El Panorama
Madrid, 3 de mayo de 1838
año I, número 6
páginas 83-85

Historia natural

El hombre comparado con el animal

El hombre más estúpido basta para dirigir al más diestro de los animales, le manda, y le hace servir para su uso, no por la superioridad de su fuerza, sino por la inteligencia de su naturaleza, porque tiene un proyecto razonado, un orden en sus acciones, y un sistema en los medios por los que obliga al animal a obedecer. Así no vemos que los animales más fuertes, más astutos manden a los otros haciéndole servir de ellos, esto sería efecto de la inteligencia, lo que si vemos diariamente es que el más fuerte devora al más débil, acción que no supone otra cosa mas que una necesidad, un apetito, cualidad por cierto muy diferente de la que produce una serie de acciones dirigidas a un mismo objeto. ¿Si los animales estuvieran dotados de esta facultad no veríamos a algunos de ellos mandar sobre los otros, y obligarlos a proporcionarles el alimento, a cuidarles y aliviarles en sus dolencias y enfermedades?

No hay en todo el reino animal señal alguna de esta subordinación, ni la más remota apariencia de que alguno de ellos conozca y ejerza la superioridad de su naturaleza sobre los demás. De aquí se deduce una consecuencia necesariamente, a saber que todos los animales son de igual idéntica naturaleza, y que la del hombre no sólo es superior a la de estos, sino enteramente diversa.

El hombre por signos externos manifiesta lo que pasa en su interior, comunica su pensamiento por medio de la palabra, signo común a toda la especie humana. El hombre salvaje habla, el hombre civilizado habla, y ambos usan de los sonidos que articulan su lengua, y constituyen las palabras para darse a entender. Ningún animal usa de la palabra, este signo por el que se revela el pensamiento, y no es como creen algunos por defecto de la configuración de sus órganos. No. La lengua del mono aparece después de un examen anatómico tan perfecta, tan bien configurada como la del hombre, y sin embargo los monos no hablan. ¿Y por qué? Porque la palabra proviene del pensamiento. Si los monos pensasen hablarían nuestro lenguaje, y si suponemos que son capaces de pensar aunque en un orden más inferior que el hombre, hablarían con los otros monos, pero nunca se les ha visto, jamás se les ha oído hablar, discurrir juntos, porque para esto se necesitaría un orden, una serie de pensamientos a su modo, pero semejante a los nuestros. Nada pasa pues en el interior de los animales, seguido, y ordenado, pues nada expresan por signos combinados y arreglados.

No tienen ni aun en el más mínimo grado la facultad de pensar.

La prueba de que el no hablar los animales no consiste en la configuración de sus órganos, es que se conocen muchas especies en las que se les ha enseñado a pronunciar palabras, más aún, a repetir largas frases, pero jamas se ha conseguido hacerles entender lo que significaban estas palabras, las repiten, las articulan solo como un eco o una máquina artificial podría repetirlas, y articularlas. No es pues la potencia mecánica, o los órganos materiales los que hacen falta a los animales para hablar, sino la potencia intelectual, la facultad de pensar.

Una lengua, un idioma aun el menos perfecto supone una serie de pensamientos. Como los animales no piensan, por eso carecen de lenguaje. Aun cuando queramos suponer en el hombre común con los animales las sensaciones mas groseras, y maquinales es cierto que son incapaces de la asociación de ideas, que es lo que únicamente puede producir la reflexión, en lo que consiste la esencia del pensamiento. Como los animales no pueden reunir ni combinar una sola idea, no piensan, y como no piensan no hablan, y por esta razón no inventan ni perfeccionan nada. Si aun en el grado más ínfimo e imperceptible fuesen capaces de reflexión, serían capaces de progreso, adquirirían perfección en su industria. Las golondrinas construyen hoy sus nidos del mismo modo que los construían hace dos mil años. Los castores edifican con la misma solidez sus habitaciones a la margen de los ríos como los edificaban los primeros castores. Las abejas perfeccionarían en sus colmenas sus admirables celdillas diariamente, a no ser que supongamos que ya no son susceptibles estas obras de mayor perfección. Esto equivaldría a conceder a este insecto más talento que al hombre concediéndole una inteligencia superior y capaz de percibir de un solo golpe el último punto de perfección a que puede elevar su obra, ínterin el hombre jamas ve a primera vista este punto al que solo llega después de muchos años de reflexión, trabajo y experiencia. La historia de las artes y de las ciencias comprueban esta verdad. Ninguna nació de repente, todas tuvieron su infancia, todas progresan diariamente; todas están aun muy distantes de su final perfección.

¿De que provendrá esta uniformidad en las obras de los animales? ¿Por qué cada especie hace las cosas siempre lo mismo que los que les precedieron? ¿Por qué cada individuo no hace más que otro? Porque sus operaciones son resultados mecánicos, y puramente materiales. Porque si tuviesen la más ligera chispa de la luz que nos ilumina ya que no perfección encontraríamos variedad en sus obras: cada individuo de la misma especie obraría aunque fuese con alguna ligera diferencia de un modo distinto de los demás, y no trabajarían todos sobre un mismo modelo, ni el orden y método de sus acciones marcaría el de la especie entera. Si se quiere conceder un alma a los animales esta no pertenecería al individuo, sino a la especie entera, y participando entonces cada individuo por igual de esta alma, sería necesariamente divisible, y por consiguiente de una naturaleza material y diversa de la nuestra.

Examinemos por la inversa, ¿por qué hay tanta variedad, y son tan diversas las obras de los hombres? ¿Por qué al hombre le cuesta más la imitación servil que la creación? Porque su alma independiente absolutamente de la de otro, no tiene nada de común con su especie, sino la materia del cuerpo, y por esto solo nos asimilamos a los animales en las operaciones materiales.

Si las sensaciones interiores perteneciesen a la materia y dependiesen de los órganos corporales, ¿no veríamos entre los animales de una misma especie, como entre los hombres, una marcada diferencia en sus obras? Los que estuvieran mejor organizados, ¿no harían con más exactitud, más solidez, elegancia y perfección, sus nidos y madrigueras? ¿Si alguno excediese a los demás en su organización no lo manifestaría en esto? Jamás ha sucedido esto, ni sucederá, y prueba que la perfección de los órganos corporales no influye en nada sobre la naturaleza de las sensaciones internas, debiendo concluir manifestando como una verdad incontestable que los animales no tienen sensaciones internas, que estas no pueden pertenecer a la materia ni depender por su naturaleza de los órganos corporales. Por consecuencia hay en el hombre una substancia, que no tienen los animales, diferente de la materia, que es el objeto y causa que produce las sensaciones. El alma.

M.

 


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