Filosofía en español 
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Cuestiones preambulares

[ 790 ]

Ideas o Conceptos directos (o rectos) y oblicuos / Retroferencias

Es imprescindible distinguir entre “dos mecanismos” o métodos de construcción de Conceptos o de Ideas [783] que denominamos “directos” (o “rectos”) y “oblicuos”, sobre todo cuando buscamos su diferenciación con otras que llevan su mismo nombre.

Una Idea o Concepto oblicuo es aquel que está construido desde una plataforma, generalmente no explicitada, tal que, al introducirla, el concepto o Idea que se supone estaba siendo interpretada como concepto directo (o recto) se ve requerido a someterse a una profunda rectificación. Por ello, la distinción entre Ideas o conceptos oblicuos o rectos adquiere una inequívoca importancia crítica.

Supongamos que toda conceptualización tiene siempre lugar por referencia (mediante un nombre, expresado en contexto deíctico) a un material corpóreo-fenoménico dado, es decir, a un material que pueda ser nombrado deícticamente, o señalado con el dedo: “eso es la Luna”, o bien “la Luna es esa masa amorfa que se adivina a través del ramaje de los árboles del bosque”. Cuando nos aproximamos al material fenoménico “centrándonos” directamente en torno a él (lo que no significa: desentendiéndonos de todo lo que no nos es visible en él) y tratamos de determinar la naturaleza de sus componentes (no solo idiográficos, sino también específicos o genéricos), y de la composición de los mismos, llevaremos a cabo una conceptualización directa, respecto de la referencia fenoménica. Diremos que “la Luna” se conceptúa como un “satélite natural de la Tierra”.

Pero no siempre es posible aproximarse a los fenómenos de este modo “directo”; acaso los mismos fenómenos de referencia no se nos presentan directamente, sino a través de otros, reflejados o refractados por la mediación de otros: es entonces cuando la conceptuación de los fenómenos se llevará a cabo (y tan “espontáneamente” con en el caso de las conceptuaciones directas) de modo oblicuo.

Ejemplos:

1. El concepto de “descubrimiento científico”, utilizado habitualmente, desde H. Reichembach, por los historiadores de la ciencia y de la técnica, puede ser interpretado como un concepto recto o directo, descriptivo: alude directamente al proceso mediante el cual un investigador (o un equipo de investigación), tras un período más o menos largo de experimentos y ensayos, alcanza a formular la relación o el hecho nuevo que se supone ha descubierto. Tras esa fase de descubrimiento vendría la fase de “justificación” o demostración del hallazgo ante los demás. Ahora bien, la interpretación de la idea de descubrimiento como idea oblicua equivale a impugnar la apariencia recta de esta idea, y esto debido a que introducimos como plataforma del mismo concepto de descubrimiento a la propia justificación o demostración. En efecto, cuando se habla de un “descubrimiento”, con alcance gnoseológico (y no meramente psicológico o social), es porque estamos situados en la plataforma de su justificación; lo que equivale a decir que un descubrimiento científico o técnico solo podrá llamarse así después de que él haya sido justificado. El llamado “descubrimiento” de los canales de Marte por Schiaparelli (1882-1888), al no haber podido ser “justificado”, dejó de ser descubrimiento y se transformó en un invento o artefacto telescópico.

2. La Idea de Nación en sus acepciones primarias (la biológica y la étnica) se conforma por mecanismos oblicuos o de refracción, y no por mecanismos directos. En su acepción biológica, la nación (por ejemplo natio dentium, “nacimiento de los dientes”, del que habla Varron) suele utilizarse como concepto recto que indica el abultamiento de las encías de un niño; sin embargo, solo si nos suponemos situados en la “plataforma” de los dientes ya formados, podremos interpretar, desde esa morfología, los abultamientos de las encías como “nación de los dientes”. Otro tanto ocurre cuando hablamos de nación, desde el punto de vista sociológico, antropológico o político. En su sentido étnico, suele ser entendida como Idea recta que alude a gentes o a las etnias que viven en una región determinada; sin embargo, la “nación étnica” tiene el formato de un concepto oblicuo, cuya plataforma sería precisamente el Estado o la sociedad política, incluso la Nación política.

3. La Idea de Globalización suele ser interpretada como una idea recta, cuando es referida al proceso de una globalización incoada o incipiente; sin embargo, la Idea de Globalización es necesariamente una Idea oblicua cuya plataforma es precisamente la Globalización cumplida. Esta idea oblicua de Globalización puede tomar múltiples valores según los parámetros determinantes del campo a globalizar (el fondo del proceso) y del Globo resultante de la Globalización. Por ejemplo, si tomamos como campo a la “Biosfera” en cuanto “entidad” distribuida en múltiples biotopos, hablaremos de “globalización de una especie” para describir el proceso mediante el cual esa especie va desbordando su biotopo en forma de plaga, a fin de colonizar a todos los demás lugares de la biosfera. Pero solo podríamos hablar así cuando nos situamos en la plataforma de una “colonización total”, ubicua (como sería el caso de las hormigas descritas por Wilson). Solo desde esa plataforma, podríamos interpretar la propagación de la plaga como el proceso de su globalización. Si eliminamos la plataforma de referencia, ya no podremos hablar de globalización, sino únicamente de plaga, más o menos invasora. Cuando hablamos de globalización en su sentido económico, político o cultural (globalización religiosa, lingüística, etc.) es porque partimos de un campo que consideramos distribuido en diferentes culturas o esferas culturales. En este campo, podemos referirnos a los procesos de desbordamiento o propagación de algunos contenidos culturales, propios de algunas esferas culturales (como pudiera serlo la propagación del vaso campaniforme o de la familia monógama), a las demás culturas, hasta cubrirlas todas. Esto implica que nos situamos en una plataforma en que damos por integradas a todas las culturas en una unidad cosmopolita. La globalización incoada, en resolución, no es propiamente globalización. Solo retrospectivamente (desde la plataforma de la Globalización cumplida) podrá presentarse como un esbozo de globalización. Y solo llegará a serlo en función de su acabamiento, porque hasta entonces solo será globalización “infecta”, no perfecta, es decir, no será globalización. Por ello, la única manera de recoger el sentido de esta modulación de la globalización incoada es referirla a su origen (a su terminus a quo), más que a su término (a su terminus ad quem). Las Ideas que, desde el materialismo filosófico, llamamos “Ideas aureolares” [787] son ideas oblicuas.

4. Conceptos etnológicos tales como el de clan, tribu o gentilidad, son conceptos de formato “directo”. Cuando César, en la Guerra de las Galias, delimita (conceptualiza) a los heduos, a los helvecios, a los celtas, etc., lo hace según el modo directo: procede como si estuviera viéndolos directamente, diferenciándolos y distinguiéndolos unos de otros, ya fuera como pueblos que ocupan territorios definidos, o como pueblos que se desplazan a través de tales territorios. Es el modo como proceden en general los etnógrafos (por ejemplo, el modo como procede Pritchard en sus análisis sobre los shilock del bajo Nilo). Decimos los “etnógrafos”, más que los etnólogos o los antropólogos, porque estos utilizan con frecuencia conceptuaciones oblicuas o refractadas (el concepto de “salvaje”, como el concepto de “bárbaro” de los antropólogos clásicos –Morgan, Tylor, Lubbock–, es un concepto oblicuo, es decir, designaba a determinados pueblos, no tanto directamente, cuanto oblicuamente, desde la “plataforma” de la civilización o, si se prefiere, desde la cultura de quien los estaba describiendo); lo que no quiere decir que otros antropólogos tuviesen que considerar acertadas aquellas conceptuaciones oblicuas, puesto que muchas veces propondrán sustituirlas por conceptuaciones directas, aunque estas tengan como punto de partida una conceptuación oblicua (“salvaje es el que llama a otro salvaje”, decía Lévi-Strauss).

5. Por último: la transformación (la reconceptualización) de una conceptuación oblicua dada en una conceptuación directa no es una mera sustitución de la conceptuación oblicua por otra, supuestamente previa, conceptuación directa, puesto que estamos ante una transformación dialéctica, ante una operación de retroferencia. El concepto de viga solo puede formarse oblicuamente a través de la “plataforma” del edificio en cuya trabazón o estructura interviene; sin embargo, por retroferencia, llamamos viga al tronco escuadrado que descansa en el aserradero y que parece tener una entidad “centrada en sí misma” (una entidad cuya morfología separada del edificio es irreal o aparente). Es evidente que a partir del tronco natural de un árbol hallado en el bosque no sería posible “deducir” el concepto oblicuo de viga (la “casa natural” de Marc-Antoine Laugier solo lo era por retroferencia del templo griego); tampoco del concepto etnológico de carro (propio de las culturas rurales que conocen la rueda) puedo deducir el concepto de automóvil (propio de las culturas industriales) y, sin perjuicio de que se pueda denominar “carro” al automóvil, no se podría denominar (salvo irónicamente) “automóvil” al carro. Las retroferencias habrán de considerarse, en general, como anacronismos o, si se prefiere, como procedimientos que conducen a conceptos mal formados.

{EFE 89-93 / LVC 222-225}

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