El Correo de Ultramar
París [21-27 noviembre] 1853
año 12, nº 47
páginas 751-752

Vizcondesa de Renneville

Revista de la moda

Sumario: Siguen hablando las mesas. – Evocación de los espíritus. – Los lápices magnetizados. – Interrogatorio de un consejo de Estado y respuesta de un velador. – Contestación de una mesa a un millonario. – Nuevos trajes de invierno. – De los chalecos a la moda. – El frac negro se vuelve prenda de fantasía. – Transformación de los sombreros. – Descripción del figurín.

Ahora que todo el mundo sabe que los rusos y los turcos se están batiendo, la gente vuelve a ocuparse otra vez de las mesas que hablan y de los espíritus. A falta de oposición y de política, los salones tendrán espíritus fieles y subordinados que se aparecerán en ellos como sombras chinescas. Será una verdadera historia mágica del pasado, donde cada cual vendrá a confesar sus errores y a decir lo que encierra el sepulcro. Y esto no es una broma, pues hombres graves, y aún gente religiosa, entabla conversación con Luis XVI, con Luis XVII y con Juana de Arco. Cuidado, lectores míos, pues soy capaz de magnetizar un día el velador de mi sala, y de haceros atravesar los mares para descubrir vuestros más íntimos secretos. Si las mesas continúan hablando, la sociedad corre un gran peligro.

Los muertos que acostumbraban antes a dormir sosegados en sus tumbas, van a estar más perseguidos y atormentados que los vivos.

¿Estamos en el siglo XIX o hemos retrocedido al tiempo de las brujas? París se vuelve tan supersticioso como lo fue cuando se llamaba Lutecia. Cuando reflexiono en la fiebre magnética y nigromántica que agita y trastorna París en este instante, me represento a la hermosa reina Margarita, a la altiva Catalina de Médicis, a la rubia duquesa de Nevers, y a todas las graciosas y encantadoras mujeres de aquel tiempo corriendo a casa de los astrólogos en busca de talismanes de amor, de poder y de gloria.

¡Ah! si un astrólogo se hubiese atrevido a publicar que un lápiz fijo en una tabla donde ponen la mano dos personas, obtenía de los espíritus que escribieran ellos mismos su nombre y las respuestas a las preguntas que se les dirijan, habría sido quemado inmediatamente en la plaza de Greve o en el patio de la Sorbona.

Pues bien, ahora mismo acabo de leer en un periódico ciertas historias que quiero estampar aquí para la admiración de mis lectores:

Uno de los más célebres consejeros de Estado, M. de R..., es un hombre apasionado hasta lo sumo de la ciencia electromagnética.

El domingo último por la noche, M. R... magnetiza una mesa, y la interpela de este modo:

—¿Quién eres?

—Uno de tus antepasados.

—¿Cómo te llamas?

—Gaspar.

—¿Cuándo has vivido?

—En tiempo de Carlomagno.

—¿Cuál era tu oficio?

—Pastor.

—¿Estás en el paraíso?

—No.

—¿En el infierno?

—No.

—¿En el purgatorio?

—Sí.

M. R... jura bajo su palabra de honor que todo esto es verdad y que no inventa nada de la escena.

En la misma tertulia, una joven y linda señorita consulta igualmente una mesa.

—¿Eres un espíritu masculino o femenino? la pregunta.

—Masculino.

—Entonces écheme un requiebro.

Y el espíritu responde:

—Estoy celoso, porque te amé, y te casaste a pesar mío.

Sería imposible trasladar todos los prodigios que están haciendo las mesas.

Los eruditos pretenden que este asunto de las mesas giratorias no es cosa nueva. Hace dos mil años que esta maravilla se conocía en Roma, pues Tertuliano escribe en sus cartas: «Las mesas han tomado la costumbre de pronosticar el porvenir.» Hace cuarenta años el obispo de Auxerre prohibió este ejercicio de hacer hablar a las mesas.

Pero voy a terminar con otra anécdota bastante curiosa sobre el asunto.

Últimamente un millonario convoca en su casa a una reunión de amigos; se acerca a una mesa que disfruta de su confianza, y al cabo de un cuarto de hora de ejercicio exclama:

—Mesa, ¿quién eres?

—Un espíritu puro.

—Y yo ¿quién soy?

—Un tonto.

La reunión se disolvió sobre la marcha.

Estas digresiones me han alejado de la moda masculina, y voy a recuperar el tiempo perdido.

La vuelta a París de la gente elegante ha sido la señal de las novedades. Los trajes de visita en la alta sociedad se componen de un frac negro o azul inglés, con chaleco de valencias bordado. El chaleco es siempre la prenda más lujosa. Las telas que más se emplean son el piqué blanco liso o labrado, la seda con estampados en fondo claro y algunos bordados de hilillo de plata: todos se hacen de chal muy abierto. Se ven muy pocos con las solapas de otra tela, rareza muy a la moda el año último, pero de muy mal gusto en el día. En cambio los transparentes hacen furor; los transparentes figuran un doble chaleco, porque se colocan por dentro.

El frac negro se vuelve de fantasía, porque las solapas se cubren de seda rayada, satinada o lisa. El muaré no se usa ya para este objeto. Los botones se ponen de seda o de terciopelo satinado, pero en los fraques azules están más bonitos los botones dorados.

Los ribetes parecen haber desaparecido enteramente del dominio de la moda; en los paletós y levitas de invierno, sea cual fuera la tela, se reemplazan con un pespunte a la distancia de medio centímetro del borde, y este mismo pespunte se ve también por abajo y en las bocamangas. Sólo los chalecos de fantasía se exceptúan de la regla general, pues por lo regular se ribetean con un galoncito de seda. Los de valencias, casimir o cachemira se pespuntean como las levitas; los de seda se pespuntean también a cordoncillo, o llevan un galoncito cosido llano.

Hablemos ahora de los sombreros, que experimentan en este instante una reacción completa. Ya se acabaron las alas a la inglesa, y las formas derechas se modifican en cuanto a la anchura; las alas mucho más grandes se ven ya infinitamente más desarrolladas. Dos géneros más distintos obtienen la preferencia: el de visitas y el de mañana.

Los sombreros de vestir se hacen de felpilla negra lo menos reluciente posible. La altura de forma varia de 20 a 21 cent.; las alas de 6 cent. 5 milímetros siguen siendo aplastadas por detrás y por delante, y sólo están abarquilladas por los lados. La cinta así como el ribete se ponen de seda rayada de 2 cent. de anchura.

La segunda forma, considerada como de fantasía, se hace de fieltro o de castor negro de pelo corto. La copa tiene 21 cent. de altura con 8 cent. de anchura.

Concluyamos con la descripción del figurín donde se ven los trajes más nuevos y elegantes.

En primer término hay un joven de 25 años vestido de paseo. Lleva una levita de edredón color bronceado, forrada de seda; cuello y solapas con armadura de seda. A la derecha lleva verticalmente un bolsillito poco profundo para el dinero; lo que evita la incomodidad de desabotonarse a cada instante para sacarlo del pantalón o del chaleco.

Regularmente con estas levitas no se lleva nada debajo, si no es un chaleco de cachemira, con solapas cruzadas sobre el pecho.

Pantalón escocés con banda al lado, género derecho de piernas, cayendo naturalmente sobre el pie, y sostenido por una trabillita.

El joven que viene después lleva un hermoso negligé de mañana. El sobretodo, de fieltro natural, es muy notable por su corte sencillo y holgado; el cruzado de las solapas es muy ancho, aunque no lleva más que una hilera de cuatro botones, de los cuales sólo tres quedan a la vista; solapa y cuello pequeños, redondos en los ángulos y cubiertos con una telilla de cuadrados; mangas muy anchas con dos costuras abiertas redondeándose por abajo, y sin bocamangas. Por dentro se forra con seda de la China, o con la misma tela que se ve en las solapas y en el cuello: en ambos casos se forran de seda las mangas.

Debajo se puede llevar un frac de montar, o una levita recta, con un chaleco abotonado a la inglesa más o menos alto.

El pantalón que por su forma se llama de montar, es semiajustado de piernas y muy estrecho por abajo; la tela es tan original como el corte.

El tercer traje de hombre que está sentado es para visitas de cumplimiento y para las comidas de ceremonia. El frac es de paño negro pespunteado todo él a borde abierto; talle largo, a unos 3 cent. del busto; mangas anchas y faldones cuadrados por abajo, con una buena anchura y bastante largos. Cortado para no abotonarse, este frac deja a descubierto un precioso chaleco de radzimir negro, cuyo chal va forrado de muaré blanco; bajo este chal se pone un bonito transparente de terciopelo epinglé color de rosa.

Pantalón de satín negro de lana, con trabillas de lo mismo.

Viene después un jovencito vestido con un paletó azul a la inglesa, género semi-ajustado.

Bajo los paletós llevan los niños un chaleco de casimir. El pantalón es de punto chiné, ancho de piernas y sin trabillar.

Vizcondesa de Renneville.


www.filosofia.org Proyecto Filosofía en español
© 2006 www.filosofia.org
  1850-1859
Hemeroteca