El Clamor Público
Periódico del Partido Liberal
 
Madrid, viernes 1º de noviembre de 1850
fundado en 1844, número 1927, página 3

[«Humanismo, humanismo, como dice el filósofo alemán Krause»]

Variedades

Un suscritor nos remite el siguiente artículo sobre nuestro programa, a que no hemos vacilado en dar cabida con las notas de la redacción que verán nuestros lectores.

Al fondo de mi retiro viene El Clamor Público diariamente a divertir mis cuidados y consolar mis penas. –Es la principal de estas la certeza de que la vejez llegó ya para mí, y llegará pronto la muerte sin dejarme ver el remedio de los males que afligen a mi patria, o más bien a la humanidad entera: por eso excita en mi corazón tan poderoso interés el celo de los que se afanan por buscar esa panacea. El Clamor es uno de los más celosos operarios: ¡bendiga Dios su tarea, y hágala más fructuosa que hasta aquí lo ha sido!– Mil veces me ha parecido que suda y se fatiga, dando azadonazos al lado del tesoro, y que saca solamente de sus excavaciones arena y guijarros. Otras veces acierta a hacer saltar con sus golpes chispas del precioso metal sepultado, y en él, y en nosotros sus lectores, nacen la esperanza y la codicia, como en el pecho del californiano que da con una gruesa pepita de oro.

Yo, pobre anciano solitario, contagiado también de la manía del siglo –el escribir– tomo la pluma y escribo las variantes de mi propia opinión con la de mi discutidor cuotidiano, y luego de escritas doy con ellas en el fuego. Hoy, sin embargo, me siento con mayores deseos de dejar vivos estos borrones, y remitir a mi buen Clamor las siguientes observaciones sobre su famoso PROGRAMA, a riesgo de que se figure que me tengo por un Bentham lugareño. Sea lo que quiera, allá va mi papelote, pues que parece que el programa tiene por objeto provocar la discusión. –Procuraré ser breve y conciso.

«Orden Político.– Un trono fundado en la soberanía nacional y rodeado de instituciones populares

La lengua filosófica aun no está formada: nos falta, pues, el instrumento de discusión: no hay medio de entendernos. Bien dijo quien dijo que las ciencias no son más que dos: la de la cantidad y la de las palabras. En efecto, precisando las definiciones, se evitarán muchos errores.

El párrafo anterior tiene entre otros defectos el que se compone de palabras mal definidas unas, y otras tomadas en sentido translaticio o metafórico. «Por Trono, me dirá El Clamor, cualquiera entiende un Rey.» –Es verdad; pero la metáfora Trono me arrastra a usar la metáfora fundado, y queda la dificultad en pié, porque el caso era saber cómo pone el arquitecto los fundamentos de ese trono en esa soberanía nacional, terreno tan deleznable como que hace sesenta años que le están analizando les químicos políticos, sin poder decirnos sus propiedades características.

El comunicante se ha dado a sí mismo la contestación. Por trono cualquiera entiende con efecto un Rey. Es un tropo ni más ni menos que el que se comete cuando se emplea la toga por la magistratura. De modo que un trono fundado en la soberanía nacional, equivale a decir un Rey por la voluntad de la Nación, como jefe del Estado. En este punto somos de la opinión de Mirabeau y Benjamín Constant. Luego no cabe mayor propiedad en las palabras.

¿Y cómo se rodea a ese trono de instituciones populares, y cuáles son estas? –¿Lo dirá El Clamor más abajo? Pues una de dos: o el párrafo en cuestión es por sí solo el programa entero, pues que lo resume; o todo él sobra. –Sigue el programa:

«Dos Cámaras de origen popular. –Unidad constitucional. –Sufragio electoral, &c., &c., e&.»

Prescinde ahora de la necesidad de definiciones. ¿Para qué hemos de entrar a discutir los pormenores de ese tu orden político, amigo Clamor, si peca todo él por la base? ¿Todavía te me vienes, cuando yo esperaba un programa de progreso, con el sistema de elecciones y de mayorías? Pues yo te diré mi opinión fundada en la experiencia.

La experiencia tiene acreditado que JAMÁS hay ni ha habido ni puede haber, en país alguno del mundo, verdadera elección; es decir, una elección que en la práctica sea lo que pide la teoría.

La teoría es que cada ciudadano tenga el derecho de elegir, y elija libremente (prescindamos ahora de la mayor o menor extensión del derecho). –La teoría es también que haciéndolo así, la elección ha de recaer naturalmente sobre los hombres eminentes, pues se supone que estos gozan de popularidad.

La práctica, contraria a la teoría, es: que no siempre los hombres eminentes gozan del favor popular. –Que muchas veces lo gozan sujetos indignísimos. –Que el intrigante sabe fascinar a la multitud, y el sabio y el probo carecen de este talento tan necesario en época de elecciones.

La experiencia acredita también que al ejercicio libre del derecho electoral se oponen cincuenta mil obstáculos, de los cuales son los más frecuentes y patentes, la indiferencia, la pereza, la ignorancia, el miedo, el soborno, la envidia, la ambición, el amor propio, el espíritu de partido, el compadrazgo, la influencia del rico sobre el necesitado, del astuto sobre el simple, del poderoso sobre el oprimido, &c., &c., &c., &c. –No hablamos ni de las malas artes de los ministros, ni de las trampas que todos los partidos procuran hacer en el acto de la elección.

Aun cuando la práctica no siempre corresponda a la teoría, eso no quiere decir que la teoría sea mala. Lo mismo sucede en todas las demás cosas del mundo. Nada hay más recomendable que la caridad; nada sin embargo se practica menos.

Si por ejercicio libre del derecho electoral entiende el comunicante un acto en que no influyan absolutamente las pasiones humanas, nada hay más imposible. En todas las acciones del hombre han influido, influyen e influirán los estímulos que enumera.

Esa teoría nos lleva al absurdo de condenar para lo presente y lo futuro cuantas instituciones puedan idearse, pues a todas tienen que afectar de un modo más o menos directo nuestras debilidades y miserias, como no sea que nos convirtamos en ángeles.

Pero supongamos, for argument sake, que nada de eso es así: que es posible una elección conforme a la sublime teoría. ¿Resultará nunca una Cámara compuesta de dos o trescientos miembros, todos igualmente sabios, todos igualmente discretos, prudentes, probos, patriotas y consumados en todas las materias que se han de poner a deliberación? —NO. —Pues entonces cómo se ha establecido el contar los votos en vez de pesarlos? Y para pesarlos ¿quién se encargaría de construir una balanza, y quién de tenerla suspendida y observar el fiel?

El sistema de las mayorías establece: que una cosa es verdad o deja de serlo, es conveniente o deja de serlo, porque la mitad más uno de los individuos reunidos en una hora dada (en que tal vez se hallan ausentes los más competentes) pronuncian un o un no.

La razón y la filosofía proclaman que esto es absurdo; la experiencia lo confirma. Si Colón hubiera de haber sometido su proyecto a una cámara y el ministro haber pedido fondos para armar las famosas carabelas, aun estaría por descubrir el Continente occidental. Copérnico, Galileo, Fulton han tenido contra sí las mayorías. Ya era bien entrado el siglo XVII cuando Guillermo Harvey dijo que la sangre circulaba en el cuerpo del animal; y la mayoría lo declaró absurdo, y hubo de costarle la vida la novedad de su doctrina. Esa es la suerte de toda idea nueva y superior a la inteligencia y a las preocupaciones vulgares. Ahora bien, pues que para salir de nuestro triste estado es necesario innovar, es evidente que el que someta al juicio de una asamblea sus innovaciones, naturalmente tendrá en contra suya la mayoría. –De aquí nació en Francia la singular paradoja de que siempre las MINORÍAS tienen razón. El principio así enunciado es absurdo, pero no hay duda en que siempre los hombres que se adelantan a su siglo son los menos, y que sus ideas están de tal manera en minoría, que casi todos son tenidos por locos. Por eso dice el poeta más filósofo{ * } del siglo presente:

Vieux soldats de plomb que nous sommes,
Au cordeau nous alignant tous,
Si des rangs sortent quelques hommes,
Tous nous crions: á bas les fous!
On les persécute, on les tue;
Sauf, apres un lent examen,
A leur dresser une statue,
Pour la gloire du genre humain.

Nuestra conducta diaria está en contradicción con ese sistema de mayorías, pues a fe que en circunstancias apuradas, la práctica no es poner el remedio a votación general. Cuando un buque combatido por la tempestad está a punto de perderse, ¿somete acaso el capitán la maniobra que ha de hacer al voto de la mayoría de cuantos están a bordo? –No: todo lo mas que hace es consultar a sus oficiales y prácticos, y aun así, se reserva el derecho de obrar con arreglo a su propio juicio.

Cuando peligra un enfermo, ¿se decide entre la familia y amigos por mayoría de votos el plan curativo? No. Todo lo mas es celebrar consulta de médicos, y el de cabecera decide después soberanamente.

Pero dar la soberanía de la decisión en materias especiales a un agregado de hombres que no pueden ser universales, ¿no es soberanamente absurdo?

¿Conviene tal sistema tributario? ¿Conviene tal arancel? ¿Conviene aumentar o disminuir el ejército? ¿Conviene establecer una legación en tal parte? –Estas cuestiones las votan todas el militar, el teólogo, el médico, el literato, el labrador, el fabricante; ignorantes los más en cada materia, e interesados muchos de ellos en la resolución.

—Mas siendo la decisión por mayorías base de todos los sistemas representativos, ya monárquicos, ya republicanos, el que combate esa base (dirá El Clamor) se declara absolutista.

¡Clamor amigo! cuando los muchachos juegan a la gallina ciega, si el que tiene vendados los ojos va con los brazos abiertos a abrazarse a un poste creyendo atrapar a un prójimo, le gritan los demás: ¡Tocino! –Esa es mí contestación, y perdona si tiene algo de chabacana. Yo impugno lo que me parece impugnable: si del sistema político de monarquía absoluta se tratara, también me parece que podría demostrar su imposibilidad y lo absurdo de sus bases.

—¿Pues qué se ha de sustituir si los tres sistemas políticos conocidos son absurdos?

¿Y quien nos manda (contestaré yo preguntando) andar buscando sistemas políticos?

Pues entonces (me replica El Clamor) daremos en la anarquía? —¡Tocino!

¿En el comunismo? —¡Tocino!

No te canses, amigo Clamor, alea jacta est: el impulso está dado; el movimiento no puede ya ni retardarse ni precipitarse más de lo que plazca al supremo árbitro. Entretanto, el deber de todo filósofo especulativo es buscar la verdad absoluta para que reemplace a las verdades relativas que hoy se hallan entronizadas. Una vez descubierta aquella, desaparecerá la división de mayorías y minorías. El filósofo práctico, los hombres de gobierno, los filántropos, los patriotas (tomadas todas estas palabras en su buena acepción) lo que deben hacer es contribuir con celoso ardor a mejorar la condición material, intelectual y moral del pueblo y no a imaginar programas políticos. –Aun esta obra que yo propongo es obra de destrucción, ya lo sé; pero hay diferencia entre volar un edificio con una mina, o ir metódicamente con la piqueta en la mano desmoronándole para descubrir los cimientos. Ahí está el mal, en los cimientos, y ahí se ha de poner el remedio! Y aunque nosotros no queramos, el remedio vendrá!

El comunicante padece un grave error si cree que ha de encontrar la verdad absoluta en política. La que para uno sea la verdad absoluta, será para otros una mentira solemne. ¿Dónde está la verdad absoluta? ¿Puede haber nunca unanimidad en las opiniones?

Aconsejar que se trabaje con ardor para mejorar la condición de los pueblos, no es decir nada. Con ese objeto deseamos y queremos que se planteen nuestros principios: con ese objeto aspiramos a dotar al pueblo español del goce de todas las libertades.

¿Y qué entiende el comunicante por humanismo? Muy apurado había de verse el filósofo alemán Krause para darnos una definición matemática de este sistema.

¡Socialismo! –exclamarán algunos escandalizados. No: humanismo, humanismo, como dice el filósofo alemán Krause.

Si este escrito no fuera ya tan largo que me impide discutir otros puntos del programa, yo probaría al Clamor que su sistema y el del Heraldo y el de la Esperanza van derechitos a parar al socialismo.

Me contentaré para concluir con indicar, meramente indicar, algunos artículos del programa que me parecen bien poco progresistas.

Libertad de enseñanza.– Esto quiere decir anarquía en la enseñanza, mientras no se halle conocida y divulgada la verdad absoluta. Siendo esta una, y los errores muchos, es evidente que de 30 profesores que enseñen doctrinas diversas, los 29 a lo menos enseñan el error, y se emplean libremente en pervertir el entendimiento y la razón de la generación naciente. Uno enseñará el ateísmo, otro el deísmo, otro el politeísmo; otro proclamará el Trimurti o Trinidad simbólica del Omnipotente, diciendo que sus tres atributos de crear, conservar y destruir se llaman Brahma, Wirchnou y Schiva. Un profesor enseñará la irresponsabilidad de las acciones humanas, otro el fatalismo, otro la doctrina del libre albedrío, otro la contraria. Quién querrá sujetar la razón humana a la autoridad sacerdotal, quien la declarará independiente e infalible. –¡Qué confusión! ¡qué caos! ¡qué anarquía!

Es decir, que mientras se descubre la verdad absoluta, se declara el comunicante por el monopolio de la enseñanza. Para evitar la anarquía cae en el despotismo. Prefiere al caos de donde ha de brotar la luz, la opresión sistemática y regularizada del pensamiento, de donde no deben esperarse mas que tinieblas.

¿Y cómo se ha de ir en busca de la verdad absoluta, estando prohibidas la competencia de doctrinas que estimula, la comparación que ilustra, la discusión que enseña? ¿Pues qué si hay error al lado de la verdad, ha de ser mas nocivo por dejar que se administre en pequeñas porciones, que dándolo en una sola toma? ¿Es preferible, acaso, el error oficial que el suministrado libremente? En una palabra, fuera de la enseñanza universitaria, fuera de esa enseñanza obligatoria, se han hecho todos los descubrimientos y adelantos humanos.

Enseñanza gratuita.– Si, pero forzosa: mientras el Estado no imponga la ilustración, el pueblo no se ilustrará, y como la ignorancia en rigor de justicia no es responsable de sus acciones, queda el gobierno con un derecho muy dudoso de castigar los crímenes.

Abolición de la pena de muerte para los delitos políticos. –¿Y nada mas? –¡Oh progreso!

¿Le parece poco al comunicante la abolición de la pena de muerte por delitos políticos? Dígalo, y cuando sepamos su opinión, le manifestaremos si estamos dispuestos a avanzar algo mas. Entonces podremos discutir sobre si es mejor la filosofía de Livingston, Becaria y Lucas, que la de Rossi y Simeón.

Basta, Clamor amigo, no quiero cansarte mas, ni hay tiempo de examinar los artículos de libertad de industria y de trabajo. –Libertad de asociación y otros varios.

Perdón si me atrevo a combatir todo tu sistema o sus principales bases. Veo que en el fin estamos conformes, que en los medios diferimos: y me quedo con el triste convencimiento de que bajaré al sepulcro sin el consuelo de ver a los hombres ilustrados de mi país en el camino siquiera de realizar mis dorados ensueños!!

———

{ * } Nota del PFE. Los versos se corresponden con la primera estrofa de «Les Fous» (1832), de Pierre-Jean de Béranger (1780-1857), que tanto influyó en los sansimonianos de los años treinta. Publicada por ejemplo en Oeuvres complètes de P.-J. de Béranger, tomo tercero, París 1836, págs. 138-140 (y las notas de las págs. 189-190).

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