Filosofía en español 
Filosofía en español

Artículos de Carlos Marx sobre España revolucionaria (1854), &c.

Carlos Marx, La revolución española, Editorial Cenit, Madrid 1929
(versión de Andrés Nin · notas de Jenaro Artiles)

I
Espartero. Su personalidad. Las causas de sus triunfos y de sus derrotas

(Artículo de fondo del New York Tribune, de 19 de agosto de 1854)

Una de las características de la revolución consiste en el hecho de que el pueblo, precisamente en el momento en que se dispone a dar un gran paso adelante y empezar una nueva era, cae bajo el poder de las ilusiones del pasado, y toda la fuerza y toda la influencia conquistadas, a costa de tantos sacrificios, pasan a manos de gentes que aparecen como representantes de los movimientos populares de una época anterior. A esa gente, dotada de una tradición, pertenece Espartero, a quien el pueblo eleva sobre sus espaldas en la época de las crisis sociales y del cual se libra después con esfuerzo. Preguntad a cualquier español, perteneciente a la llamada escuela progresista, en qué se funda la significación política de Espartero, y, sin ningún género de duda, os contestará: «Espartero representa la unidad del gran partido liberal; Espartero es popular porque ha salido del pueblo; su popularidad está puesta, exclusivamente, al servicio de los intereses de los progresistas». La verdad consiste en que Espartero, hijo de un simple artesano, se elevó hasta el puesto de regente de España, y en que, habiendo entrado en el ejército como simple soldado, lo abandonó siendo mariscal de campo{1}. Pero, si puede ser considerado como el símbolo de la unidad del gran partido liberal, es también evidente que nos hallamos en presencia de una unidad, en que todos los extremos quedan atenuados. En lo que se refiere a la popularidad de los progresistas, no exageraremos, ni mucho menos, si afirmamos que esa popularidad desaparece precisamente en el momento en que, junto con el partido, pasó a esa individualidad aislada. La prueba de ello se halla en el hecho de que hasta ahora nadie ha podido esclarecer el sentido de esa grandeza. Sus amigos se refugian en lugares comunes alegóricos, mientras sus enemigos afirman que Espartero no es más que un jugador afortunado, aludiendo, para demostrarlo, a la admirable originalidad de su vida privada. Tanto los amigos como los enemigos tropiezan con idénticas dificultades cuando intentan establecer una relación lógica entre Espartero mismo y su gloriosa reputación.

Los méritos militares de Espartero son puestos en tela de juicio en la misma medida en que nadie pone en duda sus defectos políticos. En la extensa biografía publicada por Flórez{2} se habla mucho de las actitudes guerreras y de las cualidades de mando manifestadas por Espartero en las provincias de Caracas, Paz, Arequipa, Perú y Cochabamba, cuando luchaba bajo el mando del general Morillo, el cual se había propuesto reintegrar a la Corona española los Estados Sudamericanos. La impresión general que sus hazañas heroicas en Sudamérica produjeron en el temperamento fácilmente excitable de sus compatriotas caracterízase, en cierta medida, en el apodo malicioso con que fue bautizado con ocasión del combate desgraciado de Ayacucho, en el cual España perdió para siempre el Perú y la América del Sur{3}. Desde ese momento Espartero fue proclamado jefe del Ayacuchismo y sus partidarios fueron llamados ayacuchos. En todo caso, lo más digno de llamar la atención es, que ese héroe recibió su bautismo histórico con ocasión de una derrota y no de una victoria. En el transcurso de siete años de guerra carlista, ni una sola vez dio uno de esos pasos audaces que dieron pronto a su rival Narváez la gloria de haber dirigido la guerra con nervios de acero. Espartero tenía la facultad de exagerar considerablemente los pequeños éxitos, y su fortuna consistió en que Maroto le rindiera precisamente a él las últimas fuerzas militares del pretendiente, pues el levantamiento de Cabrera en 1841 no fue más que una tentativa póstuma para galvanizar los huesos disecados del carlismo. Incluso Marliani, uno de los fervientes partidarios de Espartero e historiador de la España contemporánea{4} reconoce que esa guerra de siete años puede ser comparada solamente a las luchas que tuvieron lugar en el siglo X entre los pequeños señores feudales de las Galias y en las cuales el éxito no era resultado de la victoria. Y por segunda vez, la fatalidad hizo que de todas las hazañas de Espartero en España, las que dejaran una impresión más viva fueran precisamente las que, sin ser un fracaso, equivalían de todos modos a actos incomprensibles en un luchador por la libertad. Espartero es conocido sobre todo por haber bombardeado dos ciudades: Barcelona y Sevilla{5}. Si los españoles –dice un escritor– quisieran representársele como Marte, sería necesario presentar a ese dios bajo la forma de un ariete.

Cuando Cristina se vio obligada en 1840 a renunciar a la Regencia y a marcharse de España, Espartero, contra la voluntad de una parte importante de progresistas{6}, se otorgó el poder supremo dentro de los límites del Gobierno parlamentario. Se rodeó de una especie de camarilla{7} y se condujo como un dictador militar, sin elevarse por encima del nivel medio de un rey constitucional. Mostróse más bien favorable a los moderados que a los progresistas, a los cuales apartó con pocas excepciones, de todo cargo público. Sin conseguir atraerse a sus enemigos, poco a poco se separó de sus amigos. Sin valor para destruir las cadenas del régimen parlamentario, no sabía ni cómo ponerle en marcha, ni cómo utilizarlo ni convertirlo en un arma política. En el transcurso de los tres años que duró su dictadura, el espíritu revolucionario decayó sin interrupción gracias a los innumerables compromisos, y el descontento en las filas del partido progresista aumentó hasta tal punto, que los moderados pudieron tomar de nuevo el Poder en sus manos por medio de una serie de medidas audaces. Espartero perdió su autoridad hasta tal extremo, que su mismo embajador en París conspiraba contra él con Cristina y Narváez, y la ayuda ajena le era tan necesaria, que no le fue posible renunciar a las miserables intrigas y mezquinas maniobras de Luis Felipe. Espartero se daba tan poca cuenta de su propia situación, que en una forma completamente irreflexiva entró en conflicto con la opinión pública en el mismo momento en que ésta buscaba sólo un pretexto para romper con él.

En mayo de 1843, cuando su autoridad había desaparecido desde hacía ya mucho tiempo, continuó sosteniendo a su lado a Seoane y Zurbano y otros miembros de la camarilla, a pesar de que a su alrededor todo el mundo exigía la dimisión de los mismos{8}. Disolvió el Ministerio López, que disponía de una gran mayoría en la Cámara de los Diputados, y se negó a conceder la amnistía a los moderados que se hallaban en el destierro, amnistía exigida por doquier, en el Parlamento, en el pueblo y hasta en el ejército. El descontento general suscitado por el régimen de Espartero halló su expresión en dicha exigencia. En toda la Península estalló de improviso una tormenta de pronunciamientos contra el «tirano Espartero». Ese movimiento, por lo que respecta a la rapidez de su difusión, puede ser comparado solamente con el actual. Moderados y progresistas se unieron en nombre de un objetivo: librarse del Regente. La crisis sobrevino para él inesperadamente, la hora decisiva le sorprendió completamente desprevenido.

Narváez, acompañado de O'Donnell, Concha y Pezuela, desembarcaron con un puñado de hombres en Valencia{9}. De su parte estaba la rapidez en el ataque, el valor reflexivo y la decisión enérgica. De parte de Espartero, el retraso dictado por la impotencia, una lentitud mortal, una apática indecisión y una debilidad indiferente.

En el mismo momento en que Narváez libertaba a Teruel sitiado y entraba en Aragón, Espartero se retiraba de Madrid y permanecía durante muchas semanas en Albacete, en una inactividad imperdonable. Después que Narváez consiguió en Torrejón ganar a los cuerpos de ejército de Seoane y Zurbano, Espartero unióse por fin con Van-Halen para emprender juntos el inútil y vergonzoso bombardeo de Sevilla. Entonces empezó a correr de un sitio para otro, abandonado en cada etapa de su fuga por sus soldados, hasta que al fin llegó a la costa. Cuando se halló a bordo en Cádiz, única ciudad en la cual le quedaban partidarios, incluso dicha ciudad dijo adiós a su héroe y se pronunció contra él. Un inglés residente en España en la época en que ocurrió esa catástrofe, nos da una descripción de la caída de Espartero, de la cual fue testigo presencial: «Lo que ocurrió no fue una terrible e instantánea catástrofe, después de una lucha ardiente, sino una retirada progresiva, sin combate, de Madrid a Ciudad Real, de Ciudad Real a Albacete, de Albacete a Córdoba, de Córdoba a Sevilla, de Sevilla a Puerto de Santa María, y de este último punto al mar. Descendió del endiosamiento al entusiasmo, del entusiasmo a la buena disposición, de la buena disposición a la estima, de la estima a la indiferencia, de la indiferencia al desdén, del desdén al odio, y el odio le arrojó, finalmente, al mar.»{10}

¿Cómo Espartero pudo convertirse nuevamente en el salvador de la patria y en la «espada de la revolución», como ahora le llaman?{11} Esto habría sido sencillamente imposible si España no se hubiera hallado durante diez años bajo la cruel dictadura de Narváez y no hubiera gemido bajo el yugo del favorito de la reina. Los prolongados y tormentosos períodos de reacción son admirablemente propicios para rodear de nuevo de prestigio a las eminencias derrumbadas en el período de los fracasos revolucionarios. Cuanto más fuerza tiene la imaginación popular –y ¿dónde tiene más que en el sur de Europa?– más irresistible es su tendencia a oponer a la encarnación personal del despotismo la encarnación personal de la revolución. Como improvisarlas es imposible, se desentierra los cadáveres de las épocas turbulentas anteriores. ¿Es que acaso Narváez no tenía el propósito de recobrar su popularidad a costa de Sartorius? El Espartero que entró triunfalmente en Madrid el 28 de julio no era un ser real, sino un fantasma, un nombre, un recuerdo.

Es justo no olvidar que Espartero nunca se ha presentado más que como un monárquico constitucional. Y si pudiera existir alguna duda a este respecto, bastaría para desvanecerla la recepción solemne que cuando fue desterrado le fue tributada en el palacio de Windsor y por las clases directoras inglesas. Cuando llegó a Londres, toda la aristocracia, con el duque de Wellington y lord Palmerston al frente, se presentó en su casa. Eberdin, en su calidad de ministro de Negocios Extranjeros, le mandó una invitación para ser presentado a la reina. El alcalde de la City le obsequió con un banquete en el palacio municipal de Londres. Y cuando se supo que el Cincinato español se dedicaba en sus horas de ocio a la jardinería, pronto no hubo ni sociedad botánica ni asociación consagrada al fomento de la jardinería y de la agricultura que no le nombrara miembro. Pronto se convirtió en el héroe de la ciudad{11a}.

A fines de 1846 los desterrados españoles fueron de nuevo llamados al país{12} y, por decreto de la reina Isabel, Espartero fue nombrado senador. Pero éste no podía salir de Inglaterra mientras la reina Victoria no le invitara a él y a la duquesa a su mesa y no le concediera el especial honor de convidarle a pasar una noche en el palacio de Windsor. En todo caso, es necesario reconocer que Espartero, con la aureola de gloria tejida alrededor de su personalidad, en mayor o menor grado podía ser y debe ser considerado como el representante de los intereses británicos en España. Es necesario también reconocer que las manifestaciones en honor de Espartero fueron en cierto modo manifestaciones contra Luis Felipe{13}.

A su regreso a España, Espartero recibió a delegación tras delegación, felicitación tras felicitación, y la ciudad de Barcelona le mandó un embajador especial encargado de presentarle las excusas de dicha ciudad por la mala recepción que le fue tributada en 1843. Pero ¿es que alguien, en el importantísimo período que empieza en 1836{14} y continúa hasta los acontecimientos más recientes, se había acordado tan siquiera de su nombre? ¿Levantó su voz en aquel periodo en que la España envilecida se veía condenada a un silencio glacial? ¿Puede vanagloriarse de un solo acto de resistencia patriótica? Espartero se retiró tranquilamente a su hacienda de Logroño para dedicarse a sus legumbres y a sus flores y en espera de que llegase su hora. No buscó a la revolución, sino que esperó que la revolución lo llamase. Fue más allá que Mahoma. Esperó que la montaña fuera hacia él, y la montaña, en efecto, se dirigió a él. Sin embargo, hay que hacer notar una diferencia: cuando estalló la revolución de febrero, a la cual siguió el terremoto general europeo, Espartero, por mediación del Sr. Príncipe y otros amigos, publicó un pequeño folleto titulado «Espartero: su pasado, su presente y su futuro»{15} para recordar a España que tenía todavía en su sangre y en su tierra a ese hombre del pasado, del presente y del porvenir. Cuando el movimiento revolucionario de Francia decayó, ese hombre del pasado, del presente y del porvenir desapareció voluntariamente de la escena.

Espartero nació en Granátula de la Mancha, y, como su célebre coterráneo, tiene una idea fija: la Constitución, y su Dulcinea del Toboso: la reina Isabel.

El 8 de enero de 1848, a su regreso del destierro, fue recibido por la reina, de la cual se despidió en los términos siguientes: «Ruego a Vuestra Majestad que me llame cuando le sea necesario un brazo que la defienda y un corazón que la ame.» S. M. actualmente lo ha llamado y el caballero andante acude al llamamiento, apacigua las olas de la revolución, reduce a las masas a la impotencia con tranquilizadoras y engañosas promesas, permite a Cristina y a San Luis y a otros que se oculten en Palacio, y, fiel a su fe inquebrantable, se inclina ante la palabra de la inocente Isabel. Sabido es que esa reina tan digna de confianza, la cual, por su carácter, hacía pensar cada vez más en el vergonzoso recuerdo de Fernando VII, era declarada mayor de edad el 8 de noviembre de 1843. El 21 del mismo mes, la reina cumplía solamente trece años{16}. Olózaga, que durante tres meses había sido su tutor por encargo de López, constituyó un Ministerio{17} que se hallaba en oposición a la camarilla y a las Cortes elegidas bajo la impresión de los primeros éxitos de Narváez. Olózaga quería disolver las Cortes, para lo cual obtuvo el real decreto, dándole poderes para ello y firmado por la reina, y en el cual la fecha de convocación fue omitida expresamente. El 28 de noviembre Olózaga recibió dicho decreto de manos de la reina. El 29 por la tarde tuvo todavía una entrevista con ella, pero tan pronto llegó a su casa recibió la visita de un secretario de Estado que le anunció su dimisión y exigió que le devolviera el decreto que había obligado a firmar a la reina. Olózaga, abogado de profesión, era demasiado astuto para permitir que se jugase con él de esa forma. El documento no lo devolvió sino al día siguiente, después de haberlo mostrado al menos a un centenar de diputados para demostrar la autenticidad de la firma.

El 13 de diciembre, González Bravo, nombrado presidente del Consejo de Ministros, convocó en Palacio a los presidentes de las Cámaras, a los notables de Madrid, a Narváez, al marqués de Santa Cruz y a otros con objeto de que la reina explicara lo sucedido entre ella y Olózaga en la tarde del 28 de noviembre. La joven e inocente reina les condujo a la habitación en que recibió a Olózaga, y en su presencia representó en una forma muy viva, aunque a decir verdad, un poco exagerada, un pequeño drama. Olózaga, según ella, echó los cerrojos a la puerta, la cogió por el vestido, la obligó a sentarse, la puso la pluma en la manó y la obligó a firmar el documento. En una palabra, Olózaga atentó a la dignidad de la reina, haciéndola víctima de sus violencias. Durante esa escena. González Bravo tomó nota de las declaraciones de la reina y los demás asistentes examinaron el documento mencionado, firmado, según se desprendía, por una mano temblorosa y engañada. De este modo, tomando como base la declaración solemne de la reina, Olózaga debía ser juzgado como reo del delito de lesa majestad y descuartizado, o, en el mejor de los casos, desterrado a perpetuidad a las islas Filipinas. Pero, como hemos ya visto, Olózaga había tomado sus medidas de precaución. Después, diecisiete días de sesiones agitadas en las Cortes produjeron una sensación mayor que la que en su tiempo había despertado en Inglaterra el famoso proceso de la reina Carolina. En su discurso de defensa ante las Cortes, Olózaga dijo entre otras cosas: «Cuando nos dicen que debemos dar crédito incondicionalmente y sin la menor sombra de duda a las palabras de la reina, yo digo: ¡no! O la acusación es fundada o no lo es. Si es fundada, las palabras de la reina constituyen las declaraciones de un testigo como cualquier otro, y a esa declaración yo opongo la mía.» Durante la discusión en las Cortes, las palabras de Olózaga aparecieron más dignas de fe que las de la reina. Más tarde, Olózaga se refugió en Portugal para huir de los asesinos que le habían sido enviados{18}.

Estos fueron los primeros actos de Isabel en la escena política de España y las primeras pruebas de su probidad. Era esa la misma reina a cuyas palabras Espartero exhortaba al pueblo a prestar confianza y a cuya disposición ponía, después de su escandalosa conducta de once años, el «brazo para defenderla» y «el corazón para amarla» de la «espada de la revolución».

Después de esto, nuestros lectores podrán juzgar si era posible que la revolución española produjera o no algún resultado positivo.

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{1} «Era su padre –dice D. José Segundo Flórez, en Espartero. Historia de su vida militar y política, obra que consultó Marx– un pobre labrador y artesano, dedicado a la construcción de carruajes; y he aquí su mayor gloria y su más grande honra: de tan humilde cuna haberse alzado a un puesto de tanta elevación» (pág. 3), y nadie se ha encumbrado tanto como él en España a través de toda su historia.

{2} Espartero. Historia de su vida militar y política y de los grandes sucesos contemporáneos, escrita bajo la dirección de D. José Segundo Flórez. Madrid. Imprenta de la Sociedad Literaria, 1843-1845; cuatro volúmenes 8.º Sobre Espartero se puede consultar, además, entre otras obras, las siguientes:

La Regencia de D. Baldomero Espartero, conde de Luchana, duque de la Victoria y de Morella, y sucesos que la prepararon, por D. Manuel Marliani. Madrid. Imprenta de Manuel Galiano, 1870; 791 págs. 4.º

Vida militar y política de D. Baldomero Espartero, por J. M. de V. Málaga, 1848-1849, seis volúmenes 8.º

Historia política y parlamentaria de S. A. D. Baldomero Fernández Espartero, por Juan del Nido Segalerva. Madrid, 1916, 833 págs., 4.º

Paralelo entre la vida militar de Espartero y la de Narváez, por Juan Martínez Villergas. Madrid. Imprenta de Juan Antonio Ortigosa, 1851; IX-320 páginas 4.º

Historia de la guerra civil y de los partidos liberal y carlista. Segunda edición, refundida y aumentada con la Historia de la Regencia de Espartero, por A. Pirala. Madrid. Imprenta de F. de P. Mellado y Compañía, 1863-1869; seis vols. fol.

Espartero. Su vida militar, política, descriptiva y anecdótica, por D. M. H. y D. J. T. Barcelona. Espasa Hermanos, S. A., dos vols. fol.

Vida militar y política de Espartero, por una Sociedad de ex milicianos de Madrid. Madrid, 1844-1845, tres volúmenes 4.º

Espartero. Su pasado, su presente y su porvenir, por la Redacción de El Espectador y El Tío Camorra. Madrid, 1848, 80 páginas 4.º

Reseña histórica del heroico comportamiento del pacificador de España durante su emigración en Londres, por un ex miliciano. Madrid, 1848, 32 páginas 8.º

Espartero. Su historia militar y política. Prólogo de D. Francisco Salmerón y Alonso. Madrid, 1870, 90 páginas 4.º

{3} La batalla de Ayacucho se libró el 9 de diciembre de 1820, y «fue el golpe de gracia –dice Zabala: España bajo los Borbones, pág. 267– dado a la soberanía de la Metrópoli sobre sus extensas y ricas colonias sudamericanas». El apodo de ayacuchos se convirtió, más despectivamente aún, en el de aguaduchos y avechuchos (Vid. Mesonero Romanos: Memorias de un setentón. Madrid, 1880; pág. 460). En aquella batalla no se distinguió realmente Espartero (parece probado que no se halló presente en ella), y el apodo fue debido a la simple creencia extendida, y de la que participa Marx, de haber asistido a la derrota: de aquí el significado peyorativo del término.

{4} Histoire politique de l'Espagne moderne, París, 1840 y 1841, dos volúmenes en 4.°, reimpresa en Bruselas en 1842, dos volúmenes en 4.°, y en 1851, tres volúmenes en 16.º Del mismo año de la primera francesa es la edición española: Historia política de la España moderna, puesta en castellano por el traductor de la «Historia de España» de Roncey, Barcelona, imprenta de Antonio Bergues y Cía., agosto de 1840, 363 páginas folio. Suya es también la Reseña de las relaciones diplomáticas de España desde Carlos I hasta nuestros días, sacada de su «Historia de España», Madrid 1841, 186 páginas 8.°; La regencia de Espartero, citada en la nota 2, y las siguientes: L'Espagne et ses revolutions, París, Salvá, 1833, 8.°; Combate de Trafalgar, Madrid, 1850, 4.º; Trafalgar (21 ottobre 1805) e Lissa (20 giuglio 1866), Firenze, 1867, 42 páginas, 4.º, y 1854 et 1869. Un changement de dinastie en Espagne. La maison de Bourbon et la maison de Savoie, Florence, 1869, 33 páginas 4.º De La regencia de Espartero hay un manuscrito autógrafo en la Biblioteca Nacional de Madrid, Manuscritos 8759-61.

{5} El bombardeo de Barcelona tuvo lugar el 2 de diciembre de 1842, con motivo de haberse sublevado la capital mediterránea en pro de la Constitución, abolida por el duque de la Victoria, y la Regencia múltiple (asunto éste que había provocado el descontento de los moderados y las sublevaciones de O'Donnell en Pamplona, Borsi di Caminali en Zaragoza, Montes de Oca en las Vascongadas y la desgraciadísima de Concha, Pezuela, Fulgoni y León en Madrid). Exigía el regente la rendición, sin condiciones, de los sublevados, y la negativa de éstos provocó su exasperación y el bombardeo por las baterías de Montjuich. Sevilla, que se unió al movimiento iniciado en Málaga al año siguiente, fue sitiada y bombardeada también por Espartero. De esta población, enterado del resultado, adverso para él, del encuentro en Torrejón de Ardoz de las tropas rebeldes, acaudilladas por el impetuoso Narváez, y las esparteristas, mandadas por los generales Seoane y Zurbano (23 julio de 1843), abandonó el sitio, se trasladó a Cádiz y embarcó el 30 de julio en el Betis, buque del que pasó al inglés Malabar, zarpando con rumbo a Londres, no sin haber redactado y firmado antes un inútil escrito de protesta.

{6} La obstinación de la reina regente en sancionar la ley de Ayuntamientos (14 julio), en contra de la voluntad de Espartero, provocó el levantamiento nacional que estalló en Madrid el 1 de septiembre de aquel año, y a cuyo frente se puso el Ayuntamiento de la capital. El descontento de los progresistas y del duque de la Victoria se había producido desde la disolución de las Cortes, en 18 de noviembre de 1839, y la constitución de las nuevas, de 18 de febrero de 1840, en que la mayoría era moderada. En Valencia; después de que casi toda la nación habíase sumado al movimiento de Madrid, y en vista de que Espartero se negaba a sofocar el movimiento por estimarlo justo, la reina le nombró presidente del Consejo, desoyendo los ofrecimientos que le hicieron los generales O'Donnell y Narváez. Planteó de nuevo el jefe progresista la cuestión de la ley de Ayuntamientos, pretendiendo su derogación; pidió que fueran disueltas las Cortes, en que estaba su partido en minoría, y pidió libertad para exigir responsabilidades a los ministros del Gobierno anterior. La reina abdicó y embarcó en el puerto del Grao, bajo el nombre de condesa de Vista-Alegre, con dirección a Marsella.

Espartero abolió la ley de Ayuntamientos y disolvió las Cortes, convocando otras para 19 de marzo de 1841, y en ellas se planteó la cuestión de la Regencia, que el general presidente, apoyado por muchos de sus partidarios, en su mayoría militares ayacuchos, quería para sí, y otra gran parte creía que debía ser ejercida por tres personas. Por 153 votos contra 136 se pronunció la asamblea por la Regencia una. Acordado esto, por 179 fue elegido regente el general Espartero.

{7} El primer Ministerio progresista estaba formado por ayacuchos y unitarios exclusivamente: presidente, D. Antonio González, después marqués de Valdeterrazo; San Miguel, Guerra; Alonso, Gracia y Justicia; Surrá, Hacienda; Camba, Marina, e Infante, Gobernación.

{8} El alma de la camarilla era el ayudante de Espartero, Linage. A Linage lo llama un historiador «el ángel malo» de Espartero. Contra él y contra el general pronunció Olózaga sus célebres palabras en las Cortes: «Escoja el regente entre ese hombre y la nación entera», discurso que acababa con la exclamación divulgadísima de: «¡Dios salve al país! ¡Dios salve a España!»

{9} Prim y Miláns del Bosch se pusieron al frente del movimiento en Reus; Serrano, en Barcelona. Narváez, desde Valencia, se dirigió a Teruel y Calatayud; de esta ciudad marchó sobre Madrid, teniendo lugar antes de llegar a la capital, en Torrejón de Ardoz, el encuentro con las tropas fieles al regente (véase la nota núm. 5). Este encuentro terminó abrazándose los soldados de uno y otro bando, después de una arenga de Narváez, y decidió la retirada del regente a Sevilla y Cádiz, donde embarcó para Londres, como queda dicho.

{10} Véanse la nota 5 y la anterior.

{11} El 28 de julio de 1854 entraba Espartero nuevamente en Madrid, con la aureola de general salvador de la nación. Espartero dispuso que fuera llamado O'Donnell para formar Gobierno con él. O'Donnell había sido el alma del alzamiento contra el Gobierno del conde de San Luis (Sartorius); él había lanzado el 7 de julio el famoso manifiesto de Manzanares, redactado por Cánovas. El Gabinete Sartorius cayó, sucediéndole otro presidido nominalmente por el duque de Rivas, pero cuyo verdadero presidente era el general Córdoba, Gobierno que no pudo atajar la revolución que había estallado en Madrid desde el 17 de julio, y durante la cual los amotinados asaltaron el palacio de María Cristina y los domicilios particulares de los más significados del Gobierno anterior, entre ellos de Sartorius, Collantes y Salamanca.

{11a} Contrasta esta deferencia del pueblo inglés con la conducta del Embajador español, marqués de Casa-Irún, duque de Sotomayor, haciendo expulsar a la duquesa de la Victoria de una tribuna de pago que ocupaba en cierta capilla católica en Londres, proceder poco caballeroso, que motivó la siguiente carta del esposo de la dama ultrajada: «La duquesa de la Victoria ha sido groseramente tratada en virtud de orden del duque de Sotomayor al entrar hoy en la capilla española. La conducta del duque de Sotomayor en esta ocasión ha sido la de un mal caballero. Esta es la opinión que tiene del duque de Sotomayor El Duque de la Victoria» (Véase. Flórez: Espartero, tomo IV, pág. 1.000, nota.)

{12} Decreto de amnistía de 17 de octubre de aquel año.

{13} La revolución francesa de 1848 lanzó del trono a Luis Felipe. Narváez, erigido en dictador, hizo salir de España al embajador de Inglaterra, Bulwer, el 18 de mayo, y envió tropas en socorro del Papa Pío IX, refugiado en Gaeta después del asesinato del presidente del Consejo, Rossi.

{14} Decretos desamortizadores de Mendizábal, de 19 de febrero; 5 y 9 de marzo; disidencia de Istúriz y Alcalá Galiano en las Cortes de 22 de marzo; efímero Gabinete de Istúriz; sublevación constitucional, y sucesos de La Granja durante la madrugada del 13 de agosto, en que se promulgó, bajo la presión de las clases subalternas del Ejército, la Constitución de Cádiz de 1812, primer eslabón en la cadena de pronunciamientos y algaradas que parecía acabada con el acto de Sagunto del 29 de diciembre de 1874, donde representó el papel principal el general Martínez Campos, proclamando a Alfonso XII, mientras Primo de Rivera, capitán, general de Madrid, ponía en prisión al alma del movimiento alfonsino, Cánovas del Castillo.

{15} Don Miguel Agustín Príncipe formó parte de la redacción de El Espectador en los años de 1841 a 1848. Suya es la obra que se cita: Espartero. Su pasado, su presente, su porvenir, por la Redacción de El Espectador y El Tío Camorra (Vid. nota 2). Además de sus numerosas obras literarias, es autor también de las siguientes históricas: Guerra de la Independencia, Madrid, 1844-1847, tres volúmenes folio.

Tirios y troyanos. Historia tragi-cómico-política de la España del siglo XIX, con observaciones tremendas sobre la vida, hechos y milagros de nuestros hombres y animales públicos. Madrid. Imprenta de D. Pedro Mora y Soler, 1845; dos vols. 4.º

{16} Fue declarada mayor de edad Isabel II a propuesta del Gobierno provisional de D. Joaquín María López y en contra del parecer de los barceloneses, que se levantaron en armas (Jamancia) y resistieron a las tropas del Gobierno hasta que las Cortes aprobaron la proposición de López. El acuerdo se tomó por 193 votos contra 16.

{17} El 20 de noviembre de 1843 recibió el real encargo. El 24, después de los conocidos apremios y amenazas de Isabel, presentaba la lista de los ministros. El general Serrano era ministro de la Guerra. Olózaga se había opuesto decidida y eficazmente a la pretensión de Serrano, que puso, como condición de su ingreso en el Ministerio, que una cartera fuera para González Bravo. Conviene recordar esto para juzgar la persecución emprendida por éste contra D. Salustiano Olózaga, acusado de delito de lesa majestad.

{18} Narra con todo detalle los pormenores de esta burda calumnia y del proceder poco recomendable de González Bravo, Marliani en La Regencia de Espartero, págs. 734-762. Para que se aprecie el valor de las afirmaciones de la reina, téngase en cuenta lo dicho en la nota anterior y el hecho de haber sido precisamente Serrano –el «General Bonito»– el que refrendó el decreto de exoneración contra el presidente del Gobierno de que formaba parte.

[Carlos Marx, La revolución española, Editorial Cenit, Madrid 1929, páginas 43-64.]