Diccionario de ciencias eclesiásticas
Imprenta Domenech, Editor, Valencia 1886
tomo cuarto
páginas 500-502

Felicidad

En general es la satisfacción o gozo que se experimenta por la posesión del objeto amado. Se divide en felicidad objetiva, que es el mismo bien que nos hace bienaventurados; y subjetiva, que es la posesión de dicho bien, o sea la operación de la criatura racional por medio de la cual descansa plenamente en la posesión de aquel bien. Acerca de la felicidad subjetiva no puede haber dificultad alguna, fuera de las cuestiones teológicas acerca del acto en que consiste la felicidad formal, que también así se llama, y que encierra los tres actos de visión, gozo y amor.

Respecto a la felicidad objetiva, ha habido tal diversidad de opiniones entre los teólogos y filósofos, que según San Agustín, podían contarse más de doscientas ochenta sentencias acerca de este punto, aunque es cierto que todas podían reducirse a pocas. Si se trata de la felicidad sobre-natural, claro es que ésta sólo podía consistir en la unión con Dios, como el objeto esencial de toda felicidad para la criatura racional. Pero los antiguos filósofos no comprendieron esta verdad y divagaron lastimosamente. Si se trata de la felicidad natural o terrena, todas las opiniones podían reducirse a cinco, que son las que la hacían consistir en los deleites, en las riquezas, en el poder, en los honores o en la fama, o sea, la gloria.

Fuera de estos bienes, que sólo merecen este nombre en apariencia, no se halla en la tierra algún otro objeto que pueda causar la felicidad. Santo Tomás ha demostrado con la mayor claridad, que la felicidad no consiste en ninguno de estos bienes, así como tampoco en algún otro bien del alma, como si correspondiera para el alma cualquiera cosa que produjera un gozo intelectual, acomodado a su naturaleza. Hemos compendiado esta argumentación del doctor Angélico en el artículo Bienaventuranza, tom. II, pág. 258.

Como el deseo de felicidad es innato en el hombre, de lo cual se deducen argumentos sólidos por probar la existencia de Dios, la inmortalidad del alma, y las condiciones de la vida futura según la filosofía natural, claro es que la felicidad existe, que no es un sueño, ni una vana quimera, y por consiguiente, hay un Bien supremo, prescindiendo por ahora cual sea, en el cual consiste la felicidad, y que por lo tanto reúne todas las condiciones para ello. No habiendo en las criaturas bien alguno, inmutable y absoluto, reunión de todos los bienes y eternamente durable, es evidente que la felicidad exige la existencia de un ser supremo, que es el único que puede hacer felices a sus criaturas. De lo cual se infiere ya claramente la naturaleza de la felicidad, que no puede consistir en un estado moral meramente subjetivo, sino que supone un elemento externo, al cual se encaminen las aspiraciones humanas.

Esto manifiesta con evidencia el absurdo de los materialistas y filósofos sensualistas que hacen consistir la felicidad en las cosas materiales, degradando así, no solo la dignidad humana, sino la noción misma del bien verdadero. Cualquiera cosa finita y limitada no puede satisfacer las aspiraciones del corazón, ni dejarle tranquilo por un solo momento. Por otra parte, la consideración del bien caduco como término de los esfuerzos del ser racional, destruye todo estímulo para la virtud, y pervierte como consecuencia todo el orden moral. Por último, abre la puerta para todos los vicios y excesos de las pasiones, desde el momento en que se ponga en los bienes materiales la satisfacción de la necesidad imperiosa de dicha que todos tenernos.

Sin embargo, habiendo el sentimiento íntimo de la felicidad en todos los corazones, constante y universal, en todos los tiempos, en todos los países y en todas circunstancias, es evidente que el hombre ha sido criado para conseguirla. Es también evidente que en su naturaleza y facultades debe poseer elementos y medios suficientes para llegar a este fin, (se entiende en el orden natural), que es lo único que puede exigir como tal hombre. Luego en su actividad bien dirigida consiste en esta vida la razón de la felicidad humana. Es pues necesario e indispensable para todo hombre, seguir el camino del orden y de la moralidad, pues cualquiera desviación de este camino, no siendo desarrollo legítimo de la actividad, necesariamente ha de conducir fuera del orden, a la infelicidad, a la desgracia. De esta raíz proviene la satisfacción del hombre cuando obra bien, y el descontento y el remordimiento cuando obra mal.

Este razonamiento demuestra invenciblemente la relación de la felicidad con la moralidad, y cómo la suerte de cada uno está en su propia mano. Esto, considerado bajo el punto de vista meramente natural, con arreglo a las circunstancias de cada uno. El desarrollo legítimo de las facultades propias ha de consistir en la conformidad a una regla general en el cumplimiento del deber, y he aquí cómo se unen e identifican en último término lo bueno, lo recto, lo útil y lo agradable. No importa que el cumplimiento del deber sea siempre penoso y difícil, pues precisamente este es un desorden que cada uno puede evitar, aceptando con alegría y buena voluntad el trabajo especial a que según su posición y ministerio está destinado. Conviene tener muy presentes estas ideas, porque son aplicaciones generales y muy fecundas a muchísimos puntos de la ciencia social, del derecho, de la política y de la moral.

Sin embargo, la felicidad en el sentido expuesto nunca pasará de la línea del orden natural, que en el estado presente de la humanidad, y supuesta la revelación, es insuficiente.

El hombre debe aspirar a otra felicidad de orden superior; no sólo al gozo limitado que proviene del desarrollo natural de su propia energía. En el estado presente hay algo más: le ha sido manifestado un objeto más alto de su dicha: le ha sido propuesto un fin más perfecto. Sólo Dios es el objeto de su felicidad, porque sólo él puede saciar adecuadamente su corazón. Es una felicidad, sin mezcla alguna de sombra o amargura, no como sucede en las cosas de la tierra que se llaman dicha, las cuales todas están mezcladas con alguna tristeza, alguna calamidad o algún temor, a lo menos el temor de perderlas. Siendo, pues, Dios la verdadera felicidad objetiva del hombre, es evidente que este tiene la obligación de dirigirse a él, poniendo todos los medios conducentes a este fin. Tiene, por consiguiente, el deber de abrazar la verdadera religión, practicar sus mandamientos y cumplir los preceptos que el mismo Dios ha dado para alcanzar por ellos las virtudes y la santidad, y como fin último la bienaventuranza eterna. Es lo que dice y demuestra Santo Tomás, a saber, la necesidad de las buenas obras para conseguir la bienaventuranza. Rectitudo voluntatis, dice I-IIª quaest. V, art. 7, requiritur ad beatitudinem cum nihil aliud sit quam debitus ordo voluntatis ad ultimum finem; qua ita exigitur ad consecutionem ultimi finis, sicut debita dispositio materiae ad consecutionem formae... Quum autem beatitudo excedat omnem naturam creatam, nulla pura creatura convenienter beatitudinem consequitur absque motu operationis, per quam tendit in finem. En este sentido decía Aristóteles que la felicidad es el premio de las acciones virtuosas.

Mas como las acciones humanas por sí mismas no pueden elevarse al orden sobrenatural para merecer un fin también sobrenatural, por eso es preciso vivir en aquella sociedad, en la cual, por disposición divina y merced a los elementos que ella suministra, las acciones del hombre sobrepujan la esfera de la naturaleza y pasan a ser meritorias de la vida eterna. Ciertamente que para ello es necesario el auxilio de la gracia divina, pero Dios no la niega a ningún hombre precisamente en orden a la consecución de su último fin. He aquí cómo la necesidad de la gracia se presenta como una de las bases del orden moral, para que las acciones buenas, superando las facultades corrompidas y debilitadas por el pecado, se pongan en relación con Dios, como fin último sobrenatural de su eterno destino. «Así como el hombre, dice Santo Tomás, recibe su primera perfección, que es el alma, por la acción inmediata de Dios, así también recibe inmediatamente del mismo su última perfección, que es la felicidad perfecta, y en solo Dios descansa: lo cual hasta se manifiesta por el deseo natural del hombre que en ninguna cosa descansa sino en solo Dios.» (véase Gracia.) La razón es clara, porque siendo Dios el fin sobrenatural del hombre, ha de llegar a él por medio de algún principio sobrenatural, haciendo obras sobrenaturales. Tal es la idea católica de la verdadera felicidad. ¡Cuán superior es a todas las ilusiones filosóficas!

Perujo


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