El Ateneo, propagador universal
Madrid, 25 de enero de 1834
nº 3
páginas 53-56

Academias

En uno de los últimos números del Boletín de Comercio, se lee un artículo sobre el establecimiento de una academia de ciencias. Es esta una de aquellas instituciones tan propias y necesarias para el adelanto y progresos del saber, que solo a ellas es debida la preponderancia y el auge con que en algunos países vemos resplandecer los conocimientos útiles.

No es de este lugar la investigación del gran influjo que tienen las academias de ciencias en la enseñanza secundaria o científica. El punto de contacto que tienen entre sí, le desenvolveremos con alguna latitud al tratar de esta enseñanza, que es la base fundamental del progreso de todas las ciencias. Por ahora no puede ser otro nuestro objeto que ensanchar los límites de las academias, de cuyo establecimiento habla con tanta oportunidad el Boletín; y emitir nuestra opinión sobre un punto interesantísimo que era uno de los que ya tenía a la vista nuestra redacción.

Hácese pues en dicho artículo una ligera enumeración de estas academias, siendo la primera de todas la formada en 1603 por un señor napolitano, la cual contó entre sus individuos al famoso Galileo, y su objeto fue principalmente el estudio de la historia natural. En aquel mismo siglo se formaron después la academia real de Londres y la de Florencia, y en esta empezaron ya a tener algún valor las opiniones de Galileo, que fue el primero que empezó a hacer un serio estudio de las propiedades del aire, y a sospechar la existencia del vacío, a lo que habían tenido los antiguos una completa oposición.

Finalmente se comunicaron estas sabias instituciones a Alemania, y sucesivamente se han visto plantear con un éxito brillantísimo en París, en Berlín, en Petersburgo, en Bolonia, Copenhague &c. y solo nuestra corte y nuestra España, cuyo suelo privilegiado ofrece más garantías para el sabio estudio de la naturaleza, es la que carece de unas instituciones de tanta utilidad para los verdaderos progresos del entendimiento humano.

En efecto es preciso ya desengañarse. Las ciencias físicas, exactas y naturales son las únicas que ilustran y hacen felices a los hombres, ni tampoco hay otras donde resplandezca más visible y maravillosamente la mano benéfica y poderosa del supremo Hacedor. ¿Qué delirio, qué frenesí, o qué locura ha podido influir en que hasta ahora se hayan calificado estas ciencias entre nosotros como opuestas y contrarias a la creencia religiosa? Quien quiera que se dedica a la investigación de los secretos de la naturaleza no puede menos de hallar en cada una de sus producciones las huellas de la omnipotencia, y los ateos únicamente pueden formarse en aquellas cátedras de ciencias ilusorias en las que las probabilidades conducen a las dudas, y las dudas a la incredulidad.

Dejando pues ahora, la explanación de estos principios y de estos hechos volvamos a nuestras academias, y ya que estas instituciones sean tardías para nosotros, al menos procuremos darles todo el aire de grandeza, y toda la extensión oportuna para que produzcan los buenos efectos que de ellas debemos prometernos.

Una sola academia no puede a la vez extender sus tareas a todos los ramos que constituyen estas ciencias útiles; y en nuestra opinión debían establecerse al menos dos academias, a saber: una de ciencias exactas, y otra de ciencias naturales.

La primera debía ocuparse y entender en todos los ramos que abrazan las matemáticas compuestas y las ciencias físico-matemáticas. La óptica, la mecánica, la astronomía, los cuerpos imponderables, y por fin la química, podrían ser todas objeto de esta academia. Las inmensas aplicaciones que de todos estos ramos a cual mas útil pueden hacerse, comunicarían su benéfico influjo a todas las artes y aún a las ciencias maestras que tienen por base estos mismos principios de las exactas; y con la celeridad que se comunica la chispa eléctrica veríamos ilustrar la medicina, la arquitectura, la farmacia, la náutica y mil otras profesiones útiles.

La segunda academia pudiera tener por objeto la historia natural, la cual en sus tres ramos de zoología, mineralogía y botánica comprende todos los secretos y todas las investigaciones para llevar el laboreo de nuestras minas, y el cultivo de nuestro hermoso suelo a aquel grado de prosperidad de que son dignos los españoles. Si incultas y descuidadas nuestras tierras y nuestras minas, atraen y embelesan a los extranjeros, ¿qué sería cuando en cada pueblo y en cada término se descubriese y cultivase un manantial de riqueza pública? ¿Por qué no aclimatamos entre nosotros esas plantas exóticas que tanto dinero nos llevan al nuevo mundo? ¿Por qué el lino y el algodón no se cultivan con el debido esmero, pudiendo reunir y tener en nuestra península a las dos producciones que sólo son propias de climas diametralmente opuestos? ¿Por qué no nos apresuramos a multiplicar esas producciones de maderas exquisitas, sólidas y preciosas que pueden dar nuestros arbolados?…

Pues la falta de todo esto no es debida a otra cosa que a ignorancia general que tenemos de las ciencias exactas y naturales. Establecidas ya estas academias centrales, empiecen a trabajar ardorosamente sobre todos y cada uno de los muchos puntos que abraza su institución; estas sabias, estas preciosas memorias háganse circular y extender; sepan y aprendan todos las aplicaciones que de estas ciencias pueden hacer a su respectiva industria, arte o profesión. Propónganse premios a los que hagan mejoras y descubrimientos, y marchemos sólidamente por el sendero de la ilustración, hasta poder sacar todo el partid o posible de nuestras minas, de nuestros campos y de nuestros ganados. ¡Qué mayor gloria que referir y aplicar el saber humano a beneficiar el terreno privilegiado que el mismo Criador ha adjudicado para la ventura y bien estar de los españoles!

 


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