Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano
Montaner y Simón Editores, Barcelona 1887
tomo 1
páginas 796-797

Alberto el Grande (1193-1280)

Biografía. No se ha precisado aún con suficiente discreción la importancia y alcance que deba atribuirse al Aristotelismo en el despertar de la cultura de la Edad Media. Pero parece definitivamente aceptado el hecho de que la doctrina aristotélica, si de un lado dio origen a estériles disquisiciones sobre problemas abstractos y sutiles, produjo de otro percepciones claras y perspectivas amplísimas del saber humano, señaladamente en el siglo xiii. Vulgarizador incansable de las teorías aristotélicas fue Alberto el Grande, que nació en Lauingen en 1193 y murió en Colonia en 1280. A los Árabes se debe en primer término la introducción en el Occidente de los principales monumentos de la Filosofía de Aristóteles. Los Árabes tradujeron y comentaron los escritores griegos, y los principales filósofos entre aquellos, Avicena (siglo xi) y Averrhoes (siglo xiii), fueron peripapéticos.

Las doctrinas de los Árabes fueron trasmitidas a los Cristianos por los Judíos de España y traducidas las obras de Aristóteles, con comentarios árabes, recibieron un gran impulso los estudios y despertaron los espíritus con nuevas y progresivas tendencias. El detenido estudio de Aristóteles, cuyos límites respectivos son la Física y la Metafísica, favorecía juntamente las indagaciones experimentales acerca de la naturaleza y las especulaciones metafísicas. A ambos fines se consagró el dominico Alberto el Grande, sin dejarse arrastrar, como otros, por el exclusivo predominio de la Metafísica y de la Lógica. Que Alberto el Grande estudió a Aristóteles en las obras de los Árabes y según los comentarios de éstos (supiera o no el árabe y el griego, pues pudo valerse de las versiones latinas que comenzaban por entonces), se prueba observando las reminiscencias que existen en sus escritos de la antigua cábala y aun la fama de mágico, generalmente atribuida por todos sus contemporáneos al célebre dominico. Así es que le denominaban magnus in magia, major in philosophia, maximus in theología. Debe esta fama de amigo de las ciencias ocultas (que le valió en ocasiones despertar suspicacias dentro de la ortodoxia de la Iglesia, a pesar de su alta jerarquía episcopal), a la afirmación que hace del alma como una sustancia distinta e independiente de los órganos, capaz, aunque se halle separada de ellos y por tanto del cuerpo (como espíritu puro), de moverse por sí misma de un sitio a otro, cuya verdad dice haber comprobado en distintas operaciones mágicas, cujus etiam veritatem nos ipsi experti sumus in magicis) (Opp. t. III). Sea de ello lo que quiera; proceda esta tendencia del sentido general de los tiempos, ganoso de ver lo extraordinario y sobrenatural por todas partes; dimane de la ley general histórica, según la cual los nuevos horizontes de la ciencia vienen precedidos de penumbras, tocadas de error y superstición; se explique por la incoherente confusión de las especulaciones ideales y atrevidas interpretaciones con las experiencias restringidas de entonces; es lo cierto que Alberto el Grande estudió con igual asiduidad la Física y la Metafísica y que en vez de reducir el pensamiento, como más adelante lo hacía la Escolástica, a abstractas especulaciones, esparcía su vista genial por las esferas de la especulación metafísica y a la vez por los vastos y por entonces inexplorados dominios de la experiencia. Profesor de Teología en su propia orden (la de los Dominicos) en 1222, explicó en varios puntos y en 1245 se estableció en París, acompañado ya de su discípulo el célebre Santo Tomás de Aquino, espíritu más sincrético y que tan decisiva influencia logró en la Filosofía de la Edad Media. Tres años residió Alberto el Grande en París (1245-1248), comentando la Física de Aristóteles ante un auditorio innumerable, tanto que se vio obligado explicar al aire libre en una plaza que ha conservado su nombre Maubert, abreviatura de Magister Albert. No faltan historiadores que, aparte su enseñanza filosófica, consideran a Alberto el Grande como merecedor de un puesto distinguido entre los promovedores de los estudios de las ciencias naturales (V. Hoefer, Histoire de la Chimie). La Física explicada y aceptada por Alberto el Grande es la misma de Aristóteles, con todos sus errores, pero la Química debe al ilustre dominico el análisis del cinabrio, descripciones de las propiedades del azufre y aun el conocimiento de algunos ácidos. Claro está que tales datos se hallan envueltos en la oscura bruma de las supersticiones del tiempo, suficiente para conservar en la memoria de las gentes casi hasta nuestros días, el tipo legendario de Alberto el mágico, cuyos secretos (cabeza parlante, invierno convertido en primavera &c.), han sido expuestos, explicados y comentados. Cuando Alberto regresó a Alemania (1248), fue sucesivamente nombrado (1254) Provincial de la orden de Santo Domingo y más tarde elevado (1260) a la sede episcopal de Ratisbona. Estas dignidades no satisfacían a Alberto el Grande, que prefirió renunciar a ellas, retirándose a un convento de Colonia, donde se consagró por completo al estudio. Algunas predicaciones (y quizá de las Cruzadas) hizo posteriormente, pero hasta el fin de su vida (1280) continuó casi exclusivamente dedicado a exponer y comentar la Filosofía aristotélica y a la vez al estudio y observación naturales, rodeados por entonces de supersticiones y errores como los de la Alquimia, que dieron ocasión a las distintas acusaciones que se dirigieron al dominico alemán de mágico y de amigo de la selva negra del pensamiento. Estima Cousin (V. Cousin, Cours de l'Histoire de la Philosophie) que Alberto el Grande es más que nada un erudito, sin que en él se descubra un pensador de raza, ni menos un genio. No era en verdad la época en que vivió Alberto el Grande la más adecuada para hacer gala de dotes originales o para manifestarse como fundador de un sistema propio de filosofía. Necesitaba más que nada el siglo xiii dar moldes lógicos a todas las especulaciones teológicas, que habían engendrado los comentarios a las doctrinas de los Padres de la Iglesia y llenaba esta urgente necesidad hasta un límite por entonces suficiente la Filosofía de Aristóteles, que propagó y divulgó con cierto carácter de asimilación propia el gran dominico. Esta empresa, preparada y llevada a cabo por Alberto el Grande, unida a la de educar y enseñar a su discípulo Santo Tomás, que tan decisiva influencia había de ejercer en la Filosofía cristiana, son títulos de gloria que no se podrá nunca negar al gran dominico. Escritor fecundo (sus obras forman una colección de 21 tomos en folio, de comentarios de Aristóteles, sobre los libros sagrados, Teología, etcétera, Biblioteca de los hermanos predicadores de Quetif y Echard) y sabio universal, manifiesta Alberto el Grande más paciencia que genio y más erudición que originalidad, pero su obra (la de su enseñanza y la de sus escritos) prepara favorablemente la más sincrética de su discípulo Santo Tomás. Como el maestro del Angel de las Escuelas escribe de omne re scibili y más que un sistema, expone, con puntos de vista procedentes de sus estudios especiales de ciencias físicas, el aristotelismo; indicaremos aquellas doctrinas peripatéticas, que en la obra de Alberto el Grande reciben aclaraciones dignas de tenerse en cuenta. Imbuido por el sentido de su tiempo, estima Alberto el Grande que es la Teología el primero y el más fundamental saber, pero no niega a la razón poder para conocer por sí misma la verdad, dando con esta declaración motivo a Santo Tomás para que distinga más tarde el conocimiento adquirido por la luz natural de la razón (Filosofía) del que se obtiene merced a la revelada (Teología). No es insignificante, considerado en aquellos tiempos, el progreso que representa esta distinción de Teología y Filosofía, atribuyendo a ésta, no una servidumbre incondicional, como se viniera haciendo antes, a la Teología, ancilla theologi┼ô, sino una esfera propia, la del estudio y trabajo del pensamiento en cierto modo libre. Comparar ésta y otras afirmaciones con la idea y sentido que unánimemente se profesa hoy acerca de la indagación científica y de la especulación filosófica, sería desconocer el carácter de la crítica histórica, que ni puede ni debe prescindir de antecedentes explicativos, ni en lo posible deja de tener en cuenta todos aquellos consiguientes, que en el orden del tiempo señalan lo prematuro y la madurez de las ideas.

Amplía también Alberto el Grande el sentido y concepto de la Lógica. Para él es algo más que el ars cogitandi, y comprende la Dialéctica y todas sus formas (el silogismo), según venía repitiendo la Escolástica; pero a todos éstos hay que añadir, según el dominico, los puntos de vista de igual importancia que se refieren a la definición, a la demostración, al lenguaje y en general a todo procedimiento, que lleva al espíritu de lo desconocido a lo conocido. Y en la única audacia metafísica que se permitieron los lógicos de la Edad Media, en el célebre problema de los Universales, Alberto el Grande se decide por la solución idealista, por el Realismo, aceptando la realidad para él incuestionable de los Universales como piedra de toque para discernir lo verdadero de lo falso. Quizá interpreta en este asunto mejor que toda la Escolástica el sentido latente en la filosofía aristotélica, que conserva a pesar de divergencias aparentes, en sus entrañas jugo sinobial que la une con el idealismo de Platón. Dirección aún más abstracta sigue Alberto el Grande en la doctrina metafísica. Después de combatir la idea de causa, que latía en la enseñanza de los filósofos árabes, introduce teorías sutiles acerca de la materia y de la forma, de la esencia y del ser y de otras entidades abstractas, que fueron el tormento de aquellos doctores de la Edad Media y que apenas si conservan tan largas disquisiciones un valor exclusivamente histórico. En Psicología acepta Alberto el Grande el concepto fundamental del alma, profesado por Aristóteles, como la forma sustancial del cuerpo; pero la independencia que la atribuye del organismo, dotándola de poder para moverse por sí misma, si lo plástico y material del cuerpo, hace que su doctrina Psicológica degenere en la supersticiosa creencia de la existencia del espíritu puro en esta vida, todo lo cual le sirve de ocasión para sus aficiones a lo maravilloso, de que procede según ya hemos indicado, la nota de mágico, que en su tiempo y en los posteriores se le atribuyera. Donde más claramente se percibe la alta penetración del dominico, comentando la filosofía aristotélica, es en la enumeración de las facultades del alma, que no queda para él, como para otros comentadores de Aristóteles, diluida en una distinción minuciosa de sus potencias. Para Alberto el Grande está dotada el alma de la fuerza vegetativa, de la facultad de sentir, de la potencia locomotiva, del entendimiento, &c.; pero todas estas potencias se hallan condensadas en la unidad virtual, potencial y eficacísima del alma misma, todo virtual o totum potestativum como él dice. Queda así germen suficiente en la enseñanza de Alberto el Grande para reconstruir el análisis psicológico y para que se conciba la realidad del alma como antecedente cronológico y explicativo de la serie de sus manifestaciones. Expone después la teoría que se halla más detallada en su discípulo, Santo Tomás, del entendimiento agente y posible, distinción que no implica separación, sino conexiones cada vez más íntimas entre el aspecto receptivo y activo, propios de toda relación inteligible y que ha de servir de base al Ángel de las Escuelas para dar al debatido problema de los Universales una solución satisfactoria. La Teodicea de Alberto el Grande tiene reminiscencias y dejos muy significados de la filosofía árabe y de la Escuela de Alejandría. Separa cuidadosamente de su doctrina filosófica de Dios todos ellos dogmas, que manda creer la Teología dogmática, conservando, merced a este artificio, su pensamiento dentro de la más pura ortodoxia; pero en sus especulaciones sobre Teodicea, abunda en contradicciones y errores que fuera prolijo enumerar (V. Tennemann). La doctrina moral, calcada en las enseñanzas de Aristóteles, recibe de Alberto el Grande algunas aclaraciones importantes. Estima la vida moral como procedente toda ella de la conciencia, donde se acentúa la ley suprema que nos obliga a obrar y que a la vez juzga de la bondad de nuestros actos, dejando implícita la distinción de la conciencia antecedente (que prescribe la ejecución de los actos) y de la conciencia consecuente (que juzga los actos). Para enlazar su doctrina moral con sus creencias religiosas y aun con la Teología, distingue el poder o disposición moral (eco de la doctrina de la gracia) que llama sindéresis, con algunos Padres de la Iglesia, y la manifestación habitual de este poder o conciencia propiamente dicha.


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