Filosofía en español 
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Espíritu Santo

Tercera persona de la Santísima Trinidad, igual y consustancial al Padre y al Hijo, de los cuales procede como de un solo principio por simple procesión.

Además de las herejías comunes contra toda la Trinidad en general, los macedonianos en el siglo IV negaron la divinidad del Espíritu Santo, diciendo que era una criatura inferior a Dios en naturaleza y en dignidad.

Este error fue condenado en el primer Concilio general de Constantinopla del año 381 y en otros muchos, como veremos en su lugar. Los socinianos no solamente negaron su divinidad, sino también su subsistencia personal, diciendo que era una metáfora para significar las operaciones divinas, o que el Espíritu Santo no es otra cosa que la virtud o eficiencia de Dios. Posteriormente, los racionalistas renovaron este error, diciendo que sólo era un modo de Dios en su relación con las criaturas, como volente y benéfico, o bien que el Espíritu Santo debe concebirse como el mismo Dios próvido o santo. De Wete opina que no es otra cosa que el mismo Dios, ut in natura operantem. Todos estos errores se distinguen con el nombre común de pneumatomachos o enemigos del Espíritu Santo.

Además yerran contra la procesión del Espíritu-Santo los griegos cismáticos, negando que procede del Hijo, o a lo menos que no procede de Él como de un solo principio con el Padre. Habiéndose añadido en el Símbolo la partícula Filioque, hubo con este motivo nuevas cuestiones con los griegos, que tomaron de aquí ocasión o pretexto para separarse de la Iglesia latina. (Véase Filioque).

El dogma católico enseña que el Espíritu Santo es una verdadera persona realmente distinta del Padre y del Hijo, consustancial a uno y otro. Esta verdad se demuestra con todos aquellos argumentos que prueban la Trinidad de personas en Dios. Pero además se prueba por todos aquellos lugares de la Sagrada Escritura, en donde se le atribuyen acciones personales de inteligencia y voluntad, puesto que las acciones sunt suppositorum, como dicen los escolásticos. Efectivamente, en innumerables lugares se dice del Espíritu Santo que enseña, obra, testifica, &c. Expresamente se le da el nombre de Dios, como en aquel célebre pasaje de los Hechos de los Apóstoles (V, 3): Anania, cur tentavit... non es mentibus hominibus sed Deo. El Apóstol, en su carta a los Corintios (1, III, 16), que los fieles son templo de Dios, porque habita en ellos el Espíritu Santo.

Se le atribuyen también las propiedades divinas, como los milagros, la remisión de los pecados, la santificación, la inspiración de los profetas, &c., y por último se le dan los atributos divinos sin ninguna restricción, la inmensidad (Sap. I, 7). Spiritus Domini replevit orbem terrarum: la omnisciencia (1. Cor. II, 10). Spiritus omnia scrutatur etiam profunda Dei: la omnipotencia (Psal. XXXII, 6), Verbo Domini caeli firmati sunt et spiritu oris ejus omnis virtus eorum; la creación y conservación de las cosas (Psal. CIII, 30), Emittes spiritum tuum et creabuntur et renovabis faciem terrae. Es superfluo citar los testimonios de los Santos Padres, que todos enseñan unánimemente la misma verdad, atribuyendo al Espíritu Santo las obras de la gracia, el perdón de los pecados, la distribución de dones, el gobierno de la Iglesia, &c., y por último es bien sabido que se ha dado al Espíritu Santo el mismo culto de honor supremo de latría que al Padre y al Hijo.

El Padre y el Hijo, obrando como un solo principio por el amor mutuo que se tienen, el cual es fecundísimo, dan origen al Espíritu Santo por una procesión inmanente, eterna y sustancial en identidad de naturaleza, enteramente igual a su principio. En el siglo V, Teodoreto, refutado por San Cirilo, renovó después de los macedonianos la herejía de aquellos, que negaban la procesión del Espíritu Santo del Hijo. Este error fue resucitado en el siglo IX por los griegos cismáticos, después de Focio, y más tarde por Marco de Efeso. En cuanto a la adición en el símbolo de la palabra Filioque, es otra cuestión de que se tratará en su lugar correspondiente.

Es de fe que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo como de un solo principio, como consta de las definiciones de los Concilios I de Constantinopla, y de los generales de Letrán IV, Lugdunense II y Florentino, en los cuales se dio esta profesión de fe: Definimus... quod Spiritus Sanctus ex Patre et Filio aeternaliter tamquam ab uno principio et unica spiratione procedit. Entre los muchos testimonios de la Sagrada Escritura, citaremos como el más célebre y decisivo, el del Evangelio de San Juan (XVI, 13, seqq.): Cum autem venerit ille Spiritus veritatis, docebit vos omnem veritatem. Non enim loquetur a semetipso, sed quaecumque audiet, loquetur, et quae ventura sunt, annuntiabit vobis. Ille me clarificabit, quia de meo accipiet, et annuntiabit vobis. Omnia quaecumque habet Pater, mea sunt. Propterea dixi: quia de meo accipiet, et anuntiabit vobis. Procede pues del Padre lo mismo que del Hijo, porque recibe de él, [273] es, a saber, la naturaleza divina, la omnisciencia, &c. Recibe del Hijo, porque este lo tiene todo común con el Padre, y por consiguiente la procesión activa divina que le es propia. Además, es llamado Espíritu del Hijo del mismo modo que se llama Espíritu del Padre, porque procede de él. Por último, en muchos lugares se dice que el Espíritu Santo es enviado por el Hijo, cuya misión indica dependencia de la persona enviada, y esta dependencia en la Trinidad no es otra que de origen. Por eso decía San Gregorio: Spiritus Sancti missio ipsa processio est qua procedit de Patre et Filio.

Los teólogos añaden alguna razón teológica, diciendo que si el Espíritu Santo no procediese del Hijo, no se distinguiría del mismo, porque no habría entre ellos relación, que se funda en el origen. Esta es una de las razones que da Santo Tomás: Necesse est dicere Spiritum Sanctum a Filio esse; si enim non esset ab eo, nullo modo posset ab eo personaliter distingui. Non enim est possibile dicere quod secundum aliquid absolutum divinae personae ad invicen distinguantur, quia sequeretur quod non esset trium una essentia: quidquid enim in divinis absolute dicitur, ad unitatem essentia pertinet. Relinquitur ergo quod solum relationibus divinae personae ad invicem distinguantur... Oportet ergo quod Filius et Spiritus Sanctus ad invicem referantur oppositis relationibus. Non autem possunt esse in divinis alia relationes oppositae, nisi relationes originis, ut supra probatum est (quaest. XXVIII, art. 4): oppositae autem relationes originis accipiuntur secundum principium, et secundum quod est a principio: relinquitur ergo quod necesse est dicere vel Filium esse a Spiritu Sancto, quod nullus dicit, vel Spiritum Sanctum esse a Filio, quod nos confitemur. (P. l., qu. XXXVI, art. 2.) {(1) Edic. Valentina de Perujo, tomo I, pág. 383.}

La tercera persona de la Santísima Trinidad tiene los nombres propios de Espíritu Santo, porque como dicen los teólogos, solo spiratur, vel flatur ab amore: el de Donum a saber, don personal, como queda explicado en el tomo III, pág. 706; y el de Amor como testimonio subsistente y personal del que se profesan mútuamente el Padre y el Hijo, por que el Espíritu Santo procede por modo de voluntad que es procesión de amor, a la manera que el Hijo es llamado Verbo, como que procede del entendimiento como palabra eterna y personal del Padre.

Se atribuyen al Espíritu Santo, como nombres apropiados, todos los que expresan las obras de la bondad, de la caridad y de la misericordia, y en este sentido se llama Paracletus, Consolator, Charitas, Amor, Vinculum, Nexus, Unio y otros parecidos que todos indican las efusiones de la gracia o el amor inmenso y perfectísimo de las personas divinas.

En cuanto a la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles en lenguas de fuego, (véase Pentecostés). El Espíritu Santo suele representarse bajo la figura de lenguas de fuego, o de paloma, y así se ve en los monumentos antiguos de las Catacumbas. Estas imágenes son el símbolo de los principales efectos que el Espíritu Santo produce en las almas.

Perujo