Revista española de ambos mundos
Madrid, julio 1854, número 9
 
tomo segundo
páginas 281-293

Alejandro Magariños Cervantes

La ley del progreso

También la humanidad tiene sus equinoccios: también en la inteligencia del hombre, se levantan a veces deshechas tempestades, que como el huracán a los mares, agitan y convulsionan su corazón y su espíritu. Hay épocas en que la atmósfera moral brota fuego como la de los trópicos; el aura que nos circunda abrasa nuestra frente; los objetos que nos rodean se visten con un colorido tan lúgubre como el pálido fulgor que lanza en los flotantes bancos helados del polo el alba crepuscular que durante el invierno hace allí las veces de día.

Y las nubes que se chocan despidiendo fulmíneas exhalaciones y revisten extrañas y diabólicas formas, como emblemas de algún siniestro vaticinio; el viento que gime atribulado sobre el césped de las tumbas; el Océano que ruge furioso estrellándose en las rocas, como si dejase escapar una amenaza; el árbol y la flor que se repliegan y amustian, heridos de muerte por el aguijón venenoso de un reptil; la pradera, el valle y la montaña cubiertos de nieve o agostados por los últimos calores del estío; el cielo, la tierra y el aire, todos los elementos conjurados en guerra abierta con el hombre, apenas dan una idea de la tormenta que se agita en su cabeza, de los combates que sostiene consigo mismo, de las dudas y temores que asaltan su ánimo, de la mortal tristeza que se apodera de su alma, del desaliento que le domina, deshoja en flor sus [282] ilusiones y le enerva, le abate y consume como un filtro emponzoñado.

La carne es flaca y el espíritu débil. La contemplación de los grandes infortunios sociales produce siempre en la inteligencia humana un efecto doloroso, deplorable. Sin el auxilio divino, sin la gracia, sin la fe en el porvenir, sin altas y sólidas creencias, sin el conocimiento de la historia, –voz elocuente que revela a quien sabe interpretarla las secretas intenciones de la Providencia, y que explica el presente por el pasado, y el futuro por el presente,– nunca, jamás el hombre comprenderá, –en días de prueba cómo los nuestros,– la ley eterna del progreso que preside a su destino en este mundo y debe abrirle las puertas de la inmortalidad, si Dios es Dios; ni podrá en alas del entusiasmo y de la esperanza elevarse una línea del fango en que se arrastra, y subir como el águila, reina del espacio, hasta una altura inaccesible a los lamentos, a las blasfemias y a los miasmas impuros que traspira la tierra, al dar abrigo en su seno a todas las iniquidades de sus malos hijos.

A este número pertenecen, sin disputa, los mentidos profetas, los f lisos Jeremías, los filósofos miopes y los palabreros ignorantes, que por sistema, por obcecación o estupidez siembran el desaliento, la duda, el pesimismo; y en vez de consolar al hombre en su desdicha, en vez de enseñarle el fin providencial de su corta peregrinación, –próspera o adversa,– en la tierra, con sus lamentos estériles, con sus ociosas declamaciones y sempiternas letanías, apagan la poca fe, el poco brío, la poca resignación que deja el infortunio a los desgraciados.

Nuestra pobre América del Sur es por lo regular el caballo de batalla de estos murmuradores atrabiliarios y sofísticos, que llamaríamos insignes charlatanes, si por nuestro saber y nuestros años nos creyésemos autorizados para emplear tan dura calificación.

Lo poco que sabemos, no obstante, nos basta para probar lo contrario de lo que ellos pretenden, y demostrar a los que participan de sus erradas opiniones en América y Europa que se parecen al famoso personaje de Calderón, de quien decía el gran poeta:

Tiene ojos y no ve,
Tiene oídos y no escucha.
…………………
Y en fin sin entendimiento
Ni albedrío que le acuda,
Tiene aliento que no alienta
Y corazón que no pulsa.

Para convencernos de esta verdad interroguemos a la ciencia, echemos [283] una rápida ojeada sobre la historia de los siglos pasados, y veremos un principio divino, inmortal, –iris de alianza entre el Hacedor y su criatura,– la ley del progreso con todas sus grandiosas consecuencias, presidir al nacimiento y al desarrollo del mundo y del hombre, y abrirse camino al través de las edades, de las generaciones y de los acontecimientos, de una manera evidente, irresistible, providencial, superior a lodo; como la omnipotente voluntad formulada en ella desde la primera aurora de la creación..

Trasladémonos, si es posible, con el pensamiento a esta hora suprema, y escuchemos lo que nos dicen los geólogos, de acuerdo con las Sagradas Escrituras, pues como nadie ignora, la ciencia en abierta oposición al principio con la revelación católica, paso a paso ha ido reconociendo sus errores, y hoy con mayor copia de conocimientos, vencida por los hechos, en este como en otros muchos puntos, acepta como dogmas las verdades proclamadas por los santos libros. Así lo ha patentizado hasta la evidencia el célebre y elocuentísimo P. Ventura en su grande y famosa obra, vindicación, orgullo y gloria del cristianismo, titulada: La razón católica y la razón filosófica.

Séanos permitido, por lo tanto, bajo el amparo de la fe católica, comentar el relato de Moisés, desde el punto en que creado nuestro planeta por el Verbo Divino que de los abismos de la nada le evoca a la. vida por un acto de su voluntad omnipotente, empieza a cumplirse en él la ley eterna del progreso.

La tierra, encendida al contacto del éter por la rapidez de su rotación, giraba por vez primera como una colosal bola de fuego en el vacío.

La inconmensurable cantidad de agua que hoy envuelve las tres cuartas partes de nuestro globo y forma todos los mares y ríos, flotaba en el espacio convertida en vapor impalpable.

Este vapor, condensándose a medida que se petrificaba la costra de lava y granito que vomitaba la tierra de sus entrañas, descendió lentamente, se extendió y corrió de un polo a otro, trasformado en un gigantesco sudario de negras y apiñadas nubes.

Lóbrega oscuridad envolvió la tierra, basta que una centella escapada de los ojos del Altísimo rasgó el fúnebre nublado.

Entonces se abrieron las cataratas del cielo, y nuestro mísero planeta desapareció bajo el hirviente torbellino de las aguas del diluvio.

¡Sublime e indescriptible espectáculo! Magnífico y aterrador concierto formado por el huracán de electricidad que debió producir en la atmósfera el desprendimiento de aquella inmensa cascada de agua y granizo, [284] de rayos y centellas, rechazada por el fuego subterráneo de la tierra, que respondía con nuevas explosiones de volcanes a la invasión del liquido elemento.

Newton, Buffon, Cuvier, Humboldt y otros sabios os explicarán mejor y científicamente este espantoso cataclismo: yo hago mención de él únicamente para demostrar cómo desde que nace el mundo comienza la lucha, y nada se realiza sin el concurso de fuerzas encontradas.

Pláceme ver en ese amalgama y mutua absorción de elementos que informes bullen en el caos la ley que mas tarde ha de armonizar la creación entera.

Expliquen otros por el acaso, por las afinidades químicas, por la atracción molecular, por la unión de los átomos, o por lo que quieran, los resultados inmediatos de las diversas revoluciones que sucesivamente han cambiado la faz de nuestro planeta. Yo solo veo que en la primera triunfad elemento vivificante, el agua, del elemento destructor, el fuego, como una lejana profecía de la victoria de la vida sobre la muerte, del bien sobre el mal, del movimiento sobre ¡a inercia; o lo que es lo mismo, de la perfección y el progreso sobre la imperfección y la pasibilidad.

Luego, –es inútil decir cómo,– la tierra se cubre de árboles gigantescos que desaparecen también para convertirse mas larde en minas inagotables de carbón de piedra.

La vida animal se presenta en seguida. Apenas perceptible en los insectos microscópicos y en los zoófilos, reviste proporciones colosales en la ballena, en el mastodonte, en el elefante, en el rinoceronte, en el . plesiosauro, en el cocodrilo, y en los murciélagos y serpientes disformes.

El soberano artífice, descontento de su obra, sepulta bajo una nueva capa de limo y verdura la mayor parte de estas especies, las sustituye, por otras distintas, reproduce algunas de las anteriores, y por último, crea al hombre.

El hombre es el resumen de todas las génesis anteriores, y las lleva a epilogadas en su cuerpo. En su parte puramente calcárea, como los huesos, presenta éste una analogía sorprendente con la roca y el mineral; sus uñas y cabellos son un remedo del vegetal; su carne, sus tejidos, sus humores, sus órganos, ofrecen, elevados a la suprema potencia, todos los rasgos característicos que ostentan los demás seres inferiores que pueblan el universo.

A la belleza, a la armonía, a la gracia, a la destreza físicas, reúne las cualidades del alma: la conciencia que reconoce sus facultades, la [285] memoria que retiene sus actos, la voluntad que los ejecuta, la razón que los dirige y la palabra que los expresa.

Por eso su personalidad y su vida son las mas poderosas y las que mas se aproximan a los atributos de la divinidad; por eso bajo el punto de vista en que la filosofía le considera, participa mas que ningún otro ser de la creación, a la eternidad por la duración y al espacio por el movimiento.

Por eso puede vivir bajo todas las zonas, ama en todas las estaciones, mezcla a la suya todas las sustancias orgánicas del globo, acumula, perfecciona y aumenta los conocimientos de todos los que le han precedido, y cada individuo promovido a la inteligencia en cierto modo es la encarnación viva de toda la humanidad.

Aquí se abre una nueva serie de fenómenos psicológicos y morales que tan elocuentes páginas han inspirado a Platón, a Santo Tomás, a Vico, Leibnitz, Kant, Hegel, Cousin, Balmes y otros eminentes filósofos.

Notemos solamente la ley de progresión que sigue la fuerza creatriz del universo desde la materia indefinible de que se componía el globo al agua; desde el agua al humus o tierra; desde la tierra a la roca y al mineral; desde el mineral a la planta; desde la planta al árbol; desde el árbol al insecto; desde el insecto al animal, y desde el animal al hombre: y veamos ahora cómo esa misma ley de progresión se cumple en la inteligencia humana, y la empuja incesantemente hacia el Edén prometido a sus esperanzas.

Creado a su imagen por un ser todopoderoso, no sabemos en qué misteriosa crisálida, por qué incubación o generación espontánea nació el hombre. Enigma es este cuyo secreto solo Dios posee. Sea como fuere, aceptamos las palabras del Génesis, y creemos con todas las religiones conocidas, que el hombre, culpable por su falta y decaído de un estado mas perfecto, viene al mundo con la sublime aspiración de volver a elevarse a la altura de donde cayó, labrándose en este momentáneo destierro con sus propias manos su destino futuro.

Sin la creencia de otra vida es en efecto muy difícil, es imposible comprender la creación. Si todo debiese terminar aquí, la vida seria a menudo una pesada burla y Dios un contrasentido, una mentira, un sarcasmo, un abismo de iniquidad que nuestra razón no alcanza a concebir. ¡No! el alma no se anonada con la frágil corteza que la envuelve; es libre; puede optar entre el bien y el mal; tiene una ley moral que cumplir, y es responsable ante el soberano juez de las fallas o méritos que contraiga. [288]

Es cierto que el salvaje tiene de Dios una tristísima idea ; que le supone un ser malo; le adora bajo formas ridículas y le ofrece sangre humana en sacrificio; pero a medida que se civiliza, rinde culto a los dos principios del bien y el mal; luego hace predominar al primero sobre el segundo, y finalmente concluye por adorar a un solo Dios mas paternal, mas justo y equitativo.

Recórrase la cosmogonía de lodos los pueblos, y se verá como se purifica, como se engrandece, como se espiritualiza y tiende a la unidad la idea religiosa en el Siva y Brahma indios, en el Ahriman y Ormutz persas, en el Tifón y Osiris egipcios, en el Saturno y Júpiter griegos, en el Moloch y Jehová hebreos, y por último en Jesucristo, Dios unipersonal, absoluto, omnipotente; Dios de salvación y justicia, de misericordia y mansedumbre; que predica la igualdad, la caridad, el olvido de las injurias, el desprecio de las brillantes miserias de la tierra; que glorifica la virtud, el trabajo, la sabiduría; que nos promete la inmortalidad, y sella con su preciosa sangre en el Calvario los sublimes preceptos contenidos en el Evangelio.

Así, a medida que el hombre se eleva en la escala del progreso, el principio del mal, vencido, huye delante de él. Lucifer, en nuestra religión, es un ángel rebelde y nada mas. Jesucristo le venció, y cada criatura purificada por el bautismo puede combatir con él y vencerle igualmente. ¡Cuánta distancia no existe de esta generosa creencia a las absurdas preocupaciones paganas!... La misma que separa la fatalidad del libre albedrío; la menguada intercesión pueril de los dioses del Olimpo, de la gracia divina; el sacrificio humano de la hecatombe animal; la hecatombe del cordero; el cordero de la espiga; la espiga de la hostia consagrada.

Del mismo modo se realiza el progreso en la región de la política, de las ciencias y de las artes; siempre camina el hombre de lo simple a lo complexo; de lo conocido a lo desconocido; de lo material, de lo imperfecto y finito, a lo espiritual, perfecto e infinito; de lo contingente [289] y transitorio a lo infalible y eterno; o en otros términos, de las tinieblas a la luz, y del error a la verdad.

¿Para qué mas pruebas? La historia universal no cabe en los estrechos límites de un artículo de periódico. Para dar una idea solamente de todas las que en este momento se nos agolpan a la imaginación, tendríamos que epilogar en un vastísimo cuadro la marcha de los sucesos y de las ideas en la India, –primera patria del linaje humano,– en la Siria, en la Persia, el Egipto, la Grecia y el resto de Europa. Tendríamos que acompañar a Alejandro hasta Babilonia, y al coloso romano por todo el mundo conocido entonces: volveríamos nuestros ojos al Norte y seguiríamos las pisadas de los caballos de Marico y Atila, el azote de Dios; inclinaríamos la frente y saludaríamos la aparición del cristianismo, luminosa estrella en medio de las sombras que envolvían por todas partes a la sociedad enferma y moribunda-, asistiríamos a la ruina de los imperios de Oriente y Occidente; a la guerra de las cruzadas y a la invasión de los árabes; nos detendríamos un instante a contemplar los efectos de la invención de la pólvora, la brújula y la imprenta.

Por mas veloz que corriese nuestra pluma, mucho tendríamos que escribir si hubiésemos de decir cuatro palabras, nada mas, sobre Lutero y la reforma, el descubrimiento de América, la sublevación de las colonias británicas, la revolución francesa, sobre Napoleón y los últimos acontecimientos de la Europa moderna. Inmenso panorama que nos mostrada bajo mil fases distintas, hasta en sus opuestas y al parecer contrarias evoluciones, la marcha progresiva en todos conceptos del hombre y de los pueblos. Entonces el lector, a despecho de todos los pesimistas, pasados presentes y futuros, no podría menos de exclamar con nosotros:

«Cual rápido cometa que el éter ilumina
Y en giro misterioso por el espacio va,
Con paso redoblado la humanidad camina
A un fin desconocido que aquí no alcanzará.»

¿Cuál es ese fin?... Ya lo hemos dicho. El hombre es un ángel caído que aspira a remontarse al cielo de donde cayó; y por eso nuevo Briareo ciñe al mundo con sus cien brazos; domina la tierra, el aire, el agua y el fuego. Lánzase de un continente a otro y atraviesa el mar con la destreza y seguridad del pez, habitante del líquido elemento. Las distancias se acortan, desaparecen, no existen. Las mas lejanas capitales solo distan algunas semanas si el Océano se interpone entre ellas, y algunas [290] breves horas donde los caminos de hierro se empalman y enlazan como el aro al aro en la cadena.

El vapor, impulsando las ruedas del buque o del wagon, rompe la ola, devora el espacio, cruza como un relámpago y lanza en cada frontera los viajeros, las ideas y productos de los demás pueblos, silbando como la serpiente al divisar su presa, rugiendo de gozo y sacudiendo orgullosamente su negra cabellera, inflamado-penacho,– imágen del genio del hombre,–que brota comprimido y sube en densas y ardientes espirales a confundirse con las nubes del firmamento.

La prensa, multiplicando al infinito los libros, los folletos y periódicos, arroja al viento, como el árbol sus semillas, el verbo humano todavía vibrante con el calor del cerebro donde brotó; y sus verdades y sus errores prenden y se arraigan en los corazones, identificándose con los sentimientos, con las necesidades, con las esperanzas y los mas caros intereses de los pueblos. El mal que alguna vez produce, es momentáneo; porque el tiempo, la razón y la experiencia se encargan de rectificar les ideas erróneas y de hacer prevalecer al fin las justas y provechosas .

Y no es esto todo: la ciencia, dice Eugenio Pelletan, arrebatada por esa corriente irresistible de emulación, toma acta a cada paso de una nueva victoria sobre la naturaleza. Sorprende los secretos de la vida en la química orgánica; vuelve a encontrar la historia perdida de nuestro planeta en la geología; resucita el génesis antidiluviano en la paleontología; demuestra en la anatomía comparada la unidad de la creación; descompone la doble llama de la electricidad; presiente los misterios del magnetismo; analiza la pálida corona de la aurora boreal; ensancha las fronteras de la astronomía; purifica la medicina; completa la cirugía; desarrolla el cálculo; engrandece la dinámica; pasa de la teoría a la aplicación; esconde en las ciudades el rayo subterráneo del gas para sustituir al sol; sacude al viento de la noche la llama azulada del reverbero magnético como la cauda de un cómela; resuelve el problema insoluble de la alquimia inundando el hierro con un vapor de oro en el crisol de la pila de Volta: obliga a salir de las entrañas de la tierra el raudal de agua cautivo en el pozo artesiano; organiza en la superficie del suelo la irrigación, como un vasto sistema arterial, destinado a distribuir do quiera la fertilidad y la riqueza; arroja a través del espacio, de una orilla a otra del abismo, sobre el vacío vertiginoso, el arco gigantesco del puente Tubulario; entrelaza del valle a la montaña el hilo nervioso del telégrafo eléctrico, emisario instantáneo, encargado de trasmitir la palabra [291] con la rapidez de la sensación; hace del suelo extendido a nuestros pies un ser animado en cierto modo, que siente, habla y vive de la vida de la humanidad; introduce al hombre bajo la ola, envuelto en su atmósfera, con el auxilio de la campana submarina; lanza de un soplo en el aire la cúpula errante del globo aerostático; fija sobre el daguerrotipo el rayo fugitivo de la luz; comunica a la piedra litográfica la facultad del grabado; crea la roca bajo el agua con el cimiento romano; inflama el algodón como el salitre; comunica a el aceite en la lámpara nocturna el alma del reloj; finalmente presta al organismo artificial de la máquina la destreza del hombre para tejer, forjar, modelar, trasformar, artizar y humanizar la materia.

La ciencia,–prosigue el mismo eminente escritor,–abre así un nuevo campo al trabajo del hombre e introduce por todas partes nuevos medios de crear la propiedad y de alcanzarla. £1 crédito europeo esta fundado; merced a él, los pueblos mas pobres disfrutan el numerario de los mas ricos. El capital extranjero viene a fecundizar la tierra estéril por la falta del capital indígena. La riqueza se universaliza por su natural movimiento de expansión. La solidaridad de los fondos públicos impone la de los estados. Desarróllase la concordia y simpatía por el aumento de actividad; la moral se purifica; la guerra está desacreditada; se revisa la legislación; la ley se templa, se economiza la pena de muerte, la guillotina desaparece; la infamia del condenado no pasa a su familia; se cierran las casas de juego; se proscribe la lotería; se instituye la colonia agrícola; se edifican las cárceles penitenciarias; se propagan las escuelas primarias; se predica la temperancia; se multiplican las cajas de ahorros; la caridad se generaliza; organizase en corporaciones la asistencia al pobre, a la viuda, al huérfano, al enfermo; el comercio de carne humana está abolido y marcado con sello perdurable de reprobación, la cadena de la esclavitud está medio rota; la cuestión de la miseria se estudia; se profetiza la redención de los proletarios; se anuncia la transformación del salario en dividendo; la fraternidad humana, esa promesa aplazada del Evangelio, se ve al fin proclamada en medio de los gritos contradictorios y confusos de escuela o de sistema, de esperanza o desesperación, nada importa–al fin se ve proclamada!–Se ha roto el sello que pesaba sobre ella; todo problema para ser resultado, necesita formularse. Ya lo está: el debate vale mas que el silencio. El silencio es la muerte de la idea, mientras que el debate es la primera fermentación de la semilla en el surco. Toda doctrina empieza por la lucha y acaba por la armonía.» [292]

Ahora bien; en vista de estos adelantos, de este continuo perfeccionamiento, de este magnífico hossana ¿habrá todavía quién se atreva a negar el progreso y ponga en duda los gloriosos destinos déla humanidad? ¿Habrá quien no vea en los trastornos y convulsiones políticas y sociales la mano oculta de la Providencia tan visible como en los cataclismos del globo? ¿Habrá quien se atreva a sustentar que bajo cualquiera forma de gobierno, no están sujetos sus representantes a la misma ley inevitable, y que de grado o por fuerza obedecen al torbellino que los arrastra al abismo de sus extravíos, o los remonta a la altura de su gloria.

Insensato y blasfemo seria el que tal dijese, porque eso equivaldría a cerrar los ojos ante la claridad del sol para no verla. El mundo sigue adelante por mas que digan, y todas las declamaciones de los pesimistas, de los filosofastros e ignorantes no le detendrán ni un minuto en su marcha majestuosa.

Nuestra pobre América del Sur tan calumniada, hija de la Europa, gira y se mueve en la misma esfera de atracción que ella, a impulsos dé la misma ley, la ley eterna del progreso; y esa ley sujeta do quiera a idénticas condiciones en su desarrollo, no puede ser distinta para nosotros en sus resultados, mayormente contando con las grandes ventajas que tenemos sobre muchos pueblos del viejo hemisferio, como probaremos ad satietatem algún día.

Dios, fuente de todo bien, de toda luz, de toda verdad, ha establecido para la conservación del universo principios fijos, inmutables, eternos; pero el hombre, débil, limitado, variable, víctima del error y de las pasiones, juzga por los suyos de los medios, de la bondad y del poder de su Hacedor, aparta la vista del libro de la historia, reflejo de lá voluntad divina, y olvida con harta frecuencia que mientras el mundo exista, en el orden físico y en el orden moral las mismas causas han de producir constantemente los mismos efectos hasta la consumación de los siglos. Cegado por las impresiones del momento, olvida o afecta olvidar que la ley del progreso es un decreto soberano del Altísimo, que debe cumplirse en nosotros aun después que abandonemos este planeta,– punto imperceptible en la inmensidad y entre los millones de estrellas que pueblan el espacio,–y vayamos ascendiendo de sol en sol, a contemplar frente a frente en toda su grandeza y esplendor, al rey de los reyes, al padre universal de todo lo creado, como le llama Pope.

Tal es al menos mi creencia, ardiente como mi alma de poeta, pura como mi fé de cristiano, sincera y leal como mi corazón joven, apasionado [293] y entusiasta por todo lo bello, por todo lo grande y bueno. Tal es mi creencia, que proclamo en voz alta, seguro de que encontrará eco en todos los pechos hidalgos para quienes la religión, la patria, la libertad y el progreso no son palabras vacías de sentido.

¡A ellos se dirige este incompleto y pálido bosquejo, magnifico tema para otra pluma mejor cortada que, la mía! Tal vez haya sido demasiada temeridad en mí el abordarle; pero si así fuese, perdónese en gracia del buen deseo y de la lealtad de las convicciones, si el desempeño no corresponde a la importancia del asunto. No siempre la osadía llega hasta donde se remontad genio hermanada con la ciencia.

Yo solo quise en un momento de despecho, el leer los tristes vaticinios y sombrías deprecaciones con que nos aturden diariamente los reaccionarios y la cohorte de necios que les hacen coro, solo quise expresar también lo que creo, lo que pienso y espero acerca de tan importante materia; y si he logrado conmover alguna fibra del corazón de mis lectores, secar una lágrima, consolar un infortunio, reanimar una esperanza abatida, despertar un deseo honesto y digno, fortificar una creencia amortiguada, desvanecer un error, destruir un mal propósito, hacer germinar un pensamiento elevado, contribuir a una buena acción, encender en alguno la noble sed que me consume de merecer con mis obras y palabras el aprecio, las simpatías y el amor de mis semejantes, entonces creeré que he hecho de mi tiempo el mejor uso posible y nada me importará que los omniscientes no participen de mis opiniones, encuentren todos los defectos que quieran en mis escritos, y declaren que este artículo y cuanto sale de mi pluma vale muy poca cosa, sino añaden caritativamente a fuer de eruditos (a la violeta) que son plagios de Don Pedancio Bobalicón filósofo cafre (como ellos) ó de otro cualquier autor menos célebre. Nihil novum sub sole, hermanos, y sabed, por si acaso, que no tengo la pretensión de escribir para una academia de sabios, aunque me sobra audacia para dar lecciones en todas materias a mas de cuatro que se tienen por tales, sino para la juventud de nuestros pueblos, para la juventud americo-hispana, continuadora en el estadio de la inteligencia, de las gloriosas tradiciones de sus padres en los campos de batalla; para esa juventud estudiosa y creyente, consuelo del pasado, baluarte, brazo. Y, alma del presente, esperanza y gloria del porvenir.

A. Magariños Cervantes

Imprima esta pagina Informa de esta pagina por correo

www.filosofia.org
Proyecto Filosofía en español
© 2011 www.filosofia.org
 
1850-1859
Hemeroteca