Filosofía en español 
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Sociedades secretas del siglo decimonono

Para formar una cabal idea de la organización de las sociedades secretas de nuestros días y comprender bien su influencia es preciso dividirlas en dos grandes clases, cada una de las cuales tiene su carácter distinto. La una subsistente mucho tiempo hace comprende bajo el velo de la francmasonería diversas agregaciones, donde tienen asiento los apóstoles de la filosofía pronunciando sus oráculos y profetizando la regeneración de los pueblos. Esta es la revolución en el estado de teoría, y los francmasones pueden adoptar por emblema una tea que incendia. La segunda clase comprende unas agregaciones secretas armadas, prontas a pelear a la primera señal contra la autoridad pública: allí se ven los sicarios de la anarquía con la actitud amenazante de conjurados. Esta es la revolución en el estado de aplicación, y estas sociedades pueden tomar por emblema un puñal. La revolución se corporifica en estas repúblicas ocultas, que hacen incesantes esfuerzos para pasar del estado de sociedad secreta al de sociedad pública, como lo lograron particularmente en 1821 en España, Piamonte y Nápoles y en 1830 y 1848 en Francia. Su centro está en París.

La sociedad de los francmasones fue tal vez el origen y de cierto ha sido el modelo de la de los carbonarios, que se ha organizado nuevamente, se ha propagado por toda Italia y otros países, y aunque dividida en varias ramas y conocida con diferentes nombres según las circunstancias es sin embargo una en realidad tanto por la comunidad de opiniones y de fines, como por su constitución.

Los carbonarios aparentan un singular respeto y un celo maravilloso por la religión católica y la doctrina y la palabra del Salvador, a quien tienen a veces la temeraria osadía de llamar su gran maestre y el jefe de su sociedad; pero esas palabras falaces no son mas que saetas, de que usan aquellos hombres pérfidos para herir más certeramente a los que no están precavidos.

El terrible juramento con que a ejemplo de los antiguos priscilianistas y maniqueos prometen que en ningún tiempo ni circunstancia no descubrirán a los extraños nada de cuanto pueda referirse a su sociedad, ni hablarán con los miembros de los últimos grados de las cosas relativas a los grados superiores, además las reuniones clandestinas e ilegítimas que forman a imitación de varios herejes, y la agregación de personas de todas las religiones y de todas las sectas en su sociedad manifiestan bastante, aun cuando no hubiera otros indicios, que no debe tenerse ninguna confianza en sus palabras.

Sus libros impresos, donde se halla lo que se practica en sus juntas, especialmente en las de los grados superiores, sus catecismos, sus estatutos y otros documentos auténticos, los testimonios de los que después de haber abandonado esta asociación han revelado sus artificios y errores a los magistrados, todo prueba que los carbonarios tienen principalmente por objeto propagar la indiferencia en materia de religión, el sistemas más peligroso de todos, dar a cada cual la libertad absoluta de profanar y manchar la pasión del Salvador con algunas de sus culpables ceremonias, despreciar los sacramentos de la iglesia (a los cuales parece que sustituyen ellos algunos otros de su invención), desechar los misterios de la religión católica y por último destruir la santa sede apostólica, contra la cual animados de un odio particularísimo maquinan las más infames y detestables conspiraciones.

No son menos culpables los preceptos de moral que da la sociedad de los carbonarios, aunque se gloríe claramente de exigir a sus sectarios que amen y practiquen la caridad y las otras virtudes y se abstengan de todo vicio. Así fomenta abiertamente los deleites sensuales: enseña que es lícito matar a los que revelaren el secreto de que dejamos hecha mención, y que también lo es excitar rebeliones para despojar de su autoridad a los reyes y a todos los que mandan, a quienes da el nombre de tiranos.

Tales son los dogmas y preceptos de esta sociedad, que ha hecho una dolorosa aplicación de ellos en las diversas revoluciones promovidas desde 1820 acá en España, en el Piamonte, en Nápoles y en Francia, donde se han cometido horrendos atentados contra la iglesia y sus ministros y se han tomado disposiciones perjudiciales a la religión. Tales son también los dogmas y preceptos de otras muchas sociedades secretas conformes o análogas a la de los carbonarios.

El sumo pontífice Pío VII, de gloriosa recordación, las condena y anatematiza en su bula Ecclesiam a Jesu Christo publicada el 13 de septiembre de 1821, y la santidad de León XII repitió esta condenación en otra bula fecha 13 de marzo de 1825, señalando particularmente la sociedad llamada de la universidad por haber establecido su asiento en varias universidades, donde la juventud es pervertida en vez de ser instruida por algunos maestros iniciados en los misterios de iniquidad y doctrinados en todos los crímenes.