Filosofía en español 
Filosofía en español


Literatura

Palabra derivada inmediatamente del latín, de ars litteris actura, por contracción literatura. Hoy la empleamos para designar la ciencia y arte a la vez, que, nos enseña a concebir y conocer, producir y juzgar la belleza verdadera en las obras literarias; y con esto hemos dicho las operaciones que ejecuta el alma en el desarrollo de este ramo del saber humano.

La literatura tiene sus fundamentos o principios, y por lo tanto su filosofía, pues tal nombre debe darse al estudio de la razón de las cosas; tiene su historia, como cuando referimos el desarrollo de esta ciencia y arte; y por ende su filosofía de la historia, si tal debe llamarse al examen y juicio de las obras literarias, según los principios que establecen en su primera parte. Fundamentos y leyes de la belleza, cánones o reglas que de aquellas se derivan y a que deben ajustarse las composiciones literarias y manera o modo que han tenido los autores de concebir y realizar la belleza, he aquí las tres partes en que suele dividirse la literatura.

Hechas estas ligeras indicaciones, ocurre preguntar: ¿Qué influencia ha ejercido el cristianismo en la literatura?

Tan patente y manifiesto es que la aparición del cristianismo, transformando las inteligencias y los corazones, hizo que necesariamente las obras del genio adquiriesen nuevas formas, debido al nuevo fondo que se introducía en el seno de la sociedad, que ni siquiera se atreven a negarlo los enemigos de la Iglesia católica. Y en efecto, con el cristianismo no solamente nació una nueva filosofía, sino que, como dice César Cantú, nació también una nueva y diferente literatura; porque en verdad esta no será otra cosa, que lo que sea la religión y la filosofía, la moral y las costumbres, pues dicho se está que la concepción de la belleza y su realización por el alma humana, son necesaria consecuencia de la concepción que se tenga de Dios y de sus atributos, del hombre y sus destinos. Si el panteísmo se hallaba triunfante en los pueblos orientales, por regla general, si el antropomorfismo dominó en la época clásica, y la verdad pura y sin mancha en el cielo del catolicismo, claro es que solamente el cristianismo debía presentar en la plenitud de los tiempos, el hecho histórico y divino, de la unión hipostática y perfectísima de la naturaleza divina con la naturaleza humana en el Verbo encarnado; unión sin confusión, y distinción sin separación; ya que el panteísmo no otra cosa puede hacer que absorber al hombre en Dios, y el antropomorfismo a Dios en el hombre.

La literatura en los pueblos orientales, por lo mismo que el hombre y la divinidad se confunden absorbiendo a aquel en esta, toma generalmente la forma simbólica, y desconociendo el valor real y positivo de las formas del mundo físico, las desnaturaliza y altera con relaciones arbitrarias, consecuencia inmediata asimismo de la ignorancia de lo permanente e inmutable del mundo intelectual y moral.

En Grecia, donde la idea del hombre y Dios es fija y concreta, las concepciones del artista encuentran en el mundo real formas directas y visibles que las expresan de un modo inmediato y práctico; pero la inspiración más sublime y valiente se agota en las producciones, puesto que el ejemplar típico de toda belleza es solo el hombre, y nada más que el hombre. Por fin vino el cristianismo, y perfeccionó la naturaleza, fijando los aledaños de todas las cosas, creando ese supernaturalismo divino, en donde se sumerge la llama del genio para arrebatar tipos de belleza celeste; abre los horizontes de lo infinito y de lo absoluto, y nos trae ese fondo espiritual, riquísimo, inagotable, que solo podemos observar en las artes cristianas. “Los infinitos aspectos, como dice el Sr. Arnal en su Curso de literatura, bajo los cuales puede ser considerada la belleza en Dios y en su Verbo, en el hombre y en el mundo, a la luz del cristianismo, presentan un campo inmenso a la variedad de formas y a la actividad del artista”; porque la nueva concepción religiosa, infinitamente superior a las antiguas, hace necesaria una forma más elevada, más amplia, más profunda y análoga al fondo que debe contener.

El cristianismo, pues, la religión católica, con su celestial doctrina, elevando el alma a regiones hasta entonces desconocidas, mostró tipos de belleza absoluta, y genios gigantes en sus concepciones sublimes la transportaron desde el cielo a su pluma, buril o paletas. La religión, dando alas al genio, le remonta hasta el cielo, “pero quitad la religión, dice Perujo, el sabio director de este Diccionario en su Apologista católico, quitad la religión y cortareis las alas al genio del poeta, que al punto cae por tierra y se siente estrecho en el mundo; pero con la religión todo se engrandece a sus ojos, y un horizonte se extiende sin límites en la inmensidad de Dios; ¡cuán vasto campo ofrece el catolicismo al genio del poeta! ¡qué asuntos de todo género para su inspiración!”

Nuestros dogmas suministran al poeta riquísimos asuntos, en los que sin salir de la verdad, puede campear libremente la más lozana imaginación... Los ángeles, los santos, los mártires, las órdenes religiosas, las Cruzadas ofrecen a la imaginación del poeta cristiano recursos inagotables, y hasta la naturaleza entera se presenta a los ojos del poeta llena de bellezas y maravillas, porque la vivifica con la presencia del Señor.

La poesía se ha formado y crecido en todas las naciones modernas, bajo la influencia del espíritu religioso que, arraigado en todos los corazones en los siglos de fe, se manifestaba vigoroso como no podía menos de suceder en todas las producciones literarias. Todos los grandes poetas llevan el sello católico. Dante Petrarca, el Tasso, hallaron en nuestra religión sus más felices inspiraciones, como lo prueban sus obras. Según todas las probabilidades, Shakspeare era católico; Milton es evidente que imitó algunas partes de los poemas de Sainte-Avite, Massenius, Klopstoch ha tomado lo principal de las creencias romanas; Goethe y Schiller encontraron de nuevo su genio tratando asuntos católicos.

Y si nos concretamos a nuestra España, ¿a qué citar nombres? Ercilla, Fray Diego de Ojeda, Herrera, Fray Luis de León, Fray Luis de Granada, Garcilaso, Calderón, Lope de Vega, Góngora, P. Isla, Iglesias, Gallego, Quintana, Lista, Santa Teresa, Ávila, Cervantes, el P. Feijoo, objeto de grandes festejos estos días; Jovellanos y otros tantos y tantos de que están atestados nuestros anales patrios, ¿qué son sino eclesiásticos, o escritores católicos?

Y es tal la influencia del cristianismo en la literatura, que difícilmente puede sustraerse el escritor a no saturar sus producciones, aún sin advertirlo, del espíritu cristiano.

Finalmente, léanse los discursos, dice el autor citado Sr. Perujo, pronunciados en nuestra Academia española, desde su institución, y se verá cuán sinceramente religiosos han sido nuestros literatos.

Para terminar este artículo, ya que se trata de una obra de ciencias eclesiásticas, y mayormente a eclesiásticos se dirige, diremos que la literatura para los sacerdotes, es no solamente útil, sino también necesaria en nuestros tiempos principalmente. No podemos negar que hay buenos literatos en el clero, pero causa pena muchas veces la incorrección y el desaliño que se nota en la predicación sagrada, efecto del descuido en el estudio de la literatura. Si bien la virtud y el celo son las prendas de que debe estar adornado el ministro del Señor, ¡cuán grato no es ver que el sacerdote conoce la literatura, y que está al nivel de los demás hombres de letras!

Con mayor razón es censurable la ignorancia en la literatura, por cuanto la religión de sí tiende al desarrollo del genio, elevándole sobre los mezquinos intereses de la materia, dando energía y delicadeza, y purificando el buen gusto. (Véase Bellas Artes, t. II, pág. 157; y Belleza, ib., pág. 158).

Modesto Sebastián