Diccionario de ciencias eclesiásticas
Imprenta Domenech, Editor, Valencia 1885
tomo segundo
páginas 139-140

Beatitud

En sentido lato se llama beatitud el bien poseído que satisface algún apetito racional del hombre. También se llama así el estado de felicidad relativo que se goza en la tierra, y a veces el reposo y la tranquilidad de la vida sin accidentes que vengan a perturbarla.

En sentido lato e impropio esta palabra puede significar, no ciertamente la exclusión de todos los contratiempos de esta vida, sino la posesión de un bien relativo, que por el momento preserva de algunos males y proporciona algunos goces. El nacimiento, la familia, la inteligencia, la salud, los bienes de fortuna, la posición social, la gloria en las empresas, &c. suelen ser motivos de beatitud temporal según el mundo. Nada tienen de sólido, y la verdadera felicidad no se encuentra ni en cada uno de ellos, ni en todos reunidos. Antes, por el contrario, muchas veces suelen servir de amargura, de inquietud y de pesadumbre, y en medio de tales goces, el corazón queda vacío. Aun en esta vida, la única felicidad más pura y sólida que puede hallarse, es la unión con Dios por el conocimiento y el amor, en cuanto se puede adquirir en la tierra. De aquí nace la satisfacción interior, la tranquilidad de la conciencia, la paz y el gozo que más satisfacen al corazón.

Pero no es este el sentido verdadero y propio de esta palabra, sino el de felicidad completa y absoluta, posesión de todo bien sin mezcla alguna de mal. Esta felicidad solo se goza en el cielo por la posesión del sumo bien, que es Dios. Así es, que la beatitud en sentido estricto, es la felicidad eterna que los justos disfrutan en el cielo por su unión con Dios. Baste, pues, haber dado esta definición, y expondremos con más extensión esta doctrina en el artículo Bienaventuranza.

Terminaremos este artículo, haciendo notar de paso que esta doctrina, considerada filosóficamente, prueba la excelencia y origen divino de la religión cristiana, al encontrar sus preceptos y enseñanzas en completa armonía con las exigencias y necesidades del hombre moral, y con sus incesantes aspiraciones al objeto que constituye la felicidad. Los que sigan las prescripciones de esta divina religión serán indudablemente felices, tanto en esta vida como en la futura. Por eso es profundamente verdadero el dicho de Montesquieu: «¡Cosa notable! la religión cristiana, que parece no tiene más objeto que la felicidad de la otra vida, hace también nuestra dicha en esta.» (Esprit. des lois, libro 24, cap. VI.)

En otro sentido, la palabra Beatitud es un título honorífico que se da al Papa, aunque antiguamente era extensivo a los Obispos, y aún a algunos legos.

Godofredo Ros y Biosca, Arcediano de Valencia.


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