El Museo Universal
Madrid, 15 de mayo de 1857
 
año 1, número 9
páginas 65-66

Carlos Rubio

Juan Latino

(el Negro.)

Durante algún tiempo, a fines del pasado siglo y principios del presente, con motivo de haberse suscitado en Francia e Inglaterra la cuestión de si convenía emancipar o no a los esclavos, se sostuvo por algunos de los partidarios de la esclavitud, que el negro no pertenecía a nuestra raza, y que por lo tanto no era más culpable quien le privaba de su libertad, que quien privaba de la suya a un cordero o a un orangután.

Buscáronse pruebas anatómicas de esta opinión, y se declaró que su organización interna y externa difería notablemente de la nuestra. El color negro no era un accidente de su piel, pues que todas las moléculas de su cuerpo estaban más o menos impregnadas de él; su cabello, el abultamiento de sus facciones, el extraordinario desarrollo de su cerebelo con relación a su cráneo, la pequeñez de éste, que según cierto observador puede contener nueve onzas de líquido menos que el del hombre blanco, su médula espinal, la composición de sus huesos, más calcáreos que los nuestros, todo probaba para los que hacían notar estas particularidades, que el negro no era una degeneración de nuestra especie sino, una especie aparte desde el principio del mundo, un modelo de hombre en que Dios ensayó las formas que pensaba dar al ser que había de reinar sobre la tierra, como un pintor que hace primero el boceto de su cuadro para juzgar los efectos de su composición, y que en el cuadro verdadero corrige sus imperfecciones.

No me es dado, por ser profano a la medicina, tratar esta cuestión con arreglo a los principios de la ciencia; pero creo que acaso el color del negro pudiera traer su origen de alguna enfermedad desconocida, padecida en tiempos lejanísimos por un solo individuo o una sola familia, cuya descendencia, heredera de aquella enfermedad, haya llegado a constituir una raza. La deformidad de las facciones del negro, la pequeñez de su cerebro, &c., se podrán explicar a mi entender por su género de vida y de educación. Una raza que no usa más facultades que las animales ¿qué extraño es que degenere y pierda las intelectuales? ¿acaso de esta pérdida se podrá deducir que nunca las ha tenido ni las puede recobrar?

Sobre todo, negar que la inteligencia del negro sea capaz de desarrollo, es contradecir a la experiencia. Diversos autores hablan de negros a quienes han conocido ejerciendo la medicina, dirigiendo fábricas, resolviendo problemas matemáticos, y hasta sobresaliendo en la literatura. El obispo Gregoire compuso una obra llena de pruebas de la aptitud de los negros, siendo notable entre los ejemplos que cita, el de Filis Weathley, que trasladada de África a Inglaterra teniendo apenas ocho años, a los diez y seis compuso poesías inglesas sumamente notables.

Con la biografía de esta joven negra, tiene muchos puntos de contacto la de Juan Latino, negro también, y también poeta, de que me voy a ocupar.

Casi todo lo que sabemos de su vida está resumido en la siguiente inscripción que don Nicolás Antonio copió de su libro de epitafios:

Hec Joannes Æthiops Cristicola ex ætiopia usuque advectus excelentissimi et invictissimi Gonsali Fernandi a Corduba Ducis Sueffæ, Gonsalvi Magni Hispaniarum ducis nepotis servus, ab ipso infantiæ lacte simul nutritus cum ipso a rudibus annis liberalibus artibus institutus et doctus et tandem libertate donatus Granatæ ab illustrissimo Petro Guerrero Granatensi Archiepiscopo extra omnem aleam doctisimo S. Eclesiæ Granatæ catedram Grammaticæ et Latini sermonis accepit moderandam, quam per viginti annos moderatus est & Granatæ ætatis suæ anno LVIII.

En efecto, traído muy niño de Etiopia de donde era natural, y educado en casa de Gonzalo de Córdoba, nieto del Gran Capitán, recibió la misma instrucción que este caballero, siendo en él tan aprovechadas las lecciones, que admiró a cuantos tuvieron ocasión de verle. Su amo por esta causa, y también por la amistad que le había cobrado desde la infancia, le dio al fin la libertad, y Pedro Guerrero a la sazón arzobispo de Granada le proporcionó una cátedra en la escuela de su iglesia, donde por espacio de más de veinte años explicó la lengua latina.

Su notable virtud, la fama de su talento y sus bellas prendas personales, hicieron olvidar en breve su origen y ascendencia, cosa extraña en aquellos tiempos, y no solo logró hacerse apreciar de las personas más notables de la corte, sino que enamorado de una noble dama llamada doña Ana de Carleval, obtuvo su consentimiento y el de sus parientes para tomarla por esposa.

Con ella yace enterrado en la iglesia de Santa Ana de Granada, donde dice su epitafio según le copió don Nicolás Antonio:

DEL
MAESTRO JUAN LATINO
CATEDRÁTICO DE GRANADA
SU MUJER
Y HEREDEROS. MDLXXIII
Granatae doctus, claræ Doctorque juventæ,
Oratorque pius doctrina et moribus unus,
Filius Aethiopum, prolesque nigerrima patrum,
Infans ille suscæpit præcepta salutis,
Augusti Austriadæ cecinit qui gesta Latinus.
Conditur hoc cippo: surget cum conjuge fida.

Como puede deducirse de este epitafio, la obra más apreciada de Juan Latino era un poema en dos cantos, escrito en loor de la victoria de Lepanto, con el título de la Austriada, y efectivamente es su mejor obra, aunque no la única, pues juntamente con ella publicó otro poema De Rebus Pii Quinti, y una colección de epigramas y epitafios, todo en versos latinos sonoros y elegantes. Pero aunque el poema de la victoria de Lepanto no fuera la mejor obra de Juan Latino, se comprendería que fuese la citada para su epitafio, porque es la que comprende el pensamiento fundamental de las demás que pueden considerarse como accesorios de ella. Excusado es advertir que en el poema de Pío V hablará de don Juan de Austria y la victoria de Lepanto; pero hasta en los epitafios, y sobre todo en los epigramas, versos en su mayor parte de compromiso, aunque mejores que suelen ser los de compromiso, escritos para adornar con ellos los arcos de triunfo que se levantaron en Granada por el nacimiento del príncipe don Fernando, el entusiasmo por el combate naval de Lepanto es la fuente de su inspiración.

Todas sus obras forman un tomo de pocas páginas con algunos grabados , que fue impreso por el mismo tiempo en que murió Juan Latino, es decir, el año 1573 y como en este libro dice él mismo que tenía 58 años, resulta que debió nacer hacia el año de 1515.

Pedro Bayle no aprueba este cálculo, pues dice con razón que Juan Latino pudo escribir la fecha de su edad en el libro antes de 1573, pero nunca sería mucho antes, pues del mismo libro consta que el rey firmó el privilegio de impresión en el Escorial a 30 de octubre de 1572, y en 14 de abril de 1573 Pedro de Mármol le tasó a 70 mrs. el pliego a petición del mismo autor. Puede decirse, pues, que el libro se imprimió bajo su dirección, y siendo así, si la fecha de su nacimiento hubiera estado equivocada, la hubiera corregido con facilidad.

Mas razón tiene Pedro Bayle cuando censura a los que dicen que quien trajo a España a Juan Latino fue Clenard en 1542. Si fuera cierta esta fecha, Juan Latino debía haber muerto de 34 a 35 años cuando más, o hubiera sido traído a España de 26 o 27 años, siendo ambas suposiciones falsas, pues la primera se opone abiertamente a lo que el mismo Latino dice, y la segunda sobre ser poco verosímil, porque un negro adulto y sin educación no es ya fácil que aprenda en pocos años hasta convertirse en sabio maestro, está también contradicha por Juan Latino y en evidente contradicción con el epitafio de su sepulcro, que dice expresamente.

Infans ille suscœpit præcepta salutis.

También están en su lugar las observaciones que hace Pedro Bayle a otros autores que han hablado de Juan Latino, dando más detalles de su vida, pero no fundados los unos y los otros apócrifos, faltas que el mismo Moreri evitó menos de lo que debiera al hablar de este escritor; por eso me he limitado en esta breve reseña a los hechos sobre cuya certeza no cabe duda, por mas que sean muy escasos y enumerados ya; y termino mi trabajo lamentando el olvido en que yacen autores tan dignos de aprecio como este, que si no son, pueden ponerse al lado de los mejores poetas latinos, no merecen tampoco ser desdeñados, y lamentando sobre todo la causa de este olvido, que es el de la lengua latina

Carlos Rubio.

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