El Pensamiento de la Nación
Madrid, miércoles 11 de junio de 1845
número 71
páginas 369-375

Jaime Balmes

Documentos de Bourges

París 1.° de junio de 1845.

D. Carlos ha desaparecido de la escena, y en su lugar se ha colocado su hijo; este es un acontecimiento importante. El manifiesto que ha seguido a la renuncia indica un notable cambio en la política; esto es todavía más importante. Pocos hombres habrá que reúnan una opinión mas general y más bien sentada, de honor, de religiosidad, de sinceridad, de convicciones, de deseo del bien público, que D. Carlos; pero si como hombre obtiene el aprecio y respeto universal, tampoco puede negarse que como príncipe era objeto de prevenciones tan fuertes, que nada hubiera sido bastante a disipar. Fueran justas o injustas, fundadas o infundadas, lo cierto es que existían; tratamos únicamente del hecho, no de la razón en que pueda estribar. Y en circunstancias como las de don Carlos, un hecho semejante no puede ser desatendido: quien no cuenta con fuerza material, ¿a qué queda reducido si le falta la moral? Y esta fuerza moral en un príncipe es muy diferente de su buena reputación como hombre particular; errados consejos o circunstancias infaustas pueden hacer inútil para ciertos objetos al mejor hombre del mundo. En 1832 la fuerza moral de D. Carlos, como príncipe, era muy grande; los errores, los desagravios, y el mismo curso de los años la han consumido. Aún entre muchos de sus mismos partidarios, el primitivo entusiasmo se había reducido a simple adhesión y respeto. D. Carlos habrá conocido su verdadera posición, y a su desinterés y rectitud de intenciones no le habrá sido difícil el sacrificio del amor propio, si amor propio [370] haber pudiera en conservar una posición que debía serle tan aflictiva.

Al retirarse este príncipe a la vida privada, si ha echado una mirada a sus años anteriores, no debe haberse alegrado de haber nacido en regia cuna. Difícil era que en una condición menos alta encontrase tan dilatada serie de sinsabores e infortunios. Pasa sus primeros años a la vista de Godoy, compartiendo con su hermano el dolor que causarle debiera un espectáculo semejante; es luego conducido al extranjero para permanecer durante seis años entregado a los carceleros de Napoleón; vuelto a su patria, cae en breve con toda la familia real en poder de los demagogos, hasta que los liberta en Cádiz el ejército francés; y después de pocos años de bonanza, no todos bien sosegados y satisfactorios, tiene la desgracia de indisponerse con su hermano, no puede hallarse junto a su lecho al exhalar el último suspiro, y declarándose luego en guerra con su augusta sobrina, proclamada reina de España, sufre las mayores vicisitudes, y al fin sucumbe, para ir ser encerrado de nuevo en una prisión, también en país extranjero. Fiaos en las grandezas humanas y en la elevación del nacimiento. Pesares domésticos, prisiones, insultos, espectáculos de torrentes de sangre, otra vez prisiones; he aquí lo que encuentra en su vida un hombre que por largos años ha visto una corona tan cercana a sus sienes; y en el último tercio de su carrera, proscrito de su patria, ignora si sus cenizas podrán un día descansar en el panteón donde reposan sus ilustres antepasados. Puedan los días del anciano conde de Molina ser menos infortunados de los que fueron los del joven infante, y del que años después numerosos y aguerridos batallones aclamaran rey de Navarra, Aragón y Cataluña, paseando sus banderas por todos los ángulos de España.

Pagado este homenaje de respeto al infortunio de un hijo de Recaredo, de S. Fernando y de Felipe II, vamos a emitir algunas reflexiones sobre los notables documentos que han visto la luz pública.

Nada tenemos que observar ni sobre la renuncia, ni sobre las comunicaciones que han mediado entre padre e hijo: este es un asunto de familia y de convicciones particulares. En los documentos se habla de derechos, porque sus autores han creído tenerlos; si esto no creyeran no estarían en Bourges. Nada tenemos que decir sobre este punto: solo haremos notar, que si algunos fuesen tan susceptibles que ni aún este lenguaje quisieran sufrir, les preguntaremos si era de esperar que o D. Carlos se presentase al mundo diciendo que se había engañado, o bien que su hijo al reemplazarle declarase este engaño, y rechazase todas las pretensiones de su padre. Sea como fuere, repetimos que nada tenemos que decir sobre el particular; en nuestro concepto, todo lo que sea remover en un artículo la cuestión dinástica, considerándola en otra esfera que la de un simple hecho público y notorio, sería desviarse del objeto a que deben dirigirse las miras de quien desee sinceramente ahogar toda semilla de discordia y prevenir sus resultados para lo venidero. Esta es la conducta que seguimos al escribir los ocho artículos sobre el enlace de la reina; esta misma conducta pensamos seguir en adelante. No está la España en el caso de debatir cuestiones históricas y legales, sino de resolver con acierto un problema a que está vinculado su porvenir. Poco importa el que el joven príncipe represente o no un derecho; [371] lo cierto es que representa un grande hecho. Este hecho es la creencia en que han estado muchos españoles de que el derecho existía, lo que por desgracia ha dado origen a una guerra de siete años. Aquí está el verdadero punto de vista para los que se precian de hombres de estado: todo lo demás es inoportuno, y hasta pudiera ser dañoso. Los unos defendiendo con razones y con textos al hijo de D. Carlos, y los otros a Isabel, expresarían opiniones particulares, convicciones que por sinceras y profundas que fuesen no dejarían de tener en contra otras opiniones, otras convicciones diametralmente opuestas. El hecho pues de la existencia de la cuestión quedaría intacto. El hombre de estado debe atender a los hechos cuando son graves, sea cual fuese la opinión que sobre ellos abrigue; hombre práctico, eminentemente positivo, no debe aferrarse en un argumento o un texto para dirigir su conducta, sino procurar conciliar los hechos que a su pesar existen, y evitar por medios justos y razonables el que la sociedad no sea víctima de choques violentos. Lo demás es indigno de un hombre de estado; es propio únicamente de un disputador, que al salir de la disputa se vuelve a sus libros, sin la inmensa responsabilidad de la suerte presente y venidera de catorce millones de compatricios.

El manifiesto del príncipe que reemplaza a D. Carlos producirá en España y en Europa una impresión profunda. En él hay dignidad sin altanería, blandura sin humillación, indicaciones graves sin manifestaciones inoportunas e impropias. En breves palabras, sencillas como a tan alto rango cumplen, sentidas como las inspira el infortunio, están tocados extremos tan sumamente delicados de una manera que ni rebajan al que habla, ni hieren la susceptibilidad de ninguno de los que escuchan. A las dificultades relativas a la persona se contesta; a las que se refieren a las cosas se deja entrever la contestación. Un príncipe que hiciese el manifiesto con la mano en el puño de la espada, sería rechazado con espadas; un príncipe que hablara en actitud de suplicante puesto de rodillas, sería despreciado. Entre el ruego y la amenaza había un medio: y este medio lo ha encontrado el ilustre proscrito.

Recorramos los principales puntos del manifiesto. El hijo de D. Carlos hablando a los españoles podía ser considerado por algunos como provocador de la guerra civil: sus primeras palabras son una protesta de paz, protesta que aplaudimos sinceramente, así bajo el punto de vista de la humanidad como de la política. Los horrores de la última guerra son muy recientes, han sido demasiados, para que nadie pueda abrigar sin estremecerse la idea de encenderla de nuevo ¡Ay de los tronos que se levanten en medio de un lago de sangre! La causa de la humanidad tiene un vengador en el cielo. No basta el decir: «yo reclamaba derechos que creí me pertenecían; la sangre se ha vertido; yo no soy responsable de ella»: es necesario saber si se han agotado todos los medios pacíficos, si se han hecho todos los sacrificios que tienen derecho a exigir, no diremos la vida de millares de hombres, sino la de uno solo. Esto no debe jamás perderlo de vista un príncipe, y mucho menos un príncipe cristiano: la misma victoria no excusa una catástrofe; las víctimas de la ambición o de la imprudencia turban el sueño del vencedor y emponzoñan su dicha. No se han hecho los pueblos para los reyes; los reyes son para los [372] pueblos. Una dinastía no es una familia propietaria que puede disponer de una nación como de un rebaño; es una familia consagrada a la felicidad de los pueblos: la sangre que se vierta por su culpa la mancha horriblemente. La Providencia tiene reservadas grandes expiaciones a las familias reales que pierdan de vista estas máximas: había en Francia un rey poderoso, cuyo solio brillaba con tanto esplendor que sus pueblos deslumbrados caían de rodillas, y sus vecinos se admiraban y temblaban: bajo este reinado se vertió mucha sangre; el nieto de este rey pereció en un cadalso, y el último vástago de esta raza anda errante por tierra extranjera, mirando de cerca una patria cuyo suelo no puede pisar. Verdades terribles, pero verdades; no las desoigan los miembros de la real familia, ni los que se hallan en Bourges proscritos y prisioneros, ni los que halagados por la fortuna viven entre magnificencia y poderío en su alcázar de Madrid.

Si, dice bien el Manifiesto, basta de sangre y de lágrimas; sí, basta: la nación española tiene derecho a ello. Esta nación, que con sus tesoros y su sangre rescató a la familia real prisionera del vencedor del mundo; esta nación, que recogió del suelo una diadema que un monarca débil había dejado caer, y que la guardó como una reliquia sagrada, para ponérsela de nuevo sobre la cabeza al salir de su cautiverio; esta nación, que en aquella lucha gigantesca se mostró tan grande, tan leal, tan generosa como sus ascendientes de Covadonga al levantar sobre sus escudos a Pelayo en la cúspide de un monte cercado de cimitarras, esta nación tiene derecho, sí, a que baste de sangre y de lágrimas. Todos los miembros de la real familia tienen obligación de contribuir a no se derrame más sangre, cuando no fuera por otro motivo, por una deuda de gratitud.

Cuando el genio de la discordia quiso lanzar entre nosotros su formidable tea, no se dirigió a los pueblos, sino al regio alcázar. Allí comenzó la división, y de allí salió el incendio, como la lava ardiente que se derrama de una altura y devasta las comarcas vecinas. Una escena desagradable comienza en el Escorial: ¿sabéis qué drama le sigue? La dilatada cadena de desastres que se principia con el levantamiento del 2 de mayo, y acaba en la batalla de Tolosa. Otra división trabaja los salones del regio alcázar en los últimos años de Fernando: ¿sabéis sus consecuencias? Levantad con la imaginación innumerables piras, de base inmensa, de altura colosal; arrojad en ellos los tesoros, las preciosidades de la nación, el fruto de los sudores de familias sin cuento; haced que ardan en todos los puntos de España; abrid en torno de ellos anchurosos lagos y llenadlos de sangre; amontonad cadáveres en todas partes; contemplad interminables hileras de valientes, tendidos en el polvo, y cuando la imaginación haya hecho tan horribles esfuerzos, todavía os habrá excedido la realidad.

Los pueblos no lo han olvidado, y por esto anhelan ardientemente una reconciliación que apague para siempre la tea de la discordia; no desean que se dispute sobre quién tuvo la culpa; desean sí, que nadie la tenga en adelante. Y por esto harán tan buen efecto en la opinión general unas palabras de paz, como lo hubieran hecho malo unas palabras de guerra. Con razón habrían podido exclamar: «¿Todavía más? ¿no son todavía bastantes los que gimen en la miseria [373] víctimas de alguna catástrofe? ¿no son bastantes todavía los que lloran sobre una tumba, que encierra su amor o sus esperanzas?»

Los sentimientos pacíficos del hijo de don Carlos encontrarán eco en el corazón de todos los españoles, sea cual fuere la opinión a que pertenezcan y la bandera dinástica que hayan defendido: todos harán justicia a esa voz de reconciliación, la primera que oye el público de la boca de un individuo de la real familia después de la muerte de Fernando. Es de creer que estos sentimientos se hayan abrigado en los pechos de los que han lidiado durante tan largos años; pero hasta ahora no los habían oído los pueblos de una manera tan explícita y solemne; siendo de notar que esta reconciliación se extiende a todo, a las personas de todas clases, a las cosas de todos géneros.

Antes de hablarse en el Manifiesto de la reconciliación de la familia real, se rechaza con nobleza y dignidad la inculpación, la simple sospecha de deseos de venganza. Esta es el arma con que combaten al príncipe los que se proponen cerrarle para siempre las puertas de España; esta arma debía quebrantarse antes que todo. Una tan dilatada serie de catástrofes deja profunda impresión en los hombres que recuerdan sus compromisos; en tales casos, conviene dar completa seguridad de que no se volverá la vista atrás, y cumplir la promesa con severo rigor. Proceder de otra suerte es perpetuar las calamidades públicas, y prepararse las propias. Una nación no puede estar dividida en vencedores y vencidos, en leales y traidores, en fieles y sospechosos; los gobiernos que fundan su sistema en clasificaciones semejantes, al fin las encuentran realizadas en la sociedad; quien se empeña en ver sospechosos, al fin los hace; quien se empeña en ver traidores, al fin los ve, porque los encuentra. En un país no debe haber más clasificación que la de hombres que observan las leyes, y hombres que las infringen. Cuando los resentimientos particulares suben a la región del poder, le cercan de una atmósfera espesa y maligna, que acaba por producir una tempestad. Y en la época actual, los tronos tienen un particular interés en conservar el cielo sereno; las tormentas son de una nueva especie; los rayos que descienden sobre los pueblos, serpentean un momento alrededor de los monarcas, y calcinan sus cetros y diademas.

Aquellas consoladoras palabras de no habrá partidos, no habrá más que españoles, expresan algo más que un sentimiento de generosidad: encierran un sistema político. En todos los partidos hay elementos que pueden servir: quien rechace imprudentemente esos elementos, perpetuará los partidos; quien los aproveche con cordura, acabará por disolver los partidos confundiéndolos en un sistema nacional. En todos los partidos hay un caudal de fuerza; esas fuerzas están ahora en oposición, y su lucha produce el caos; armonizadlas, y de su armonía resultará una vida lozana y fecunda.

Ninguno de los partidos actuales encierra las condiciones necesarias, no solo para hacer la felicidad pública, mas ni aun para sostener la tranquilidad por largo tiempo; porque ninguno de ellos encierra toda la vida de la sociedad española. Si os atenéis únicamente a lo antiguo, os aisláis del movimiento general de la civilización europea, tenéis un viviente en medio de la atmósfera, y no queréis que respire el aire que le circunda. [374] Si abandonáis todo lo antiguo y os entregáis sin reserva a lo nuevo, vais a correr tormentosos azares, para estrellaros al fin. La salud de las sociedades, como la de los individuos, no se conserva bien en situaciones violentas. Ni el ambiente húmedo y frío de las tumbas, ni el polvo secante y abrasador de la plaza pública.

Esta grande obra de reconciliación le es imposible al poder actual; no es toda la culpa de los hombres; el obstáculo está en el fondo de las cosas. Desde que se suscitó en España la cuestión dinástica, el poder se sintió enervado: no recobrará su fuerza hasta que esta cuestión se ahogue. Si esto no se obtiene con un avenimiento, los años se encargarán de la tarea; mas en tal caso, es necesario que la presente generación renuncie a la esperanza de alcanzar días de estabilidad y bonanza.

No hace mucho tiempo que expusimos expresamente los motivos de nuestra opinión; el público habrá juzgado si la fundábamos en palabras o en hechos. Declámese cuanto se quiera contra la ambición de una familia, contra la incorregibilidad y terquedad de los que han simpatizado con ella: las declamaciones no destruyen los hechos: los hechos están ahí. Los hombres no se convencen de esta manera; es preciso emplear otros medios. A un argumento oponen otro argumento; a un desdén otro desdén; a un recuerdo otro recuerdo; a una realidad una esperanza. Si los discursos hubieran bastado a mudar la naturaleza de las cosas, tiempo ha que habrían cambiado: y sin embargo permanecen las mismas. Los que se empeñan en ocultar la verdad dicen siempre a los pueblos: las tempestades pasaron para no volver; el cielo está sereno, radiante de luz; mas los pueblos, al levantar los ojos, señalan con el dedo las negras nubes pendientes sobre su cabeza.

Tiempo ha que estamos oyendo: «todo se acabó; no más reacciones, no más revoluciones; ¡albricias! que se inaugura una época de paz y felicidad: ya se terminó la revolución, ya cayó exánime la reacción: ambas carecen de vida, los objetos que les servían de pábulo están reducidos a la nada»; y después de tanto repetir lo mismo, nos encontramos con que las dos grandes cuestiones que encendieron la guerra civil, la cuestión religiosa y la dinástica, comparecen otra vez en la escena, en estos mismos días, con sus dimensiones colosales. En estos mismos días la opinión pública se remueve profundamente en diferentes sentidos con las noticias de Roma y los documentos de Bourges. ¿Existen estos hechos? ¿sí o no? Pues si existen, abandónense esas declamaciones que ya no engañan sino a muy pocos. La esperanza de que por los medios seguidos hasta ahora se puede alcanzar la tranquilidad, se ha perdido completamente; este es un milagro que la opinión pública lo creerá cuando lo vea.

Pero se nos dirá: «si todos los hombres de bien se uniesen sinceramente al gobierno; si todos le ayudasen; si abandonasen para siempre sus pretensiones particulares, aceptando de corazón el sistema y las condiciones que les ofrecemos; si nadie trabajase en contra de nosotros, veríais cómo el poder se robustece y el orden se consolida.» Sea así en buen hora; pero esto equivale a decir que si no hubiese la división, no sufriríamos los resultados de ella; lo que no es mucho descubrimiento. La dificultad está en que la división existe, y que no se la remedia con palabras, sino con hechos; no con paliativos [375] que amengüen la apariencia de un síntoma, sino llegando a la raíz del mal, y haciendo desaparecer su causa. La dificultad está en que hace largos años los partidos dicen alternativamente: «yo represento a la nación; yo soy el único que tengo derecho a gobernar; quien me combate es un rebelde»; y en que los demás partidos no quieren convenir en ello, y dicen que también ellos existen en la nación, y son parte de la nación; y para probar su existencia, cuentan en alta voz los individuos y las clases que les pertenecen, cuando no escogen otra prueba más peligrosa, pero más decisiva.

En este conflicto, no hay otro remedio que un poder que encerrando todos los títulos de legitimidad, verdaderos o imaginarios, atraiga y asegure al rededor de sí a toda la nación; un poder que todos hayan de aceptar, porque fuera de él no encuentren punto de apoyo. Cuando los partidos se digan a sí propios: «es preciso resignarse a lo que hay, o cambiar la dinastía de Borbón, o establecer la república», entonces las conspiraciones no encontrarán elementos sino entre unos pocos díscolos; podrá haber conjuraciones, mas no revoluciones.

El poder que resulte de esta alianza es el único que alcanzará la fuerza necesaria para fundir a los partidos: esta es la situación actual de España; esta será durante muy largos años. Es preciso no hacerse ilusiones: las desmentidas hasta ahora pudieran ciertamente bastar para desvanecer las venideras. De todo esto se deduce que el objeto tan deseado de que no haya mas que españoles, no puede realizarse sino con la combinación indicada.

Tocante a los hechos de la revolución, encontramos en el manifiesto el lenguaje que corresponde a las circunstancias de quien habla: el que acaba de colocarse en el lugar de D. Carlos no podía por cierto hacer la apología de lo que se ha hecho, combatiéndolo su padre; pero tampoco debía levantar un grito que le presentase como desconocedor de la situación de las cosas y de la fuerza de los acontecimientos. Lo propio opinamos de lo relativo a la cuestión dinástica. No hay compromiso para nada; pero tampoco se cierra la puerta a nada. Las palabra de honor, de dignidad, de conciencia, de interés de la familia, no hieren ninguna susceptibilidad: estos son sentimientos que respetan siempre aun los adversarios mismos.

«Este Manifiesto, se nos dirá, podrá contener lo que se quiera, pero tiene la desgracia de salir de la cabeza de una familia ya olvidada; todo lo que en favor de ella se pondere, son exageraciones; su voz no es la de conciliación, sino de la impotencia.» A esta respuesta opondremos una réplica muy sencilla, un hecho. Si esta familia no puede nada, si su vida política ha terminado para siempre, ¿por qué se la retiene prisionera en Bourges? ¿por qué dan tanta importancia a esta retención, así el gobierno francés como el español? Si en la cárcel no hay nada vivo; si no hay más que un cadáver, ábranse las puertas, déjesele al aire libre; que el rayo de luz que alumbrará su rostro, mostrará las infalibles señales de la muerte; y bien pronto el viento llevará el polvo del fantasma que poco antes hacía miedo.

J. B.


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