión de presentarlo en Valencia, en 1998, en una conferencia que se organizó en el Foro de Opinión, dirigido por Amparo Caballer. Fue una velada inolvidable, con un Julián Marías espléndido. Hoy lamento profundamente su muerte, la de un maestro, la de un amigo, la de un sabio, que sin duda todo eso lo fue don Julián Marías. Descanse en paz.


Una vida presente

ABC, Madrid, viernes 16 de diciembre de 2005
por Ignacio Sánchez Cámara

Como escribió Cicerón, no puede en absoluto hablarse de la vida sino cuando está acabada y completa. Así se encuentra ya la de uno de los grandes españoles de nuestro tiempo, Julián Marías: acabada y completa. No es tanto la hora del balance como la de la gratitud. Como a él le gusta decir –no entiendo esa desesperanzada tendencia a hablar de los muertos en tiempo pasado, como si ya no existieran–, como aprendió de su maestro Ortega, toda vida es ininteligible sin trazar la ecuación entre sus dos esenciales ingredientes: vocación y circunstancia. La vocación de Marías ha sido la filosofía. Su circunstancia, España, y esa otra parte mayoritaria, próxima y lejana, que son las Españas de América. La filosofía de Marías es una filosofía a la altura de los tiempos. Esa altura vino proporcionada por la obra de Ortega. El mayor homenaje a un maestro no consiste en repetir sus enseñanzas, sino en asumirlas y ejercerlas. Así hizo Marías. Pensó desde y con Ortega. Por eso pensó al nivel del tiempo. Ese homenaje de gratitud no reside sólo en los textos, fundamentales, que dedicó al análisis del pensamiento de su maestro, sino en su obra entera. De Ortega recibió tanto las incitaciones fundamentales como los instrumentos intelectuales necesarios para llevarlas a buen puerto: la superación de la modernidad, la metafísica de la vida humana y el método de la razón vital. La filosofía es, ante todo, esclarecimiento del modo de ser y del sentido de la vida humana. La biografía de Marías es, de suyo, todo un ejercicio de razón vital.

No son éstos la hora ni el espacio de la exégesis ni de la interpretación, pero creo no equivocarme si afirmo que la obra de Marías es un logrado ensayo de elaboración de una filosofía cristiana, es decir, personalista y esperanzada, al nivel de los tiempos, y de una concepción de la sociedad y de la política, precisamente por personalista y cristiana, liberal, en el buen sentido de la palabra liberal, si es que hay otro.

Lanzó su mirada sobre el pensamiento y sobre la vida, sobre el cine y la literatura, sobre España y América, sobre Europa, sobre el arte y la historia. Y lo hizo desde el libro y la conferencia, desde el curso universitario y el periódico (en los últimos años desde estas páginas de ABC que acogieron su magisterio semanal). No pudo hacerlo desde la cátedra universitaria que le negaron el resentimiento y el rencor. Pero no cabe hablar de diletantismo y dispersión, pues a todos esos afanes llevó el talante filosófico, sabedor de que, como enseñó Ortega, no hay cosa en el orbe por la que no pase un nervio divino. Entre sus libros hay uno muy especial, sobre todo para su autor. Era a comienzos de la posguerra. Un grupo de chicas, estudiantes de Filosofía y Letras, tenía que habérselas con la «Historia de la Filosofía» en uno de los cursos de «Comunes». Marías les iba explicando la obra de los grandes pensadores. Fruto de aquellas lecciones fue el texto de su Historia de la Filosofía, uno de los mayores éxitos editoriales de la filosofía en español. Entre aquellas jóvenes se encontraba Dolores Franco, que poco después se convertiría en su mujer.

Su circunstancia fue España. Nos ha legado páginas imprescindibles para comprender nuestra realidad nacional y desvanecer tantos tópicos y mentiras. Representante de la «tercera España», la de la concordia y el perdón, iluminó con sus escritos los afanes de la transición, la devolución de España a los españoles. No le he leído una sola línea que destilara no ya odio, sino ni siquiera la menor animadversión. Nunca escribió contra nadie ni contra nada, sino sólo en favor de la verdad. Emitió el más breve y certero dictamen sobre la tragedia de la Guerra Civil: los justamente vencidos y los injustamente vencedores. Difícil decir más en menos. Tampoco cabe olvidar, entre tantas enseñanzas, su afirmación de que la aceptación social del aborto y la generalización del consumo de drogas constituían los dos mayores errores morales de nuestro tiempo.

Una vida presente, tituló sus memorias. Una vida presente y completa, dedicada a la meditación y al afán indeclinable de ver las cosas claras. La serenidad como temple. La verdad como vocación. En la muerte de Unamuno en 1936, escribió Ortega: «La voz de Unamuno sonaba sin parar en los ámbitos de España desde hace un cuarto de siglo. Al cesar para siempre, temo que padezca nuestro país una era de atroz silencio». En la muerte de Marías quizá quepa corregir al maestro y asegurar que su voz no ha cesado para siempre, sino que continuará iluminando el misterio de la condición humana. Seguro que habita ya donde la verdad deja de ser circunstancial para convertirse en definitiva y eterna.


La mesura del pensador

ABC, Madrid, viernes 16 de diciembre de 2005
por Carlos Seco Serrano

Vengo tratando, estudiando y siguiendo a Julián Marías desde hace medio siglo: de 1941 datan nuestros primeros contactos, convertidos luego en fructuosa amistad. Alguna vez he referido que acudí a su hogar de recién casado cuando yo iniciaba mis estudios universitarios en la Central, en noviembre de ese año. Lo hice aconsejado por los parientes en cuya casa me alojaba, y a quienes unía una estrecha amistad con Lolita Franco, la joven esposa de Marías. Julián me recibió con su cordialidad característica: me trató como un hermano mayor; me proporcionó libros –la Gramática Griega de Veruela, entre ellos– y me dio sanos consejos (por ejemplo, que acudiera siempre que me fuese posible a escuchar las clases que impartía aún, en el viejo caserón de San Bernardo, don Manuel García Morente). Cuando terminé la carrera acudí de nuevo al piso del matrimonio Marías. Julián me introdujo entonces –no podía ser menos– en la lectura sistemática de Ortega; que yo hice, cada vez más fascinado, en la primera edición de sus supuestas Obras Completas: el famoso tomo (único) con pastas de color naranja.

Luego, seguí a Marías en sus conferencias y en sus libros. Claro es que mi camino no era el de la Filosofía, sino el de la Historia; pero las orientaciones de Ortega y las sugerencias e intuiciones de Marías, también en este campo, me fueron siempre utilísimas; quizá por una reconocida afinidad de temperamentos y actitudes. Por entonces –a finales de los cuarenta– estaba muy de moda el llamado «Método histórico de las generaciones», utilizado por Pedro Laín en una de sus obras más sugestivas, y sistematizado por Marías. Un breve pero espléndido libro de Ortega –por cierto, no incluido en el tomo de color naranja–, el curso En torno a Galileo, fijaba el concepto de «crisis histórica», definido por la divergencia entre «coetaneidad» y «contemporaneidad» de generaciones preclaras. Cuando yo hice mis primeras y frustradas oposiciones a cátedra, en 1953, mi lección magistral, titulada El Renacimiento como crisis histórica, debía mucho, si no todo, al legado de Ortega a través de Marías.

Un deslumbrante libro de Julián, publicado hace pocos años –España inteligible–, coincide plenamente con los conceptos desarrollados por mí durante largos años cuando explicaba –en la cátedra que gané por fin en 1957– Historia General de España en la Universidad de Barcelona. El concepto de España como «proyecto», que a lo largo de nuestro Medioevo supone una lucha multisecular (la Reconquista), para «seguir siendo España»; la realidad de una España anterior al brote de las nacionalidades peninsulares, surgidas de esa misma lucha, venían a reforzar aquello sobre lo que –tanto en Barcelona como en Madrid, en mi cátedra como en mis libros y artículos– me he esforzado siempre en clarificar: esto es, que España «no es simplemente un Estado plurinacional» –como tanto se repite hoy–, sino «una nación de naciones»; y que la proyección de España, a partir del Renacimiento, en el vasto continente americano que ella había descubierto, esto es, el alumbramiento de las Españas de Ultramar, fue la «culminación universalista» del viejo «proyecto peninsular».

La visión histórica de Marías está matizada, a mi entender, por tres matizaciones sustantivas:

Primera, un apasionado sentir de lo español –lo español castellano, sobre todo–. Ese apasionado sentir, que a veces es, como en el verso de Garcilaso, «dolorido sentir», se nos hace presente, casi día a día –yo diría que pedagógicamente– en sus artículos de prensa: es un apasionado sentir que busca forma, luminosamente, en la obra cumbre cervantina y que se traduce en la exigencia de una impregnación española del cuadro europeo y en la referencia, ineludible, a lo español americano.

La segunda matización en la visión histórica de Marías –matización que por lo demás preside su obra toda– es el constante empeño de introducir claridad y sensatez en «la desmesura carpetovetónica». Como expresión de lo disparatadamente «desmesurado» (o «exagerado»), ha definido Marías, en uno de sus luminosos ensayos, la lamentable crisis en que se forjó nuestra guerra civil. En «lo desmesurado» se resume no pocas veces el juicio adverso que de su historia próxima, o de su propio presente, ha hecho el español contemporáneo. Al denunciar la «desmesura», Marías ha podido salvar, poniendo luz en la confusión, parcelas nada despreciables de nuestra historia, como la Restauración canovista y la España entre dos siglos.

La tercera matización es una reacción, yo diría que instintiva, contra determinadas escuelas historiográficas muy en boga hace pocos años: las de cuño marxista, atenidas exclusivamente a los condicionantes económicos; o las que pretenden convertir la historia en pura estadística o en cuestión de ordenadores. La reacción de Marías apela a lo que es sustancial en la Historia: el protagonismo del hombre en toda su realidad; la virtualidad del individuo diferenciado en el acontecer histórico. Es como una valiente proclama a favor de lo que yo alguna vez he llamado «escuela humanista».

Pero esta última matización, este último rasgo, es como una afirmación más de la proporción, el equilibrio, el «seny» característicos de Marías. El «seny», expresión catalana, tiene su equivalente castellano, más que en la palabra «sensatez» en esta otra: «mesura». La mesura, cualidad casi insólita en el español medio, es, quizá, lo que mejor define a Julián Marías: al hombre, al pensador, al escritor. Ésa es su gran lección, la que nos ha dado a todos, la que espero que desde su obra siga dando a las nuevas generaciones españolas, que son, cuando menos, nuestra gran esperanza, pero también nuestra gran preocupación.


Una idea de España

ABC, Madrid, viernes 16 de diciembre de 2005
por Francisco José Martín

Pocos ejemplos más claros para entender el «exilio interior» que el que nos proporcionan la vida y la obra de Julián Marías. Sus dificultades con el régimen de Franco son bien conocidas: el suspenso de su tesis doctoral fue sólo el preludio de una suerte de condena más amplia que le negaba espacio docente en la universidad española. No por falta de cualidades, desde luego, sino por su fidelidad intelectual al proyecto orteguiano. Su ejemplo muestra bien claramente cómo uno de los principales objetivos culturales de aquel régimen fue el desmantelamiento del orteguismo.

No le faltaron, sin embargo, foros universitarios –y de prestigio– en los que ejercer su magisterio. Pero nunca abandonó España para establecerse cómodamente en uno de ellos. Quiso hacer de aquella España hostil su «circunstancia». Fue ésta una decisión eminentemente ética, sobre todo porque sabía –lo aprendió joven– que su destino concreto consistía precisamente en la «reabsorción» de la circunstancia. Y no reparó –no quiso– en el menoscabo de su obra y en el ninguneo de su pensamiento. Sabía que la suya, como la de su maestro, era una carrera de fondo.

España le «dolía», indudablemente. Pero nunca se rasgó por ello las vestiduras ni alimentó el gesto trágico de los hombres del 98. No hizo literatura del dolor, sino reflexión a partir de él. Su pensar «en» España es también, y muy principalmente, un «pensar España». Su mejor fruto, en este sentido, es España inteligible.

Marías se coloca en la línea abierta por Ortega con España invertebrada. Y si entonces fue importante cerrar el «problema de España» e integrar aquella presunta especificidad hispánica en un movimiento más amplio y general, como era el «problema de Europa» o «crisis de la modernidad», ahora se trabaja en el conocimiento histórico de la «España real», se insiste en contra del tópico de la «anormalidad» de la historia de España y se lucha contra la imagen de su carácter conflictivo, irracional y enigmático.

Marías corrige al maestro, sobre todo en aquella idea de la «decadencia» española tan arraigada durante la Restauración, e intenta completarlo, además, buscando un sentido moderno, actual, fuera de los tópicos al uso, al hispanismo, a esos lazos, tan evidentes como problemáticos, que unen España con la América de lengua española.

Pero la idea central expresa bien su inserción en el proyecto orteguiano: la fuerza de cohesión de las naciones no reside en el pasado, en los valores de la tierra y de la sangre, sino en el futuro, en la capacidad para forjar un proyecto sugestivo de vida en común. El «particularismo» seguía siendo para él un peligro y una amenaza. No a ninguna unidad que hubiera que mantener porque así había sido hasta ahora, sino por la intrínseca limitación que alberga en la configuración de horizontes amplios y de proyectos de futuro. A la postre, la «razón histórica» de las Españas desvela la capital importancia del proyecto. Ser desde la apertura de lo que queremos ser, no desde el cierre de lo que hemos sido. Ser desde la levedad y ligereza del proyecto por hacer, no desde el peso y la gravedad de lo alcanzado. Ser futuro. Querer ser futuro.


Volvemos a estar en casa

ABC, Edición Castilla-León, viernes 16 de diciembre de 2005
por Antonio Piedra

Ayer, comentando el triste fallecimiento de Julián Marías, oí por la radio que, si bien el filósofo nació en Valladolid en 1914, su vallisoletanismo, en cambio, había sido más bien distante, porque en el 19 ya era ciudadano censado en Madrid. No lo creo, por lo que viví al respecto. Conocí a don Julián, precisamente, de la mano de una vallisoletana de pro que sí ejercía de los pies a la cabeza: Rosa Chacel. Ella me llevó en repetidas ocasiones a la tertulia madrileña de Julián Marías, y la presencia allí de un vallisoletano más –para mí un honor emocionante y sustancial– la resumía siempre el filósofo con una expresión muy suya: «Bueno, volvemos a estar en casa». En casa, claro, quería decir en ese planeta donde se nace y luego se difunde el pensamiento sin saber que ese acto implica una felicidad de nacimiento. Pues así, precisamente, operaba don Julián con respecto a su lugar de origen. El suyo era un vallisoletanismo sin decadencias, con las pasiones justas, con esa tendencia del estoicismo clásico que sabe demasiado para ser víctima de lo fácil, de lo local más frecuente.

En la vida de la literatura y en la del pensamiento español contemporáneos hay autores decisivos que, precisamente, nacieron en Valladolid y, además, recorrieron el mundo con actitud vallisoletana. Me refiero a Jorge Guillén, Rosa Chacel, Miguel Delibes y Julián Marías. Los cuatro tienen una característica común: fueron y son amigos en el sentido más amplio de la palabra, y han ejercido su vallisoletanismo, quiero decir, su impronta de origen, con una vocación verdaderamente universal. A esto lo llamó el maestro del 27 trascender a una «local eternidad». Pero los cuatro, evidentemente, tienen su particular forma de ser y de escribir: son creadores diferentes, con una trascendencia pro indiviso, y sobre todo con un lenguaje tan propio que cada uno configura, justamente, aquello que Goethe consideraba lo más fundamental en la escritura: hacer verdad con cada pensamiento. Algo nada fácil de conseguir, sobre todo en un mundo epigonal, en el que liquidar el pasado resulta un ejercicio velocísimo y divertido, y donde el placebo del relativismo resulta ser una medicina para espíritus abrumados.

Jorge Guillén dedicó a Julián Marías una parte muy significativa de su último libro «Final». Aquella que lleva por título «La expresión». 31 poemas en los que la palabra, el arte, la verdad y la razón configuran los entramados de la vida del pensamiento. Y si está dedicado a Julián Marías es, como señalaba el propio Guillén, porque «nadie como Marías ha puesto en la forma una definición tan clara de lo verdadero». Efectivamente, la expresión de don Julián se articula en una forma que va por delante de la misma expresión porque el pensamiento diseña en cada libro y en cada artículo la morfología del espíritu. Y esto son palabras mayores ya que nos sitúa plenamente ante lo que Platón denominaba en el Timeo «revoluciones del alma». Estamos, por tanto, ante un pensador en el que filosofar equivale a una preparación para la vida y también para vivirla con dignidad.

Acertó Guillén cuando en la mencionada «Expresión», dedicada a don Julián, decía: «El texto de autor, si bien leído, / Se trueca en otro ser -de tan viviente. / Las palabras caminan, se / transforman, / Se enriquecen...»

Escuchar las palabras que caminan de un filósofo como Julián Marías constituye, además de una riqueza, una liberación auténtica que va más allá de las políticas concretas y de las modas sociales. Escuchar a un hombre así –lo decía Epicteto– «te hará seguramente más libre que todos los pretorianos de cualquier tiempo y condición».

Ha muerto un gran vallisoletano, que nunca empobreció la historia del pensamiento, que acertó en las ampliaciones y reclamos del mismo, añadiendo libertad, honestidad, tolerancia, y humanismo a espuertas.


Julián Marías

El Confidencial Digital, Madrid, viernes 16 de diciembre de 2005
por Francisco Javier Elena

Cuando fallece un intelectual, tiende uno a pensar con cierto desasosiego y un punto de remordimiento que no ha penetrado lo suficiente en su obra, sobre todo si es vasta y atañe a las más diversas cuestiones.

Al glosar la muerte de Julián Marías, quisiera uno haber leído algún libro más de entre los sesenta que escribió, haber disfrutado de su clarividencia en un número mayor de sus artículos, haber asistido con más asiduidad a las muchas conferencias que impartió estos últimos años en el Colegio Libre de Eméritos. Esa inevitable y acaso malsana consideración retrospectiva de lo mucho que uno se perdió por desconocimiento, dejadez o por imperativo de prioridades distintas, no invalida lo que, aun así, haya podido aprender.

No era difícil aprender de Julián Marías, por ejemplo, un concepto de entrega absoluta y honrada a su labor magistral, sin apartamientos espurios ni banderías, desde un sereno y prudente liberalismo filtrado por el tamiz de lo que denominó –es el título de uno de sus libros– «la perspectiva cristiana».

Si de verdad ha existido una tercera España no empañada ni despeñada por los márgenes del radicalismo, él es sin duda uno de sus más eximios representantes: el mismo hombre que ingresó en las filas republicanas aquel año por tantos conceptos trágico de 1936, colaborador en un ABC irreconocible tras la incautación, fue nombrado senador por designación real en la recién instaurada monarquía parlamentaria.

Tampoco era difícil aprender de Julián Marías qué grado de valía informadora alcanza la impronta de un buen maestro y cuál puede ser la capacidad del discípulo para adaptar la doctrina de aquél «a la altura de los tiempos».

Ese maestro fue Ortega y Gasset, con quien convivió durante más de veinte años y al que debe su planteamiento filosófico de la razón vital, así como ciertos rasgos formales inconfundibles, eso que los filólogos llaman –llamamos– estilemas. A más de iluminar los más variopintos aspectos de la realidad, ambos cultivaron lo que el propio Marías denominó «calidad de página», una orfebrería estilística menos propensa al aluvión de metáforas en su caso que en el de Ortega.

Por mor del devenir temporal, que se compartimenta en ese concepto tan caro a maestro y discípulo de las generaciones, la mía ha conocido sólo a un Julián Marías ya mayor. Como un abuelo docto, lo recuerdo haciendo crítica de cine en las páginas de Blanco y Negro –hombre discreto, solía quejarse de la tendencia actual al exceso de ruido en las películas–, e interpretando el momento presente de un modo genérico, elusivo pero no difuso, sin nombres pero no con vaguedad, en sus «terceras» de ABC.

Al prologar una recopilación de las últimas que publicó, afirmó en el prólogo: «Quizá, con seguridad, ya no escriba más». Se despedía así el pensador infatigable, que falleció este jueves a los noventa y un años. Una vida prolífica.


Julián Marías: el jardinero fiel

Huelva Información, Huelva, viernes 16 de diciembre de 2005
por Manuel Barrios Casares

A falta de mejor memoria y mayor justicia histórica para con su aportación a la cultura española, tiene algo de justicia poética el que la muerte de Julián Marías (Valladolid, 1914; Madrid, 2005) haya venido a coincidir, en el día de ayer, con el año en que se conmemora –bien discretamente, por cierto, y con notorias ausencias como la suya– el cincuentenario de la muerte de su maestro. Pues de este modo será recordado fundamentalmente Marías: como discípulo de Ortega y Gasset. Se podrá plantear la duda de si ésta es una caracterización sesgada o acaso insuficiente, que difumina el valor de las aportaciones propias de un intelectual puro, con toda una vida dedicada a la vocación del pensamiento filosófico y donde cabe recordar obras tan apreciables como Historia de la filosofía (1941), La filosofía española actual (1947), El método histórico de las generaciones (1949), Antropología metafísica (1970) o España inteligible: razón histórica de las Españas (1985).

Pero lo cierto es que así lo quiso en buena medida el propio Marías y, sin duda, así lo quisieron también las adversas condiciones históricas en las que le tocó vivir: circunstancia y vocación, como él mismo escribiera en el título de uno de sus principales trabajos sobre Ortega. No perteneció Marías a la primera generación de discípulos orteguianos, la de José Gaos, María Zambrano y, en parte, Xavier Zubiri, quienes ya habían desarrollado algunos de sus acentos teóricos más personales cuando estalló la guerra civil. Marías acababa de licenciarse en 1936 y, aunque igualmente adherido a la causa republicana, no siguió el camino de los transterrados cuando acabó la contienda. Permaneció en la España franquista, haciendo lo posible por mantener viva la simiente orteguiana de una cultura filosófica y un genuino liberalismo, hasta entonces prácticamente inéditos en estos parajes. Desde luego, no le resultó nada fácil: tras la guerra, fue encarcelado y purgado; en 1942, su tesis doctoral fue suspendida por motivos puramente ideológicos; y aunque a la vuelta de Ortega a España colaboró con él en la fundación del Instituto de Humanidades (1948-1950), pudo doctorarse al fin y comenzar a publicar en la prensa diaria, siguió sin poder acceder a un puesto de profesor en la Universidad española, por no querer suscribir el preceptivo certificado de adhesión al régimen. Su intento de conjugar el raciovitalismo orteguiano con la propia fe católica no dejó nunca de resultar sospechoso para el integrismo nacional-católico, pese al talante conciliador (y a veces ingenuo, al decir de su propio maestro) de Marías. Él asumió con dignidad su condición de epígono, hizo de ella vocación, y afrontó con entereza el destino dramático de su circunstancia histórica. Fue el jardinero fiel que siguió cultivando la herencia del maestro en el erial.


El español confiado

Huelva Información, Huelva, viernes 16 de diciembre de 2005
por Manuel Gregorio

A última hora, en alguna de sus terceras de Abc, Julián Marías proponía un periodismo telegráfico, una información caleidoscópica, rauda, multiforme, que diera cabida al cúmulo de sucesos y corrientes que vertebran la actualidad. A día de hoy, no sé si esto se contradice con el resto de su obra. Lo que sí parece evidente es que Julián Marías, como su maestro Ortega, hicieron del periodismo un modo de filosofar en público, de divulgar un pensamiento que en el XX se había vuelto confuso, conflictivo y, también, beligerante. El último siglo español es buena prueba de ello.

Más que su teoría de las generaciones o su catas en el áspero terreno de la metafísica, creo que lo más perdurable en la labor de Marías ha sido su reconstrucción de España, la vasta orfebrería desarrollada tanto aquí como en Estados Unidos, y todo para devolver a los españoles la confianza en su futuro, la dicha de estar vivos, una firmeza en el decir y en el pensar, que viene fundamentada por las centurias de vida en común y por la inmensa comunidad hispanoparlante, cuyo legado cultural es difícilmente equiparable en nuestros días. Para este optimismo de lo hispano y de lo español, Julián Marías solía citar a Juan Valera, cuya sagacidad facilitó la llegada del verbo florido y alto de Rubén Darío a la meseta ibérica. De este optimismo valeriano, de esta certidumbre en el futuro español (y también del raciovitalismo orteguiano), es tributaria la obra de Marías, desde aquel Los españoles a este penúltimo España ante la historia y ante sí misma que ahora tengo entre las manos.

Dice Marías en el epílogo a dicho libro, que el error de la España actual, aparte los particularismos, nacionalismos y otros vislumbres aldeanos, ha sido el negar la historia más reciente, además de contemplar nuestra gigantesca herencia con desgana, desde el pesimismo, y ello a pesar del 98, del 27, y los avances históricos de Menéndez Pidal, Sánchez-Albornoz, Maravall, Menéndez Pelayo y otros. Así pues, el pecado de nuestros compatriotas, «la cólera del español sentado» que dijo el otro, no es la soberbia de los primeros austrias, sino este pesimismo estructural, este desvanecerse en las esquinas de la Historia, que ni los estudios más recientes han sido capaces de eliminar. Alguien dijo que «todo lo que en Ortega era claro Marías lo ha oscurecido». Uno tiende a pensar, más bien, que Marías ha sacado otras consecuencias del fermento mental de su maestro. Aparte lo cual, Julián Marías ha llevado hasta un extremo el vitalismo argumental y el optimismo filosófico que vibra en la obra orteguiana.

Las nuevas generaciones marianas (de Marías), quizá anden más cerca de Foucault o Derrida, del bluf posmoderno de Lyotard, que de la claridad expositiva y el alarde gimnástico del pensamiento existencial. No lo sé. En cualquier caso, quede constancia aquí del fenomenal intento, tanto del alumno como del maestro, por dotar a España de una cultura ancha, profunda, minuciosa y clara. O sea, de una cultura. Quede constancia aquí de don Julián Marías, un español confiado.


Julián Marías o la sensatez

Libertad Digital, Madrid, viernes 16 de diciembre de 2005
por Pío Moa

Julián Marías ha sido uno de los personajes más interesantes y menos típicos de la intelectualidad española desde hace 60 años. Y no sólo como filósofo, sino también como comentarista político e historiador; y por esa razón ha sido postergado sistemáticamente por esa caterva de intelectuales chillones, demasiado politizados y ávidos de fondos públicos, que parece llenarlo todo. Su España inteligible sería rechazada por muchos «historiadores profesionales» enredosos y pesados, pero arroja luz donde otros sólo embrollan. Uno no puede menos de recordar la época en que todo escritor o escribidor deseoso de pasar por progresista debía manifestarse marxista o muy respetuoso con el marxismo; y los desprecios que desde tales alturas recibía Marías, un pensador liberal y cristiano, amante de la verdad y de una sensatez que a algunos les parecía roma. Pero su agudeza previsora se manifestó, entre otras muchas ocasiones, ya en 1978, al criticar ciertos defectos de la Constitución derivados de una excesiva ansiedad por el consenso: «Los compromisos, en el menos grato sentido de la palabra, a su vez comprometen la realidad política de España». Ahora mismo lo estamos comprobando duramente. También enseñó: «No hay que tratar de contentar a quienes no se van a contentar»

Marías sufrió también las primeras furias y, luego, las restricciones del franquismo. Él había contribuido, al lado de Besteiro, al golpe de Casado contra Negrín, y por tanto podía esperar que los vencedores le dejasen en paz. Pero no fue así. Sus memorias ofrecen el retrato de un tiempo dominado por el afán de dar un «escarmiento ejemplar» a las izquierdas revolucionarias, y no sólo a ellas. Un compañero de estudios a quien él creía amigo le denunció por envidias u otros sentimientos oscuros. La denuncia no podía ser más ponzoñosa: «Tan falsa como incomprobable: yo habría sido colaborador de Pravda, nada menos; acompañante voluntario del bandido Deán de Canterbury; no lo había visto en mi vida (...) Se añadía que yo debía conocer toda la trama de la propaganda roja, hábil insinuación que revelaba la esperanza de que me extrajeran tan preciada información por los procedimientos usuales». Todo dependía de la rectitud o el fanatismo de los jueces. Tuvo suerte: «Un alférez jurídico iba a tomarme declaración; me contó que habían asesinado a su padre en Madrid; pero era bien nacido (...); me dijo que me iba a leer la denuncia para poder responder a los cargos (...) Al despedirse me dijo: 'No le doy la mano porque nos ven y pueden pensar que tenemos alguna relación; pero espiritualmente estoy con usted'».

Salió libre, pero no sin antes haber probado el hacinamiento y pésimas condiciones de detención de aquellos días, y una temporada de cárcel donde, de vez en cuando, moría a balazos algún preso en improbables intentos de fuga. Allí las autoridades le encargaron dar cursos de alfabetización a los presos iletrados, y de francés a los más cultos.

Estas experiencias las narra Julián Marías sin el rencor, y mucho menos la incitación al rencor, frecuentes en infinidad de libros y testimonios retorcidos. Lo señalo porque estoy preparando un libro sobre los años 40, años en verdad apasionantes, muy alejados de los tópicos con que nos los presentan los mismos que tan demostrablemente han mentido sobre la república y la guerra. De las penurias y represiones de entonces escribe Marías: «Todo esto es verdad; lo que no lo es, en absoluto, es la imagen lacrimógena que suele pintarse ahora de esa época. A pesar de todo, había una tremenda gana de vivir, en gran parte por el contraste de la paz –incluso de aquella paz– con el horror sin mitigación de la guerra. Los españoles tienen fuerte vitalidad, apetitos, incluso cierta estoica indiferencia ante las adversidades. Entonces gozaban de la vida con una intensidad que acaso no se ha dado después. La escasez, la dificultad de conseguir las cosas, les daba más valor».

Hoy se habla sin tregua del duro destino de los vencidos, pero en realidad el número de los que se sentían así fue escaso: muy pocos siguieron identificándose con un Frente Popular cuyas tropelías habían contemplado, que había sucumbido en medio de masacres entre sus propios partidos, y cuyos dirigentes habían huido con enormes sumas saqueadas al tesoro artístico e histórico español, a los particulares y hasta a los montes de piedad. Esos pocos se ampliaron con las víctimas la represión inmisericorde de los primeros años, pero la inmensa mayoría de quienes habían luchado con las izquierdas o los separatistas, o les habían votado, pusieron todos sus afanes en reconstruir sus vidas en las difíciles condiciones de la época, sin nostalgias.

«El pueblo español –observa Marías– no se sintió aplastado, sino vivo y entero; por eso fue posible la creación, en todos los órdenes, a pesar de todas las trabas, en parte espoleadas por ellas. Los que no tenían capacidad o no se atrevían han tratado de persuadir de que no se podía. Y es frecuente que los que más abominan de los cuarenta años estuviesen adscritos con entusiasmo a su fase más dura y opresiva, al lado de la cual todo lo posterior fue venial».

Sin necesidad de estar de acuerdo con cada palabra del filósofo, cuando uno lee frases como éstas sabe que está ante un testigo veraz, y también entiende los motivos de la persistente falsificación de la historia. El ambiente iba a resultar duro para Marías y tantos más, pero no aplastante. El régimen le manifestó su hostilidad, pero no le impidió vivir y escribir, dictar cursos o ser elegido a la Real Academia. He aquí una anécdota, de 1953: «Me llamó por teléfono el ministro de Información, Arias Salgado; me dijo que deseaba hablar conmigo, al día siguiente, a las siete. Saqué del bolsillo la agenda, la puse junto al aparato e hice sonar sus hojas: 'Mañana a las siete –le dije–. Sí, estoy libre, con mucho gusto' (...) Me recibió amablemente, me dijo que me leía con admiración; insistió en que nos hablásemos de tú. Después de larga conversación me dijo que mi artículo no iba a publicarse, porque era 'muy polémico'. Le dije que no hacía más que rectificar una serie de falsedades. Insistió en la peligrosidad de la polémica. '¿Y por qué no bajas el telón un artículo antes?', le pregunté. Como se mantuvo en su posición, le dije, literalmente: 'Bueno, veo que en España no hay libertad más que para calumniar, y como eso no me va a interesar nunca, no tengo nada que hacer'. Protestó amablemente (...) Al llegar a casa, metí el artículo en un sobre de avión y lo mandé a La Nación de Buenos Aires, donde se publicó enseguida». ¿Puede imaginar alguien algo así en Cuba, la URSS o cualquiera de aquellos regímenes tan admirados por la oposición antifranquista?

Las memorias de este escritor fundamental nos informan y explican más que muchos libros de historia: «Desde fines de 1955 empieza algo nuevo. Una generación muy joven queda muy influida por el marxismo, lo cual quiere decir que fue muy poco liberal (...) Forman grupos, y lo primero que hacen es fingir que son ellos los que empiezan: de ahí data la negación o el silencio sobre todo lo que se había hecho antes. Todavía se sigue hablando monótonamente del 'páramo intelectual' de España en aquellos años. En mi artículo 'La vegetación de páramo' di una impresionante lista de libros independientes y valiosos publicados en España precisamente entre comienzos de 1941 y la muerte de Ortega».

La muerte de este testigo lúcido, veraz y sensato es una gran pérdida intelectual, porque tales cualidades son, por desgracia, muy poco frecuentes.


A don Julián Marías, filósofo liberal español

Libertad Digital, Madrid, viernes 16 de diciembre de 2005
por Fernando R. Genovés

Julián Marías ha sido siempre, en el plano personal y en el intelectual, un hombre discreto. Lo fue durante su vida y, en perfecta coherencia, ha cumplido con su destino hasta la hora de la muerte. En estas fechas, cuando está a punto de consumarse el año de los aniversarios del Quijote, Ortega y Gasset y Tocqueville, Marías se marcha discretamente, sin hacer ruido, sin alharacas, sin furia. Vivió entre grandes, pero nunca a la sombra, pues brilló con luz propia.

Ciertamente, parece que, de nuevo, en la existencia de los hombres, el destino, el azar y la necesidad se han convocado para dar pleno sentido a la trayectoria de una vida. Estábamos ocupados en ultimar los papeles, los homenajes y los actos públicos en este año de conmemoraciones –de la publicación secular del Quijote, del cincuenta aniversario de la muerte de Ortega y del bicentenario del nacimiento de Alexis de Tocqueville–, cuando de pronto nos llega la noticia del fallecimiento de Julián Marías. No pudo participar activamente en tales festejos debido a su avanzada edad y a su precario estado de salud, pero acaso en ese último suspiro, calladamente, debamos entender una forma de procurarse una presencia que, por lo demás, nunca puede faltar en la memoria de las grandes celebraciones.

Y es que hay presencias humanas que, aunque no busquen protagonismo ni hacerse notar –tampoco dar que hablar, en el sentido completo que damos en español a esta expresión–, dejan, sin embargo, una huella indeleble en nuestro recuerdo, quedando así justamente registrada como prueba de que han cumplido fiel y cabalmente con la tarea de pensar y vivir, en los trabajos y los días que se nos tienen reservados para cumplir con ellos.

Las presencias que señalo tienen pleno sentido porque una razón vital las empuja. Hablamos en tal caso de vida lograda. Esa presencia y esa vida lograda quedan y quedarán por méritos propios, sean o no reconocidas por todos. Pues la excelencia escapa inevitablemente al juicio de quienes no lo tienen, o sea, de los tontos y los mediocres.

El Quijote, Ortega y Tocqueville, nada menos. En el horizonte que perfilan estas tres perspectivas imponentes cobra especial significación la trayectoria de Julián Marías: la idea de España, la filosofía de referencia y la orientación liberal en la política tras una fructífera estancia en América. La esencia y la existencia de España a través de los clásicos preocupan en todo momento al filósofo español nacido en Valladolid pero madrileño de tomo y lomo. Importantísimos textos dan cuenta de ello: La España real, La devolución de España, Los españoles, Ser español. También los libros que no escribió pero que apadrinó y publicitó con entusiasmo y cariño, como España como preocupación, compuesto por su mujer, Dolores Franco.

Poco dado a los extremismos y las interpretaciones trágicas, más que dolerle España, la amaba, aunque, eso sí, no podía evitar el quedar perplejo (penosamente perplejo, aunque no apesadumbrado o angustiado) ante la actitud febril y feroz de quienes consumen gran parte de sus parcas energías en odiarla, en calumniarla.

Estas cosas, y muchas más, aprendió Marías de su maestro Ortega: el pensar en y desde la circunstancia de España, el escribir y pensar en español, el acercarse a los problemas desde una actitud positiva y jubilosa, constructiva y creadora, nunca rencorosa ni resentida. En la relación con Ortega puede comprobarse, en rigor, el temple y la personalidad de Marías. Fue alumno suyo, pero ante todo quiso ser su discípulo. Asumió esa tarea con decisión, y consciente de las inmensas dificultades que dicho empeño comportaba.

Ciertamente, siempre ha sido «complicado» ser discípulo de Ortega (estar con Ortega), y mucho más en aquellos tiempos tan extremos y tan desbordados por las circunstancias... El español siempre ha tenido una relación ambivalente –de amor y odio, podríamos decir– con la grandeza y la excelencia. Acaso ha contribuido a este hecho el estar entre ellas por costumbre; el tenerlas tan cerca; el compartir una Historia de nobleza y conquista; el venir de un Imperio y ser Nación, a pesar de todo; el disponer de un activo rico a escala planetaria como la lengua española; todo esto les cuesta a muchos asumirlo y, a no pocos, soportarlo. Pero he aquí, en suma, nuestra condición, de la que sólo el necio y el rufián procuran escapar, o de la que claudican sin más.

Frente a Ortega, bastantes de quienes decían ser sus discípulos –según el momento y la ocasión– aspiraban a ponerle en el sitio que él no quería o que le era ajeno. Pero buscando ponerse en su lugar (en el lugar del maestro), alteraban el orden natural de las cosas y el sentido del respeto, la categoría y el rango, sin los cuales no hay enseñanza que valga ni provechosa transmisión de saber. Julián Marías, a veces con tremenda capacidad de sacrificio, pero siempre con inteligencia, asumió lealmente su papel de discípulo de Ortega, ¡que no es poca cosa! Tuvo, entonces, que aplicarse en armonizar su orteguismo con sus creencias e inclinaciones propias, por ejemplo, su catolicismo.

He dicho que actuó «con inteligencia». Ahora añado: y con elegancia, un concepto que pertenece a la misma familia lingŁística e intelectiva que aquél y sin cuya influencia es difícil ser verdaderamente orteguiano. Quiero decir: cuando tenía que elegir, sabía elegir bien, con templanza y valentía. Esta actitud suele comportar serios conflictos y no pocos disgustos. Pero Marías no se arredró por ello, cumpliendo su misión con entereza y sin dobleces. A mi modesto parecer, no hay duda al respecto: Julián Marías ha sido el más fiel discípulo de Ortega, y el mejor.

No fue sólo un hombre discreto, también conciliador. Pero entiéndase bien lo que quiero decir con esto. Marías ha sido, en efecto, discípulo y seguidor de Ortega –a menudo, también su defensor–, pero no, como otros, un mero repetidor de sus ideas y frases, tampoco un simple hagiógrafo de su biografía, personal e intelectual. Creo que en tal feliz circunstancia intervino poderosamente el haber sido apartado de la disciplina docente y universitaria; he aquí la singularidad del hecho: alejado de las aulas y la cátedra por motivos mezquinos, se libró así de consumir y dilapidar su herencia y su talento en un microcosmos de mezquindades, mediocridades y servidumbres.

Marías se vio, de esta forma, estimulado a la independencia intelectual, a pensar, a escribir libros y artículos sin descanso, a visionar miles de películas y a hablar sobre ellas con pasión. De este modo, podemos decir en un sentido muy preciso que Julián Marías, dignamente, virtuosamente, se ganó la vida... Y lo tuvo más difícil que otros, muchos de quienes luego, por cierto, a toro pasado, desde la barrera, han alardeado de ser adalides de la ética.

A la vista de las carencias, obstáculos y miserias reinantes en nuestro país, Marías se traslada con su familia a América. Se instala en Argentina, en Puerto Rico y en Estados Unidos, donde tuvo una recepción, recibió un calor humano y disfrutó de un reconocimiento que no siempre le dispensaron sus compatriotas. Su estancia en la Costa Este norteamericana no fue tan corta ni tan deslumbradora como la de Tocqueville en 1831, pero tanto uno como otro aprendieron mucho de la democracia en América, volviendo a sus países de origen vivificados en el liberalismo.

Estaba en su naturaleza de persona discreta y conciliadora que su liberalismo fuese recto y sincero, sin declamación o reclamación alguna; del temple de Ortega y Marañón. Es célebre la exposición del segundo: «El liberalismo es, pues, una conducta y, por lo tanto, es mucho más que una política. Y, como tal conducta, no requiere profesiones de fe sino ejercerla, de un modo natural, sin exhibirla ni ostentarla. Se debe ser liberal sin darse cuenta, como se es limpio, o como, por instinto, nos resistimos a mentir». Marías perteneció a esta casta de personajes.

Para el día 21 de octubre de 1955, tres días después de la muerte de Ortega, un grupo de universitarios convocaron un acto de homenaje en memoria del maestro por medio de una esquela que rezaba: «Don José Ortega y Gasset, filósofo liberal español». Hoy, pocas horas después de la muerte de Marías, debemos recordar a otro maestro con similar precisión: «A don Julián Marías, filósofo liberal español».


Todo un sospechoso hasta el fin

ABC, Madrid, viernes 16 de diciembre de 2005
por César Alonso de los Ríos

Cuando le visité hace más de un año, recordé lo que dijo Eugenio D'Ors a González Ruano unos meses antes de morir: pronto dejaré de ser una crisálida. Marías hablaba de la resurrección, de «su» resurrección. Presentía la muerte, sin la angustia de Unamuno ni la extrañeza de Ortega, sus dos maestros.

Tengo la impresión de que ha muerto razonablemente satisfecho de su paso por esta vida, consciente de no haber perdido nunca la dignidad y la coherencia a pesar de los infiernos por los que tuvo que transitar. Recomiendo la lectura de los dos trabajos que publicó en Hora de España, la revista de los intelectuales de izquierda durante la Guerra Civil. Pero su fidelidad no le impidió mantener una actitud crítica contra la República. Siempre reprochó a Ortega que tardara tanto en condenar el derrotero que había tomado el régimen que él mismo había patrocinado, pero eso no quiere decir que Marías abrazara sin reservas al franquismo, aunque ello le costó vivir siempre bajo sospecha. Nunca pudo integrarse en la Universidad. No pudo hacer la tesis doctoral. Era un profesor extramuros. Su Historia de la Filosofía llegó a convertirse, no obstante, en un texto casi oficial. Vivió de las colaboraciones periodísticas, las traducciones, los libros. Laín Entralgo le aceptó en «Escorial», aunque sólo como crítico cultural. Su ensayo biográfico sobre Unamuno le planteó problemas muy engorrosos con la censura. Fue el Pepito Grillo de la generación del 36, lo que no impidió que cuando el grupo de los intelectuales falangistas derivó hacia posiciones democráticas, socialdemocráticas a veces, Marías siguiera siendo «sospechoso»: ahora como proamericano.

Se le atribuyeron vinculaciones con el Departamento de Estado que, en los años cincuenta y sesenta, y hasta hoy, constituían el peor de los insultos. Aranguren llegó a decirle a Ana María Moix en una entrevista que la buena llevanza con los americanos no garantizaba el gusto en el mobiliario de la casa.

No sería exagerado decir que Marías vivió un cierto exilio interior hasta los años sesenta. Por esa razón para mí siempre han tenido interés sus apreciaciones sobre nuestra historia más reciente. Por ejemplo, cuando distingue entre el exilio del 36 y el del 39. A su entender es injusto achacar al franquismo los exilios de la primera época: fueron la consecuencia del terror republicano.

Le gustaba rezar el credo como quien lo paladea y le daba paz la bandera americana. Todo un sospechoso hasta el último minuto.


Muerte de mi amigo

ABC, Madrid, sábado 17 de diciembre de 2005
por Carmen de Zulueta

Esta fría mañana de diciembre, leo en el ABC digital la triste noticia de la muerte de Julián Marías. Al leerla vuelven a mi memoria recuerdos de un pasado en el que Marías, amigo de Soledad Ortega, hija de don José, fue también mi amigo. Recuerdo varias reuniones en casa de Soledad, en un elegante piso en la calle de Alfonso XII. Julián Marías era uno de los que venían más regularmente.

Recuerdo también que en mis frecuentes visitas a Madrid para ver a mis tías Dolores y Mercedes, hermanas las dos de mi madre, veía en su casa a Julián Marías con bastante frecuencia, especialmente después de la muerte de mi tía Dolores, viuda de Besteiro, cuando la hermana menor, Mercedes, se quedó sola en el piso de la calle del Pinar número 6. Julián Marías, buen amigo, venía con frecuencia a visitarla y a charlar con ella. Muchas veces, cuando yo estaba allí, participé en esas charlas.

Creo que él había sido ayudante de Besteiro en la cátedra de la Universidad de Madrid. No estoy segura, pero de lo que estoy segura es de que venía a su casa con mucha frecuencia. Fue allí donde le conocí y descubrí su verdadera amistad por mi tía Mercedes que, después de la muerte de su hermana Dolores, vivía sola y bastante deprimida. La visita de Julián Marías era un rayo de luz en la oscura realidad de su vida. Siempre se lo agradecí.

Supe entonces por mi tía Mercedes que cuando Besteiro se quedó en Madrid esperando a los conquistadores, Julián Marías se quedó también. Besteiro sufrió entonces sus diferentes prisiones en Madrid, fuera de Madrid y finalmente en Carmona, donde murió en 1940.

Julián Marías fue prisionero también por su amistad con mi tío, aunque pudo salir con la ayuda de algún conocido suyo, izquierdista, tal vez, pero convertido al franquismo, un «chaquetero», como se les llamaba entonces. Salió, pero no se le permitió colaborar en la prensa diaria, ni dar conferencias y menos aún ejercer como profesor en la Universidad Complutense.

Marías vino con frecuencia a los Estados Unidos, donde dio varias conferencias sobre filosofía en las universidades más prestigiosas del este del país: Harvard, Yale, Columbia. Dio también una conferencia en una universidad católica del Bronx: Fordham University, próxima a Lehman College donde yo era profesora y pude ir a oírle. Era muy poco después de la muerte de su mujer, Lolita Franco y Marías estaba deshecho. Dio sin embargo una conferencia perfecta.


Julián Marías y la vida perdurable

Las Provincias, Valencia, sábado 17 de diciembre de 2005
por José Luis Sánchez García

Heredero intelectual de Unamuno, discípulo de Ortega, en sus fuentes filosóficas se encuentran Morente, Zubiri, Gaos, Husserl y Heidegger. Desde su máxima «que por mí no quede» trabajó incansablemente, desde su juventud, en lo que él llama visión responsable de la realidad: «la filosofía». Ha tenido el enorme mérito de acoger el patrimonio intelectual de nuestra nación e incrementarlo. Poco después de la guerra civil, cuando la situación intelectual era singular en nuestra nación, Julián Marías nos regaló su Historia de la Filosofía, en la que tantos descubrimos los primeros conceptos e historia de esta disciplina del saber. Su obra Antropología Metafísica se considera una gran contribución a la reflexión sobre la persona humana. La inculturización de la fe, desde la reflexión filosófica, sin una pizca de fideísmo, ha sido una gran aportación del Cristianismo por parte de Julián Marías a la comunidad universal a través de toda su obra.

D. Ramón Menéndez Pidal le preguntó a Marías unos meses antes de su muerte «¿cree usted que podré ver a los juglares?». En el día de la muerte de Marías quisiera contestar a esta pregunta desde el pensamiento de nuestro maestro en la filosofía. «Si no existiera más que esta vida habría una situación inestable y falsa, pero esa vida perdurable a la que el hombre aspira tiene que ser imaginada de tal modo que parezca nuestra.»

Marías diferencia entre la vida biográfica y vida biológica. Afirma que la vida perdurable, la vida eterna se hace problemática: al no tener carácter fugaz y pasajero no tiene los conflictos de esta, por eso tenemos que verla en la perspectiva de nuestra trayectoria. Podemos imaginar nuestra vida como la elección de otra, la otra como realización de esta, «estamos condenados a ser de verdad y para siempre lo que hemos querido».

Sólo se puede hablar de verdad con referencia a mi vida, no son las cosas verdaderas o falsas si no tienen relación con mi vida. Es la vida humana el ámbito real de la verdad. Por ello, para Marías, las creencias son el sujeto primero de verdad, que es de donde partimos para llegar a las tesis «de ideas o creencias desde la historia a la que está unida la verdad. Lo que yo soy es un proyecto, una vocación personal que reabsorbe la circunstancia, un programa vital de ser alguien».

En la medida en que se ama, se necesita seguir viviendo, o volver a vivir después de la muerte para seguir amando.

Sería interesante poner el amor en relación con la actitud frente a la inmortalidad. Marías cree que hay épocas que al tener baja intensidad amorosa, las personas tienen un descenso de deseo de inmortalidad: «la aniquilación para siempre de la persona amada rompe el proyecto, se necesita a la persona amada para vivir. Si el hombre estuviera destinado a perecer ¿no sería todo un engaño o una especie de broma siniestra?».

En diciembre de 1997 muere su mujer, aconteciendo en su vida –según el propio Marías– el cambio más radical, más aún que la guerra civil, que dejó intactas grandes zonas de su vida personal.

Más que la muerte de sus padres, incluso más que la desgarradora muerte de su hijo, la muerte de Lolita Franco le hizo experimentar una fuerte conmoción introduciendo en él la amenaza de la duda existencial, en algún momento de su obra dice: «me quedé sin proyecto».

Las dos grandes preguntas necesarias para Marías son: ¿quién soy yo? y ¿qué va a ser de mí?, inevitablemente se tiene que responder a estas preguntas. Los educadores han de tener muy en cuenta estas cuestiones, si quieren realmente poder acompañar y no deconstruir.

Agradezco a Marías no preguntar, ni pedir carné, ni recomendaciones, que tuviera la gentileza de recibirme en tantas ocasiones para compartir mis trabajos en la realización de la tesis doctoral sobre su obra, en este día de su paso a la vida perdurable quiero dar gracias a Dios por la existencia de nuestro maestro.


Julián Marías con Gijón al fondo

El Comercio, Gijón, domingo 18 de diciembre de 2005
por Ramón Avello

En abril de 1953, una conferencia de Julián Marías titulada 'La novela como método de conocimiento' inauguró las actividades culturales del Ateneo Jovellanos de Gijón. Hace algún tiempo, no recuerdo con exactitud si fue con motivo del cincuentenario de esta sociedad, José Luis Martínez, presidente del Ateneo, me comentó que había hablado con Marías para una nueva conferencia en Gijón. Pese a la edad y a estar casi ciego, al premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades en 1996 le «ilusionaba», (para Marías, la palabra ilusión, a la que dedica un capítulo en su libro 'La felicidad humana' está conectada con la anticipación y el deseo de felicidad personal) la idea de volver al Principado. Complicaciones en su salud dieron al traste con esta que podría haber sido su última conferencia en Gijón. La relación como conferenciante de Julián Marías con Asturias no es pequeña. Tal vez la amistad con Fernando Vela, a quien Marías evocó en una conferencia entrañable; Suárez Caso con quien colaboró en la 'Gaceta Ilustrada', y la admiración por Feijoo y los asturianos de la ilustración propiciaron el interés del filósofo por Asturias.

Hacia 1972, año arriba, año abajo, asistí a una conferencia de Julián Marías en la gijonesa iglesia de San José. Las charlas se enmarcaban dentro de un ciclo, en el que también participó José María de Areilza, que trataba sobre cristianismo, compromiso y libertad, en la línea de las nuevos aires abiertos por el Concilio Vaticano. Yo estudiaba COU en el Instituto de Jovellanos y fui a la conferencia con algunos compañeros de clase, más por obligación académica que por devoción. Julián Marías, junto con Laín Entralgo habían escrito un libro de texto de la asignatura de Historia de la Filosofía y de la Ciencia, un libro entonces difícil y hoy creo que casi imposible de comprender y de aprender para el alumnado del último curso de bachillerato. Sobre la conferencia sólo recuerdo algunos detalles, como una breve disertación en la introducción de la conferencia como género, en la que lo que se tiene escrito no se lee ni se dice, sino que se improvisa, y el hecho de que, sorprendentemente, la iglesia estaba abarrotada, probablemente debido a la confluencia de varios factores. El primero es que unos días antes se habían encerrado allí jubilados de la minería; el segundo, que en los años setenta, a finales del franquismo, se produjo en España una enorme ansia de libertad en todos los campos, desde la religión a la política, y el tercero, que la información y comunicación del pensamiento era, paradójicamente respecto a la situación política, ágil y fluida.

De la obra de Julián Marías lo que más me interesó, y creo que es uno de los libros más interesantes sobre el siglo XX en España, fueron sus Memorias, comenzadas a publicar en 1988, en Alianza Editorial, con el título 'Una vida presente'. Las Memorias de Marías parten, como no podía ser de otro modo, de la autobiografía de un hombre católico, liberal y orteguiano, pero trascienden lo personal para adentrarnos en el conocimiento no sólo de una vida, sino también de una época. La autobiografía de Julián Marías constituye una peculiar interpretación de la reciente historia de España.

Uno de los aspectos más interesantes de las memorias de Marías, «la única fase de mi vida de la que siento orgullo, y soy muy orgulloso», escribe, fue la colaboración con Julián Besteiro en el año 39, cuando éste, junto con Miaja, asumen el Consejo Nacional de Defensa en una causa perdida. En esos días del final de la República, Marías fue el fiel secretario y compañero de un Besteiro, amargado por el ataque de los suyos y la condena de los vencedores. No deja de ser cicatero que cuando hace unos quince años se celebraron en Carmona unas jornadas en homenaje a Besteiro, no se haya contado con Marías. Todo un síntoma de una nueva España oficial, la de los desagradecidos.


Fue todo un maestro

El Comercio, Gijón, domingo 18 de diciembre de 2005
por Javier Gómez Cuesta

Voy a dedicarle esta columna (no sé si jónica o dórica) al gran pensador, escritor y filósofo Julián Marías. Nonagenario, se nos ha ido estos días, tan discretamente como vivió. Un trabajador intelectual clarividente a quien la lucidez de pensamiento le acompañó hasta sus últimos momentos. Se nos va cuando más falta nos hace, porque este autor de La España inteligible podría seguir prestándonos una gran ayuda en este marasmo ininteligible que estamos armando. En cualquier país occidental, un intelectual de la talla de Julián Marías hubiera tenido más suerte. Asturias no se portó mal con él. Fue invitado con frecuencia impartir conferencias y la Fundación Príncipe de Asturias le concedió el premio de Comunicación y Humanidades en 1996, juntamente con el peculiar periodista italiano Indro Montanelli.

Confieso que no fue fácil otorgarle este galardón. Hubo de esperar cierto tiempo después de la primera presentación de su candidatura. Tenía grandes admiradores pero no faltaron detractores que minusvaloraban su forma rigurosa de pensar y que supiera conciliar con normalidad y altura razón y fe.

Le conocí a finales de los sesenta. Vino a dar una conferencia, el día de la fiesta de Santo Tomás, cuando el Seminario de Oviedo era un centro de estudios a la altura de cualquier Universidad. Después de cenar, la tertulia se prolongó. Recuerdo que hizo esta afirmación: Muchas lenguas saben más que los filósofos y científicos. Puso este ejemplo: Si oyes llamar con los nudillos a tu puerta, no preguntarás: «¿Qué es?» o «¿Qué llama?», sino «¿Quién es?». O «¿Quién llama?». La filosofía y la ciencia llevan mucho tiempo, paradójicamente, preguntándose «¿Qué es el hombre?». Si la pregunta es errónea, la respuesta también. Eso es lo que está pasando.


Marías en el Doña María

Diario de Sevilla, Sevilla, domingo 18 de diciembre de 2005
por Francisco Correal

A punto de cumplir los 80 años, edad con la que recibió de su hijo Javier, el novelista, el regalo de cumpleaños de un furibundo artículo contra los «imbéciles» y «malvados» que ignoraron a su padre a diestra y siniestra, entrevisté a Julián Marías en Sevilla. Si uno repasa su impresionante trayectoria intelectual, sorprende lo fácil que resultó entrevistarlo. Bastó una llamada por teléfono al inminente octogenario al hotel Doña María. Sin intermediarios, sin cuestionario previo, sin fiscalizar el filósofo la indigencia filosófica de su interlocutor. La entrevista se publicó en Diario 16 el 15 de diciembre de 1993. Hombre informado, hombre de su tiempo (de sus tiempos), le habían llegado rumores sobre la difícil situación que atravesaba el periódico de su interlocutor. Le divirtió que me conjurase a mí mismo para hacer la mejor de las entrevistas posibles por si el fin del periódico estaba próximo. Marías no eludió ningún tema. Sus palabras de hace 12 años siguen teniendo plena vigencia: «La gente se entusiasma con cosas que son muy recientes y que se sacralizan como eternas. Me interesa y me alarma muchísimo la politización de la Historia, cómo se proyectan problemas políticos de una época sobre el pasado, desfigurándolo.»

Hablamos de literatura en una doble vertiente: por un lado, la aparición de Julián Marías con cierta mofa en las páginas de Rayuela, la novela de culto de Julio Cortázar, «de esas novelas de las que se habla más que se lee»; por el otro, el éxito ya imparable como novelista de su hijo Javier Marías, mucho más leído e incluso traducido hoy día que el mismo Cortázar. El filósofo comentaba sorprendido que a su hijo lo habían traducido «hasta al danés». Cinco años después de aquella charla, Javier Marías terminó de escribir Negra espalda del tiempo, un juego entre la realidad y la ficción en el que aparece como personaje su propio padre, a quien describe con un salacot «que trajo desde Túnez en el barco Ciudad de Cádiz». El novelista es uno de los cuatro hijos del filósofo, padre también de un flautista, un historiador del arte y un economista cinéfilo contertulio habitual del programa televisivo de cine de José Luis Garci.

En la obra Pensamiento Español, 1939-1973, el catedrático de Filosofía del Derecho Elías Díaz (era con quien hablaba por teléfono Tomás y Valiente cuando un etarra lo mató a bocajarro en su despacho) cuenta que el mismo año que Julián Marías publicó Historia de la Filosofía (1941, con 27 años), se le rechazaba como doctor en la Facultad de Filosofía de Madrid. Ortega y Gasset, su maestro, estaba todavía en la etapa argentina de su exilio; después pasaría otro periodo en Lisboa y en 1945 regresaría para iniciar con su discípulo más directo y dilecto la aventura del Instituto de Humanidades. En Negra espalda del tiempo, el hijo novelista cuenta el doble delito, «doblemente imaginario», por el que, tras oportuna delación de un amigo, su padre acabó en la cárcel: el franquismo lo acusaba de ser corresponsal en España del moscovita diario Pravda y de colaborar con un personaje realmente literario, el doctor Hewlett Jonson, más conocido como el «Deán Rojo de Canterbury», «rusófilo bravío», lo llama Javier Marías, afín a la causa republicana que defendió siendo el primero en romper en bloqueo naval de Bilbao.

Javier Marías es hijo del fallecido filósofo y ahijado del escritor Juan Benet. Se lamentó cuando su padre cumplió 80 años y ha vuelto a hacerlo con su muerte de que el autor de tan densa obra nunca recibiera distinciones como el premio Nacional de Ensayo. Elías Díaz, en la obra citada, al referirse a la precoz Historia de la filosofía de Julián Marías, se pregunta: «Seis lustros después (el libro de Díaz se editó en 1974), y hasta la publicada en 1972 en Venezuela por García Bacca, ¿se han escrito sobre este tema, y por autores españoles, muchos libros mejores que el citado de Marías, del que han aparecido ya más de veinte ediciones?».

Personaje de su hijo, hijo a su vez de la andaluza María Aguilera de Marías, Julián Marías demostró los extranjerismos del chotis, desmontó las mentiras del episodio de los comuneros y durante nuestra entrevista pidió raciocinio en las alharacas autonomistas. «Cuando se habla de Sevilla y de Andalucía se habla de los árabes. Y Sevilla era viejísima cuando llegaron los árabes». El padre es casi un género literario. Lo reivindica Javier Marías, como lo hizo Carlos Colón con su progenitor, Antonio Colón, la noche que recibió el premio Romero Murube en la casa de ABC.

Marías padre y Colón padre comparten una afición además del legado biológico: los dos ejercieron la crítica de cine. Antonio Colón fue corresponsal en Tánger, donde vio desmoronarse el diario España en la plaza norteafricana como Marías intuía el desmoronamiento del rotativo de su interlocutor hace doce años. Dos contrapuntos de Edipo con el antídoto infalible de la gratitud. Dos historias de hermosa genealogía, un reconocimiento al padre en una senda manriqueña donde sobresale el libro de Agustín García Calvo Relato de amor, que en endechas de la casa descubre el insólito lirismo de su progenitor en las lóbregas estancias de la delegación de Hacienda de Zamora.


Marías: maestro

Canarias 7, Las Palmas de Gran Canaria, domingo 18 diciembre 2005
por Antonio Castellano

Con 91 años cumplidos, Julián Marías acaba de irse. Fue un hombre bueno de verdad, al que la vida no trató como merecía, sin que lograra amargarle el carácter.

Muere un maestro del pensamiento y nos deja más solos, más desvalidos, menos protegidos. En todos los caminos de la vida, necesitamos referencias, piedras miliarias que marquen la senda; asideros a los que agarrarnos cuando la realidad encara una curva cerrada y de mal peralte. Cuando muere un maestro, desaparece la gran biblioteca albergada en su cabeza y callan, para siempre, los libros y artículos que aún no había escrito. Con 91 años cumplidos, Don Julián Marías acaba de irse. Fue un hombre bueno de verdad, al que la vida no trató como merecía, sin que lograra amargarle el carácter. Cuando digo «vida», digo «nosotros», sus contemporáneos españoles. Julián Marías fue conocido, inicialmente, como «el discípulo» de Ortega y Gasset, a cuya sombra se formó, siendo un conocedor fiel y excepcional de su obra. Joaquín Zubiri fue su otro maestro y quien le orientara a la filosofía. Lúcido y honesto, Marías se implicó en su tiempo y en el tramo de historia que le tocó en suerte. Vocacionalmente obligado a la cátedra universitaria, nuestra posguerra dictatorial le confinó en el ostracismo.

Nunca pudo ser catedrático en la Universidad española. Pero la fuerza del Maestro Marías derribó tales muros y pasó la vida aprendiendo y enseñando, con la pluma –decenas de libros publicados–, con la palabra y con su mera presencia. Le acogieron varias universidades norteamericanas como, años más tarde, hicieron con José María Valverde, Tierno Galván, García Calvo y tantos más. En el desierto intelectual provocado por el exilio, voces como la suya, la de Ortega o Aranguren, fueron estrellas impagables que mantuvieron el latir de la esperanza.

Filósofo y cristiano –no filósofo cristiano–, Julián Marías, en la avalancha de nacionalcatolicismo, perseveró en el esfuerzo por acercar fe y razón. La Iglesia oficial de entonces colaboró a su aislamiento, como intentó con Ortega, cuyas ideas quiso condenar. Marías, defendió un liberalismo humanista, lejano a su actual y descarnada versión neocon. Filosofar es preguntarse, buscar respuestas, atreverse a saber, intercambiar opiniones diversas, compartir ideas sin dogmatizar y avistar el futuro, porque el mundo comienza cada mañana. La figura del pensador resulta imprescindible para que la sociedad avance. Su papel de vigía que descifra y anticipa el horizonte le hace profeta comprometido con la humanidad a la que critica, en defensa de valores y principios morales, cuya falta destruiría la Civilización, sujeta a la Ética, la Ley y el Derecho. Para cualquier intelectual honesto, proclamar y servir a la verdad es un imperativo indeclinable que le hace antipático para el autoritarismo o la corrupción. La Biblia y la Historia están llenas de ejemplos. Marías lo padeció en primera persona. Pero la Democracia rehabilitó el valor y la primacía de la inteligencia y nuestro filósofo consolidó su prestigio y magisterio.

Creo que, entre sus muchas cualidades, destacan la claridad transparente de su estilo –«el estilo es el hombre», decía Ortega–, y la evidencia de su bondad. Todos sus enfoques son constructivos, buscando la armonía y la convivencia sin extremismos ni intransigencia. Aspiraba a la apertura permanente de España al progreso de la ciencia y la cultura. Sabía que nuestro país, en buena parte de su historia, se encastilló en sí mismo, ajeno a las corrientes de modernización que caracterizaron a Europa como diseñadora del mundo actual. Supo entrelazar su visión cristiana y la confianza en la capacidad creadora del hombre para corregir sus fallos. Escritor profundo, no dejó de publicar en los periódicos. Sus artículos en El País y, luego, sus «terceras» en ABC, resultaban de obligada lectura para quien eligiera los primores nutritivos como alimento del alma.

Siendo un muchacho, primeros años sesenta, oí a don Julián, en un ciclo de conferencias organizado por el Museo Canario. Años después, el azar hizo que coincidiera con él en aeropuertos extranjeros y que habláramos, gozando yo de su sencillez y cultura. La última vez, debió ser hace cinco o seis años, le vi llegar a la sala de embarque en el aeropuerto de Orly. Cuando quedó solo, lo noté inseguro y me acerqué, presentándome una vez más y me dijo que no veía muy bien porque se había operado de la vista días antes y me pidió que le acompañara a embarcar. Hablamos de todo y yo estaba feliz prestando un servicio a alguien tan entrañable. Cuando avanzamos por el finger, me rogó que me sentara junto a él para estar más seguro. Para mí, fueron dos horas inolvidables de intercambio entre París y Madrid.

Se nos ha ido un maestro de la ponderación, el diálogo, el respeto, la buena voluntad, la concordia, y la tolerancia. Todo ello impregnado y subrayado por el mejor sentido de la elegancia de las ideas y la sinceridad de los sentimientos. Intelectual, cristiano, español, universal e imprescindible para este momento de España y del mundo. «A man for all seasons»: Un hombre para todas las estaciones y todos los tiempos como Tomás Moro.


ABC, Madrid, sábado 17 de diciembre de 2005

Esquela en el ABC, viernes 16 de diciembre de 2005

 

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