El Ateneo, propagador universal
Madrid, 15 de marzo de 1834
nº 9
páginas 38-40

De las ciencias eclesiásticas

Al insertar en nuestro cuaderno sesto el fruto que sacan los cánones con la academia de san Isidoro de esta corte, nos lamentamos de que no tuviesen igual suerte la física y la historia natural entre nosotros. Mas no por eso nos desdeñábamos del estudio de estas ciencias eclesiásticas, antes bien al saber que están sostenidos únicamente por la energía e ilustración de sus individuos y por la generosidad y grandeza del Excmo. Sr. comisario de cruzada, contuvimos nuestra sensación alabando la instrucción de dicha academia y los rasgos inmortales con que S. E. engrandece eternamente su memoria. Este digno protector se cree remunerado bastante con la gratitud de los hombres estudiosos de todas carreras, y con los loores que el público entero tributa a su ilustrado nombre. Cada junta de la academia de san Isidoro presenta una de las discusiones más interesantes en asuntos eclesiásticos que por desgracia se necesitan hoy esclarecer para que los malévolos no los mezclen con los políticos. En la que referimos aquel día brilló ante un numeroso concurso la elocuencia del doctor don Juan Miguel de los Ríos, de quien ya recibió en 1828 dicho señor protector una de las muestras de los adelantos de esta corporación literaria en un opúsculo sobre la historia de la Cruzada, teniendo útiles borradores sobre la del subsidio y escusado para cuando sus obligaciones le permitan formalizarla. Todo el ejercicio divagó sobre la necesidad que tiene el hombre de una religión, la excelencia de la cristiana y la necesidad de atajar los abusos con que quisieran vilipendiarla. Acerca de este punto copiaremos el siguiente párrafo notable.

“Los enemigos del cristiano no le atacan principalmente por los fundamentos de su religión, los más los respetan, y sólo le hacen guerra abierta por los abusos con que la malignidad quiere confundirla. Ni pueden tampoco hacer otra cosa, si recuerdan que el cristianismo abrió las puertas de la ilustración, que por él fueron civilizadas las naciones europeas, que destruyó el poderío de los pueblos bárbaros, que unió entre sí los intereses de los más opuestos estados y que suavizó las costumbres e hizo florecer en el nuevo mundo las artes, las ciencias y toda la industria... Cuando los hombres no están firmes en sus dogmas religiosos, cuando no conocen en las máximas de su religión toda la rectitud y fortaleza propia de la divinidad, cuando han aprendido sus doctrinas, no por reflexión y convencimiento, sino por rutina y a la fuerza, no ven sino las exterioridades y palpando los abusos los confunden con los axiomas fundamentales, los cuales destruyen valiéndose de aquellos…

Los que a la pobreza han sustituido las comodidades y placeres; a la obediencia la rebelión contra las potestades de la tierra; a la castidad, la lujuria, embriaguez y desenfreno de sus pasiones; al extrañamiento de las cosas mundanas, el más grande poderío, riquezas y brillantez, serían los asesinos de esta amable religión que quieren convertir en utilidad y comercio propio, si los verdaderos cristianos, los que sabemos distinguir los abusos, no clamásemos por la ilustración para que la sencilla plebe aprenda a conocer que ni los extravíos son parte de la religión, ni los que por su carácter los propalan son amantes de ella. ¿Y qué sucederá a estos sencillos habitantes, cuando mal instruidos y por rutina en los fundamentos religiosos, los vean claramente contrariados por los mismos a quienes creyeron sus modelos? Hablen Inglaterra, Alemania, Francia y otras naciones, ¿qué causas debilitaron en ellas el fervor católico romano? La inquisición, las persecuciones, los cadalsos, las herejías, las guerras religiosas, los desórdenes que hombres ambiciosos sustituyeron a los consejos, las amonestaciones, la sumisión a la autoridad, y a la mansedumbre que su divino maestro les dejó encomendados.”

Con tanto más placer insertamos este brillante trozo cuanto que sabemos haber merecido el beneplácito de la Reina Gobernadora cierto escrito filosófico del señor Ríos sobre mejoras de su conservatorio de música cuyo director le conserva con mucho aprecio.

 


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Ciencias eclesiásticas 1830-1839
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