El Panorama
Madrid, 5 de abril de 1838
año I, número 2
páginas 30-31

Historia natural

Habiéndonos propuesto en nuestro periódico dar unas nociones de la Historia natural, conocimiento que tan útil es a toda clase de personas, y especialmente a la clase del pueblo, al que por lo costosas, y voluminosas que son las obras que tratan de esta ciencia no le es fácil adquirirlas; creemos que nuestros lectores verán con gusto que nuestros artículos no se presentan aislados, sino guardando un orden sucesivo de manera que a muy poca costa, sin trabajo, se tendrán al cabo de algún tiempo unas lecciones completas de historia natural que podrán servir para la instrucción del pueblo y que serán un metódico y sencillo extracto de cuanto sobre tan interesante materia, han escrito Buffon, Cuvier, y otros célebres naturalistas, y que acompañaremos con láminas.

El Hombre

El hombre es el primer ser que merece considerarse en la naturaleza. El hombre se compone de dos principios diferentes por su naturaleza, y contrarios por su acción. El alma principio espiritual, principio de todo conocimiento siempre está en oposición con el otro principio animal y puramente material. El primero es una luz para, serena, tranquila, manantial fecundo de la ciencia, de la razón, de la sabiduría, el otro un fuego fatuo que solo brilla en las tinieblas, y en la tempestad, un torrente impetuoso que arrastra en pos de sí las pasiones y los errores.

El principio animal se desarrolla primero en el hombre, y como puramente material comienza a obrar desde que el cuerpo es capaz de recibir las sensaciones del dolor, o del placer, y determina el uso de los sentidos. El principio espiritual es mas tardo en su desarrollo y se perfecciona por medio de la educación. Por la comunicación de los pensamientos de otro adquiere el niño sus ideas, se hace pensador y razonable, sin ella sería estúpido o fantástico según el grado de inacción o actividad de su sentido material interno.

Fácil es a cualquiera considerándose a sí mismo el conocer la existencia de estos dos principios. Instantes, horas, días enteros hay en la vida en que podemos juzgar no solamente de la certeza sino también [31] de la contradicción de estos principios. Hablamos de ese estado de fastidio, de indolencia, de disgusto en que el hombre nada determina, en que obra contra su voluntad.

En este estado nuestra existencia parece dividida en dos personas, la primera que representa la facultad razonable vitupera, condena lo que hace la segunda, pero no es bastante fuerte para oponerse a ella para vencerla. Al contrario esta última formada de las ilusiones de los sentidos y de la imaginación obliga, arrastra, y muchas veces encadena a la primera y nos hace obrar contra lo que pensamos, o nos obliga a la inacción cuando nuestra voluntad es hacer lo razonable. Cuando el principio razonable domina, puede el hombre ocuparse tranquilamente de sí mismo, de sus amigos, de sus negocios, pero aun entonces se conoce aunque no sea mas que por involuntarias distracciones la presencia del otro principio. Cuando este a su vez llega a dominar el hombre se entrega con ardor a la disipación, a sus gustos, a sus pasiones, apenas tiene tiempo de reflexionar sobre los objetos que le rodean, que forman su afición. En ambos estados es feliz: en el primero manda con satisfacción, en el segundo obedece con placer. Como un solo principio está en acción no hay oposición, no hay contrariedad interior, nuestra existencia nos parece una, porque solo experimentamos un impulso simple, y en esta unidad de acción consiste la felicidad. Por poco que por la reflexión vituperemos los placeres, o que la violencia de las pasiones nos haga aborrecer la razón, dejamos en aquel mismo punto de ser felices, perdemos la unidad de nuestra existencia en la que consiste la tranquilidad; la contrariedad interior se renueva, las dos personas se representan en oposición, y los dos principios constitutivos del hombre se hacen sentir manifestándose por las dudas, inquietudes y remordimientos.

De aquí deduciremos que el estado más infeliz en el hombre es aquel en el que estos dos poderes soberanos de su naturaleza hacen a la vez un gran movimiento, pero un movimiento igual y de equilibrio. Entonces es cuando el peso profundo, el horrible disgusto no deja al alma otro deseo que el de dejar de existir, no le permite más acción que la de la propia destrucción, y en tan lamentable estado es cuando muchos infelices han terminado fría, voluntaria, y violentamente su existencia.

M.

 


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