Filosofía en español 
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Falansterianos, Falansterio

Llámanse falansterianos los secuaces del sistema socialista de Carlos Fourier, y falansterio a cada uno de los grupos que introduce en dicho sistema para formar su plan de organización social. Consiste esta en suprimir la familia, sustituyéndola por ciertas agrupaciones llamadas falanges o falansterios, los cuales habían de ser agrícolas o industriales, y constar de 1.800 habitantes cada uno. Se reunirían primero en grupos de siete o nueve personas, cuya reunión debería verificarse según las inclinaciones, gustos o pasiones de los particulares, de modo que los individuos que tuviesen gusto e inclinación a un trabajo, industria o arte determinado, formarían un grupo; los que tuviesen otras inclinaciones formarían otros grupos, y así sucesivamente. Estos grupos se deberían reunir luego en series de veinticuatro a treinta cada una, y finalmente, las series agrupadas darían lugar a los falansterios.

A estas asociaciones señala Fourier casas comunes para el domicilio, para la comida, para las artes liberales y vulgares, para el trabajo, para la ganancia, &c. Los dos resortes principales de este sistema son pues la atracción y la asociación. La asociación, o sea la comunidad de trabajos, produciría economía de tiempo, de esfuerzos y de fatigas, y la atracción, o sea el ser el trabajo voluntario, acomodado a los gustos e inclinaciones de cada uno, produciría aumento de productos por el mayor interés, inteligencia y fruición con que trabajarían los individuos, pudiendo llegar de este modo a un estado de abundancia y riqueza tal, que los individuos más pobres disfrutarían entonces tanto como los más ricos de la sociedad actual.

Fúndase el sistema de los falansterianos, en el supuesto de que la constitución actual de la sociedad se halla llena de vicios o defectos, porque se contrarían en ella los fines de la naturaleza, pues indicando esta que los trabajos, los gustos, los intereses y los goces sean comunes, se dividen e individualizan por medio de la organización de la familia, inutilizándose de este modo tanta multitud de elementos de bienestar y felicidad como existen en el universo.

Por lo tanto, el único remedio para atacar el mal causado por la vinculación del trabajo, del interés, del comercio, &c. a la familia, es destruir la familia misma, vinculando los intereses y trabajos a la comunidad o asociación.

De lo que hasta aquí hemos expuesto se podrá ya comprender que el objetivo del sistema falansteriano es hacer la felicidad del género humano: ¿pero de qué medios se valen los falansterianos para alcanzar esta felicidad, y en qué hacen consistir esta? No en la virtud y en el cumplimiento del deber, ni en la sujeción a la ley moral: para ellos, el sistema de represión y moderación de las pasiones es un sistema anticuado, que aunque bueno, no es sin embargo el mejor. El mejor consiste en dar todo el vuelo posible a las pasiones, sin coartar ni comprimir en lo más mínimo las tendencias de éstas, pues las pasiones vienen de Dios, que desea la completa expansión de las mismas, así como la limitación y represión vienen del hombre, que desea a veces ponerles cortapisas. Que tal es la voluntad de Dios, se comprenderá considerando que las pasiones no son sino una manifestación particular de la atracción universal que se observa en todos los seres del universo: por cierta analogía podemos ver que todos los seres cumplen la voluntad de Dios con sus desenvolvimientos, con la evolución de sus tendencias y aspiraciones, y que las pasiones del hombre todas tienen su análoga en la naturaleza, desde los átomos hasta los astros, y también en el mismo Dios: por lo tanto, para cumplir con la única ley que puede regular los actos del hombre, deberemos sujetarnos a seguir los impulsos de esa atracción universal, que no es más que la expresión de la voluntad divina; deberemos rechazar como falsas y opuestas al bien y a la felicidad humana las ideas de vicio, virtud, deber, obligación, &c., y buscar la felicidad en el desarrollo armónico de todas las tendencias y facultades del hombre.

En armonía con estos delirios, los falansterianos no dan cabida en su sistema de organización, sino a los placeres físicos y sensuales, pero estos llevados al mayor refinamiento posible; así es que el mismo Fourier introdujo en su sistema un Tratado de glotonería, que él llamaba gastrosofía o sabiduría armoniana. Según él, el último armoniano había de tener una mesa tan exquisita y delicada, como la que hoy tienen los Reyes; y todos los individuos del régimen falansteriano habían de hacer cinco comidas diarias, preparándose antes con ciertos alimentos que excitasen fuertemente el apetito. [454] Pero si repugnante es este cuadro, lo es más aquel en que los falansterianos hablan de los placeres eróticos o amorosos, y que nosotros no transcribiremos por no ofender el decoro; baste decir que en él se permite la poligamia, la poliandria y las más brutales promiscuidades.

En este sistema el hombre no debe ocuparse para nada de Dios y de sus semejantes: cada uno, procurando su propio bienestar y felicidad, contribuirá al bien común, resultando el bien general de los esfuerzos que cada uno haga en provecho propio.

Finalmente, Fourier introduce también en su sistema ciertos pronósticos y profecías; dice que aceptado el régimen falansteriano, las revoluciones de los astros pondrán a la tierra en nuevas condiciones; estas harán que desaparezcan las especies de animales dañinos y nocivos, y que aparezcan otras especies altamente útiles y ventajosas al hombre, las cuales nos servirán en todas nuestras necesidades y trabajos. El agua del mar perderá entonces la parte salobre y amarga que tiene, y se convertirá en agua dulce y potable; entonces también, descubriéndose el diamante fusible y el mercurio fijo, se fabricará un vidrio muy superior, el cual aumentará extraordinariamente la potencia de los telescopios, hasta el punto de poder leerse claramente los escritos del planeta Mercurio; este nos trasmitirá el alfabeto, la gramática, los adelantos e inventos del sol y de los demás planetas armonizados, como también de los demás soles y planetas de la bóveda celeste.

Tales son las utopías de Fourier o de los falansterianos, el cual, en vez de conducir al perfeccionamiento de la sociedad, tiende por el contrario a la destrucción y aniquilamiento de la misma, por medio de la supresión de la familia; porque sin la familia es imposible que subsista sociedad alguna, como también es imposible la conservación del género humano. Esto se conocerá comparando las profundas diferencias que separan al hombre del bruto: este nace robusto, fuerte, con los medios necesarios para proveer a su conservación, así es que a los pocos días ya puede proveer por sí mismo a sus necesidades y vivir separado de sus padres; lo contrario sucede al hombre, que nace débil, torpe, sin medio alguno para proveer a sus necesidades y atender a su conservación: privado del auxilio de los padres, pronto perecería por la violencia de los agentes exteriores o por falta de alimentos y medios de subsistencia. Su debilidad requiere que no le falte por muchos años el cuidado, la atención y solicitud más acendrada que solo puede existir en los padres; su educación intelectual y moral requiere también un largo y no interrumpido cuidado, para que el hombre se conserve al modo de las criaturas racionales y no a la manera de los brutos. Y no se diga que podría encomendarse el cuidado físico y la educación moral a una agrupación o comunidad determinada, pues además de que los individuos de tal agrupación serian escasos en número para atender a una educación que exige tantas atenciones y desvelos, es de todo punto imposible que personas extrañas al amor filial tuvieran la resignación y la virtud necesarias para sufrir todas las impertinencias, todos los desvelos, todas las fatigas y trabajos que requieren las necesidades físicas y morales de los niños. Si los hijos se olvidan muchas veces de sus padres y no cuidan de sus necesidades, a pesar de haber puesto en ellos la naturaleza el amor filial, ¿cuánto más se olvidarían de las necesidades de los niños, personas que no tuvieran hacia ellos amor alguno, siendo por otra parte sus necesidades tan numerosas y más difíciles de atender que las de los padres? Esta observación evidencia que, sin el gran caudal de amor que la naturaleza ha puesto en el corazón de los padres, sería imposible la conservación del género humano.

Estas dificultades suben de punto en el sistema falansteriano, pues permitiendo al hombre el libre vuelo de todas las pasiones, colocando su felicidad en la suma de todos los deleites y goces de esta vida, no admitiendo otra vida de premios y castigos, ¿cómo es posible que hubiese entonces hombres que voluntariamente se sujetasen a privaciones, sacrificios y sinsabores sin cuento? ¿Cómo se sacrificaría el bien propio al ajeno? ¿No inclinan por el contrario las pasiones al hombre a ser egoísta y a sacrificarlo todo al bien e interés propio? Además, en este sistema, siendo la propiedad común, pronto faltaría el estímulo para el trabajo, para la industria: los hombres activos, los laboriosos y de talento, viendo que trabajaban para los flojos, holgazanes y tontos, pronto se cansarían y se volverían holgazanes como los otros, quedando por último todos pobres, habiéndose procurado hacer todos ricos. Finalmente, en el régimen falansteriano, no podría haber felicidad ni tranquilidad alguna: el hombre, sin otra ley que su pasión, sin otro deber que seguir los impulsos de ésta, se haría indomable e insufrible hasta a sí mismo; entonces no habría otro derecho que la fuerza, ni otra ley que la del más fuerte: el hombre tiene una pasión extraordinaria por dominar y subyugar a sus semejantes, por procurarse toda clase de placeres y de deleites, aunque sea sacrificando a los otros; y una vez se viera sin freno, sin religión ni moral alguna, sin temer nada después de la muerte, ¿qué ley habría capaz de sujetarle? Toda ley perdería entonces su fuerza, y no ejercería [455] ascendiente alguno sobre hombres que no conocen otra moral que el goce. Los más fuertes, los más poderosos sacrificarían a su bienestar a los más débiles, y las violencias, las injusticias y las opresiones serían el espectáculo cotidiano que nos ofrecería el régimen falansteriano.

Por otra parte, la doctrina de los falansterianos es altamente inmoral. Concediendo y permitiendo al hombre la satisfacción de todas sus pasiones, aconsejando y fomentando el completo vuelo y desarrollo de las mismas, legitiman todos los vicios, todos los crímenes, todos los desórdenes, todas las degradaciones y extravíos de que es capaz la naturaleza humana. Nada hay en el régimen falansteriano que pueda contener al hombre; éste, lo mismo que la mujer, son libres para unirse en matrimonio cuando quieran, y para romper dicho matrimonio cuando les plazca; ellos son igualmente libres para verificar otras promiscuidades más repugnantes, y no deben cuidar de otra cosa que de tener muchas pasiones y muchos medios de satisfacerlas, como si no existiese otra vida, o el hombre no fuese otra cosa que una envilecida bestia. En cuanto al equilibrio de las pasiones de que tanto blasonan los falansterianos, creernos que es la más grande aberración, suponer que con el principio de la legitimidad de las pasiones y del libre desenvolvimiento de las mismas, se pueden satisfacer aquellas por completo, y tener la limitación y equilibrio necesario para la existencia de la asociación y del régimen falansteriano: más fácil es, dice un escritor célebre, tener mil agujas derechas sobre una tabla de mármol.

Hemos dicho que los falansterianos se proponen hacer la felicidad del género humano; creen que esta consiste en explotar al globo, que se puede llegar a un estado en que desaparezca el mal del mundo, y que esto se obtendrá por medio del régimen falansteriano, haciendo desaparecer los vicios y defectos de la actual civilización, fuente y origen de todo mal. Su error proviene de haber ignorado el dogma del pecado original, creyendo que el hombre puede llegar a ser completamente feliz, sin mezcla alguna de mal en la tierra. Ciertamente que esto hubiera sucedido sino hubiera perdido la inocencia primitiva, pero la perdió por el pecado, y desde entonces se introdujo el mal en el mundo. Dios esparció multitud de penalidades y sufrimientos por el universo, para que sirviesen al hombre de expiación de su culpa, y al mismo tiempo de preservativo, para que no se olvidase de su origen y destino último, para que no se ensoberbeciese, antes al contrario, se humillase, viéndose sujeto a multitud de debilidades y flaquezas, y reconociese finalmente a Dios como autor de todos los bienes que posee. Cierto que Dios concede horas de solaz y consuelo al hombre, y quiere que este disminuya los males que le aquejan, y consiga una felicidad relativa por medio de la ciencia y de la virtud; pero esto no obstante, el hombre, mientras esté en este valle y lugar de lágrimas, estará sujeto a privaciones, sufrimientos y penas, según las leyes que Dios estableció como consecuencia del pecado; falso es también que el mal se halle en un vicio y defecto de la organización social, sino que se halla en la corrupción y debilidad de la naturaleza humana.

Finalmente, en cuanto a los pronósticos y profecías, diremos que los falansterianos, lejos de aparecer como hombres de sano juicio y sólida ciencia, se presentan como hombres visionarios que abrigan ilusiones y esperanzas destituidas de todo fundamento. (Véase Fourierismo).

C. Tormo Casanova