El Correo de Ultramar
París [16-22 mayo] 1853
año 12, nº 20
página 311

Círculos espirituales. Toques espirituales

Hay ciertos hechos en la historia moral de los pueblos, que difícilmente podrían explicarse por ninguna de las reglas fisiológicas que se han reconocido hasta ahora como características de la índole humana. Todos los pueblos tienen, por decirlo así, una fisonomía que les es peculiar, y que sirve como de criterio para explicar sus actos: unos son fanáticos, otros incrédulos; aquellos nobles y generosos; estos egoístas y mezquinos; y después de establecido su carácter, su historia no es más que el corolario de las cualidades que los distinguen.

Los Estados-Unidos ofrecen al observador el contraste más singular del carácter utilitario, material y desengañado de las edades provecta y decrépita, y las ilusiones más caprichosas y vagas de la infancia; a tal punto, que puede decirse que son al mismo tiempo el pueblo más incrédulo, y el más sencillamente crédulo y preocupado de la tierra. Los absurdos que allí se admiten, aún por la parte elevada de la sociedad, provocarían la risa más cordial entre los pueblos menos cultos de la América española, tan llenos de superstición como pródigos e indolentes ante las riquezas, cuya necesidad desconocen.

Vamos a hablar de un hecho que ha llamado y llama la atención en la actualidad, a causa del proselitismo que está desarrollando, no obstante la burla y el desprecio con que la prensa lo ha perseguido desde su oscuro nacimiento. Nos referimos a los círculos espirituales.

Estos círculos los constituye una o más personas, generalmente de una clase inferior de la sociedad, que se dan el nombre de Medios (medium), porque se atribuyen la facultad de evocar los espíritus de los que fueron, traerlos y formar un cónclave a donde concurren todos los que quieran ponerse en comunicación con ellos, por la intención de los iniciados, constituyéndose de este modo el círculo espiritualista. Esta absurda preocupación tuvo su origen hará como dos años en el Estado de Nueva York, en la ciudad de Rochester, en donde vivían unas pobres mujeres, que dijeron haber sido inspiradas y haber recibido la misión de poner en comunicación directa a este mundo con el otro. Como prueba de su misión señalaban ciertos golpes que se oían en las paredes y en los muebles de la casa en que se albergaban, sin que nadie pudiese darse cuenta de la causa que los producía. Pero las iniciadas sostenían que era el medio de que se valían los espíritus para comunicarles sus respuestas, negándose a golpear cuando no querían responder a la persona que iba a interrogarlos. De aquí es que también se da a esta nueva secta, que ya podemos calificarla con tal nombre, el de spiritual knockings (los toques espirituales).

Estos círculos se encuentran hoy establecidos en todas las ciudades de la Unión, y es ya muy considerable el número de las personas que creen en su origen espiritual, y que van a ellos a conversar con sus antepasados, con sus hijos y amigos, a turbar el reposo del venerable Washington, y aun a evocar las sombras de Aristóteles y Platón para recibir contestaciones ridículas, casi siempre destituidas de sentido racional; a pesar de lo cual corren y se aceptan como manifestaciones de aquellas almas privilegiadas, que al fin de tantos siglos han obtenido permiso de intervenir otra vez en los asuntos de esta vida.

Al principio sólo se vio en esta intervención una especulación ingeniosa para explorar a los tontos, a quienes se cobraba un duro por cada rato de conversación con los habitantes de las tumbas. Mas pronto comenzaron a conocerse sus funestos efectos sobre los cerebros débiles, que incapaces de explicarse la razón de un fenómeno que no conocen, pierden la poca o mucha que les ha cabido en suerte, y van a pasar el resto de sus días en la casa de locos y recogidos, cuando no quedan reducidos a la imbecilidad con sus familias. El aumento de recogidos que ha habido en estos tiempos en aquellos asilos por esta causa, ha sido objeto de discusión pública en todos los Estados de la Confederación, y ya se cree indispensable abandonar las armas del ridículo con que se había combatido la necia credulidad de los nuevos sectarios, y apelar a las autoridades para que se persiga y castigue a los llamados medios, como vagos y mal entretenidos.

Entre tanto el número de estos sigue aumentándose. Los hay ya en California, en Inglaterra y en los Estados-Unidos; se encuentran recorriendo las poblaciones y especulando en todas partes, hasta a bordo de los vapores, con sus toques espirituales. Pero al mismo tiempo, otros de la cofradía, más audaces, no satisfechos con las escasas propinas de los curiosos y crédulos, trataron de aplicar la ridícula invención a más altas empresas, demostrando hasta la última evidencia la mala fe y la corrupción de los que la practican.

Hace algunos meses, una mujer vulgar logró persuadir a un habitante rico de Rochester de que debía establecer un banco de depósito y descuento bajo la dirección de los espíritus de los generales Washington y Hamilton, que serían por su medio consultados para todas las operaciones. La mujer estaba en combinación con otros medios, los cuales fueron nombrados por consiguiente dependientes del banco espiritualista. Abrióse este, pusiéronse en circulación los billetes, se dio principio a los negocios, y no obstante que Washington y Hamilton eran consultados antes de celebrarse las transacciones más sencillas, a los pocos días se notó algún desfalco, y habiendo avisado los directores espirituales, por medio de la mujer, que iban a ser robadas las cajas del banco, los empleados en él, que eran sus confabulados, resolvieron esconder el dinero. Quebró por consiguiente el establecimiento, habiendo alcanzado apenas los bienes del crédulo banquero para pagar una parte de los compromisos contraídos bajo su firma. Quedó pues en la miseria; y lo que es peor, perdió con sus bienes la razón, y hoy se encuentra en una casa de locos, habiendo dejado sumisa en la desesperación a una familia respetable. Algunos de sus verdugos fueron presos; mas hasta ahora no se ha probado legalmente el crimen.

Este suceso fue discutido entonces y registrado en todos los periódicos para ilustrar a la opinión e impedir la repetición de otros semejantes; y sin embargo, en estos últimos días, en la inmediación de Nueva York, en Brocklyn, ciudad de cerca de 100.000 almas, acaba de perpetrarse otro crimen semejante, cuyas consecuencias no han sido menos dolorosas.

M. George Doughty, agricultor de Flushing, casado, con tres hijos y nietos, dueño de una fortuna de 30.000 duros en propiedades, entró en el círculo de una tal Mrs. French, y a poco comenzó a manifestar síntomas alarmantes de enajenación mental. Aquella mujer y sus confabulados lograron persuadirle de que estaba en comunicación con el alma de un hermano suyo, que había muerto diez años antes, a quien él había querido tiernamente. Su deleite era pasar largas horas en conversación con él por medio de Mrs. French, la cual escribía a veces las contestaciones del espíritu, en presencia de M. Doughty, persuadiéndole de que el alma del difunto dirigía su mano. La fascinación del crédulo agricultor llegó hasta el punto de sostener que aunque él veía escribir a Mrs. French, la forma de la letra era la de su hermano, bien diferente de la de aquella cuando escribía por su mano. En una de estas comunicaciones espirituales, el espíritu de su hermano le ordenó que prestase 5.000 duros a la misma Mrs. French, lo cual cumplió en el acto M. Doughty hipotecando varias de sus propiedades para conseguir el dinero. Poco tiempo después, recibió otra comunicación, en la que su hermano le ordenó por medio de Mrs. French, que comprase una patente de invención para dorar el hierro, la cual se ofrecía en venta por 8.000 duros. El poseedor de esta patente era uno de los cómplices de Mrs. French, que quería deshacerse de ella porque no valía nada, como después se demostró, y M. Doughty hizo otro nuevo sacrificio para entregar los 8.000 duros. Últimamente trató hasta de adoptar a Mrs. French, mujer de 35 a 40 años, que había adquirido un completo ascendiente sobre el ya lelo M. Doughty.

La familia de este y sus amigos habían descubierto la trama infernal de que era víctima; mas, cosa extraña, no encontraban en la legislación del país ningún recurso legal para salvarlo. Fue preciso aguardar hasta que M. Doughty perdiese enteramente la razón, viéndose obligados entonces a mandarlo a la casa de locos. En seguida se presentaron pidiendo una declaratoria legal de su estado y una investigación de los hechos referidos, con cuyo fin se constituyó el tribunal con 24 jurados en el asilo de locos, y abrió una inquisición formal, de la cual resultó plenamente comprobada la infame expoliación, y el estado de completa locura en que se encontraba la víctima.

El jurado mandó en consecuencia dividir sus propiedades entre su mujer y sus descendientes, los cuales alcanzarán bien poca cosa después de la liquidación que debe practicarse para pagar las cantidades entregadas a Mrs. French. Esta luego que supo que el asunto había caído en manos de la justicia, desapareció del Estado, y se sabe que se ha dirigido al Sur con sus compañeros. Hasta ahora no ha sido posible aprehenderlos.

Hace pocas semanas que un impresor, honrado padre de familia de Nueva York, habiendo entrado en un círculo espiritualista, principió a tener conferencias con una hija que se le había muerto hacía algunos meses, y muy luego comenzó a perder la razón. Tales eran las descripciones que los espíritus le hacían de la felicidad que gozaban en la otra vida; pues es preciso advertir que hasta ahora no se ha oído de ninguno que se queje de haber salido de este valle de lágrimas que tomó la resolución de irse cuanto antes a participar de las celestes delicias, y con este fin se suicidó, dejándolo así declarado en una carta de despedida a su esposa y sus tiernos hijos.

Por último, en este momento llega a nuestras manos un periódico de Illinois, en el cual, después de referirse un suceso semejante al de M. Doughty, que acababa de ocurrir en el condado de Macoupin, dice que con él se completan cinco casos de locura acaecidos en solo aquel condado en el espacio de cuatro o cinco meses, pagando caramente las víctimas del sacrílego espiritualismo su credulidad, en la casa de locos del Estado.

Hasta ahora, sin embargo, ninguna medida se había dictado contra secta tan perniciosa, la cual sigue explotando a los crédulos, profanando la memoria de los que fueron, y enviando a las casas de locos un número alarmante de desgraciados. Se ve además por lo narrado, que no solo la clase ignorante está expuesta a la enfermedad espiritualista, sino que ha alcanzado a clases más altas, contándose entre sus víctimas hasta el juez Edmond, uno de los jurisconsultos más respetables del estado de Nueva-York, que fue separado hace poco tiempo del alto destino que ocupaba en el tribunal superior, y poco después conducido a la casa de dementes por esta misma causa.

¿Es creíble que tales cosas sucedan en los Estados Unidos, país en que más que en otro alguno está generalizada la ilustración?

Si sucesos semejantes ocurriesen en países españoles, ellos solos bastarían para que se les calificase de fanáticos, ignorantes y sacrílegos; mas como acontecen en los Estados-Unidos, sin dejar de tener su origen en la ignorancia, el fanatismo y la profanación, apenas se dirá de ellos que son el país de las paradojas.


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