Diccionario de ciencias eclesiásticas
Imprenta Domenech, Editor, Valencia 1883
tomo primero
páginas 842-843

Averroísmo

Averroes fue médico, gramático, jurisconsulto, matemático, naturalista, teólogo, astrónomo y filósofo: sabía de todo, y los títulos solo de sus obras numerosas, prueban que su erudición era verdaderamente enciclopédica. Desterrado por sus atrevidas opiniones teológicas, sus libros fueron quemados en muchas poblaciones, y en todas prohibida su lectura. Exceptuáronse únicamente de esta proscripción, los que trataban de medicina, matemáticas y astronomía. A sus obras filosóficas debe exclusivamente su gran celebridad en las escuelas de Occidente, en las cuales se le llamaba el Comentador, por antonomasia, y también Alma de Aristóteles. Tres comentarios sobre el Estagirita compuso Averroes: el grande, con toda clase de digresiones teóricas; el medio, con simples exposiciones y comentos, y el pequeño, que es una sencilla paráfrasis del texto original comentado. Los títulos de sus principales obras filosóficas dicen así: Destrucción de la destrucción, escrito en el cual refutó la Destructio philosophorum de Al-Gazali; De la sustancia del mundo; De la unión del entendimiento separado en el hombre; Compendio de lógica; Prolegómenos a la Filosofía, o sea recopilación de doce disertaciones importantes sobre diversos asuntos filosóficos; Del entendimiento y de lo inteligible; Cuestiones sobre el tiempo; Dos libros sobre la ciencia del alma; Crítica de las diferentes opiniones acerca del acuerdo entre la Filosofía y la Teología; Demostración de los dogmas religiosos; Comentario de la República de Platón; Comentario de todos los libros de Aristóteles, excepto la Política. Hizo una paráfrasis de la Poética de Aristóteles, en la cual, según M. Renan, demuestra tan grandes conocimientos en literatura árabe, como ignorancia en literatura griega. De medicina escribió un tratado intitulado Colliget (liber de medicina, qui dicitur Colliget), es decir, Colección; y compuso también un compendio astronómico del Almagesto de Tolomeo.

En la historia de los conocimientos humanos se conocen con el nombre de averroísmo las doctrinas filosóficas y teológicas profesadas por Averroes y sus discípulos. Expongámoslas brevemente, empezando por las primeras. A pesar de la admiración casi fanática que Averroes tributaba a Aristóteles, en vez de exponer fielmente las doctrinas de éste, y en vez de comentarle con sinceridad, altera su pensamiento filosófico en provecho de los dogmas antireligiosos y antifilosóficos profesados por el filósofo árabe. Con razón ha dicho Santo Tomás de Aquino de Averroes: «Non tam fuit peripateticus quam peripateticae philosophiae depravator». Hay historiadores de la filosofía que califican a Averroes de ecléctico espiritualista; pero esto no basta para formar idea exacta de sus doctrinas y herejías filosófico-teológicas. Entre estas últimas las principales son el racionalismo, el panteísmo, la supresión casi completa de la personalidad humana, y la negación formal de la inmortalidad del alma.

Su más famosa teoría es la de la unidad numérica del entendimiento humano, o sea del alma racional, teoría que aunque apuntada por Avempace, constituye el más característico rasgo del averroísmo filosófico. La doctrina averroísta tiende a despojar al individuo, no sólo del entendimiento agente, sino también del posible, a quitarle la facultad no solamente de producir su propio pensamiento, sino hasta de recibir la impresión de lo inteligible, no dejándole, en una palabra, más que la facultad pasiva de recibir las impresiones de los cuerpos y de formar las correspondientes imágenes o especies sensibles. El entendimiento adquirido o individual es la razón impersonal, en tanto que participada por el ser personal. Nadie, sin embargo, conoce la naturaleza de esta razón impersonal, que para unos es el entendimiento activo, y para otros la última de las inteligencias planetarias, y por ende la más próxima al hombre. El ilustre filósofo P. Zeferino González, actual Arzobispo de Sevilla, expone en su Historia de la Filosofía, t. II, pág. 391, esta intrincada teoría de la siguiente brillante manera: «En el hombre no hay más facultades de conocer que las que pertenecen al orden sensible; lo que llamamos entendimiento humano, como facultad personal propia del individuo y procedente del alma que le sirve de forma sustancial, coincide y se identifica con la imaginación y la cogitativa, según que éstas obran fecundadas e influidas por el alma humana propiamente inteligente y espiritual, la cual asiste y comunica con él, pero no es parte interna del individuo, ni menos su forma sustancial. El entendimiento en el primer sentido es apellidado con razón por Averroes material (intellectus materialis) o hylico, en el sentido en que se dicen materiales las cosas que pertenecen al orden sensible; el entendimiento en el segundo sentido, es no solamente inmaterial o espiritual, sino uno y único en todos los hombres (intellectus inmaterialis est unicus omnibus hominibus), como lo es también el alma o sustancia inteligente de que es facultad.» Tan absurda y perniciosa teoría fue refutada victoriosamente por el angélico Doctor en muchos pasajes de sus obras, y especialmente en el libro VIII de su Física, en el opúsculo De unitate intellectus adversus Averroistam, y en muchos artículos de las Summas, tanto teológica como filosófica, relativos a la naturaleza del alma.

No son de menor trascendencia los errores cosmológicos averroístas. Para Averroes el universo se compone de una serie de principios eternos, divididos en jerarquías, vagamente relacionadas con cierta unidad superior destituida de toda providencia. El universo, además, es la evolución necesaria de una sustancia eterna e increada: en absoluto nada nace ni muere; la generación y la muerte no hacen más que modificar las condiciones de la existencia.

La moral ocupa muy poco espacio en los comentarios del filósofo de Córdoba. El bien, según Averroes, no depende únicamente de la voluntad divina, y la principal regla moral se reduce a hacer prevalecer la razón sobre los sentidos.

Para Averroes la religión es necesaria al pueblo, y los que intentan arrebatarle las ideas morales y religiosas, merecen la muerte; pero para el filósofo la religión se reduce al conocimiento de la realidad, porque «el culto más sublime que se puede tributar a Dios está en el conocimiento de sus obras, lo cual nos conduce a conocerle a Él mismo en toda su realidad».

Conocido ya el averroísmo filosófico, nos resta únicamente decir algo acerca del averroísmo teológico, y como no tenemos autoridad para hablar en nombre propio del asunto, tomamos literalmente lo más importante en este punto de la estupenda obra de nuestro ilustre amigo D. Marcelino Menéndez Pelayo, Los Heterodoxos Españoles, t. I, cap. IV, §V: «Esa palabra (averroísmo) tuvo un doble sentido en la Edad media, y sobre todo en el siglo XIV. El Comento de Averroes se había convertido en bandera de incredulidad y materialismo. Nadie se fijaba en el fondo del sistema, sino en sus últimas consecuencias, libérrimamente interpretadas: negación de lo sobrenatural, de los milagros y de la inmortalidad del alma». «Hay en el mundo tres leyes (se decía): la religión es un instrumento político: el mundo ha sido engañado por tres impostores...» Los primeros impugnadores de Averroes, Guillermo de Auvernia, Alberto el Magno, Santo Tomás, nuestro Ramón Martí... atacaron doctrinas verdaderamente averroístas: el intelecto uno, la eternidad del mundo, &c. El otro Averroes, corifeo de la impiedad, aparece por primera vez en el libro de Egidio Romano, De erroribus philosophorum. Allí se le acusa de haber vituperado las tres religiones, afirmando que ninguna ley es verdadera, aunque pueda ser útil. Usaban los averroístas, como término de indiferentismo, la expresión loquentes in tribus legibus, entendiendo a los cristianos, israelitas y mahometanos, y se abroquelaban con pasajes de su maestro en el comento a los libros II y XI de la Metafísica, y al III de la Física. Acosados por los doctores católicos solían acudir al sofisma de que una cosa puede ser verdadera según la fe, y no según la razón, y fingiéndose exteriormente cristianos, se entregaban a una incredulidad desenfrenada, poniendo todas sus blasfemias en cabeza de Averroes. Achacábanle el dicho de que la religión cristiana es imposible; la judaica, religión de niños; la islamita, religión de puercos. ¡Qué secta la de los cristianos, que se comen a su Dios! contaban que habría exclamado. Muera mi alma con la muerte de los filósofos, era otra de las frases que se le atribuían. Así se encontró el filósofo cordobés a mediados del siglo XIV, trasformado de sabio pagano que había sido, en una especie de demonio encarnado, cuando no en blasfemo de taberna, a quien llamó Duns Scoto iste maledictus Averroes, el Petrarca canem rabidum Averroem, y Gerson dementem latratorum; a quien pintó Andrés Orcagna en el camposanto de Pisa al lado de Mahoma y del Antecristo, y a quien en la capilla de los españoles de Santa María Novella de Florencia, vemos con Arrio y Sabelio, oprimido por la vencedora planta de Santo Tomás, en el admirable fresco de Tadeo Gaddi.» Este averroísmo antiteológico también se profesó en España. Nicolás Eymerích lo anota en el gran registro de su Directorium, y el Beato Ramón Lull fue uno de sus impugnadores más terribles. Por eso dice Renan, que «Raimundo Lulio fue el héroe de la cruzada contra el Averroísmo». Y, en efecto, solicitó del concilio de Viena que los pestíferos escritos del Comentador se prohibiesen en todos los gimnasios cristianos: y en los catálogos de Alonso de Proaza, Nicolás Antonio, &c., constan más de catorce tratados de Ramón Lull, antiaverroistas, cuyos títulos puede ver el curioso en la ya citada Historia del Sr. Menéndez Pelayo, tomo I, pág. 524.

Manuel Polo y Peyrolon


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