Revista española de ambos mundos
Madrid 1853, noviembre 1853, número 1
 
tomo primero
páginas 1-10

 
Michel Chevalier

Sobre el progreso y porvenir
de la civilización

I.

La civilización, a la que pertenecen los pueblos de Europa, marcha en el globo terrestre de Oriente a Occidente. Desde el fondo de la vieja Asia y del Alto Egipto, que fueron su doble cuna, avanzó poruña serie de estaciones hasta el litoral del Atlántico, en cuya extensión se colocó desde la extremidad meridional de la península española hasta la punta septentrional de las islas británicas y de la península escandinava, y parecía haber llegado al término de su viaje, cuando Cristóbal Colon le enseñó el camino de un Nuevo Mundo.

En cada estación adoptó otras creencias y otras costumbres, oirán leyes y otros usos, otra lengua, otro traje, otro régimen higiénico y alimenticio, otra vida pública y privada, y en cada una de estas veces la gran cuestión de las relaciones del hombre con Dios, con el hombre y con el universo; la de la jerarquía política y social, y la de la familia, todas las cuales habían sido resueltas al hacer alto, volvían a ponerse a discusión después de cierto tiempo, y la civilización entonces emprendiendo de nuevo su marcha fue a darles otra solución algo mas lejos hacia el Occidente.

Esta corriente que así vemos avanzar del Este al Oeste resulta de la reunión de otras dos que se derivan de las dos grandes razas de la Biblia, la de Sem y la de Japeto, y que habiendo venido para confundirse, la una [2] del Mediodía y la otra del Norte, se renuevan en sus fuentes respectivas en cada periodo de nuestra civilización durante los episodios que interrumpen y varían esta majestuosa peregrinación.

Venciendo alternativamente uno a otro, cada uno de los impulsos del Norte y del Mediodía, el resultante constituye la fuerza motriz que empuja a la humanidad hacia adelante, procediendo de aquí que nuestra civilización en vez de avanzar en línea recta de Oriente a Occidente, se ha balanceado del Norte al Sur y del Sur al Norte, describiendo así una línea tortuosa, y recogiendo sucesivamente gotas mas puras de la sangre de Sem y de la de Japeto. Hay, sin embargo, entre el Norte y el Mediodía la diferencia de que el Mediodía ha obrado con mas frecuencia sobre el Norte, enviándole los gérmenes de la civilización sin imponerle su raza, y que el Norte para despertar la civilización adormecida en el Mediodía, cuando las poblaciones se habían enervado en él, ha vomitado enjambres de enérgicos bárbaros, audax Japeti genus. Así es como se cumple sin cesar la gran profecía sobre Japeto, et habitet in tabernaculis Sem.

II.

Además de nuestra civilización existe sobre la tierra otra que abraza poblaciones no menos numerosas, porque las cuenta por centenares de millones. La del Oriente es la mas retirada, la que tiene sus puestos avanzados en el Japón y el cuerpo de ejército en China.

Al revés de la nuestra, ésta ha marchado de Occidente a Oriente. Sn facultad de locomoción sobre el globo es muy limitada, y casi podrían compararse las vivezas respectivas de las dos civilizaciones a la de las dos grandes revoluciones del globo: la revolución anual y la que produce la precesión de los equinoccios.

La civilización oriental se ha regenerado en diversas épocas, del mismo modo que la del Occidente, por una nueva mezcla de los hombres del Norte con los del Mediodía. La raza de Japeto, que nos dio nuestros bárbaros, y antes de los bárbaros, los pelasgos, los escitas, los celtas y los tracios, y después de ellos los turcos y los eslavos, le ha dado a ella los mogoles y sus mantcheoux. Así sucedió una vez que la familia de Gengis-Kan, que la había conquistado, hizo aparecer al mismo tiempo sus hordas hasta las inmediaciones del Rhin. [3]

La civilización de Oriente, menos movible y activa que la de Occidente, probablemente porque no tiene bastante sangre de Sem, y tiene demasiada de la de las razas inferiores, no se ha elevado al mismo grado de perfección que su hermana. Preciso es, sin embargo, hacerle la justicia de confesar que a ella pertenece la gloria de muchas invenciones capitales, como la brújula, la imprenta y la pólvora, y sobre todo debemos reconocer que ella ha resuelto el problema de mantener bajo una sola ley durante una serie indefinida de siglos, una población mas considerable que la de Europa. El imperio romano, que estuvo menos poblado que la China, no subsistió en su integridad sino trescientos años. La autoridad puramente espiritual de los papas se extendió en menor espacio que la del imperio romano, y no fue reconocida positivamente sino desde Carlo-Magno hasta Lutero.

III.

Las dos civilizaciones occidental y oriental, agrupadas en haces apretados en las dos extremidades del antiguo continente y volviéndose la espalda, estaban separadas por un espacio inmenso antes que la primera hubiese ido a establecerse en América. Hoy se ha salvado mas de la mitad de la distancia; Méjico y la América del Sur están cubiertas de vástagos de la civilización occidental, así sóbrela vertiente que mira al Asia, como sobre laque esta enfrente de nosotros. Los Estados Unidos tampoco pueden tardar mucho tiempo en extenderse de uno a otro mar, y ya las islas del mar del Sur comienzan a poblarse de europeos.

Bajo este punto de vista es evidente que la América, colocada entre las dos civilizaciones, esta reservada a altos e importantísimos destinos, y que los progresos realizados por las poblaciones del Nuevo Mundo interesan sobremanera al progreso general de la especie.

Poner en contacto las dos civilizaciones occidental y oriental, es, sin disputa, el asunto mas vasto en que puede ocuparse el espíritu humano, y el acontecimiento que mas fundadas esperanzas puede prometer a un amigo de la humanidad, puesto que abraza:

Políticamente, la asociación de todos los pueblos, el equilibrio del mundo, del que no es mas que una parle pequeña el equilibrio europeo.

Religiosamente, la ley de la familia humana toda entera, el verdadero catolicismo. [4]

Moralmente, el equilibrio mas armónico de las dos naturalezas opuestas en que se dividen cada raza, cada sexo, cada pueblo, cada familia, y que la Biblia ha representado por las dos figuras de Caín y de Abel.

Intelectualmente, la enciclopedia completa y la lengua universal.

Industrialmente, un plan definitivo de la explotación del globo.

En nuestros días esta cuestión deja de ser puramente especulativa, de hoy en adelante es mas que un pasto para las meditaciones de los filósofos, pues debe ser asunto de examen para los hombres de Estado.

Desde Luis XIV, los comerciantes, que son los gastadores de la política, se vienen afanando cada vez con mas ardor en abrir as relaciones con la China, porque ya desde entonces presentían la importancia de un sistema regular de cambios entre la Europa y una masa de productores y de consumidores que se eleva a doscientos millones.

La emancipación de la América del Norte, y muy recientemente la supresión del monopolio de la compañía inglesa de las Indias, han dado a los esfuerzos del comercio una intensidad insuperable. Delante de él, carecen de fuerza las leyes que cierran el celeste imperio. La China esta cercada al Sur por los ingleses de la India o por sus tributarios; al Norte por los cosacos, vanguardia de la Rusia; las escuadras británicas y americanas la espían por el lado del Océano; los españoles adormecidos de Méjico y de las islas Filipinas, que se acuerdan de los galeones, tienen sobre ella sus ojos entreabiertos. El género humano acaba de entrar en posesión de nuevos medios de comunicación que acortan las distancias en uní proporción inesperada. No tardaran en juntarse y mezclarse las dos civilizaciones, y éste será el hecho mas importante de la historia de la especie humana.

IV.

Antes del perfeccionamiento del arte de la navegación, antes de Cristóbal Colon y Vasco de Gama, había tenido la Europa, además de las caravanas que atravesaban el Asía central, comunicaciones con la China por medio de los árabes. Conquistadores y misioneros los árabes, colocados entre las dos civilizaciones, se habían derramado alternativamente al Oriente y Occidente. Aquel pueblo, tan bullicioso por intervalos, ha sido para el Oriente el mensajero del Occidente, y para éste sobre todo el correo y el factor del Oriente. Por desgracia desde que la [5] civilización occidental comenzó a brillar con mas viva luz en nuestra Europa, la sociedad árabe no ha despedido sino débiles resplandores; desde que la Providencia puso en nosotros una actividad devoradora, cayeron los pueblos árabes en un profundo letargo, de modo que por este lado las comunicaciones, que jamás hablan sido muy multiplicadas ni muy rápidas, son hoy casi nulas.

Mas si como suponen algunas personas, la raza árabe se baila a punto de levantarse de su larga postración a la voz y por los cuidados de la Europa Occidental, la Europa tendrá en ella un poderoso auxiliar para sus esfuerzos, bien sea para coger al Asia y estrecharla, bien para trasmitir a esta el instrumento con que se hade rehacer, y de esta suerte esa raza ilustre contribuirá poderosamente al consorcio de las dos civilizaciones.

V.

Nuestra civilización en su marcha hacia el Occidente, se ha vuelto también algunas veces hacia el Oriente. Así es como ha tenido sus argonautas, sus Agamenones y sus Alejandros, y después sus héroes de cruzadas y sus capitanes portugueses. Estos movimientos de orden subalterno no interrumpían sino momentáneamente su marcha solemne hacia las regiones del Occidente; eran contra-corrientes en un todo comparables a los remolinos que existen siempre en el curso general de los nos. Hasta nuestros días la Europa no había fundado en la antigua Asia ningún establecimiento de importancia y duración. A medida que nuestra civilización avanzaba hacia el Occidente, los países que dejaba tras de si se escapaban de su influencia y se ensanchaba el espacio entre ella y la civilización de Oriente. Alejandro es el único que pudo alarmar a la China, y para eso pasó como un relámpago. Los partos, los sarracenos o los turcos eran para el fondo del Oriente baluartes inexpugnables. La misión de la Europa era ante todas cosas, ocupar y colonizar el nuevo hemisferio.

Ahora la superioridad incontestablemente adquirida por los occidentales en riquezas, en recursos mecánicos, en medios de trasporte, en el arte de la administración y en el de la guerra, les permite abrirse paso hacia el Asia mas remota al través del Antiguo Mundo. Los pueblos que acostumbramos a llamar orientales, pero que no son mas que el [6] Pequeño Oriente, han dejado de ser para la Europa adversarios temibles, puesto que le entregaron para siempre sus espadas en Heliópolis, en Navarino y en Andrinópolis. Hoy, en fin, esta acabada la colonización de la América desde la bahía de Hudson hasta el cabo de Hornos. La Europa puede y debe moverse en la dirección del Levante del mismo modo que hacia el Poniente. El istmo de Suez tiene tantas probabilidades, como el de Panamá, para llegar a ser el paso de la civilización occidental en sus expediciones hacia el Gran Oriente.

VI.

Nuestra civilización europea procede de dos orígenes; de los romanos y de las poblaciones germánicas. Haciendo por un momento abstracción de la Rusia, que es recién venida, y que sin embargo, iguala ya a los mas poderosos de los pueblos antiguos, se subdivide en dos familias, cada una de las cuales se distingue por su semejanza especial con una de las dos naciones madres que han concurrido a engendrar una y otra. Así hay Europa latina y Europa teutónica; la primera comprende los pueblos del Mediodía y la segunda los pueblos continentales del Norte y la Inglaterra. Esta es protestante, la otra católica; la una se sirve de idiomas en que domina el latín, y la otra habla lenguas germanas.

Las dos ramas, latina y germana, se han reproducido en el Nuevo Mundo. La América del Sur es como la Europa Meridional católica y latina, y la del Norte pertenece a una población protestante y anglosajona.

En la vastísima empresa de aproximar y poner en contacto a las dos grandes civilizaciones de la Europa y del Asia pueden hallar los pueblos germanos y latinos tarea que desempeñar, pues unos y otros ocupan en Europa y en América, por tierra y en medio de los mares, admirables puestos avanzados y excelentes posiciones alrededor de esa Asia inmóvil, donde se trata de penetrar.

Pero hace un siglo que la superioridad, que antiguamente estaba de parle del grupo latino, ha pasado al grupo teutónico, ora por los esfuerzos de los ingleses en el Antiguo Mundo y por los de sus hijos en el Nuevo, ora por haberse debilitado y aflojado los vínculos religiosos y morales que unían a las naciones latinas. La raza eslava, que ha aparecido recientemente, y que constituye ahora en nuestra Europa un tercer [7] grupo distinto, parece también que no quiere dejar a los pueblos latinos sino el último rango. Solo los rusos y los pueblos de origen anglo-sajón, son los que hoy tienen puestas sus mientes en el Asia lejana, y se agolpan a sus fronteras terrestres o marítimas.

Sin embargo de esto, los pueblos de origen latino no deben permanecer inactivos en lo que se prepara, a lo menos no pueden verificarlo sin arrostrar la humillación y la ruina. Admirable es la ocasión que se les presenta para reconquistar el rango que han perdido.

VII.

En nuestra Europa de tres cabezas, latina, germánica y eslava, hay dos naciones, la Francia y el Austria{1}, que se presentan con un carácter menos especial y facultades menos exclusivas que las demás. La Francia participa de las dos naturalezas germánica y latina; en religión es católica por sentimiento, y protestante por carácter y temperamento; reúne el nervio intelectual de los alemanes con el gusto elegante de los meridionales. El Austria por la educación y el origen de las poblaciones de sus diversos Estados, es semi-eslava y semi-germana, y esta ligada a los latinos por la religión.

La Francia y el Austria son las medianeras naturales, aquella entre los germanos y latinos, y ésta entre los germanos y los eslavos. Así es que por largo tiempo ha tenido el Austria y conserva todavía la pretensión de extender su patronato sobre muchos miembros de la familia latina, y en virtud de esa tendencia al Mediodía, es como retiene hoy el reino lombardo-véneto.

Sin embargo, el Austria es principalmente germana; del mismo modo la Francia, por el conjunto de sus rasgos distintivos, se coloca en el grupo latino.

De la naturaleza mixta de la Francia y del Austria se puede deducir que siempre que se trate de la balanza de la Europa o de armonizar los esfuerzos de todos los europeos hacia un objeto determinado, la influencia que una y otra ejerzan será decisiva, resultando de su leal concurso una fuerza irresistible.

El Austria tiene en Europa una situación mas central que la Francia, [8] posee por lo tanto mayor multiplicidad de puntos de apego a los diferentes tipos de la civilización occidental, comprendiendo aquellos a que se habían sobrepuesto los turcos; pero la Francia combina las inestimables ventajas de una constitución mas homogénea y de un temperamento mas flexible; su fisonomía es mas marcada, y su misión mas clara y mejor determinada, y tiene, sobre todo, una sociabilidad mas fuerte. Así es que forma la eminencia del grupo latino, y es su protectora.

VIII.

De lo dicho se infiere que en los acontecimientos, que al parecer deben apuntar muy pronto, la parte de la Francia puede ser muy grande; porque ella es la depositaría de los destinos de todas las naciones del grupo latino en ambos continentes. Ella sola puede impedir que esa familia entera de pueblos sea sepultada en el doble desbordamiento de les germanos y sajones y de los eslavos, A ella loca despertarlos del letargo en que están sumergidos en los dos hemisferios, elevarlos al nivel de las demás naciones, y ponerlos en estado de figurar en el mundo. Ella es la llamada también, acaso mas que ninguna otra, a favorecer el desarrollo de la vitalidad que carece reanimarse entre los árabes y a sacudir por ellos el extremo Oriente.

De este modo, examinada la escena política bajo el punto de vista francés presenta en el segundo término, a cierta distancia todavía, el contacto de las dos civilizaciones de Oriente y de Occidente, al cual están llamados los franceses como medianeros, y mas adelante, la educación por la Francia de todos los pueblos latinos y de una gran parte de las poblaciones árabes vecinas del Mediterráneo.

Se puede diferir de opinión sobre el grado de inminencia de las revoluciones de que debe ser teatro el fondo del Asia. Nosotros, sin embargo, somos de los que creen que se hallan poco distantes. Concebiríamos también que se quisiera estrechar el círculo de la influencia francesa y reducirla a los países meridionales de la Europa Occidental, aunque nos parece que la Francia esta llamada a ejercer un patronazgo benévolo y fecundo sobre los pueblos de la América del Sur, que no se hallan aun en estado de bastarse a sí mismos, y aun que las antiguas tradiciones de las cruzadas, la conquista de Argel y los recuerdos de la expedición de [9] Egipto prometen a la Francia uno de los primeros papeles en el drama que debe ejecutarse en la orilla oriental del Mediterráneo.

En cuanto a las naciones europeas de la familia latina, suponemos que no queda duda a nadie sobre la supremacía que la Francia tiene que ejercer con respecto a ellas, ni sobre los deberes que en el interés recíproco de esta y de aquellas potencias ha de cumplir para con ellas. Es indudable que desde Luis XIV es la Francia cabeza dé esa familia, y que no puede ya retroceder ni delante de los beneficios, ni delante de las cargas de su posición. Su derecho de primogenitura esta reconocido por los pueblos que la componen; su protectorado ha sido aceptado por ellos siempre que se lo ha ofrecido sin ulteriores miras de abusar de él. ¡Venturosa la Francia, si, satisfecha con esta elevada prorrogativa, sus príncipes, y sobre todo el que ha realzado su brillo con el nombre de emperador, no se hubieran obstinado en tentativas imposibles, para establecer su soberanía sobre las naciones de la familia germánica!

IX.

Desde que la preponderancia en el equilibrio del mundo pasó a los pueblos de origen sajón, desde que la raza inglesa obtuvo, la superioridad sobre la Francia y España en Asia, en América y en Europa, instituciones nuevas, reglas nuevas de gobierno, nuevas ideas y nuevas practicas, tocantes a la vida social, política e individual, se han desarrollado entre los ingleses, y mas todavía entre sus continuadores del Nuevo Mundo. Todo lo que se refiere al trabajo _y a la condición del mayor número de los trabajadores, ha sido perfeccionado entre ellos de una manera inaudita, y parece que a favor de estas novedades tiende a acrecentarse mucho mas la preeminencia de los anglo-sajones sobre las naciones del grupo latino.

De toda la familia latina, los franceses son los que están mejor colocados, los únicos bien colocados para asimilarse esos progresos modificándolos conforme a las exigencias de su naturaleza. están llenos de energía, y jamás han palpitado sus corazones con mas entusiasmo por las nobles empresas.

Es, pues, indispensable que pongan manos a la obra sin mas dilación; es de absoluta necesidad, haciendo abstracción de toda concepción sobre la política universal y sobre el contacto mas o menos próximo de las dos grandes civilizaciones. Es para ellos una necesidad rigurosa, [10] imprescindible, aun suponiendo que no tengan que trasmitir a los meridionales, de que son primogénitos, y a los pueblos que habitan el Este del Mediterráneo, las mejoras que su situación reclama y que están dispuestos a recibir de ellos. Se trata, en fin, para los franceses, en su interior, de ser o no ser,

¿Cómo y bajo que forma llegaran a apropiarse las innovaciones de la raza inglesa? «Esta cuestión difícil y compleja, dice Mr. Chevalier en sus Cartas sobre la América del Norte, fue mi pensamiento capital durante mi estancia en el Nuevo Mundo. No pretendo en manera alguna el honor de haberla resuello, ni aun imperfectamente. ¡Dichoso yo si los pensamientos que me ha sugerido el espectáculo de un orden de cosas tan diferente del nuestro, examinados por un hombre mas previsor que yo, pueden contribuir a ponerle en estado de resolverla!

(Traducido del francés por J. P. C.)

{1} Diversas publicaciones recientes, entre otras los Dos Mundos, de Mr. Gustavo d'Eichthal, han tenido por objeto señalar el verdadero carácter del Austria.

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