Filosofía en español 
Filosofía en español

Filosofía de la cultura

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Cultura compleja instrumental como cultura universal

La «cultura unviersal» de nuestra época, en tanto que es una cultura sumamente diversificada según sus categorías también universales, constituye un alimento inagotable para los millones y millones de individuos que se enfrentan a ella. Nos referimos a esta cultura mundial diversificada como «cultura instrumental» o «cultura compleja universal» [408]. En ella reside, seguramente, una de las peculiaridades de nuestra época (y especialmente la peculiar situación que a la reflexión filosófica se le plantea hoy): la necesidad que cualquiera que quiera considerarse inmerso en la cultura universal del presente tiene de invertir todo su tiempo disponible para alcanzar el míninum de gobierno de los contenidos culturales tecnológicos, políticos, &c, que forman parte de nuestro mundo cotidiano. El mundo de la cultura compleja viene a significar, para las nuevas generaciones que han de incorporarse a ella, lo que el mundo material salvaje representaba para el primitivo: un mundo cuyas variables prácticas sólo podían ser «controladas» de algún modo sumergiéndose en ellas, invirtiendo en ellas todo el tiempo disponible. Y si el tiempo completo lo invierte el primitivo en buscar alimentos, defenderse de los animales y el frío o descansar, en nuestra época el tiempo complejo de quien tiene garantizada la satisfacción de sus necesidades básicas ha de invertirse en aprender a calcular, a hablar otros idiomas distintos del materno, a seguir los incidentes que miden el tiempo social a través de las ligas de fútbol o del calendario de elecciones parlamentarias, a visitar como turista por lo menos media docena de países, a leer periódicos y revistas, a seguir varios canales de televisión y mantenerse al tanto de las vidas de los actores y de otros miembros de la clase ociosa.

Esta «cultura compleja instrumental» no garantiza una formación y, sin embargo, tiene su funcionalidad social, política y aun biológica, pues a su través la «humanidad» comienza a existir como un todo interconectado a escala planetaria. Es en el ámbito de esta cultura universal, a través de sus instituciones más vigorosas –juegos olímpicos, fútbol, rock–, en donde la misma existencia de las unidades culturales particulares (étnicas) encuentran la posibilidad de su reconocimiento incruento. No es en el campo de batalla, sino en el de fútbol, o en el estadio olímpico, en donde las naciones compiten de nuevo como tales. La gran importancia del fútbol –o de los juegos olímpicos– depende de la asociación de los equipos a las unidades políticas nacionales (o regionales o municipales), y es el fútbol quien demuestra su existencia; puede decirse, por tanto, que gracias a una institución cultural tan «banal» como un partido de fútbol, la armonía universal de los pueblos, de las ciudades y de los Estados, se produce como una armonía incruenta de contrarios.

La importancia de la ópera, para las capas de las burguesías urbanas ascendentes, se funda en los mismos mecanismos en los que se apoya la importancia del fútbol para las capas de trabajadores urbanos. ¿Por qué la ópera y no el teatro, por ejemplo? Porque la música puede seguirse sin necesidad de conocer el idioma nacional (a veces es mejor no entenderlo, como ocurre con la ópera verdiana o wagneriana). Los argumentos de la ópera ofrecen, en general, situaciones estrambóticas e irreales, pero tales que no obligan a nadie a tormar posición práctica en los entreactos (como obligaría a una obra de teatro «de tesis»); los divos son internacionales y, por consiguiente, los asistentes a las temporadas de ópera de Sevilla, de Bilbao, de Madrid o de Oviedo, se sienten en comunión con todos los demás asistentes «distinguidos» del mundo, de Nueva York, de Londres, de Milán o de París. En comunión, además, con unos valores que han sido declarados ad hoc en la cumbre de la espirtualidad, «supremos», a pesar de su inanidad intrínseca.

El ideal de cultura universal se realiza por tanto, principalmente, en la sociedad industrial –tanto en sus élites como en las masas– como cultura kisch (aun cuando el kitsch sea de especies diferentes). {MC 209-212}

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