Semanario Pintoresco Español
 
Madrid, 20 de octubre de 1856
nº 42, páginas 329-334

José Amador de los Ríos

Juan de Mal-Lara

Su filosofía vulgar

Juan de Mal-Lara, Semanario Pintoresco Español, 20 de octubre de 1856 Escasas y confusas son las noticias que de este docto sevillano han visto hasta ahora la luz pública, no pudiendo menos de causarnos admiración el que tan poco caso se haya hecho de uno de los más esclarecidos ingenios del siglo XVI y que más profundamente comprendieron el espíritu y las necesidades de su época. Juan de Mal-Lara, citado apenas por los críticos de nuestro tiempo, era en verdad digno de que se le tributase algún homenaje de reconocimiento, como humanista, como maestro de la juventud sevillana de aquel siglo tan feliz para el nombre español, y finalmente como filósofo. Desconocidas, sin embargo, sus principales obras por la mayor parte de los que han estado en situación de hacerle justicia, o leídas quizá con demasiada precipitación, nadie ha dicho de él mas de lo que Juan de la Cueva nos refiere en su Ejemplar poético, y Moratín en sus Orígenes del teatro; nadie ha tratado de reconocer sus obras, para llenar este vacío que en la historia de nuestra literatura se advierte: y en ninguna parte mas que en sus producciones existían las noticias, de cuya falta tanto se han lamentado nuestros modernos escritores. En efecto, en la obra, cuyo título ponemos al frente del presente artículo, hemos encontrado nosotros los datos apetecidos: la Filosofía vulgar, esa obra de que no hacen mención alguna los historiadores, nos ha dado a conocer enteramente a Juan de Mal-Lara, nos ha revelado sus estudios, sus conocimientos y el espíritu filosófico que fue el alma de sus producciones. Después de conocerle, después de admirarle, hemos querido que el público le conociera también y hemos tomado la pluma para indicar a los jóvenes estudiosos y a los eruditos las fuentes en donde pueden saciar la curiosidad, excitada al escuchar el nombre del entendido escritor y poeta sevillano, a quien se han prodigado, sin conocerle, los mayores elogios.

Nació Juan de Mal-Lara en la capital de Andalucía, cuna de celebrados ingenios, a fines del primer tercio del siglo XVI, siendo sus padres Diego de Mal-Lara y Beatriz Ortiz, personas ambas de honradas familias, aunque pobres. Ejercitábase Diego de Mal-Lara en la enseñanza de las primeras letras, y notando que su hijo manifestaba gran disposición para los estudios, resolvióse a que los continuara, poniéndole al cuidado del maestro Pedro Fernández, quien le enseñó en breve la gramática griega y latina, cuyas lenguas poseía perfectamente, según el dicho del mismo Mal-Lara. Dedicóse después al conocimiento del hebreo y del árabe, haciendo en todos estos estudios tan considerables adelantos que decidieron a su pobre padre a enviarlo a la Universidad de Salamanca, que gozaba de grande nombradía, para que prosiguiera los estudios mayores, frase con que principalmente se designaban la filosofía escolástica y la teología, que eran entonces, en especial la última, las ciencias de mas importancia que en aquella Universidad se cultivaban. Permaneció allí por el espacio de seis años, en los cuales cursó ambas facultades, siendo sus catedráticos, entre otros profesores, los maestros [330] León de Castro, Miguel de Palacios y Juan del Caño, quienes por ser Mal-Lara de natural dulce y afable, le tomaron grande cariño, conservando con él estrechas relaciones. Empapóse en aquella ciudad en el estudio de los poetas griegos y latinos del mejor tiempo, y manifestó desde luego su grande inclinación a la poesía, escribiendo una silva en verso latino en alabanza de las mujeres célebres, tanto antiguas como modernas; trabajo que fue recibido con aplauso por los hombres más entendidos de Salamanca, impulsándole a continuar estas sabrosas tareas. Comenzó entonces el poema titulado los Trabajos de Hércules, escrito en octavas, del cual solo han llegado a nuestras manos algunos excelentes trozos que cita en su Filosofía; y escribió para que se representase en las escuelas de tan insigne Universidad una comedia, a que puso por título Locusta, dando el primer ejemplo en España de la comedia de costumbres, en que se contuviera el pensamiento moral, propiamente hablando. Compuso además algunas églogas, en las cuales se propuso siempre un fin, reprendiendo sagazmente los vicios que en sus contemporáneos notaba, como refiere él mismo en la Centuria X de la citada Filosofía, al desaprobar la costumbre poco racional que obligaba a los hijos a seguir una carrera contraria a sus inclinaciones, por complacer a sus padres.

Pasó después a Valencia, donde permaneció algún tiempo, yendo finalmente a Barcelona y terminando allí sus estudios bajo la dirección del maestro Francisco de Escobar y los auspicios del canónigo y Vicario general de aquel obispado don Francisco de Solsona. Restituyóse al cabo a su patria en 1549, no sin haber dado antes la vuelta antes por Salamanca, con el objeto de despedirse de sus maestros y amigos; volviéndose a representar en esta ocasión la Locusta, obra que había él mismo traducido ya al idioma de Virgilio. Recogió en estos viajes cuantas noticias pudo haber a las manos sobre diferentes asuntos, y observó muy particularmente las costumbres del pueblo, cuyo estudio le parecía muy interesante, apartándose hasta cierto punto de la opinión que mas boga alcanzaba en aquella época entre los eruditos. Creía Mal-Lara que el estudio de la antigüedad podía prestar grande utilidad a las ciencias y a las artes, y que la historia de los griegos y los romanos debía tenerse presente para sacar de ella profundas lecciones; y dolíase de que tan poco aprecio se hiciera en España de los estudios históricos, prorrumpiendo en estas palabras. «Nosotros los españoles tenemos en poco las hazañas de los nuestros y dejámoslas escurecer y aun gran parte es el odio que hay entre muchos, para que se cubran los grandes hechos. Lucio y Floro, aunque los abreviaran no se olvidarían de ellos.»

Estuvo ausente de su patria por el espacio de diez años según refiere en la Centuria I, hablando de la magnificencia de Sevilla; y vuelto a esta ciudad famosa, se consagró a la enseñanza de la juventud, como expresa él mismo en estos términos: «Querer yo alabar la muy noble y muy leal ciudad de Sevilla, a donde yo nací y donde me crié y comencé mis estudios de gramática latina y griega, debajo la doctrina del muy honrado maestro Pedro Fernández, clérigo y presbítero, de cuya escuela salieron tantos doctores y maestros como en Sevilla hay, siendo padre de los buenos ingenios de esta ínclita ciudad, de a donde estuve ausente diez años, en Universidades insignes, oyendo muy doctos maestros, a donde con gran deseo viví de volver a ella y a donde resido, sirviendo a mi patria con lo que pude traer enseñándole a sus hijos con toda la diligencia que yo puedo; no es razón que tan sumariamente ponga por obra, temiendo ser grande el atrevimiento en un pequeño número de palabras comprender cosa tan grande.» –En los momentos que le dejaban libres tan penosas tareas, no abandonó Mal-Lara sus estudios, ni menos se olvidó de que ardía en sus venas el sagrado fuego de la poesía. Escribió, pues, algunas comedias y tragedias, entre las cuales tuvieron singular aplauso los Celosos y Absalón; concluyó el poema de los Trabajos de Hércules; hizo varias églogas representables, siendo las más aplaudidas las intituladas Laurea y Narciso; y emprendió últimamente tres poemas llamados la Sinforosa, en el cual trató del martirio de los santos, la Muerte de San Hermenegildo, patrón de Sevilla, y el Martirio de las santas Justa y Rufina, obra que trasladó también al latín en elegantes versos{1}. Aunque la mayor parte de estas producciones han desaparecido, quedándonos solamente algunos fragmentos y sus títulos, para conocer el estilo poético de Mal-Lara, parécenos conveniente el trasladar aquí las siguientes octavas de la Sinforosa, en que describiendo el incendio de una ciudad, pinta la piedad filial de esta manera:

Miran su padre y madre ya cansados,
sentarse en el umbral muy congojosos
no pudiendo huir, del miedo atados,
y por la edad antigua perezosos.
Los hijos de piedad alta inflamados,
por salvar a los dos van presurosos:
el uno en la cabeza alza a su padre,
el otro puso en hombros a su madre.

Dejad las ricas joyas avarientos,
la presa que hicisteis para el fuego,
¿No veis los juveniles pensamientos
contrarios de vuestro ánimo tan ciego?
¡Qué ricos! ¡Cuan dichosos! ¡qué contentos
salen por las hogueras los dos luego!...
el padre y madre solo es la riqueza
que robaron los dos con gran destreza.

Por medio de las llamas encendidas
dando el fuego señal de conservallos
iban por las pisadas conocidas,
el calor aun no osando maltratallos.
Porque los via dignos de mil vidas
vergüenza grande tuvo de dañallos:
o sublime piedad de alta ventura,
virtud para los hombres muy segura.

Pero si Mal-Lara se entregaba en sus ocios a tan gratas tareas, no olvidó tampoco lo que debía a sus discípulos y al ministerio que desempeñaba, consagrando sus vigilias a otra clase de obras de utilidad más inmediata para aquellos. Escribió con este designio una Gramática Castellana, teniendo presente la ortografía del maestro Alejo de Venegas, a quien elogia mucho en diferentes ocasiones; compuso un Diálogo sobre la lengua española comparada con la griega, diálogo que consultó con el maestro Francisco de Vergara, catedrático de griego en Alcalá de Henares; formó un erudito Discurso de la lengua arábiga, haciendo importantes observaciones sobre la literatura de los sarracenos; emprendió una obra de filosofía moral con el título de Peregrinación de la vida; hizo la descripción de las fiestas con que en 1570 recibió a Felipe II la ciudad de Sevilla, fiestas dirigidas por el mismo Mal-Lara; y finalmente dio a luz la Filosofía vulgar, que es quizá la mejor de sus producciones y una de las más interesantes obras de su tiempo.

Redúcese la filosofía vulgar a una explicación de los más importantes refranes castellanos, precedida de ciertos preámbulos, en los cuales se propone probar cuerdamente Mal-Lara que la primera forma de la filosofía ha sido constantemente y en todas las naciones la del proloquio o del adagio, propiamente dicho. En efecto: después de examinar la historia de la civilización de los pueblos, después de [331] haber observado cómo se han ido desarrollando en su seno los elementos y los principios de las ciencias, pasando por tan diferentes aspectos hasta llegar a constituir un cuerpo respetable de verdades que puedan sufrir sin detrimento el toque de la análisis, imposible nos parece el encontrar otras primitivas fórmulas a la filosofía, que no es en aquel estado mas que la suma de los principios de la moral de los pueblos, sometida a sus largas especulaciones y a sus buenos instintos. Mal-Lara, que había logrado comprender esta verdad, demasiado luminosa tal vez para unos tiempos en que solo se respetaba y reconocía la filosofía de las aulas, con una convicción profunda que contrastaba singularmente con su virtuosa modestia, acometió sin pretensión alguna la difícil obra de explicar y ordenar la Filosofía del vulgo, disculpando los defectos de su escrito con estas palabras dirigidas a sus lectores: «Sepan ser esta la primera mano de glosar en castellano refranes y agradézcaseme el haber yo desbastado la madera.» Mal-Lara no fué, sin embargo, tan exacto como debía al hacer esta declaración: ya en tiempo de don Juan II había recopilado don Iñigo López de Mendoza algunos refranes, que se publicaron quince años antes que los de Hernán Núñez, con algunas glosas puestas por Mosen Pedro Vallés, en la ciudad de Zaragoza. Pero el trabajo del humanista sevillano no deja por eso de ser menos estimable: nadie se había atrevido, como él, a criticar las costumbres de su tiempo, nadie había pensado en poner en ridículo los extravíos de un caballerismo exagerado, que no podía ya estar de acuerdo ni con el espíritu de la época, ni con la nueva Constitución de la monarquía, y nadie en fin había tenido valor bastante para satirizar el ergotismo de las Universidades, que tantos y tan esclarecidos talentos había ahogado bajo la balumba silogística. Sin presentarse Juan de Mal-Lara como el paladín de la reforma, lo cual hubiera valido tanto como romper las armas antes de entrar en el palenque, dejó caer de su erudita pluma las máximas saludables que debía a sus estudios, sembró dulcemente la crítica en toda su obra y llegó hasta usar de la sátira sin apercibirse de ello y sin que los lectores lo esperasen tampoco. Su lenguaje es sencillo, así como su estilo que no puede ser más natural y adecuado al objeto que se había propuesto. Para dar más amenidad e interés a su obra, sembró en ella trozos de poesías, sacados de los más célebres autores sus coetáneos, tradujo con admirable exactitud y elegancia multitud de pasajes de escritores griegos, hebreos y latinos, y recurrió a la autoridad de los mas ilustres ingenios, para que sirviesen de apoyo a sus doctrinas. No nos parece fuera de propósito el trasladar a este sitio algunos epigramas que cita al explicar los refranes, propios unos y traducidos otros, como a continuación veremos. Cuando en la Centuria VI llega al adagio: «Apaña suegro para quien te herede: manto de luto, corazón de nieve,» pone estos cuatro versos:

El llorar del heredero
risa es disimulada:
la cara es la disfrazada
y el corazón placentero.

Al explicar: «Después que te erré, nunca mas te pensé,» traduce el siguiente pasaje de la sátira VI de Juvenal, que ingiere en la epístola dirigida a Fabio Bartolomé Leonardo de Argensola:

Brava con el marido, como tigre,
de su mal sabidora, el gemir finge
contra sus hijos: que hay combleza inventa,
llora siempre con lágrimas que manan
en abundancia y siempre aparejadas
en su puesto, esperando que las llame.

Lástima es que en estos versos abunden tanto los asonantes, destruyendo en parte la armonía de su construcción. En el refrán: «La que con muchos se casa a todos enfada,» pone estas redondillas, traducidas del epigrama XVI del libro IX de Marcial:

Donde sus siete maridos
Cloe tiene sepultados,
para mostrar cuan amados
le fueron y cuan queridos,
ha mandado allí escribir
que ella les dio sepultura;
y escribió la verdad pura,
que ella les hizo morir.

Conocidas ya estas muestras de la versificación de Mal-Lara en el género satírico, no será mal que expongamos algunas de otra especie. En el refrán «quien no entra en la mar, no sabe a Dios rogar» se halla la traducción del salmo de David Invoca me, principiando de esta manera:

Llámame, pecador, en cualquier día
que estés atribulado; yo prometo
librarte y lo terné por gloria mia.

Así traduce también la bellísima canción de Petrarca que comienza «Vergine bella che di sol vestita etc.»

Virgen clara que estás en solio eterno,
estrella de este mar tempestuoso,
de todo fiel piloto cierto guía,
mira en cuan gran tormenta sin reposo
me hallo agora solo y sin gobierno
y cuán cerca me está la muerte mía.

Hemos dicho que Mal-Lara criticó en su Filosofía vulgar las costumbres de su tiempo, satirizando el ergotismo de las Universidades y poniendo en ridículo el espíritu caballeresco, que no estaba ya de acuerdo con las creencias y necesidades de su época: y todo esto necesita de algunas pruebas. En el refrán «hijos de ciudad a la soga del buey,» incluso en la Centuria VII, declama con la mayor vehemencia contra la inclinación que manifestaban ya los jóvenes sevillanos a frecuentar el matadero. «Si quieren saber (dice) dónde se han de hallar los hijos de mi tierra y gran ciudad, no en estudios, no en iglesias, no en oficios honestos, no sirviendo a sus padres y señores, no en escuelas, ni en otra cosa mas que a la soga del buey, que tienen los carniceros atado al matadero.– Por esto, añade, que si resucitara un viejo de aquellos tiempos en que peleábamos con los moros a la puerta, dijera: ¿Qué manera de hombres tan bárbaros viven en mi tierra?...» Aquí no pudo menos de perder Mal-Lara su natural templanza. La glosa del refrán segundo de la Centuria X se dirige toda contra los que sin tener mas ciencia que haber asistido a la Universidad por algún tiempo, defendido en ella unas lecciones que les había dado algún amigo para que las tomasen de memoria ,y recibido, en fin, los grados de bachilleres o de licenciados en artes, aprendiendo a torcer los labios, manotear, descomedirse con los que argüían mejor que ellos, dar grandes voces y despreciar las dificultades, se creían ya unos sabios, siendo muy sensible que estuviesen las escuelas infestadas de semejante plaga. Del mismo modo escribe contra los que sin tener los honrosos títulos que sus antepasados, exigían que se les rindiera igual vasallaje, sin advertir que había desaparecido ya su preponderancia y que se les había escapado el poder de las manos. Otra clase de personas existían en tiempo de Mal-Lara, a las cuales no podía ver sin irritarse. Hablamos de los médicos. En todas las ocasiones que se le ofrecen, se deja caer sobre los doctores de su tiempo quizá con una severidad exagerada, lo cual nos hace sospechar que había recibido de ellos alguna grave ofensa, o que le habían matado algún pariente o amigo, por falta de diligencia o por sobra de ignorancia. [332] El mismo Mal-Lara llega a reparar en su actitud y para disculparse, dice en el refrán décimooctavo de la Centuria X: «Diráme alguno que ¿por qué persigo esta manera de hombres, que se hacen médicos sin tener letras, cordura, experiencia, edad, ni dineros con que dilatar las curas?... Por que va mucho en ello a la república: que son gente que puede matar sin pena, y sus pecados encubre la tierra.» Respecto a este último punto es preciso confesar que no hemos hecho en el espacio de tres siglos grandes progresos.

Escribía Juan de Mal-Lara la Filosofía vulgar por los años de 1556, si bien había empleado en reunir materiales mucho tiempo, siendo la obra que llamó mas seriamente su atención desde su vuelta a Sevilla y queriendo dejar en ella un testimonio irrecusable de los grandes estudios que había hecho, tanto de los poetas y filósofos griegos y latinos, como de los italianos, franceses y españoles que se habían señalado hasta su época. Pero a pesar de que hizo gala en la Filosofía de una erudición portentosa, no incurrió en el reprensible abuso de amontonar citas impertinentes, que tan común se hizo en el siguiente siglo, dando al traste con las bellas letras y ahogando los mas aventajados talentos. Mal-Lara supo usar de su erudición con una oportunidad y parsimonia que demuestran su buen juicio, y si bien llegó a ser en algunos pasajes demasiado difuso, no por eso dejó de presentar con novedad sus doctrinas, explicando casi siempre con mucha felicidad el origen de los refranes y su sentido moral, sin apartarse jamás de la buena crítica. Por estas razones el libro de Mal-Lara, que ha llegado a hacerse bastante raro, es muy interesante bajo diferentes aspectos. En él se encuentran resumidas las creencias religiosas y políticas del pueblo español bajo las primeras formas que recibieron al constituirse la monarquía; en él los aficionados a los estudios arqueológicos hallan importantes y curiosas descripciones de las costumbres de nuestros abuelos; los que se dedican al conocimiento de la historia pueden recoger multitud de hechos ignorados por los autores de mas nota; y finalmente los jóvenes entregados al cultivo de las humanidades, encuentran en este libro un curso de literatura antigua y moderna de tanto mas fácil acceso cuanto que está entretejido de halagüeñas y entretenidas historietas, que no pueden menos de cautivar el ánimo de los lectores.

Al terminar el examen de esta obra, examen que requería tal vez mas ancho campo, no podemos pasar en silencio el apuntar que se ha atribuido a Juan de Mal-Lara por el docto Rodrigo Caro en sus Claros varones de Sevilla un soneto, dedicado a Hugo Hels Frisio, por haber entretejido en un reloj las armas de la casa de Rojas: ni el lenguaje, ni otra alguna de las circunstancias del expresado soneto guardan la mas remota semejanza con el estilo, y el lenguaje usado por el humanista sevillano en las composiciones que nosotros conocemos; pareciéndonos por estas razones que Rodrigo Caro padeció un error notable al atribuirle dicho soneto. Para que nuestros lectores puedan hacer por sí la comparación, no nos parece descaminado el trasladarlo a este sitio.

Dice así:

Febo la clara España contemplando
para mejor en ella declararse,
quiso por un artífice reglarse,
el cómo y cuándo da su luz notando.

En las armas de Rojas reloj dando
hizo los signos, meses divulgarse
el calendario, santo celebrarse,
las horas día y noche señalando.

Letra dominical, fiestas movibles,
elevación del sol sobre horizonte
los puntos que d'eclíptica s'aparte.

Autor de las estrellas mas visibles
largura de una torre, pozo y monte
es Hugo Frisio quien escribió est'arte.

Nosotros confesamos ingenuamente que apenas entendemos palabra de todo el soneto.

Al dar a luz estos apuntes sobre un poeta, que tan distinguido puesto tiene en nuestra historia literaria, manifestando al par las fuentes de donde hemos sacado las noticias de su vida, hemos creído prestar un servicio, aunque pequeño, a la literatura de nuestro país, dando los primeros pasos para llenar el vacío que acerca del maestro de los celebrados Francisco de Medina, D. Juan de Arguijo y otros poetas sevillanos, se advertía. Juan de Mal-Lara era acreedor indudablemente a que se le sacase de la oscuridad, y nosotros damos por bien empleadas nuestras tareas, animados de la esperanza de que otras mas bien cortadas plumas se dedicarán con estos principios a ilustrar su vida, ya que su nombre es generalmente conocido y acatado. Ignórase cual fue el año en que murió; pero sábese que en 1580 había pasado ya de esta vida, con grande sentimiento de sus amigos y discípulos. Hernando de Herrera, que era uno de los más predilectos, lloraba su pérdida del siguiente modo:

Elegía a la muerte del maestro Juan de Mal-Lara {2}
(Inédita)

No se entristece tanto cuando pierde
Desnudo, el ramo fértil y florido
Ya sin vigor cortado, el árbol verde.
    Cuanto yo, viendo suelto y dividido
Del alma el lazo estrecho, con la muerte
Que velo no podrá cubrir de olvido.
    Oh duro corazón qu'en mal tan fuerte
No rompes, ¿cuándo esperas ablandarte,
Después d'esta terrible y grave suerte?
    De mi alma murió la mayor parte,
Y el cielo, qu'en mi llanto es buen testigo.
Vé que nunca el dolor de mí se parte.
    ¡Oh ejemplo de virtud! ¡Oh caro amigo!
Que en mis entrañas vivas juntamente,
Lo mismo que ya fuiste eres conmigo.
    Que la fé del amor jamás consiente
Que la muerte consuma con tu vida
La llama que mi pecho ardiendo siente.
    Cortóse el paso á la amistad crecida;
Que nuestro dulce trato es acabado
Y el corazón de amarte no se olvida.
    Pensaba yo qu'el cuerpo desatado
De los nudos del'alma antes viviera
Que yo sin tí esperar solo, apartado.
    Al fin pasé esta vida lastimera,
Y la sufrí... ¿qué aguardo? ¿por qué al cielo
No te muestras mi guia verdadera?
    Cansado, ya procuro alzar el vuelo
Al lugar glorioso y soberano:
Que al ánimo es pequeño asiento el suelo.
    Amor terreno y un deseo vano.
Cuidado y engañosa la esperanza.
No me dejan un punto de la mano.
    ¿Cuándo pondré en mi estado tal mudanza
Que solo amor celeste en mí respire
Con segura firmeza y confianza?
    Divino celo al corazón inspire
Y te dé tal virtud que solo sienta
El alto bien que a mortal pecho admire.
    No me deje caer en esta afrenta [333]
Donde me veo en confusión perdido,
Donde el mal que conozco me atormenta.
    Tú qu'en el cielo estás esclarecido
Ruega por mí al Señor de cielo y tierra,
Porque no muera en sombra del olvido.
    Valga la peligrosa y larga guerra
Que en mi alma se traba noche y dia
Con quien el paso a bien obrar me cierra.
    Después que llevó muerte oscura y fria
De tu mortal cuidado los despojos,
Huyó de mí el contento y la alegría.
    Lágrimas abundaron en mis ojos
Y por tu arrebatado apartamiento
En mí se renovaron los enojos.
    El inmortal, el claro ayuntamiento
Celebró los trofeos de tu gloria,
Y gimió Bétis lleno de lamento.
    Sonó una voz llorosa en tu memoria;
El ingenio y bondad junto acabaron.
Cuando el Hado gozó de tu victoria.
    El valle y alto monte suspiraron
Y a Híspalis vestida en negro manto
Pluvias y ciegas nubes ocuparon.
    Contigo pereció el alegre canto,
Y en reliquias del daño doloroso
Quedó grave y quejoso, y triste llanto:
    Bétis, que al sacro Océano espumoso
Llevaba el son de tu adorada lira,
Altivo y con grandeza glorioso;
    Mudo, en su oscura gruta se retira,
Y en el profundo vaso con gemido
Las tardas ondas, discurriendo mira.
    De tu canto quedaba suspendido
El español osado y el romano,
Y el francés orgulloso y atrevido.
    Por tí el ilustre Principe Tebano
Es mas famoso, y vive su memoria,
Que por vencer al bárbaro africano.
    Aunque se estime con eterna gloria
Por la fiera de Arcadia embravecida,
Mas valor le dará tu noble historia.
    Era trueno tu voz, pero tu vida [334]
Claro rayo que puro resplandece,
Con llama presurosa y encendida.
    Que tu virtud y nombre reflorece
Con perpetua memoria y sube al cielo
La fama que con honra tuya crece.
    Aunque tú me dejaste en este suelo,
Queda con Dios, ¡oh alma venturosa!
Cubierta de purpúreo y rico velo.
    Que si mi pena grave y dolorosa
Me da lugar en la pasión que siento,
Yo cantaré su gloria generosa,
    En tanto que lo sufre mi lamento,
Permite este lloroso verso mío,
Triste muestra de duro sentimiento.
    Aquí yace sin vida el cuerpo frío
De Mal-Lara que, roto el mortal nudo,
Donde a Vandalia riega el grande rio,
Voló al cielo su espíritu desnudo.

José Amador de los Ríos.

{1} También escribió un poema sobre la fábula de Psichis y Cupido, con el título de Psique, cuyo original, firmado por el mismo poeta, se custodia en la Biblioteca nacional.

{2} Conservase esta bella composición en el Libro de descripción de verdaderos retratos de ilustres y memorables varones, manuscrito debido al sevillano Francisco de Pacheco, y poseído hoy por nuestro amigo Don Juan José Bueno, distinguido poeta de aquella capital.

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Juan de Mal Lara
«Filosofía vulgar»
1850-1859
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