Filosofía en español 
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Muerte, fallecimiento, eutanasia

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Muerte de la persona como «tonalidad sombría»

Hay dos raíces positivas principales de esa tonalidad sombría de la muerte que, aunque hayan tenido que darse en alguna o algunas culturas concretas, son transcendentales a las demás culturas. Si esto es así tendríamos que interpretar aquellas culturas o situaciones culturales excepcionales en las que la muerte es brillante y no sombría como resultantes de motivos particulares que, en todo caso, habrá que construir a partir de la razón general. Las dos raíces principales que podrían dar cuenta de esta tonalidad sombría que suponemos corresponde, con carácter general, a la idea de la muerte son:

(1) Cabría interpretar la primera raíz con el mismo terminus ad quem de la transformación mortal, es decir, con el cadáver. Si la idea de la muerte procede de la experiencia de la muerte de otras personas, es evidente que el contenido más positivo de esa muerte es el cadáver. Y el cadáver se descompone y, por lo general, huele. El hombre, llegado a un cierto nivel de desarrollo social y cultural, tendrá que incorporar estos datos positivos a su concepto de la muerte. ¿Tendrá algo de extraño que este concepto incorpore, por tanto, las tonalidades siniestras que adornan al cadáver? No es la presencia de la Nada, sino la presencia del cadáver aquello que habría que tener en cuenta, en un primer lugar, para comprender la tendencia que la muerte tiene a adquirir una tonalidad sombría.

(2) La segunda raíz procedería, recíprocamente, de la misma dialéctica de la persona en tanto es ella lo que ahora es visto desde el individuo. La praxis personal consiste en actuar según prolepsis (planes, programas) procedentes de anamnesis sociales, de operaciones con cosas y con otras personas, planes y programas que alcanzan un radio temporal creciente (diez años, un siglo, incluso un milenio) y, en todo caso, están sometidos a un ritmo de escala diferente a los ritmos circadianos de la vida individual. Las personas se constituyen, pues, a escala de estos planes y programas. Pero esta escala es inconmensurable con la de los ritmos circadianos, muchas veces, de las vidas individuales, y así, llega la muerte del individuo, o de otros individuos de su entorno, cuando la persona está implicada en programas o en planes que no contemplan, ni pueden contemplar, la muerte del individuo.

Es la contradicción conocida en el refrán clásico: ars longa, vita brevis. Esta contradicción o, si se prefiere, fracaso constitutivo, con todas sus ramificaciones, y no la presencia de la Nada, ¿no puede dar cuenta de la tonalidad sombría que, en general, va asociada a la idea de la muerte? {SV 225-226}

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