Filosofía en español 
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Causalidad

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Causalidad y Filosofía

La «doctrina de la causalidad» se ha desarrollado tradicionalmente como una doctrina filosófica. Además, es una doctrina a la que se le ha solido conceder una gran importancia, desde Aristóteles hasta Kant, desde Suárez hasta Hume. Pero acaso esta circunstancia no fuera suficiente, aunque fuera necesaria, para justificar el «reconocimiento de importancia» de la doctrina de la causalidad en la filosofía del presente [3, 5, 8-16]. Cabría alegar que ciertas opiniones de filósofos tan ilustres como Francis Bacon –sin perjuicio de su enemistad pre-positivista por las causas finales– relativas, por ejemplo, al unguentum armarium como forma de tratar la herida por ellas infringida, están más cerca de la magia de lo que puedan estar ciertas doctrinas sobre los «mecanismos causales» del mal de ojo [373-384]. Desde determinadas posiciones se ha sostenido que la causalidad es una idea confusa, casi supersticiosa, cuyo análisis debería corresponder más a las ciencias psicológicas o etnológicas que a la Filosofía.

A nuestro juicio, no es la importancia que a lo largo de la Historia de la Filosofía han alcanzado los tratados de causis lo que justifica la importancia de la doctrina de la causalidad en la filosofía del presente. Mientras tradicionalmente el tratamiento de la causalidad era asunto que se delegaba indiscutiblemente a la Filosofía hoy día hay que constatar la presencia de teorías «científicas» de la causalidad (psicológicas, lógicas, &c.) que a veces se presentan como alternativas de las doctrinas filosóficas tradicionales. El análisis epistemológico-genético de Piaget suele ser considerado muchas veces como sustituto eficaz de las antiguas especulaciones filosóficas sobre la causalidad.

Pero la Idea de causa no puede ser tratada, en toda su problemática, con las metodologías propias de las ciencias positivas que, sin duda, arrojan precisiones muy importantes sobre determinados aspectos de la causalidad. Si postulamos, por nuestra parte, la necesidad de este tratamiento filosófico de las ideas causales no es porque presupongamos que la perspectiva filosófica constituye por sí misma una «teoría general exenta», de rango más elevado respecto de aquel que pueda corresponder a las teorías o usos positivos, pues comenzamos reconociendo que no es posible una «teoría general exenta» de la causalidad y que toda teoría general de la causalidad implica presuposiciones muy heterogéneas que impiden un «cierre positivo» del material y obligan a una sistematización de naturaleza filosófica. Una doctrina filosófica de la causalidad, que lo sea efectivamente, arrastra tal cúmulo de supuestos sobre cuestiones muy heterogéneas y distintas de las estrictamente causales que puede considerarse una ficción el referirse a una «doctrina de la causalidad» que no sea, a la vez, una doctrina sobre el espacio y el tiempo, sobre la realidad del mundo exterior, sobre la identidad de la sustancia o sobre Dios… Por ello hay doctrinas de la causalidad muy diversas entre sí e incluso cabe considerar filosófica, en principio, una doctrina que niegue la posibilidad de una doctrina filosófica de la causalidad.

Hemos fundado la necesidad de reconocer la actualidad de una consideración filosófica de la causalidad en la constatación de la presencia viva de las categorías causales en los más diversos dominios categoriales –físicos, biológicos, jurídicos, históricos…– de nuestro presente, aun cuando ésta no sea la única razón, sino, si se quiere, un criterio objetivo. Y esta presencia viva ha de ser afirmada tanto más cuanto que la «ofensiva contra la causalidad» ha sido planeada con frecuencia no ya sólo desde la «filosofía» (positivismo y neopositivismo principalmente), sino también desde la misma práctica de las ciencias positivas. Las «causas finales» fueron suprimidas de las ciencias naturales que siguieron los métodos mecanicistas; las «causas eficientes, admitidas de hecho más o menos por la Física cartesiana e incluso por Newton (el concepto de fuerza de su segundo principio), ha pretendido ser eliminadas no sólo en nombre del indeterminismo acausal de tantos físicos cuánticos (los «físicos de Weimar» estudiados por Forman), sino también en nombre del determinismo por la misma teoría de la Relatividad (en tanto esta teoría habría podido prescindir de las fuerzas newtonianas).

Sin embargo, no sería prudente aceptar acríticamente semejantes pretensiones si tenemos en cuenta que estas mismas opiniones expresadas por tantos científicos son, en rigor, metacientíficas e implican ya posiciones filosóficas. Posiciones que no siempre pueden diagnosticarse como «filosofía espontánea» de los científicos puesto que son muchas veces filosofías recibidas por esos científicos de manos de la filosofía positivista en sus diversas corrientes.

Y es del análisis de las mismas construcciones de los científicos de donde habría que extraer las líneas con las cuales se tejen las ideas causales. No es que con esto pretendamos sugerir que las doctrinas filosóficas tradicionales puedan ser simplemente arrumbadas, haciendo tabla rasa de ellas. Precisamente estas doctrinas filosóficas también extrajeron los componentes de las ideas causales que ellas pudieron perfilar del estado de los conocimientos precientíficos de su tiempo; y en la medida en que el estado de las ciencias actuales deriva de los estados precedentes, también los «hilos» para desarrollar la Idea de Causa que pudiéramos encontrar en los materiales del presente (entre los cuales está, por ejemplo, el llamado caos indeterminista de Lorentz que surge, no de un magma original, ni siquiera del caos de Exner, sino de las propias ecuaciones deterministas no lineales, y no sólo del cosmos predeterminado de Laplace) han de tener alguna suerte de parentesco con los «hilos» utilizados por Kant o por Aristóteles, por Suárez o por Hegel. Es entonces cuando la concepción kantiana de la causalidad, pongamos por caso, mostrará su potencia (o su impotencia) no ya por virtud de su supuesta mayor (o menor) intensidad luminosa respecto de la concepción aristotélica, sino en función de su capacidad (o incapacidad) para formular, plantear y profundizar en los problemas causales que viven en la realidad de las ciencias o la praxis tecnológica o política del presente.

La dialéctica entre los usos categoriales vivos de la causalidad en las ciencias físicas, o biológicas –más que en el lenguaje ordinario, según la recomendación de la llamada filosofía analítica– y los diferentes componentes ideales que las sucesivas doctrinas filosóficas han podido ir determinando, es la que nos conduce a la posibilidad de intentar, aunque siempre desde una determinada perspectiva, el desarrollo de una teoría de teorías posibles de la causalidad. {FGB 208-211}

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