El Pensamiento Español. Edición semanal
Madrid, sábado 2 de febrero de 1867
tomo I, número 5
páginas 77-78

Valentín Gómez

Un ídolo y un idólatra

Ha llegado uno de esos grandes momentos en que la humanidad tiene que hacer justicia a un hombre, demostrándole de alguna manera la alta estima y la profunda gratitud de que era digno por los inmensos beneficios que había hecho a su paso por la tierra.

Momentos solemnes a la verdad, en que parece que los hombres todos sienten una conmoción en su alma que los hace despertar del vergonzoso letargo en que yacían, a una nueva vida llena de luz, de esa luz que derrama en torno de sí un nombre glorioso.

La posteridad se reconoce, vuelve la vista atrás, y en el fondo de esa enorme mancha de la historia que se llama el siglo XVIII, distingue un rostro satánicamente iluminado por una sonrisa de sarcasmo. ¡Hé ahí el hombre que buscaba!

A ese hombre no se le había hecho completa justicia, y es hora ya de que en su frente brille la corona con que se premia la virtud en el mundo.

Afortunadamente, de entre esta posteridad olvidadiza e ingrata, ha brotado otro hombre que, recordando los méritos de aquel, levanta su voz en pro de la justicia, y propone la erección de una estatua al genio del siglo XVIII.

Son dos hombres que se han encontrado al través del tiempo; son dos almas que se han adivinado sus instintos, y los satisfacen, la una haciendo el mal con toda la desfachatez del cinismo; la otra adorándole con toda la estupidez de la bajeza.

El primero de estos seres, tiene un nombre, que no saben pronunciar sin execración los labios honrados; se llama Voltaire, el autor de la Doncella de Orleans.

El segundo, menos popular, pero más bajo todavía, se llama Havin, director político del Siecle.

Voltaire representa una de esas sociedades sin nombre que ha perdido absolutamente el conocimiento de la degradación en fuerza de vivir dentro de ella: una de esas sociedades en que el crimen cometido con cierto recato se considera como un acto de virtud cobarde, en que el escándalo recibe el nombre de grandeza, y la inteligencia, revolcándose en el fango de todas las iniquidades, recibe el nombre de genio.

Voltaire es Satanás buscando con afán una verdad cualquiera para escupirla y pisotearla con el encono más horrible; es la embriaguez suprema del mal gozándose en sí mismo, si es lícito llamar goce a la satisfacción del mal.

Cuando una época produce hombres como Voltaire y ellos la trasmiten su carácter, no es posible examinarla detenidamente: aquella época es un paréntesis vergonzoso en la historia, donde no deben penetrar los ojos de la honradez.

Hay, sin embargo, épocas mas groseras que la de Voltaire, épocas que ultrajan mas la [78] dignidad del hombre, y son aquellas que llegan a santificar las otras.

Parece imposible que la raza de Adán pueda descender tanto en el camino de la degradación.

Se comprende sin dificultad que la falta de fe engendre en el entendimiento limitado del hombre un mundo de errores que, al propagarse y reproducirse, vayan matando ese ser divino que vive dentro de nosotros cuando, a nuestra vez, nosotros vivimos dentro del bien, y concluyan por sumergir al alma humana en un completo idiotismo.

Este es, por lo menos, un camino nada raro y profundamente lógico. La existencia de los salvajes nos demuestra, a los católicos, que el apartamiento de la verdad puede originar el más lastimoso de los estados; puede hacer que desde una fastuosa y exuberante civilización se vaya derechamente hasta el antropofagismo.

Lo que cuesta algún trabajo comprender es que el error nos lleve a un punto mas humillante todavía que el idiotismo; nos lleve nada menos que a adorar, no a uno de aquellos dioses creados por la sensualidad pagana, sino a otra cosa peor aun, a saber: las infamias particulares de un hombre.

Esta gloria estaba reservada para nuestro tiempo. ¡Tarde o temprano la posteridad sabe hacer justicia!

Pues qué, ¿en vano marcha el mundo por la senda del progreso? ¿En vano arde dentro del hombre autónomo la luz de la razón soberana? Meditemos en esto seriamente.

El progreso del mundo nos dice que la glorificación del que hace el mal, no es la glorificación del mal mismo, porque el hombre en cuanto posee grandes facultades, úselas como le plazca, sea en pro de la verdad, sea en pro de la mentira, es siempre digno cuando menos del respeto y de la veneración de sus semejantes.

Por otra parte, la razón soberana dicta a quien no esté ofuscado por el espantajo de la fe, que el bien y el mal son dos cosas indefinibles, y por lo tanto inseparables; nadie sabe a punto fijo lo que es bueno y lo que es malo, porque nadie ha venido a decirlo a la humanidad. Esta, ciertamente, se ha dado leyes para existir con una organización determinada; pero todos sabemos que las leyes, como la religión, como la naturaleza, son tres anankés (fatalismos) que conspiran eternamente contra el hombre, según ha demostrado con toda evidencia un poeta a quien sus envidiosos calumniadores llaman tonto en filosofía: Víctor Hugo.

Pues si el mal y el bien son una misma cosa, porque nadie puede determinarlos, ¿qué motivo hay para que no manifestemos nuestra admiración a todos, absolutamente a todos los que de cualquier manera se hayan distinguido del resto de los hombres?

Ya hay una doctrina artística que engrandece y glorifica a Satanás. No es razón, pues, que nos extrañemos de que M. Havin quiera levantar una estatua a Voltaire con el dinero de los demócratas de Europa. Y si hay lógica en el mundo, dentro de poco todos los bandidos célebres exigirán desde el fondo de sus sepulcros su correspondiente estatua, y no habrá mas remedio que acceder a su justa petición.

Los que han brillado por su santidad, por su virtud, por sus méritos verdaderos, tienen monumentos que perpetúan su memoria. ¿Por qué no lo ha de tener también el más servil de los cortesanos y el más hediondo de los escritores? ¿No es su nombre conocido en todo el mundo? Decís que es un nombre execrado; pero convenid en que eso no pasa de ser una ridiculez, contestará M. Havin con razón sobrada.

Renan decía también que era una ridiculez, una preocupación, una solemne extravagancia pintar al diablo con cuernos y cola y con una cara horrible, porque Satanás tenía realmente la hermosura del ángel caído y desgraciado.

Natural es que M. Havin se ría de los que execran el nombre de Voltaire. Renan y Havin están de acuerdo completamente: ambos en diversa forma piden una misma cosa; la adoración al mal, y si esto no es posible por el retraso de los tiempos, el que se le otorguen idénticos derechos que al bien.

Y cierto que está muy en su lugar la exigencia. Si el bien tiene fuerzas suficientes no es de temer el triunfo del mal; sinó que se las gobierne como pueda; eso no es cuenta nuestra.

Queremos que se nos conceda el mismo derecho para asesinar a un hombre que para salvarle la vida. Si la abnegación cree tener más partidarios no debe asustarse porque el crimen la desafíe. Si este triunfa ¿qué le hemos de hacer? Viva quien venza.

Es imposible imaginar teoría más bella y más sencilla. Nivelar todos los elementos, glorificarlos todos, y luego que la fuerza de las cosas postergue o eleve al primero que salga.

¡Ah Voltaire! ha llegado el tiempo de que puedas exclamar: aun hay otros que valen menos que yo; los que se postran a mis pies.

Y tendrás razón; el ídolo es superior al idólatra; el que glorifica es menos que el glorificado.

Dios nos valga, porque necesitamos de todo el auxilio de Dios para llevar en nuestro corazón el peso de esta verdad espantosa.

En el año de 1867 hay un hombre que está muy por bajo de Voltaire.

Valentín Gómez


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