José Ferrater Mora · Diccionario de filosofía
Editorial Atlante · México 1944
 
[segunda edición]
páginas 454-456

Materialismo

La dificultad de proporcionar una definición unívoca del materialismo obedece a la misma dificultad de definir unívocamente la materia. El materialismo de Leucipo y Demócrito es muy distinto del materialismo de los estoicos, y este último, a su vez, completamente diferente del materialismo de Hobbes o de las doctrinas materialistas defendidas por algunos representantes de la moderna ciencia natural. De un modo general se entiende por materialismo la concepción que sólo reconoce existencia a la materia, a los cuerpos materiales, a los objetos determinados por el espacio y el tiempo. En esta acepción del materialismo –la única a la cual corresponde verdaderamente tal nombre– queda excluida, pues, la concepción de la materia en el sentido escolástico, como aquello que se opone simplemente a la forma. Para el materialismo, la materia es, al mismo tiempo que lo indeterminado, que el sujeto de todo cambio y transformación, la forma, esto es, la materia implica sus formas y propiedades, hasta el punto de que el reconocimiento de la materia como la única substancia no elimina, sino que casi siempre supone la adscripción a lo material de la fuerza y energía. El materialismo en sentido general rechaza tanto el dualismo de la materia y el espíritu, de la extensión y el pensamiento, como el monismo espiritualista, que es cabalmente la tesis opuesta. Para el monismo espiritualista, lo espiritual es la existencia absoluta, y lo material, corporal o extenso es una realidad subordinada no sólo desde el punto de vista ontológico, sino también axiológico. Para el monismo materialista, en cambio, la existencia absoluta es la materia –entendida, según se ha indicado, como «materia con sus propiedades», como «materia-energía»–, y la existencia subordinada, el espíritu. El hecho de que en la concepción del primado de la materia vaya implícito un juicio de valor hace del materialismo –tanto como del espiritualismo– una concepción del mundo y no sólo una filosofía. En realidad, el materialismo es, más que una teoría, una actitud que se adopta usualmente no sólo en el campo de la Ontología, mas también y muy especialmente en el campo de la ética. La distinción entre el materialismo teórico y el materialismo práctico no consigue borrar el hecho de su común fundamento, fundamento que, por otro lado, no debe ser confundido con una actitud de exclusivo aprecio por los goces materiales y sensuales. El materialismo es incompatible con el espiritualismo, pero no con el idealismo de los ideales o idealismo práctico. En algunas formas del materialismo (por ejemplo, en el monismo de Haeckel), la materia es considerada como la única realidad existente, pero no como la realidad superior; por el contrario, el espíritu, concebido como una derivación de la materia, como su «interiorización» y conciencia es, en cierto modo, una superación de la materia, un comienzo de espiritualización por el cual la materia, en virtud de su tendencia a la conciencia, se convierte, finalmente, en espíritu, en conciencia absoluta y universal de sí misma.

En la ciencia natural, el materialismo es, como ha sostenido Lange, un principio de investigación que no debe ampliarse de ningún modo hasta el campo gnoseológico y mucho menos hasta el metafísico. En la consideración de la historia se llama materialismo –materialismo histórico– a la doctrina sustentada por Marx y Engels, según los cuales no es el espíritu, como en Hegel, el que determina la historia, sino que toda la vida espiritual es una superestructura de la estructura fundamental representada por las relaciones económicas de producción. Según la tesis clásica del marxismo, no es la conciencia la que determina el ser, sino el ser el que determina la conciencia. Como materialismo dialéctico, el marxismo ha ampliado el materialismo a toda la concepción del universo, pero la conservación de la dialéctica le ha obligado a rechazar las tesis del materialismo mecanicista de la ciencia natural para llegar a una concepción donde la materia es concebida activamente o, mejor dicho, donde la materia recibe las determinaciones del espíritu.

Como resumen de todas las formas del materialismo, tan dispares entre sí, puede ensayarse una definición provisional, según la cual el materialismo sería, en primer lugar, la atribución exclusiva de la realidad a la materia –entendida ésta en el sentido de la corporalidad y no simplemente como la materia aristotélica–, la negación de la subsistencia del espíritu o consiguiente concepción de la conciencia como una eflorescencia de la materia, como un epifenómeno y, simultáneamente, la atribución de cierta trascendencia a la materia misma, por la cual ésta podría alcanzar conciencia de sí ya fuera en sus formas más finas y puras (materialismo antiguo), ya en sus interiorizaciones (monismo naturalista, materialismo dialéctico). A estas notas cabe agregar la conocida definición de Comte, quien concibe el materialismo como la explicación de lo superior por lo inferior. Esta explicación, que conviene sobre todo al materialismo corporalista, revela, empero, más bien la tendencia general del materialismo que la entraña misma de esta concepción, es decir, revela sobre todo la teoría de los valores del materialista. Pues al explicar lo superior por lo inferior, el materialismo no quiere decir que el primero valga menos que el segundo, pero de hecho adscribe a este último un valor potencial superior al primero, pues de la materia procede cuanto luego va a surgir de ella y, de consiguiente, en algún modo atribuye a la materia las características del espíritu y de la conciencia. La materia es entonces el fundamento de toda posibilidad, pero de una posibilidad enteramente predeterminada, pues desde el instante en que se supone que el proceso de evolución de la materia es en cierto modo libre, esta libertad se desprende de lo material y acaba forzosamente por sobreponerse a él. En ello radica, sin duda, la dificultad principal del materialismo y lo que hace que esta doctrina sea casi siempre resultado de una elección, concepción del mundo más que filosófica teórica.

En la historia de la filosofía se designan como materialistas las concepciones de Leucipo, Demócrito, Epicuro y, en parte, el estoicismo; pero el nombre se aplica más bien al movimiento que tuvo lugar en Francia durante el siglo XVIII (La Mettrie, Holbach) y al que se desarrolló en Alemania durante el siglo XIX (Ludwig Büchner, Karl Vogt, Jakob Moleschott). La llamada «disputa del materialismo» tuvo lugar en 1854 durante el Congreso de naturalistas de Gotinga, donde Rudolf Wagner (1805-1864) defendió en su trabajo Creación humana y substancia del alma (Menschenchöpfung und Seelensubstanz) la concordancia de la Ciencia con la Biblia, en tanto que Karl Vogt (1817-1895) sostuvo en su Fe de carbonero y Ciencia (Köhlerglaube und Wissenschafl) el materialismo radical y la dependencia de toda la vida psíquica de los fenómenos orgánicos. El materialismo alemán fue popularizado por Ludwig Büchner (1824-1899) en su difundido libro Fuerza y materia (Kraft und Stoff, 1854; trad. esp., 1930), que representa un tránsito al monismo hilozoísta de Haeckel.

F. A. Lange, Historia del materialismo, 2 vols. (trad. esp., 1903). – P. Janet, Le matérialisme contemporain. – Lenin, Materialismo y empiriocriticismo (trad. esp.) – K. Kautsky, Die materialistische Geschichtsauffassung, 2 vols., 1929.

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