El Correo de Ultramar
París [1-7 agosto] 1853
año 12, nº 31
página 491

Presuntos descendientes de los Aztecas

Dos jóvenes extraordinarios, procedentes de una región desconocida del centro de la América, han excitado vivamente estos días la curiosidad pública en Londres. Hasta ahora sólo los han visto la reina, a quien fueron presentados, y algunas personas privilegiadas; pero a estas horas tendrá todo el mundo ocasión de examinarlos.

El profesor Anderson que los acompaña, cree que el varón tiene diez y siete años, y la niña once. Es bastante difícil fundarse en la apariencia de la figura de estos enanos; pero un examen medical parece que confirma en todas sus partes la suposición de M. Anderson.

El muchacho tiene un tipo de fisonomía muy marcado. Su frente puntiaguda y su nariz aguileña lo asemejan mucho a un pájaro. La mandíbula superior domina mucho a la inferior. Cuando tiene la boca cerrada, lo dientes de abajo tocan casi el centro del paladar. A primera vista, esta figura parece idiota; pero examinándola con atención, se descubre una grande inteligencia en el juego de esta fisonomía y en sus hermosos ojos, claros y brillantes.

Apenas entra una persona extraña en el cuarto, el joven corre a él con un lapicero y papel para rogarle que dibuje alguna cosa; a la música le tiene igual afición. La niña tiene el mismo tipo que su compañero, aunque menos pronunciado, acercándose más al de los judíos.

Estos enanos tienen cerca de tres pies de altos, y están perfectamente conformados; la historia que se refiere, según se dice, a su origen, es muy digna de atención. El país de donde proceden sirvió según toda probabilidad, de refugio a los aztecas, arrojados de Méjico por la espada victoriosa de Hernán Cortés, y sobre los cuales han hecho minuciosas investigaciones Prescott y Stervens. Estos muchachos se parecen mucho a las figuras esculpidas que provienen de estos pueblos. Durante su residencia en Nueva-York abrazaron con entusiasmo un antiguo ídolo mejicano que les presentaron. El ídolo se rompió, y el muchacho tuvo un sentimiento muy grande y violento. Se cree que estos jóvenes pertenecían en su país a la raza de los grandes sacerdotes, y quizá hasta eran adorados como dioses. Cuando se sientan, toman en seguida la postura de los ídolos mejicanos, y lo hacen tan naturalmente, que se ve que esta posición les ha sido familiar desde su más tierna infancia.

En virtud de todos estos detalles, es casi seguro que estos muchachos pertenecen a la raza de los aztecas. He aquí ahora lo que cuentan los que los han traído a Inglaterra:

En 1848, M. Huertis, de Baltimore, y M. Hammond, del Canadá, intentaron penetrar en el centro de América. Habían leído lo que M. Stevens refiere de una conversación que tuvo con un sacerdote habitante de Santa Cruz, de Quiche, acerca de una ciudad desconocida, con alminares y cúpulas, más allá de la cadena de Sierra-Grande, y que este sacerdote había apercibido desde lo alto de uno de los picos de estas montañas. Según el cálculo de este sacerdote, esta ciudad, sus habitantes y sus trajes tenían el carácter del siglo de Motezuma. MM. Huertis y Hammond llegaron a Beliza en el otoño de 1848, y a Coban por Navidad. Allí se les juntó un español de San Salvador, llamado Pedro Velázquez, y comenzaron a buscar la ciudad misteriosa. Por este último hemos sabido algunos detalles de este viaje, porque MM. Huertis y Hammond no han vuelto de la expedición.

El 19 de mayo llegaron a la cúspide de la Sierra, a 9.500 pies de elevación al 15º 48' de latitud Norte; desde allí vieron una ciudad con cúpulas y alminares del estilo egipcio, a 25 leguas próximamente en la dirección del río Lugartos. Llegaron por fin a ella, y encontraron una ciudad soberbia, con murallas, fortificaciones, templos, estatuas gigantescas, y todos los atributos del paganismo. Los habitantes tenían los usos del Perú, y la magnificencia asiria; viven encerrados dentro de sus muros, y no quieren tener relaciones con el resto del mundo. El nombre de la ciudad es Iximaya. Los viajeros averiguaron que habían llegado hasta allí hombres blancos; pero que no habían vuelto jamás. Hammond y Huertis fueron muertos; el primero entrando en la ciudad, el segundo intentando salir.

Velázquez fue más feliz; consiguió que le perdonaran la vida, y algún tiempo después logró escaparse, trayéndose consigo los dos muchachos de la casta de los sacerdotes, que son los que se hallan actualmente en Inglaterra.


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