El Áncora, diario religioso-social, económico-administrativo, literario...
Barcelona, martes 1º de octubre de 1850
número 274
IV, páginas 1-4

Intereses materiales

Artículo II. {1}

Lástima causa observar cuan fácilmente se confunde por los gobiernos el interés material con la felicidad pública. Estos dos nombres se han hecho sinónimos en el lenguaje oficial, y hasta en los altos escaños de los cuerpos legisladores se han sustituido más de una vez el uno al otro cual si fuesen idénticos. No es del caso analizar si los intereses del país están bien o mal comprendidos, ni si la dirección que hoy llevan conduce a la riqueza o al pauperismo; materia fecunda en reflexiones y en que debe fijar mucho la atención el estadista. Pero sí deseáramos ver acatada como un dogma político una verdad importantísima, fundamental, a saber: que el dominio absoluto de los intereses materiales es el triunfo de la inmoralidad y conduce necesariamente a la revolución.

La sociedad no es una máquina, es una planta que tanto vive de los jugos de la tierra como de las influencias del cielo: error grosero comete quien trata de aplicar al vegetal las leyes de la mecánica. Ved el pensamiento de la época, el cetro de hierro de la materia pesando sobre todas las instituciones públicas.

No: la vida social no es una combinación formada por el cálculo, sino la gran vocación de la humana naturaleza; no es una coalición de materiales intereses, sino una correspondencia de afectos, que solo se alimenta de los sacrificios hechos por el interés en beneficio del bien común. La púrpura y el pellico, la espada y la pluma, el gobierno y el pueblo, todos se han de someter al principio que rige el mundo moral, a la ley del sacrificio, si han de corresponder a su destino; y bien notorio es cuan poderoso e irreconciliable enemigo de las más nobles afecciones es el exclusivismo del interés material. El sacrificio: el interés: Observad los sentimientos que estos dos nombres representan, y los hallaréis tan opuestos en el corazón como los polos de una esfera. Dad a esta la dirección que os cuadre: la oposición es siempre la misma. Luego el dominio absoluto del interés es la aniquilación completa del sacrificio; luego quien proclama el primero niega el segundo.

Pues bien: arrancad el sentimiento del sacrificio de la sociedad, y la veréis convertida en un campo de batalla. La sumisión, el orden, los afectos legítimos, el honor, la buena fe, la virtud y el heroísmo, ved cual huyen despavoridos; el mando se convierte en tiranía, la ciencia en sofisma, la política en el arte de las ambiciones; la riqueza es avara, la felicidad mentira, y el poder público anda arrebatado de mano en mano como los despojos militares. La inmoralidad desata entonces todos los vínculos, desorganiza todas las instituciones legítimas, y en pos de ella vienen las revoluciones, espantosos buitres que se presentan a devorar los miembros dispersos de la sociedad deshecha.

Trabajad en buen hora, príncipes de la materia, afanaos sin cesar; construid un monumento a cada capricho, un templo a cada placer, una población a cada industria; secad los pantanos, torced el curso de los ríos, minad las empinadas cumbres, desentrañad cuantos minerales esconde la tierra; que como no hayáis hecho mas que eso, la felicidad huirá siempre de vosotros como una sombra. Sois unas brillantes máquinas, nada mas. Os pertenece el reino del mundo material; pero en el mundo moral, en el mundo de los corazones no podéis hacer una sola conquista. Aquí sois extranjeros: nos es desconocido hasta vuestro mismo lenguaje.

¡Ah! Que las severas lecciones de la experiencia prestan indestructible apoyo al raciocinio, y los males sufridos en diversas épocas, más para llorados que para escritos, nos ponen delante de los ojos formidables ejemplos.

Cuando la justicia divina se cansa, digámoslo así, de soportar los crímenes de las naciones, cuando colmada la medida de la maldad, suena en los cielos la hora del castigo, abandona a los reyes y a los pueblos en manos de su propio consejo y los entrega a la materia, para que ésta sea al mismo tiempo el ídolo y el verdugo. Entonces el israelita construye los simulacros de oro y cae en vergonzosa servidumbre; Tiro se hace el emporio del mundo para convertirse luego en ruinas; Sardanápalo se entrega a la molicie y muere asesinada con él una monarquía de catorce siglos; Roma se adormece en los placeres para despertar al golpe de muerte que le tiende el bárbaro; Rodrigo ocasiona con su sensualismo la pérdida de nuestra monarquía en la batalla del Guadalete; la Francia del pasado siglo da el grito del materialismo y trueca en un lago de sangre a la conmovida Europa.

Tal es el término donde conduce el dominio de la materia sobre el espíritu. Según fuere la fuerza y extensión del poderío, se palparán los males de más o menos tamaño; pero siempre y en todo caso que se realice el hecho, hay un desorden social, y donde hay un desorden, allí acuden la violencia y el dolor.

No con igual imperio se entroniza el materialismo en la sociedad cuando de ella se apodera, ni se presenta en todas las épocas bajo formas análogas. Ha pasado ya, por fortuna, la desastrosa dominación del materialismo filosófico, o sea la negación del espíritu, excitando hoy tan solo la risa de los sabios y la indignación del mundo. Pero existe otro materialismo que pudiera llamarse político, no científico sino práctico, y es el achaque más común de que adolecen hoy los hombres de gobierno y que se deja entrever en las legislaciones modernas y los negocios de Estado. Este no niega el espíritu, sino prescinde de él con frecuencia; no entra en polémica de principios, la esquiva; no acomete a su adversario, le huye el cuerpo. Impórtanle poco los sistemas filosóficos; ninguno admite ni rechaza: es una especie de eclecticismo que a todo se acomoda, con tal que le dejen promover a su manera los intereses materiales, aunque sea a expensas de los grandes intereses religiosos, que juzga muy secundarios. Si el materialismo filosófico lleva de error en error hasta el ateismo, el político arrastra irremisiblemente a la revolución, ardorosa fiebre que abrasa las entrañas de las modernas sociedades.

La revolución no se ataja con montones de oro; antes bien las riquezas mismas la impulsan cuando carecen las naciones de otros más firmes apoyos de orden y de justicia. Bien puede deslumbrar por algún tiempo a los pueblos el brillo de los intereses, a la manera de esas volcánicas erupciones que divisa en medio de la noche el navegante y le hacen juzgar próxima la salida del sol. Mas ¡ay! pronto la ilusión se disipa, y a los rojos colores del horizonte suceden las anteriores tinieblas. Por cierto que, si hemos de dar crédito a la historia, las grandes catástrofes políticas, esos dramas sangrientos, terror de la humanidad y escándalo del mundo, no se han representado con tanta frecuencia ni tan al vivo en los países pobres o reducidos a la medianía como en los ricos y florecientes.

Tengámoslo bien presente. Ni hay felicidad pública donde reina el desorden, ni puede haber orden sin moralidad, ni hay moralidad sin religión, ni religión verdadera sin catolicismo. Solo éste encierra el principio que puede salvar la sociedad; solo éste representa todos los grandes intereses de los seres racionales. El materialismo político hoy dominante, proscrito por la moral evangélica y condenado por toda sana filosofía, es una calamidad para el género humano.

Llámase la economía política la ciencia de la riqueza. No le disputamos sus títulos ni desconocemos sus legítimos adelantos; pero la ciencia de la riqueza ¿es la ciencia de la felicidad? ¿Es suficiente el aumento de las producciones para conseguir el bienestar de los pueblos? Los más ricos ¿son los más venturosos?

Responda ese famoso mercado del mundo, hable la Gran Bretaña, cuya opulencia es indisputable y parece rayar en lo fabuloso. Responda, no el regalado lord ni el opulento capitalista, que tanto arrebatan la atención por lo mismo que sobresalen entre la muchedumbre como cedros elevados que descuellan en medio de un campo aterido y mustio: responda la nación inglesa con su numerosa falange de jornaleros, con su ejército de pobres cada vez más crecido, con las víctimas del trabajo que no caben en los hospitales públicos. ¿Qué? ¿No escucháis resonar a la par del estrépito de la maquinaria los lamentos de la miseria? ¿No veis cómo ese pueblo rico, ese Midas de nuestro siglo, convierte en oro cuanto toca, y padece hambre?

No, mil veces: la riqueza no es la felicidad. Entonces habrá verdadera prosperidad pública, cuando participe de aquella el mayor número posible de individuos; cuando la riqueza se estime como un medio para el bien, y no como el fin único de la sociedad; cuando la riqueza sirva al hombre, y no el hombre a la riqueza; cuando sean igualmente legítimas la producción y la distribución. Esto no lo ha ejecutado ni lo verificará jamás el interés material. Fuerza se hace recurrir para ello a más altos principios.

Mientras la materia lleve en sus manos las riendas del gobierno social, mientras dirija como árbitro el imperio del mundo, la desgracia será el patrimonio de la humanidad; inundaráse la tierra con las producciones de la industria y de las artes, y siempre aparecerá al lado de un reducido número de opulentos la andrajosa pobreza, desmintiendo con sus profundos suspiros las ilusorias teorías que hoy se propalan sobre la riqueza pública y los adelantos sociales. Con sobrada razón háse criticado la degradación del pueblo-rey que solo pedía pan y juegos: peor es todavía el lema escrito hoy con sangre humana en las naciones mas civilizadas, trabajo y hambre.

¡Cuan trágico ejemplo nos presentan los pueblos dominados por el interés! ¡Ay de las instituciones, ay de las ciencias si llegan a profanarse con la idolatría de la materia! ¿Qué es de la libertad? ¿No sabemos lo que sucede en semejantes países? ¿Ignoramos que las elecciones de los libres representantes de pueblos llamados libres se convierten más de una vez en un contrato de compra y venta? Los electores influyentes arrancan las votaciones a los demás con la dádiva, el favor, la promesa, y la amenaza, y ellos mismos están vendidos de antemano de una manera idéntica a los que desean ser elegidos. Llegan éstos a la capital, investidos con el alto carácter que los distingue, y allí el gobierno en cambio de los sufragios del parlamento, ofrece y prodiga a los diputados el oro, los honores y cargos públicos. La capital del Estado es la feria, el gran mercado donde se ejecuta por mayor el comercio, y la libertad política una mercancía como otra cualquiera.

Antes se comerciaba con la esclavitud; ahora se comercia con la libertad. Ayer se decía al hombre: «¡Miserable! tú eres mío, y debes servir a mi lucro aun a costa de tu propia vida.» Hoy se le dice: «Ser privilegiado, la libertad es tu herencia, yo que te amo te daré la posesión.» Lo primero está representado en el imperio de Nerón: lo segundo en el beso de Judas.

No nos detendremos en bosquejar el triste estado de las ciencias convertidas en instrumentos de la materia. Cuando la humanidad se envilece hasta ese punto, cuando la nave zozobra, ¿dónde van a parar la brújula y las velas?

Rendido de cansancio en los ardientes arenales del Egipto, buscaba un peregrino algún raudal donde apagar la sed. Oye el rumor de inmensas columnas de agua, y dice para sí: ¿Entre tanto torrente no habrá una gota para mi sediento labio? Animado con tan halagüeña esperanza, acelera los pasos y divisa las siete cataratas del Nilo, que descienden con la violencia del rayo y sepultan en los abismos cuanto encuentran en su carrera. Súbito espanto se apodera del triste peregrino, quien no pudiendo saciar su sed, vierte amargas lágrimas y cae desfallecido, y padece angustias de muerte. Allí hubiera exhalado el postrer aliento a no despertar de su letargo al cercano ruido de una bandada de palomas, que tarda y rastrera surcara los aires herida por los ardores del sol. Siguiólas con la vista el peregrino juzgando irían en busca de algún arroyo, y observó con sorpresa que, como sin hacer caso de aquel inmenso diluvio, siguieron más adelante, y al fin se posaron en el suelo. Llega allí casi exánime, y ve a sus pies el río Nilo que, corre por aquel paraje, manso y apacible como una laguna, retratando en sus limpios cristales las bellas imágenes que le circundan. Bebió, dio gracias al cielo y dijo: «Yo me guardaré en adelante de acercarme a las cataratas cuando tenga sed.»

Oíd vosotros, los que lleváis en vuestras manos los destinos del mundo; vosotros, los que os extraviáis en el camino de la vida, deslumbrados con el prisma seductor de una falsa civilización; vosotros todos, los que os sentís abrasados por una sed ardiente de verdad y de felicidad, oíd: las cataratas representan el ímpetu de los intereses materiales con sus engañosas teorías y su perpetua lucha. Las palomas son los genios que, superiores a su época, desprecian las falaces ideas, sin plegar las alas ante los gritos estruendosos de la desenfrenada muchedumbre. El Nilo, sosegado, es la fuente de la felicidad; el dominio del espíritu sobre la materia, de la religión sobre el escepticismo. La lección no puede ser más sencilla. ¡Cuánto importa aprenderla!

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{1} Este artículo es el segundo que fue remitido al periódico La Esperanza por un ilustrado escritor cuyas producciones ha acogido siempre el público con extraordinario interés.


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Materialismo 1850-1859
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