El Panorama
Madrid, 12 de abril de 1838
año I, número 3
páginas 38-39

Historia natural

El alma comparada con el cuerpo

El alma tiene una forma muy simple, muy general, muy constante, Esta forma es el pensamiento. Imposible nos es ver nuestra alma sino por medio del pensamiento. Esta forma nada tiene de divisible, de extensa, de penetrable ni de material. Así pues el objeto de esta forma es indivisible e inmaterial. Al contrario nuestro cuerpo y los que tienen diversas formas, cada una de estas es compuesta, divisible, variable, destructible y todas son relativas a los diversos órganos con las que los percibimos. Nuestro cuerpo y toda la materia, nada tienen de constante, de real, ni general, por donde podamos adquirir su conocimiento.

Un ciego no tiene ninguna idea del objeto material que nos representa las imágenes de los cuerpos. Un enfermo de enfermedades cutáneas, cuya piel sea insensible, no tendrá ninguna idea de las que se adquieran por el tacto. Un sordo no conocerá los sonidos. Si se destruyen sucesivamente estos tres medios de sensación en el hombre a quien la naturaleza los ha concedido, no por eso dejará de existir su alma, las funciones internas subsistirán y se manifestará su pensamiento siempre. Al contrario si quitamos todas estas cualidades a la materia, a saber los colores, la extensión, la solidez y todas las demás propiedades relativas a los sentidos la destruimos. [39] Nuestra alma pues no puede perecer, y la materia puede y debe morir.

Lo mismo sucede con respecto a otras facultades del alma, comparadas con las del cuerpo y con las propiedades más esenciales a toda materia. El alma quiere y manda, el cuerpo obedece en cuanto puede, el alma se une indistintamente a tal o cual objeto que le agrada y ni la distancia, ni la dimensión, ni la figura, pueden impedir esta unión que se hace tan pronto como el alma desea. El cuerpo no puede unirse a nada, cualquier objeto que le toca demasiado le produce una sensación dolorosa, necesita tiempo para salvar las distancias, en todo encuentra resistencia, en todo encuentra obstáculos, su movimiento cesa al menor choque.

Retrato del hombre

Todo anuncia en el hombre al dominador de la tierra. Todo señala en él, aun considerándolo exteriormente, su superioridad sobre los demás seres vivientes. Se sostiene derecho y elevado. Su actitud es la del mando, su cabeza levantada mira al cielo y presenta un rostro en el que lleva impreso el carácter de su dignidad. La imagen de su alma está pintada en su fisonomía. La excelencia de su naturaleza se conoce al través de sus órganos materiales, y anima de un fuego divino los rasgos de su semblante. Su porte majestuoso, su marchar firme y atrevido anuncia la nobleza de su origen. Tocando la tierra con sus plantas, mirándola de lejos parece desdeñarla. Los brazos no son en él pilares de apoyo para mover la masa de su cuerpo, sus manos no deben hollar la tierra, y perder con el frote reiterado la delicadeza del tacto, de que son el principal órgano. Usos más nobles tienen el brazo y la mano. Ejecutores de las órdenes de su voluntad sirven para coger, para aproximar las cosas más distantes, para separar los obstáculos, prevenir el choque de objetos que puedan dañarnos, para retener los que nos agraden, para ponerlos al alcance de los demás sentidos. Cuando el alma se halla tranquila, todas las partes del rostro se hallan en estado de reposo, su proporción, su unión, su conjunto denotan la dulce armonía de sus pensamientos y corresponde a la calma del interior. Cuando el alma se halla agitada el rostro humano es un cuadro vivo y animado en donde se retratan delicada y enérgicamente las pasiones, donde cada movimiento del alma se manifiesta por un rasgo indefinible, cada acción por un carácter particular, cuya impresión es tan viva y tan pronta, que adelantándose a la voluntad nos descubre y representa exteriormente con signos patéticos las más secretas, las más ocultas agitaciones del alma.

En los ojos sobre todo se pintan de un modo tal que cualquiera pueda conocerlos. Los ojos son los órganos favoritos del alma, los que están en relación más íntima con ella, los que participan de todos sus movimientos, los que expresan las pasiones más vivas, las emociones más dulces, los sentimientos más delicados. Los ojos los expresan con toda su fuerza, con la misma pureza con que salen del alma, y transmiten con movimiento rápido a otra persona el fuego, la acción, la imagen de aquella de donde salen. Los ojos reciben y reflejan al mismo tiempo la luz del pensamiento, el calor del sentimiento, en una palabra son el sentido del espíritu, y el lenguaje de la inteligencia.

M.

 


www.filosofia.org Proyecto Filosofía en español
© 2006 www.filosofia.org
El Panorama 1830-1839
Hemeroteca