La Esperanza
Periódico monárquico
 
Madrid, miércoles 8 de noviembre de 1854
año undécimo, número 3.084, página 3

[Programa de El Diario Español]

Periódicos de la capital

El programa de El Diario Español que ayer dejamos colgando, es el siguiente:

«El Diario Español no se da por satisfecho con la declaración de la soberanía nacional como fuente de todos los poderes y derechos; quiere más todavía.

El Diario Español no se da por contento con el establecimiento del sufragio universal, con la supresión de las quintas, del ejército y de toda fuerza armada; quiere mas todavía.

A El Diario Español le parecen cosas de poco momento la sustitución de la forma monárquica por la republicana, y la democratización absoluta y completa del Estado; quiere más todavía.

El Diario Español no se limita en sus deseos a la negación de todo gobierno y entronizamiento de la anarquía como forma social; quiere más todavía.

El Diario Español considera como reformas mezquinas e insignificantes todas las reformas economistas propuestas por cuantos se han ocupado de esta ciencia, desde Smith hasta Proudhon; quiere más todavía.

El Diario Español, no solo es partidario de la unión ibérica, sino de un cosmopolitismo indefinido; anhela la demolición de las fronteras, la fusión de todas las nacionalidades y la resolución en uno idéntico de todos los idiomas; pero quiere mas todavía.

El Diario Español cree que no solo deben suprimirse las diferencias internacionales, sino que es absolutamente indispensable establecer relaciones interplanetarias, y aplicar después a todos los sistemas siderales el principio cosmopolita; pero quiere más todavía.

El Diario Español cree que el vapor, la navegación aérea, la electricidad y otros inventos por el estilo, de que tan envanecidos estamos los hombres del siglo XIX, son nada comparados con la desaparición total de las distancias y de la sucesión; y por eso queremos la supresión de esas dos molestas formas de la sensibilidad humana; la supresión del tiempo y del espacio; pero queremos más todavía.

El Diario Español no se aquieta con que la humanidad salga triunfante en su lucha tenaz y encarnizada con la materia; quiere la muerte de este enemigo insolente, rebelde y audaz; quiere la reversión al éter cosmogónico de ese fenómeno que al fin y al cabo no es una cosa real y positiva; que es un ser aparente y tan engañoso como vil; quiere, en, una palabra, la supresión de la materia; pero quiere más todavía.

El Diario Español encuentra demasiado incómoda y pesada la necesidad de discurrir, de pensar, de estudiar, de razonar; quiere, por consiguiente, la abolición del estudio, de la razón y del discurso; quiere una inteligencia intuitiva; quiere la visión inmediata de los noúmenos, de las cosas como son en sí; pero quiere más todavía.

El Diario Español no se contenta con la república de Platón, ni con la Ciudad del Sol de Campanella, ni con la utopía de Tomás Moro, ni con la perfectibilidad ilimitada de Condorcet, ni con la rehabilitación de la carne de Saint-Simon, ni con el comunismo de Cabet, ni con el socialismo de Louis Blanc, ni con el misticismo humanitario de Pierre Leroux, ni con el sentimentalismo democrático de Lamartine, ni el radicalismo poético de Víctor Hugo, ni el demagogismo frenético de Mazzini, ni el anarquismo de Proudhon, ni el positivismo de Augusto Comte, ni el humanismo de Feuerbach, ni con el mesianismo de H. Wronski, &c., &c.; quiere más todavía.

El Diario Español quiere la supresión del elemento corporal humano; quiere la supresión de la humanidad; quiere su espiritualización absoluta; y que, por consiguiente, desaparezcan todas las antiguas formas de gobierno para dar lugar a una nueva que podemos llamar psipocrática, o sea el gobierno del mundo por los espíritus; pero quiere más todavía.

El Diario Español, en la delirante pasión que le agita por el progreso, no puede suscribir a que el momento a que se refiere el párrafo anterior sea el estado definitivo de las cosas; protesta contra la escisión de lo finito y de lo infinito; se rebela contra la desmembración, dispersión y atomización, por decirlo así, de la sustancia divina; anhela una síntesis suprema del objeto y del sujeto, del yo y del no yo, del Criador y la criatura, del saber y del ser, de lo absoluto y de lo relativo; quiere, en una palabra, que los universos se conviertan en el ESPÍRITU y después en el VERBO; y, últimamente, en el PADRE; es decir , en la modificación cristiana del Jeovah hebreo; pero quiere más todavía.

El Diario Español, tras de este Dios personal, inteligente, providente, justo, &c., ve lo que, a falta de otro nombre, llamaremos lo indecible, lo inefable, lo inimaginable, lo archiabsoluto, la NADA acaso; y quiere que la materia humanizada, y la humanidad espiritualizada, y la espiritualidad deificada, reciban esta nueva faz indefinible; pero queremos más todavía.

El Diario Español, al través de esa monotonía e identificación absolutísimas, vislumbra una serie infinita de trasformaciones, evoluciones y creaciones sobre las cuales no puede pensar sin riesgo de que se reblandezca, evapore y aniquile su delicado y trabajado cerebro.

Este es el programa de El Diario Español, que por parecernos estrecho, limitado, retrógrado, moderado, conservador, no nos habíamos atrevido a exponer en estos tiempos de progreso eléctrico y de inteligencias salomónicas.

Este es el programa que habríamos presentado a la alta capacidad de los comicios, si no hubiéramos temido que su sabor reaccionario hiciera fracasar nuestras candidaturas.

Este es el programa cuya aparición tal vez se califique ahora de un nuevo acto de desesperación electoral.

Este es el programa que nosotros esperábamos con jubilosa impaciencia ver enmendado, corregido, desenvuelto, continuado y completado por la prensa progresista, democrática, avanzada.

Este es el programa que, a pesar de todo, creíamos, en la pequeñez de nuestras inteligencias, impracticable, y el que nos movió a proferir la blasfemia de que entre la filosofía y la política, la ciencia y el arte del gobierno, tales como nosotros las concebíamos, mediaba una distancia que acaso no se salvaría jamás.

Ahora, si por filosofía se entiende el que venga uno diciendo: ¡Abajo los derechos sobre el vinagre, la carne, el aceite, las cebollas y demás artículos comestibles, y todos digamos ABAJO!!

Si por filosofía se entiende el que otro grite con gran énfasis, cúmplase la voluntad nacional, y todos gritemos ¡que se cumpla!!!

Si por filosofía se entiende el que este victoree el programa de Manzanares, y respondamos todos ¡Viva el programa de Manzanares!!!

Si por filosofía se entiende el que se aparezca el marques de Albaida maldiciendo las quintas, y todos repitamos en coro ¡Maldición!!!

Si por filosofía se entiende el que llegue otro proclamando la omnipotencia de las Cortes constituyentes, y pronunciemos los demás la palabra ¡Amen!!!

Si por filosofía se entiende el que otros anatematicen la centralización, y todos respondamos ¡Anatema!!!

Si por filosofía se entiende:

La sed hidrópica de empleos;

La paralización completa de la industria y del comercio;

La inminencia de la bancarrota;

La inquietud social;

La relajación de los vínculos morales;

La anarquía de las ideas;

La contienda de las ambiciones;

La impotencia del poder;

La degradación de los partidos;

La pequeñez de los hombres mas grandes;

El malestar del país;

La emisión incesante de ideas desorganizadoras;

La carencia absoluta de las más triviales nociones de gobierno;

El empirismo aplicado a todos los ramos de la administración;

La profusión de las declamaciones;

El amontonamiento de vacías generalidades;

La vaguedad de los principios;

La sustitución del movimiento sin objeto al progreso fecundo;

El ataque contra todo lo existente;

El silencio sobre la manera de llenar el vacío que dejen las instituciones abolidas;

El sofisma ocupando el lugar de la razón;

La imaginación prevaleciendo sobre el buen sentido;

Las tradiciones confundidas con los abusos inveterados y condenadas al mismo suplicio;

La voz de la experiencia desoída o menospreciada;

Suplantados o desconocidos los verdaderos sentimientos del país...

Si por filosofía se entiende la combinación arbitraria o fortuita de las palabras soberanía nacional, democracia, progreso, eclecticismo, perfectibilidad, emancipación, fraternidad, solidaridad, humanidad, conciencia, razón, inteligencia, derechos, &c., &c.,

Si por filosofía se entiende todas estas cosas y otras muchas más que pudiéramos agregar hasta convertir en un grueso volumen este artículo de regulares dimensiones, ¡oh! entonces tiene razón nuestro colega El Adelante; entonces no existe diferencia alguna entre la teoría y la práctica, entre la filosofía del derecho y la política; entonces es portentosamente fácil recorrer la distancia que, en nuestra vista de miopes habíamos creído insalvable; entonces nos hallamos ya muy próximos, casi tocamos la realización del bello ideal

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