El Correo de Ultramar
París [8-14 agosto] 1853
año 12, nº 32
páginas 511-512

Vizcondesa de Renneville

Revista de la moda

Sumario: Las mesas enamoradas. – Historia de una bonita señora y de una mesa de palo de rosa. – Peligros a que se hallan expuestos los maridos. – Vuelve del otro mundo el alma de un joven Arturo. – De la diferencia que existe entre un peinador de baño y una esclavina. – Triunfo de la tarlatana. – Tres negliglés tan buenos para los ojos azules como para los negros. – Mangas a la criolla. – Descripción del figurín.

¿Qué diremos de París? ¿hablaremos bien o mal?... A fe mía ni uno ni otro. París no merece nada; se ha encerrado en la danza de las mesas, y no sale de allí. Ya la gente no se reúne en sociedad por causas políticas; la política está prohibida en los departamentos del Sena, de Sena y Marne, de Sena y Oise, en fin, en todos los Senas franceses, que no son pocos. Ya no se habla de una novela a la moda, ni de un drama que hace furor, ni de un discurso pronunciado en el colegio de Francia; ya no se leen versos, ni se canta, ni se baila, en una palabra, no se hace más que consultar a las mesas sobre lo pasado, lo presente y lo venidero.

Y lo más curioso es que las mesas responden, y revelan cosas que erizan los cabellos. Unas veces se trata de un alma errante que vuelve a este pícaro mundo pidiendo oraciones a los vivos, otras se trata de un amante que se introduce furtivamente en terreno prohibido. En vano el marido ofendido le atravesó en buena ley con un balazo, el amante entra por la ventana, y se esconde en el primer mueble que encuentra.

Sobre este punto circula en los salones para crédulos y enemigos de la ciencia electro-magnética una anécdota bastante divertida.

Parece ser que un marido muy celoso de una mujer encantadora había notado que su joven mitad se encerraba todos los días de dos a cuatro en su dormitorio, de donde salía con los ojos hinchados de llorar, trémula y conmovida. ¿Qué misterio había en aquella alcoba?

El marido sabía que antes de su matrimonio, su mujer había amado en extremo a un arrogante mozo que se había muerto del pecho; lo que, sea dicho entre paréntesis, no le había impedido hallar con quien casarse, tanto por sus bellos ojos como por la hermosura de su dote.

Pero por otra parte, la pasión de su mujer había sido un capítulo de novela y nada más. Desde su matrimonio, la esposa había tenido una conducta ejemplar; los celos existían, pues, sin ningún motivo.

El marido resolvió espiar a su mujer, y con este objeto se deslizó en su gabinete de tocador, detrás de unas colgaduras. A las dos en punto la joven entra en el cuarto, y se acerca a una mesita de palo de rosa, exclamando:

—Dios mío, dadme bastantes fuerzas para que pueda hablar con él por última vez.

El marido sintió que el corazón quería saltársele del pecho. ¿Habrá un hombre oculto en el cuarto conyugal que iba a caer a los pies de su mujer?... El silencio más completo reinaba en el aposento; solo la respiración de la joven mujer manifestaba la violencia de sus sensaciones.

De repente el marido oyó una voz suave y lastimera que exclamó con acento apasionado:

—¡Arturo, Arturo mío!...

Una porción de golpes repetidos respondieron a las tiernas palabras de la joven.

—¡Ah! ¿no es verdad que me has amado mucho? continuó la voz de la esposa; ¿no es verdad que fue tu primera ilusión, tu primer sueño? ¿Te acuerdas de nuestros paseos por el lago, y de la florecilla azul que me diste, y que he conservado siempre como una reliquia?

Oyéronse otros golpes más precipitados que los primeros.

El marido separó de repente las cortinas, y vio a su mujer abrazada con una mesita de palo de rosa.

—¡Desgraciada! exclamó adelantándose hacia ella, ¿dónde está tu amante?... quiero acabar con él, ¿lo oyes?

La pobre mujer aterrorizada, dejo caer la mesa, que se hizo mil pedazos contra el mármol de la cómoda.

—¡Pobre Arturo! repuso la joven dolorosamente.

El marido comprendió el asunto y soltó una carcajada.

—Estas loca, querida mía, y de hoy en adelante no volverás a leer periódicos; te imaginas que tu primer sueño de amor, Arturo, viene a hablar contigo cuando le llamas; yo no tengo celos de las benditas ánimas, y para probártelo, quiero regalarte hoy mismo otra mesita de palo de rosa, para que converses todos los días con Arturo.

La mujer no respondió nada, porque se sentía humillada en su amor; pero al día siguiente abandonó a su marido, dejándole escritas las dos líneas siguientes:

«Arturo me ha dado la orden de separarme de Vd. Parto para América, donde me ha prometido reunirse conmigo.»

Esto es uno de los resultados de la ciencia electro-magnética. Los tribunales no han establecido penas aún contra las mesas enamoradas, de modo que la sociedad se halla trastornada completamente. Ni la política ha hecho nunca tales destrozos.

Pero, cualquiera creerá que abandono la moda por el magnetismo; nada de eso.

La moda continúa siendo la emperatriz del universo, y en virtud de su influencia, hablan y bailan las mesas. Lo que parece un absurdo, un cuento para dormir los chicos, se convierte en asunto formal, en cuanto la moda lo toma por su cuenta.

Pero entrando de lleno en materia, principiaremos por decir que acaba de inventarse un precioso peinador de baño, muy en boga entre las lindas bañistas que andan a estas horas por Spa, Vicky, Baréges y otros puntos. Este peinador es ancho, con capucha o sin ella, y se pone sobre un traje diáfano y vaporoso. Nada es más fresco, iba a decir más poético, que un peinador de muselina, sobre un vestido blanco de la misma tela, con tres volantes bordados, con un rizado encima por donde se pasa una cinta. Desafío a que pueda nadie imaginar un traje más ideal y distinguido que el de este vestido y peinador, sobre todo llevando en la cabeza uno de esos bonitos sombreros de paja de arroz calados, con una lluvia de flores sobre el caso, y adornos de blondas a los lados. [...]

Vizcondesa de Renneville.


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