Revista española de ambos mundos
Madrid, noviembre 1853, número 1
 
tomo primero
páginas 29-45

 
José Joaquín de Mora

De la situación actual
de las Repúblicas Sur-Americanas

La declamación sobre los desórdenes de que han sido teatro todos los estados formados en el Sur de América con los restos de la dominación española, y de que muchos de ellos lo están siendo todavía; la amarga censura de la conducta, de las costumbres, de las propensiones y aun de los alcances intelectuales de sus pobladores; los tristes vaticinios sobre la suerte futura, que acaban generalmente por el retroceso a su antiguo estado de barbarie, son lemas frecuentes de los periódicos, de los libros de política y de las relaciones de viajes que salen diariamente de las prensas europeas. Seamos antes de todo francos y verídicos sobre todo, cuando ni la franqueza ni la verdad invalidaran en lo mas pequeño la opinión que vamos a sostener en este artículo. En los comentarios que se hacen a estos lamentables acaecimientos, se olvidan muchas cosas y se ignoran otras muchas; pero los hechos son reales, y no hay como desmentirlos. Con excepción de Chile y el Perú, las repúblicas sur-americanas ofrecen en la actualidad la imagen del caos. Los gobiernos no tienen estabilidad; las leyes no tienen vigor; los tesoros públicos están vacíos; los hombres sensatos y sinceramente amantes del país huyen del mando y viven en la oscuridad, y no es fácil encontrar, al examinar el estado moral de aquellas poblaciones, cuando ni de dónde [30] ha de venir el remedio de tantos infortunios. Si se hallase dividida la opinión en aquellos países entre dos o mas sistemas teóricos de organización política, como lo estuvo en España entre absolutistas y liberales, y en Inglaterra entre whigs y torys, podría aguardarse la terminación del conflicto, del triunfo que tarde o temprano acabaría de obtener alguno de los partidos beligerantes; pero en la América del Sur no hay doctrinas opuestas, no hay sistemas incompatibles, no hay rivalidad de dogmas. Nadie piensa allí en alterar la forma republicana; las cuestiones constitucionales, tan agitadas en Europa, sobre mayor o menor amplitud del poder ejecutivo, sobre responsabilidad ministerial, sobre mayor o menor franquicia del voto electoral, no excitan allí luchas empeñadas, ni aun siquiera llaman la atención de los políticos. Toda la cuestión se reduce a saber quien ha de mandar; la piedra del escándalo es siempre un nombre propio. Los jefes de las naciones se suceden, empujándose unos a otros de la silla del mando. Los hombres políticos y las tropas apoyan o rechazan al poseedor y al aspirante, según se lo dictan la simpatía o la antipatía, los compromisos clandestinos, los planes y las esperanzas ambiciosas. a los ojos del observador superficial, este encadenamiento de trastornos, movido por tan mezquinos resortes, no ofrece una terminación probable. Los medios de triunfaren estas innobles contestaciones son bien sabidos; todo consiste en seducir una guarnición, o a veces, un regimiento solo. Raras veces toman parte los pueblos en estas disensiones: lo mas común es que permanezcan testigos inmóviles de la disputa, prontos a reconocer al vencedor, como lo estuvieron a reconocer al caído, y como lo estarán a reconocer al futuro aspirante. Todo esto es cierto; todo esto se confirma por las noticias que cada vapor nos trae de aquellas regiones. Pero si es justo, si es inevitable, si la compasión, el deseo del bien universal y la misma caridad cristiana nos impelen a deplorar tamaños desórdenes, ni hay justicia, ni rigor lógico, ni sentimientos humanos y religiosos en ese fallo de imbecilidad, de perversión, de inferioridad mental y moral que tan absolutamente se lanza contra tantos millones de seres humanos, cerrándoles las puertas del porvenir, privándolos de toda posibilidad de mejora y de adelanto, y apartándolos para siempre de toda participación al movimiento civilizador que hoy experimenta la sociedad humana, como su continente esta separado del nuestro por abismos insondables. La unidad de la especie humana, es una verdad que han demostrado de consuno la revelación y la filosofía. Esta unidad comprende la identidad genealógica, y de estructura interna y externa; comprende la igualdad en el número, [31] en el uso y en el temple délas facultades. Su ejercicio deberá, pues, dar de si las mismas consecuencias, cualquiera que sea el clima, la localidad y las circunstancias en que la Providencia haya colocado al individuo. La relación entre el pensamiento y la palabra, entre los sentidos y la razón, entre la voluntad y la inteligencia, es idénticamente la misma en el circulo polar que bajo la línea. En todas partes busca el hombre el bien y huye del mal; en todas partes conservan sus caracteres distintivos, la virtud, el vicio y la pasión. Al juzgar, pues, a las naciones americanas, no debemos acudir a reglas distintas délas que empleamos en nuestros juicios sobre las diferentes fracciones de nuestra especie. Hemos dicho que al emitir estos juicios y al fundar en ellos vaticinios funestos, se olvidan y se ignoran muchas cosas. Vamos a enumerarlas.

Se olvida, desde luego, la historia universal del mundo y la cronología de los hechos, y el enlace de las circunstancias que han influido en la suerte de la humanidad. En la época en que vivimos se están recreando nuestras miradas con el espectáculo de un gran número de naciones poderosas, ricas, organizadas, sometidas a autoridades legales, regidas por leyes sabias, y ligadas entre sí por los vínculos del comercio y de la cultura intelectual. Este grandioso espectáculo se presenta a nuestros ojos con tantos caracteres de firmeza y solidez, que nos figuramos descubrir en él la lenta acción de los siglos, y no podemos figurarnos que tan grandioso resultado no haya sido trasmitido por una larga serie de generaciones, a la que actualmente se goza en sus ventajas. Estamos en el caso del que penetra en una selva de árboles colosales, y piensa en las épocas remotas de su plantación. Con estas ideas de antigüedad, se une la de los monumentos, que instintivamente ligamos en nuestra imaginación con las cosas del día, pareciéndonos duro de creer que hayan frecuentado los sombríos ámbitos de las catedrales de Burgos, Westminster y Nuestra Señora de Paris, seres humanos, diversos de nosotros en costumbres, ideas, moral, opiniones y cultura. Apenas cabe en nuestra imaginación que los abuelos de nuestros padres fuesen testigos de escenas que en atrocidad y protervia rivalizaron con los excesos que nos llenan de asombro en las tribus mas indómitas del África. De esta asociación de ideas, fortificada por el nivel común en que han llegado a colocarse todas las naciones civilizadas, resulta esa especie de optimismo presuntuoso que nos induce a suponer a la Europa dolada de una prerrogativa de que la naturaleza ha privado a todas las otras partes del globo. Olvidamos, al formar estos conceptos, que esta [32] civilización de que nos jactamos, no es obra nuestra ni de nuestros antepasados; sino una herencia fundada en remotos hemisferios; en países donde se ignoraba hasta la existencia de las regiones que habitamos; cuando estas regiones no abrigaban mas que tribus feroces, vestidas de pieles, envueltas en la mas tosca barbarie; cuando se sacrificaban victimas humanas en sus templos; cuando su suelo no producía mas que pastos y bellotas. Se olvida que ya existían Tiro, y Nínive y Persépolis cubiertas de los prodigios del arte, resplandecientes de opulencia, dueñas de un trafico inmenso que concentraba en sus muros las producciones mas exquisitas de Asia y África, cuando las fieras de los montes rugían en las localidades que hoy ocupan Viena, París y Madrid, y cuando un habitante de estos países habría excitado en los emporios del mundo antiguo la misma extrañeza que hoy nos causa la vista de un iroqués o de un hotentote. Descendiendo a épocas mas cercanas a nuestros días ¿están tan lejos de nosotros las repúblicas italianas de la edad media? ¿Era posible esperar un orden de cosas estable, un gobierno con algunos síntomas de duración, un sistema siquiera tolerable de administración de justicia, respeto a la propiedad, seguridad délas personas, en la larga serie de siglos que mediaron entre la traslación del imperio al Oriente y la batalla de Pavía? Y aun después de esta famosa peripecia, cuando ya habían deleitado a los hombres la lira del Dante, el cincel de Miguel ángel, el pincel de Rafael de Urbino, la prosa de Maquiavelo y las pompas de León X ¿qué pagina de la historia de America manchan tan atroces crímenes, profanaciones tan impías como las cometidas en la capital del mundo cristiano por las tropas de Carlos V?

Las frecuentes declamaciones sobre la imposibilidad de consolidar en aquellas repúblicas un régimen permanente de política y de organización, prueban también una gran falta de memoria en sus autores. Desde luego no vacilamos en reconocer que la forma de gobierno que adoptaron inmediatamente después de rotos sus vínculos con la metrópoli, era justamente la mas opuesta a sus antecedentes históricos, a sus hábitos, a su temple y a la composición material de su población. Mil veces se ha observado cuan violento es el transito del poder absoluto a la libertad: y no necesitamos atravesar los mares para encontrar deplorables ejemplos que confirman esta verdad. Innumerables son las revoluciones por medio de las cuales se ha realizado esta transformación en las naciones europeas. Quisiéramos que se nos señalase una sola en que el vasallo oprimido se Laya convertido de repente en ciudadano diestro en el ejercicio de sus derechos: una sola en que no hayan estallado con violencia y furor [33] las pasiones comprimidas por espacio de muchos siglos, y las ambiciones nobles y honoríficas encadenadas por el privilegio y el monopolio. Seria preciso para que tamaños descarríos no se verificasen, que se alterasen completamente las leyes morales del universo, y que se diese al corazón humano una organización distinta de la que ha recibido de la mano del Eterno. Esto ha sucedido en Europa; en naciones cuya civilización empezó a elaborarse desde los tiempos de la caída del imperio romano; en naciones que, aun en medio de su opresión conservaban focos de independencia y de individualidad, como eran los gremios, las corporaciones, los municipios y las ligas anseáticas; en naciones muchas de las cuales poseían los rudimentos de la representación nacional, comprimidos, si se quiere, adulterados, sujetos a grandes intervalos; pero considerados como instituciones esencialmente nacionales; preciosas a los ojos de los ciudadanos, y cuyos simulacros bastaban para mantener secreta pero activa, la esperanza de darles algún día mayor ensanche, y quizás de convertirlos en derecho público de Europa. Tal era la situación de Inglaterra antes de la revolución de 1668; tal la de Francia antes que sonara la voz de Mirabeau en el juego de pelota de Versalles; tal la de España antes de 1812, y tal, en fía, la de todas las grandes familias europeas que habían arrancado a sus monarcas limitaciones mas o menos amplias de su poder. Hemos aludido a la Gran Bretaña, y ya sabemos que en la opinión vulgar se fija la época de la Magna Carta como el principio de las libertades de aquel país. Pero ¿cuantos siglos pasaron desde el reinado de Juan hasta el de los Estuardos? pues este largo intervalo no fue mas que una serie no interrumpida de los crímenes políticos mas atroces, de las revoluciones mas violentas, de las persecuciones mas inicuas, en términos, que con razón se ha dicho que la historia de Inglaterra de aquellos tiempos debería estar escrita por la mano del verdugo. ¿No hubo tiempo bastante desde 1199 hasta 1633 para consolidar un sistema de gobierno y acostumbrar los hombres a su practica? pues en estos cinco siglos y medio no pudo realizarse en nación tan sabia, tan tenaz en sus propósitos y tan amiga de su libertad, un resultado que parece tan fácil de obtener por la acción del tiempo y por las tendencias naturales del carácter nacional. A los cinco siglos y medio de establecido el sistema representativo en Inglaterra, un ambicioso audaz lo destruyó con un puñado de hombres y sin encontrar la menor resistencia.

Todavía es mas notable, y todavía forma un argumento mas elocuente la historia de la península italiana; porque allí sin haber menos amor a la libertad que en Inglaterra, hubo, desde los principios de las sociedades modernas, [34] más ilustración en todas las clases, mas riqueza mercantil, mas relaciones intimas y frecuentes con las otras naciones de Europa; instituciones subalternas mas perfectas que las inglesas, y, sobre lodo, estaban mas cerca de los italianos que de los ingleses los ejemplos y las tradiciones de Grecia y de Roma: manantiales inagotables de patriotismo, de libertad y de independencia, a los cuales acudimos todavía con admiración y respeto en medio de las grandes mejoras que el espíritu moderno ha introducido en todas las instituciones humanas.

Hay además que observar que las naciones europeas se componen de razas homogéneas, las cuales presentan, por consiguiente, la mayor facilidad para la trasmisión y comunicación de las ideas y de los sentimientos. La división entre nobles y plebeyos ha podido ocasionar luchas y conflictos entre unos y otros; pero la sangre era la misma, y el temple físico y moral se prestaba en una y otra categoría al mismo impulso y a las mismas aspiraciones. No se ha verificado en Europa desde la caída del imperio romano hasta nuestros días una sola revolución en que la masa de los habitantes haya permanecido indiferente al combate de los partidos y de las opiniones. Cuando dos hombres o dos familias se han disputado el poder, las naciones enteras se han dividido en partidarios de una o de otra; la misma segregación han producido las teorías políticas.

Ahora bien, ninguna de las circunstancias que acabamos de enumerar se encuentra en las repúblicas americanas. Si nos fijamos en el tiempo, seria absurdo pretender que el espacio de cuarenta arios bastase a producir en el Nuevo Mundo lo que cinco siglos no han bastado a realizar en el Antiguo. Si se quiere invalidar este argumento con el ejemplo de los Estados Unidos, en donde la transición se hizo sin violencia y con tanta rapidez, tendremos aquí otra prueba de notable falta de memoria. En los Estados Unidos la transición no fue de la esclavitud a la libertad, sino de la libertad con un rey a la libertad con un magistrado. Todas las instituciones de la metrópoli estaban arraigadas en las colonias: la libertad de cultos, la libertad de imprenta, la publicidad de los juicios, el jurado, el habeas corpus: en una palabra, todas las conquistas que los ingleses habían hecho en sus largas y sangrientas luchas contra el poder monárquico.

Ninguna de estas condiciones poseían los establecimientos españoles en América, cuando el impulso de circunstancias externas les obligaron a declararse independientes: y si esta declaración fue producto de circunstancias irresistibles, no menos irresistible fue la necesidad que los obligó [35] a erigirse en repúblicas. ¿Qué otra formado gobierno habían podido adoptar? ¿Quedarían sometidas a un virrey cuando el rey había desaparecido? ¿Qué fuerza, qué autoridad, qué legitimidad podía tener el apoderado cuando ya no había poderdante? Decir que en América habría debido conservarse el principio monárquico como se conservó en la Península, es sumir en el olvido el influjo del tiempo, de las distancias, y aun el carácter mismo de los hechos contemporáneos. Cuando Napoleón invadió la España, ¿quién en Europa no la dio por perdida, como lo había sido una gran parte de Europa? ¿Quién a los principios no creyó tan seguro el trono de José en España, como lo estaba el de Luis en Holanda, el de Gerónimo en Westfalia, y el de Murat en Nápoles? Y si esto se pensaba cu Europa, teniendo tan cerca la escena de los sucesos, ¡qué no se pensaría a millares de leguas de distancia, con comunicaciones interrumpidas por grandes intervalos, y noticias abultadas por el miedo, por el interés y por la exageración! Los americanos no quisieron lo mismo que no querían los españoles: ser súbditos de un monarca extraño. Tal fue la llave de su conducta; tal es la verdadera explicación de su rompimiento con la madre patria. España se conservó monárquica, no tanto por amor a la persona del rey, como por ese noble sentimiento que despiertan en las almas generosas el abuso de la fuerza, la mala fe, los ultrajes a la independencia, a la propiedad, a la religión, a todos los objetos mas caros al corazón del hombre. La idea del monarca estaba asociada en el corazón de los españoles con esa sublime virtud de-que hicieron tan magnifico alarde, con asombro del mundo, en aquella memorable ocasión: el patriotismo, y ese patriotismo estaba entonces herido en su misma vitalidad, y esa herida era demasiado repentina, demasiado traidora, demasiado profunda, para que no produjese una reacción violenta, y para que no exaltase hasta lo último el resentimiento, la ira y el deseo de la venganza. ¿Podían conservar estos sentimientos la misma vehemencia, trasmitidos por escrito, al través de las aguas del Océano y enfriados por el largo espacio de tiempo trascurrido desde su primera explosión? ¿Es lo mismo tener noticia de un gran suceso que presenciarlo? Hace muchos siglos que se ha dicho:

Segnius irritant animos demissa per aures,
Quam quæ sunt oculis subjecta fidelibus.

La separación de las colonias fue, pues, y debió ser, no un acto de [36] libre determinación, no una necesidad, no el desenlace de un drama preparado de antemano, no la reventazón de pasiones comprimidas, no la ejecución de planes preexistentes, no la expresión de un voto público: fue la consecuencia forzosa, imprescindible de lo que estaba pasando en Ja Península. Lo prueba del modo mas luminoso la simultaneidad con que se realizó en todos los centros del poder delegado. Méjico se emancipó sin saber cómo pensaba Chile, y Buenos Aires sin ponerse de acuerdo con Caracas.

Dado este paso que ningún poder humano, ninguna consideración, ningún hecho externo era bastante a evitar ni a comprimir, el transito al régimen republicano debía ser su inseparable consecuencia. Estaban demasiado lejos los reyes para ir a ofrecerles coronas, como mas tarde hicieron Bélgica y Grecia, y la aristocracia americana, aunque opulenta y respetable, no había concentrado el poder en sus manos, como la de Venecia, ni había tenido parte en su ejercicio como la de la Gran Bretaña. Así, pues, ni monarquía, ni república de nobles. Faltando estos dos elementos, de los tres que, desde los tiempos de Aristóteles, constituyen las bases de todo gobierno posible, no quedaba mas que el tercero: la democracia, si puede darse este nombre a la supremacía de una clase de la sociedad, con exclusión de la gran mayoría de lo que se llama pueblo; porque téngase presente en toda esta discusión que la democracia en cuyas manos cayó el poder, después de rotos los vínculos coloniales, era una verdadera oligarquía, compuesta de los ricos, de los instruidos, de los civilizados, en una palabra, de los descendientes de los españoles. Hasta ahora no hemos visto figurar en aquellos sucesos un apellido que no nos sea familiar en la Península. Iturbide es mas navarro que mejicano; Rivadavia mas gallego que argentino. ¿En qué junta provisional, en qué congreso, en qué pronunciamiento tomaron parte los descendientes de Colocólo, de Tahuapalca y de Gualimozin? Y aquellos hombres ricos, instruidos y civilizados, para los cuales no había alternativa ni opción, obligados a ser por fuerza republicanos, apremiados por las circunstancias, y teniendo en su mismo territorio un modelo perfecto de aquella institución, creyeron que el mejor partido que podían tomar era seguir los pasos de las colonias que los habían precedido en la carrera. Washington estaba mas cerca que Suiza, y el ejemplo que los Estados Unidos habían dado era mas reciente que los que habían ofrecido al mundo Atenas y Esparta.

Pero los americanos del Sur no estaban dispuestos a recibir un sistema de gobierno tan opuesto a su organización y a sus hábitos. [37] Esta es la observancia que suena en todos los labios y se cae de todas las plumas. Es verdad que a nadie se ocurrió a los principios: todo lo contrario. De todos los pechos liberales se exhaló un himno de júbilo al considerar el triunfo de la libertad en las inmensas regiones por tan largo tiempo sometidas al poder absoluto. En Inglaterra especialmente se presentó aquel gran acaecimiento como la iniciación de la regeneración para todas las sociedades cultas. Los ingleses miraban con orgullo el triunfo de sus principios constitucionales en la América del Norte: ya veían propagados estos mismos principios en todo un continente. Jamás se han excitado simpatías mas vehementes entre nación y nación que las que se despertaron en Inglaterra con motivo de aquella transformación inesperada. Cuando Canning dijo en el parlamento que levantaría un mundo nuevo para contrapesar el poder del antiguo, quiso decir que levantaría un inundo libre para derrocar el poder de un mundo condenado a la esclavitud por la Santa Alianza, y en el lenguaje de Canning, la palabra libre no podía tener una significación en América distinta de la que tenia en Inglaterra. El, como todos los hombres políticos, como todos los escritores públicos, estaban íntimamente convencidos de que las nuevas repúblicas poseían cuantos elementos eran necesarios para colocarse al nivel de su predecesora.

El desengaño vino mas tarde, y cuando sucedió lo que nadie había previsto, los ditirambos y las enhorabuena? se convirtieron en censuras y reconvenciones, y de todas las faltas de memoria que hasta ahora hemos notado en los políticos europeos, ninguna tiene menos disculpa que la que supone este retroceso de la opinión. Porque la historia entera es una continua lección que debería haberlos prevenido para los resultados que no tardaron en darse a luz, y toda ella nos esta demostrando la imprescindible necesidad de costumbres públicas análogas a los sistemas políticos que los pueblos adoptan; la inutilidad de cuantos esfuerzos se hagan para introducir grandes innovaciones, si no se cuenta con hábitos, ideas y practicas en que aquellas innovaciones se cimienten. Todavía no ha llegado la América del Sur a demostrar este principio de un modo tan luminoso, y al mismo tiempo tan deplorable y sangriento, como lo hizo la mas sabia, la mas culta, la mas opulenta de las repúblicas italianas de la edad media; esa magnifica Toscana que después de haber pasado muchas veces del régimen democrático al aristocrático, y de uno y otro al monárquico, se echó en los brazos de lo imposible, y declaró soberano perpetuo a Jesucristo. A tamaños extravíos conduce forzosamente la disparidad entre las instituciones y las costumbres. [38] Ni actores ni espectadores reparan en estas cosas, cuando llega el supremo momento de la transición provocada por la fatalidad. El naufrago se apodera del primer madero que se le presenta, sin examinar si tendrá bastante fuerza para soportarlo.

¿Y qué diremos de las naciones antiguas, sabias, consolidadas, llenas de hombres eminentes en todos ramos, que, colocadas en las mismas circunstancias, han procedido con el mismo aturdimiento y la misma imprevisión? ¿Quién habría osado decir a los franceses el 21 de setiembre de 1792 que no poseían una sola de las cualidades indispensables para constituir una república; que no habían aprendido a ser hombres libres; que con el nombre de república iban a erigir la teas monstruosa y la mas sangrienta de las tiranías? ¡Y lo que no pudo conseguir la nación mas civilizada de la tierra se quiere exigir de naciones atrasadas, y sometidas por espacio de siglos a la autoridad absoluta de un monarca! Si se quiere disculpar tamaño desacierto con la ofuscación que producen en el entendimiento las pasiones exaltadas por conflictos sangrientos, por resistencias tenaces, por sofismas deslumbradores, no alcanza la misma justificación a sucesos de fecha posterior, en que han obrado el mismo olvido de los antecedentes, la misma imprevisión de los resultados, la misma ignorancia de las actualidades. Seguramente, el transito de la monarquía ilimitada a la representativa, no es tan violento como el de la monarquía, cualquiera que ella sea, a la república. Para la Francia, sin embargo, tan imposible ha sido la primera como la segunda. Con el ejemplo inmediato de la Inglaterra, con tantos escarmientos dolorosos, con tanto saber, tanta ilustración y tantos años de discusión pública sobre los principios de gobierno y sobre la teoría de la libertad, y sobre el equilibrio de los poderes, la Francia no ha podido ser representada legalmente en cuerpos legisladores; no ha podido poner en armonía el principio monárquico con sus restricciones constitucionales; ni siquiera ha podido darse una sistema electoral que ofrezca bastantes garantías de acierto y de independencia. Y si allí se ha frustrado tan completamente aquel designio, y si con infinitamente mayores motivos se ha frustrado en Nápoles, en Toscana, en Austria, en Prusia, en todos los estados de Alemania, ¡estragaremos que no se haya conseguido un designio mucho mas arduo en pueblos incomparablemente menos preparados a la transformación por la que los han obligado a pasar las inflexibles leyes del destino!

¿Y por qué, se dirá, no renuncian los americanos a tan temerario empeño, como han renunciado al suyo las naciones que acabamos de nombrar? [39] Por dos razones poderosísimas. Primeramente, porque no tienen en qué escoger; porque la misma fuerza que los indujo a erigir sus provincias en repúblicas, los obliga a mantener este estado de cosas, so pena de atraer a su territorio todos los males de la guerra civil; so pena de herir grandes y preciosos intereses creados a la sombra de sus nuevas instituciones; so pena de lanzarse a los brazos de un porvenir lleno de escollos, de incertidumbres y de probabilidades funestas. En segundo lugar, porque los americanos no pierden, o no deben perderá lo menos, las esperanzas de amoldar sus costumbres a las instituciones que la fuerza de los sucesos les ha impuesto; de desarraigar los males y los vicios que no les han permitido hasta ahora darles una forma permanente y sólida; de tener gobiernos fuertes sin menoscabo de las libertades que sus constituciones sancionan; en fin, de ponerse al nivel de las naciones en que la acción pública obra con regularidad, desempeñando todas sus atribuciones, fomentando todos los intereses, y apoyándose en la obediencia de los gobernados. Seria un juego cruel de la Providencia, indigno de sus miras constantemente benéficas y regeneradoras, que, colocada por sus designios una familia humana en la necesidad inevitable de caminar por una senda trazada, y no por otra, no encontrase en ella mas que abrojos y precipicios. No es este su modo de obrar con los hombres. Les envía calamidades; los pone en conflictos; pero los ha dotado de entendimiento y voluntad, que son los grandes medios de restablecer el equilibrio entre el bien y el mal: ley suprema a que se arregla el gobierno moral del universo. En las repúblicas americanas no esta perfectamente entendido ni practicado el sistema republicano; pero existe su principio: en ninguna de ellas se le quiere sustituir otro; y a lo menos esta es una ventaja de que no gozan algunas naciones ilustradas y ricas del antiguo continente. Sus discordias, sus guerras civiles no han provenido nunca de doctrinas o partidos que quieran cambiar aquella base esencial de su existencia política. Es cierto que esta falseado el sistema, como falsea sus pasos el hombre cuando, en los primeros años de la infancia, intenta andar solo y sin apoyo; pero cada día se fortifican mas sus músculos; el instinto y la experiencia perfeccionan cada día mas, y dan mas segundad a sus movimientos. Así debe suceder en naciones que, por primera vez, después de tantos siglos de pupilaje, se han visto en el caso de manejarse por sí solas y de gobernarse a si mismas. Con excesos infinitamente mayores y mas deplorables, se han iniciado ensayos de esta clase en Francia, en Austria, en Hungría y en todas las demás naciones que obedecieron a la señal dada por las barricadas de febrero. [40] Cortó aquellos vuelos la reacción monárquica, y ya no es posible saber si los ensayos habrían podido llegar a ser con el tiempo obras cumplidas. Pero en América no puede haber reacción: las ideas republicanas triunfan sin el menor riesgo de compresión ni de obstáculo. Si están viciadas, no pueden estarlo perpetuamente; porque Dios no ha querido que el mal se perpetué entro los hombres; porque los vicios de las leyes y de su practica tienen en contra los intereses de la mayoría, los escarmientos, el progreso de las luces, el ejemplo de los otros pueblos, el cansancio de los que padecen, y en fin, las tendencias generales del siglo hacia el orden, la paz, los trabajos útiles, el cambio de productos, y todo lo que puede contribuir a la ventura general.

El ejemplo que esta dando la república de Chile, es una prueba victoriosa de la solidez de nuestra opinión. No hace muchos años que se desesperaba en Europa de la salvación de Chile, como se desespera hoy de la salvación de Buenos Aires y de Nueva Granada. Chile, sin embargo, se ha salvado, y no hay por cierto en su constitución social un solo elemento de que carezcan sus hermanas; porque la homogeneidad entre todas ellas es perfecta. En idioma, en religión, en origen, en tradiciones, en propensiones, en necesidades, todas ellas son perfectamente iguales. ¿No podrán salvarse las otras como se ha salvado aquella?

Que en todos aquellos países abundan los medios de conseguir una regeneración no menos cumplida que la que Chile ha realizado y la que se esta realizando en el Perú, es una verdad que solo puede oscurecerse a los que no han estudiado a fondo las peculiaridades de su naturaleza y de su población. Por eso decíamos al principio que en los juicios que se forman generalmente sobre la condición actual de la América del Sur se olvidan muchas cosas (y ya, las hemos enumerado) y se ignoran otras muchas.

Se ignora, por ejemplo, el temple dócil, blando y flexible, no solo de la raza indígena, sino de la creada por la conquista, y en verdad, si se considera que la inmensa mayoría de la población vive separada por grandes distancias de los focos de la autoridad, y que esta se hace obedecer desde el centro a la periferia, sin tropas, sin gendarmes, sin policemen, sin guardias civiles, sin mas que un mandato escrito, trasmitido por un chasque, será preciso confesar que con estas disposiciones naturales, que no han bastado a corromper tantas turbulencias y tantas revoluciones, no es una imposibilidad formar un orden de cosas sólido y racional. En ninguna sección de la América del Sur, han salido jamás los desórdenes del pueblo, ora se dé este nombre a los restos de las naciones primitivas, [41] ora a los de la raza española. Ni una ni otra ha suministrado elementos a la revolución, sino cuando los ha provocado, y muchas veces forzado la ambición militar, único móvil, único origen de todos esos trastornos, de toda esa anarquía de que tanto nos lamentamos. £1 viajero atraviesa centenares de leguas, mas o menos pobladas de caseríos, de aldeas y aun de pueblos importantes, sin ver otros agentes de la autoridad que algunos pobres alcaldes o caciques, iguales en condición y en recursos pecuniarios a la totalidad de sus subordinados; y sin embargo, todos ellos pagan exactamente sus contribuciones; todos ellos cultivan en paz sus campos, y en ninguna parte del mundo se goza de mayor seguridad en persona y bienes. Tan ajenos viven de la política, tan poco excitan su interés y su curiosidad las vicisitudes del mando, que todavía en 1834 había en una de las repúblicas centenares de indios que se creían gobernados por Fernando VII. Excepto en Méjico, y algunas veces en las inmediaciones de alguna otra ciudad grande, el robo en los caminos es un crimen desconocido. En América, sobre todo, no ejerce su maléfico influjo esa plaga de las sociedades cultas, ese deplorable pauperismo, borrón afrentoso de nuestra civilización, y que tanto contrapesa y envenena sus beneficios: porque la pobreza americana no es la absoluta inedia, ni la absoluta desnudez, ni el absoluto abandono como en las grandes ciudades de Europa; es la privación de los buenos alimentos, de las buenas ropas, de las comodidades de la vida: no la agonía del hambre, ni la acumulación de familias desnudas en sótanos infectos, ni la mendicidad importuna que nos aflige en nuestros magníficos paseos y a las puertas de nuestros templos.

Otras cualidades morales sobresalen en el carácter americano que la alta civilización ha podido borrar en países mas envejecidos; pero que allí conservan un grandísimo vigor y que se hallan tan arraigadas en su modo de vivir y en sus relaciones diarias, que han de pasar, en nuestro sentir, muchos siglos antes que desaparezcan. Entre ellas, todos los viajeros admiran la generosa hospitalidad propia de todas las clases de la sociedad, y que se encuentra tanto en las ricas habitaciones del hacendado o comerciante de Lima, Valparaíso o Méjico, como en la humilde habitación del pobre cura de una aldea, o en la choza del indio. Esta preciosa cualidad es incompatible con el odio a los extranjeros, y ya se sabe cuanto predomina ese innoble sentimiento en las sociedades atrasadas y cuanto influye en la perpetuidad de su ignorancia y de su embrutecimiento. En la América del Sur, el viajero, sea investigador científico y curioso, sea especulador descoso de encontrar nuevos mercados, sea por fin, [42] aventurero que corre en pos de eventualidades provechosas, atraviesa las pampas, los bosques, los desiertos y los montes sin que nadie le moleste. Atestiguan esta verdad las innumerables obras que se han escrito en Europa de relaciones de viajes, hechos por ingleses, franceses, americanos y alemanes en los puntos mas remotos de los centros de la autoridad, sin mas escolta que un guía: y estos hombres han encontrado en todas partes asilo, consejos, benevolencia, seguridad y protección. Los que no toman en cuenta, al juzgar tristemente el porvenir de la América, estas disposiciones del carácter nacional, ignoran cuanto pueden influir en el nuevo aspecto que sin duda alguna van a tomar y están tomando las nuevas repúblicas. En efecto, estas disposiciones, este convencimiento de que los extranjeros no pueden llevarles mas que luces, trabajos útiles, buenos ejemplos y abundantes medios de cambio, están ya produciendo grandes resultados en muchos puntos de aquella región: donde quiera que el comercio ha producido acumulación de advenedizos y de capitales, se ha notado el principio de una gran transición de la anarquía al orden, del desperdicio de caudales a su aprovechamiento, del despilfarro a la economía; de la vida ociosa e inútil, disipada en vanas diversiones o en perezosa ociosidad, a los trabajos productivos, al espíritu de especulación, al deseo de ilustrarse y de ponerse al nivel de los hombres con quienes contraían aquellas relaciones.

Han producido todas estas circunstancias en una gran parle de las repúblicas americanas, y especialmente en las del Océano Pacífico, un inmenso resultado que no se ha conseguido en alguna de las muy pocas naciones del continente antiguo, sino a fuerza de grandes luchas, y que en algunas otras, como sucede en Francia, se estrellan contra obstáculos insuperables; tal es la adopción del gran principio de la libertad de comercio. En los países americanos donde la riqueza pública ha tomado un gran crecimiento desde la caída del sistema colonial, no es posible atribuirlo a otra causa; y si, por ejemplo, Valparaíso mantiene hoy una población de 50.000 almas, no teniendo mas que 9.000 antes de la declaración de la independencia, seria difícil hallar otra causa a tan maravilloso efecto que el arancel y las demás medidas fiscales de un carácter franco y generoso, iniciadas bajo la ilustrada administración del general Pinto, y que sus sucesores han tenido el buen sentido de ampliar hasta conseguir el resultado de que los ingresos de las aduanas basten para satisfacer todas las cargas públicas.

Como no es posible ni esta en el orden de las cosas humanas que tamaños ejemplos queden infructuosos; como ya el mismo principio está [43] originando las mismas ventajas en el Perú, es imposible desconocer que la libertad de comercio ha de llegar a ser en breves años el derecho público y la ley general de aquellos Estados; y, dado este gran paso, es preciso ignorar la profusión de bienes de toda clase que la naturaleza ha derramado en aquel magnífico suelo, para persistir en ese melancólico fatalismo que lo condena para siempre a la degradación, a la miseria, a la esclavitud y a la ignorancia. Estamos hablando de lo que se ignora con respecto a aquellos países, y no somos nosotros los primeros en observar que lo que se ignora acerca de ellos guarda una proporción desmesurada con lo que se sabe. Basta echar una ojeada en el mapa geográfico, para notar la insignificante pequeñez de la parte explorada, puesta en paralelo con la inmensa extensión, sóbrela cual no se tienen mas que ideas sumamente confusas y erróneas. En algunas de las repúblicas, a poca distancia de ciudades florecientes y populosas, están las selvas en cuyo recinto no ha penetrado jamás el hombre; hacendados hay cuyas posesiones, iguales en extensión a algunos estados europeos, apenas son conocidas en algunas partes por sus propios dueños. Lo poco que se sabe de los inmensurables valles regados por el Orinoco, las Amazonas y sus confluentes, descubre tan vasta perspectiva de opulencia y de prosperidad que eclipsa en el porvenir todos los prodigios de la América del Norte. Se ha dado un gran paso para la abertura de la navegación por estos magníficos raudales. Una vez fecundado este principio, la revolución que ha de experimentarse en las relaciones mercantiles entre ambos continentes, no será inferior en extensión y en consecuencias asombrosas a la que introdujo el descubrimiento de Colón.

Ahora bien, creer que esta gran peripecia puede verificarse sin influir en los sistemas de gobierno y de política de aquellas república«, nos parece un absurdo que esta en contradicción abierta con las leyes que rigen a la humanidad. Donde quiera que se frecuentan los cambios, donde quiera que se plantean especulaciones, donde quiera que se acumulan los capitales, la seguridad de las personas y bienes, la estabilidad de las instituciones, el respeto a la autoridad y la recta administración de justicia, son necesidades de primer orden, sin cuya satisfacción cualquier ensayo que se haga para aclimatar aquellos bienes será una tentativa efímera. Ya lo hemos dicho: la ambición militar ha sido y es el único origen de las turbulencias que han agitado y agitan aquellas repúblicas. La ambición militar es hija del espíritu militar, y este de la preponderancia del ejército permanente. No sucede en America como en Europa, donde la fuerza armada es una condición indispensable de seguridad exterior [44] y de paz doméstica. En Europa hay tronos, cuestiones de límites, prurito de engrandecimiento, territorial, miras hostiles de algunos gabinetes contra otros; tratados de cuya observancia depende la conservación del equilibrio del poder político; en Europa, por fin, hay un enemigo oculto, poderoso, audaz, que solo aguarda un momento de descuido para inundar como un torrente todo lo que existe, y entronizar la anarquía y la demagogia sobre las ruinas de los Estados mas florecientes. La única barrera que puede oponerse a estos principios destructores, es el ejército permanente. Ninguno de estos inconvenientes ofrece la América del Sur. El espíritu militar debió desaparecer de su suelo el mismo día en que lo abandonó el último soldado español. No ha sido así: pero lo que no fue entonces efecto de la razón y convencimiento, lo será forzosamente de la experiencia, del interés, y, sobre todo, del espíritu de cultura que llevan siempre consigo las relaciones mercantiles de nación agnación. El espíritu militar en la América del Sur, es una superfetación maléfica, ruinosa, y en muchos casos, hasta burlesca y ridícula. Morirá ahogado en el piélago de intereses activos, de trabajos fecundos, de industrias laboriosas y de cambios útiles, como murió en las repúblicas italianas de la edad media, cuando Pisa, Florencia y Genova engrandecieron su comercio en el Mediterráneo y en el Oriente; como murió en el Norte de Europa cuando las ciudades anseáticas se hicieron depositarías de las riquezas y del crédito. El consejo mas sano que puede darse a los americanos, es que se apresuren a desarraigar ese fomes de discordias y de pretensiones contrarias a su ventura, a su tranquilidad y a su decoro. En el régimen que han adoptado, la fuerza reside en la ley, no en las bayonetas; en la voluntad, no en la coacción. No los censuraremos nosotros por haber desatendido en esta parte el ejemplo que les han dado sus hermanos del Norte: no, porque vivimos en un continente donde con el mismo aturdimiento se han hecho imitaciones a medias, y se han copiado modelos o fragmentos, sin atender a su unidad y su armonía. Los americanos del Sur han querido tener repúblicas, dejando en todo su vigor la supremacía militar, como los franceses han querido tener sistema representativo sin franquicias municipales, sin libertad de reuniones populares y sin habeas corpus. Esta falta de previsión, estos descuidos, se disculpan en la infancia de las instituciones; pero no cuando la experiencia ha demostrado sus inconvenientes. De su mano han recibido los americanos lecciones harto dolorosas. Tiempo es ya de aprovecharlas.

Por nuestra parte, nada omitiremos en el círculo que hemos trazado a nuestras labores, para comunicarles las luces que puedan guiarlos en [45] la carrera que les abre la Providencia; para indicarles, en los descarríos de la política europea, los escarmientos que de ellos deben sacar si han de evitar los males que de su seno han salido. Si no corresponde el éxito al fin que nos proponemos, no será por falta de intenciones benévolas, ni de votos ardientes y sinceros en favor de aquella parte interesantísima y preciosa de nuestra familia.

José Joaquín de Mora.

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