El Pensamiento Español. Edición semanal
Madrid, sábado 16 de marzo de 1867
tomo I, número 11
páginas 161-166

Francisco Navarro Villoslada

De la lengua castellana,
como prueba de la ilustración española

Estudios sobre la inquisición española
en sus relaciones con la civilización

I

La filología o estudio de los idiomas, desde el punto de vista histórico y filosófico está aún en mantillas, y ciertamente es uno de los campos más interesantes, amenos y fecundos de la inteligencia, y que puede proporcionar sabroso y nutrido pasto a la insaciable curiosidad, al inquieto afán de investigar y descubrir tesoros de ciencia en que se agita nuestro siglo. En los idiomas se reflejan, en efecto, la historia, la civilización, la índole y el espíritu propio de cada pueblo, de cada una de las sociedades civiles que componen la gran familia del género humano. Quizás con ser este campo tan vasto y adecuado al rumbo que llevan los estudios en nuestra época, no haya sido recorrido con el debido anhelo y perseverancia, por lo mismo que cuantas excursiones se han hecho, cuantos pasos se han dado en sus lindes y contornos confirman la verdad histórica del milagro de la confusión de lenguas con que Dios castigó la soberbia de los constructores de la torre de Babel: quizás, y en esto no creemos calumniar al espíritu moderno, si se hubiese vislumbrado desde las costas de ese país desconocido, que el resultado final de tales estudios era el de poder desmentir el Texto Sagrado, la impiedad filosófica no se hubiera arredrado ante la magnitud y dificultad de la empresa.

Así lo hizo con los jeroglíficos de Egipto, hasta que Champollion dio con la clave y averiguó que las inscripciones en que se fundaban tantas y tan perversas esperanzas de destruir la relación de Moisés, tantos y tan exagerados cálculos astronómicos, confirmaban o no contradecían la verdad histórica de las santas Escrituras. Desde entonces el estudio de los jeroglíficos egipcios perdió todo su interés para los filósofos modernos, los cuales no estudian ciertamente para investigar la verdad sino por el loco intento de destruirla.

Volviendo al estado en que hoy se halla el estudio filosófico de los idiomas, citaremos las palabras de un moderno aficionado francés, el bascófilo M. Chaho, cuyo testimonio no puede ser sospechoso por venir de la escuela racionalista a que desgraciadamente pertenecía este ingenioso aunque poco conocido autor. «La alta filología está hoy todavía (1847) en el punto en que la astronomía se hallaba con las ideas de Copérnico: todavía está por fundar la fisiología del lenguaje universal. La teoría del verbo desde el punto de vista intelectual, corresponde a la teoría de la luz, de los fenómenos de óptica y de los colores en el orden físico: y para abordar estas cuestiones misteriosas que exigen completa y perfectamente sólida erudición, superior perspicacia, rica y fecunda inspiración, la inspiración de un genio; para esparcir a manos llenas la luz en las tinieblas históricas de Babel, se necesita otro temple de alma que el de Astarloa y sus continuadores.»

Desde entonces acá, alguno que otro de esos hombres que se creen inspirados, algún profundo erudito, pacientísimo alemán, de esos que pasan su vida examinando la anatomía de un insecto o tratando de descubrir el sentido oculto de diez versos cartagineses de una comedia de Plauto, se ha dedicado con alma y vida a los estudios filológicos, y pese a las temerarias esperanzas de Mr. Chano, y sobre todo al gárrulo mercantilismo literario del orientalista Mr. Renan, la verdad histórica de la confusión babélica va resultando un hecho incontrovertible y necesario para explicar humanamente la diversidad del lenguaje humano que primitivamente tuvo que ser uno e inspirado por Dios.

Pero hay otros puntos de vista históricos que hacen este estudio sobremanera interesante. El idioma, como hemos dicho, es reflejo de la historia, testimonio vivo de la inteligencia, costumbres, carácter, y por consiguiente de la civilización de un pueblo. ¿Cuál fue el habla primitiva de una nación? ¿Cómo llego a perderse este idioma? ¿Cuáles son sus restos? ¿Qué palabras, qué giros, qué construcciones gramaticales han depositado en esa sociedad las razas o los pueblos invasores o que con ella han estado en trato y comunicación? ¿Qué ideas, qué sentimientos, que caudal científico, qué religión tenían esas distintas razas, aluviones que han dejado su limo en las lenguas modernas, las cuales, siguiendo esta imagen geológica, no son más que terrenos de acarreo?

Por otra parte, las lenguas son una especie de barómetro tan sensible a la impresión de las ideas y sentimientos, que no hay uno, uno solo, que llegue a ser general y no modifique más o menos profundamente el lenguaje, estampando en él huellas que debe tener siempre en cuenta el filósofo observador. Hoy mismo, a pesar de haber transcurrido tantos siglos desde la desaparición del paganismo en Europa, los modernos idiomas están saturados de expresiones paganas que no por haber cambiado de significación pueden disimular su origen. El Cristianismo las ha santificado. El Cristianismo que vino a cambiar por completo la dirección de las almas mostrando al hombre su verdadero fin y encaminándole rectamente hacia él, es quien indudablemente ha ejercido omnímoda influencia en la formación de todas las lenguas cultas de Europa, de tal manera que, si por desdicha del humano linaje, ¿qué decimos? si por la suprema calamidad que pudiera sobrevenirnos, se lograse el sacrílego y temerario intento de los Michelet, de los Quinet, de los Sue, Proudhon y Mazzini, y en general del perverso liberalismo revolucionario, los idiomas europeos tendrían que desaparecer, modificándose tan esencial y profundamente que serían ininteligibles para la sociedad cristiana de nuestros días.

Esta verdad la ha demostrado con su acostumbrada elevación de miras y brillantez de expresión el reverendo Padre Félix de la Compañía de Jesús, tan conocido y estimado en todo el orbe católico, por sus famosas pláticas o Conferencias predicadas de algunos años a esta parte por la Cuaresma en la catedral de Nuestra Señora de París. En la magnífica revista francesa, intitulada: Estudios religiosos, históricos y literarios, redactada por los Padres de la expresada Compañía, y en el cuaderno correspondiente a los meses de Mayo y Junio de 1863 publicó el ilustre jesuita un precioso artículo con este epígrafe: El ateísmo a las puertas de la Academia.

Tratábase en Francia de cubrir una vacante de la Academia, y se presentaban dos candidatos: uno Mr. Littré «conocido entre los sabios por sus obras filológicas y célebre principalmente por su empeño de borrar, o por valernos de su expresión, de eliminar al alma y a Dios,» y otro el conde de Carné, publicista, historiador y literato eminente, cuya fama no era por cierto menor que la de su competidor, aunque afiliado, según creemos, en la escuela liberal católica.

La cuestión fue ruidosísima; tanto, que el venerable e infatigable Obispo de Orleans, señor Dupanloup, se vio obligado, cuatro días antes de la elección, a publicar un libro intitulado: Avisos a la juventud y a los padres de familia acerca de los ataques dados a la Religión por algunos escritores de nuestros días, por el Obispo de Orleans, de los Cuarenta de la Academia francesa.

Tomando el asunto desde el elevado punto de vista a que naturalmente le llevan la índole de su ingenio y su dignidad episcopal, el sapientísimo autor de este libro, sin descender por un instante siquiera a las miserias de las luchas de amor propio y de mezquinas rivalidades personales, convencía de anticristianismo, de materialismo y de ateísmo a cuatro escritores a la sazón muy en boga, a saber: Renan, Taine, Maury y el candidato de la Academia M. Littré.

Los partidarios de éste, irritados con la oportuna embestida del Obispo de Orleans, confundidos con la autoridad de que goza en Francia, no sólo como escritor apologista y polemista católico, sino como castizo y eminente literato, tornaron a la arena, rehaciéndose como pudieron del golpe que los había dejado tan maltrechos y quebrantados, y con la furia de la desesperación y la vergüenza de la primera derrota arremetieron de nuevo proclamando la libertad en la Academia de la lengua, ni más ni menos que se proclamaba el ateísmo en el Estado, la ley atea, que es el mismo principio, aunque menos hipócritamente formulado que el de Cavour y Ricasoli: Iglesia libre en Estado libre.

«¡Cómo! exclamaban: ¡excluir de una sociedad literaria a un ateo, sólo por serlo! ¡Pronunciar exclusiones académicas y anatemas literarios fundados, no en la forma, sino en la doctrina! ¿Es la Academia, Iglesia por ventura? ¿Tiene acaso un símbolo de fe? ¿Tiene autoridad para lanzar excomuniones?» Y por ahí seguían declamando casi con las mismas frases huecas y campanudas con que se ha sostenido que el Estado no debe profesar religión alguna, que la ley debe ser atea, o lo que es igual, que el Estado debe romper todo vínculo con la Iglesia dejándola en la misma libertad que a las sectas, para quedar él completamente libre y exento de todo deber religioso.

Poco después de la contienda que terminó con la derrota de Littré, salió el Padre Félix con su artículo en los Estudios Religiosos, demostrando que es imposible ser buen hablista francés no creyendo en Dios, ni en la espiritualidad del alma.

Proseguiremos esta materia que, sobre ser curiosa, nos parece más grave y trascendental de lo que algunas personas superficiales pudieran sospechar, y que de todas suertes conduce directamente a probar que el idioma es el termómetro de la civilización, punto de donde ha de arrancar la nueva prueba que vamos a presentar de la vida intelectual de España en tiempos del Santo Oficio.

II

Tengo necesidad de la hipótesis de Dios para justificar mi estilo, decía un ateo francés; y el Padre Félix, que cita estas palabras, añade: «ciertamente que el ateo tenía razón por esta vez, pues se sentía forzado a admitir en su lenguaje misma al Dios que negaba su pensamiento. Tan profunda es la huella que Dios y el alma han dejado en el trasparente tejido de nuestra lengua, que cualquiera que niegue a Dios o al alma queda reducido a la impotencia de hablar o a la impotencia de justificar su lenguaje.»

El sabio jesuita lo demostró prácticamente, y tomando en una mano el Diccionario de la Academia francesa y en otra mano el Diccionario de Nysten, compuesto por Mr. Littré, comparó definiciones con definiciones, y vio que era imposible que quien hablase el idioma de Bossuet, de Fenelon, de Racine y de Corneille, que es el idioma de la Academia, pudiese entenderse jamás con los que tuvieran por guía el Diccionario de Littré.

Pongamos algún ejemplo.

¿Qué es percepción? Percepción, según la Academia, es la idea que produce en nosotros la impresión de un objeto. Percepción, según Mr. Littré, es el estado del cerebro, estado resultante de una impresión recibida por los nervios periféricos.

¿Qué es pensamiento? La Academia: la operación de la sustancia inteligente: sólo los espíritus son capaces de pensar. Littré: pensamiento es la actividad general de todas las partes del cerebro, y es inherente a la sustancia cerebral, como la contractilidad a los músculos y la elasticidad a los cartílagos.

¿Qué es idea? La Academia: la noción que el espíritu se forma de alguna cosa. Littré: idea es el modo de actividad propio de cada parte del cerebro.

¿Qué es el hombre? La Academia: un animal racional: un ser formado de cuerpo y alma. Littré: el hombre es un animal mamífero de la familia de los bimanos, caracterizado taxonómicamente por una piel de vello o de pelo raro.

¿Qué es amor? La Academia: un sentimiento por el cual se inclina el corazón a lo que le parece amable, y cuya posesión desea. Littré: amor es un conjunto de fenómenos cerebrales.

Basta. Creemos que no se necesitan más ejemplos para demostrar el completo antagonismo que existe entre uno y otro idioma. –¡Afuera! exclamaremos con el Padre Félix, repitiendo las palabras que él pone en boca de la Academia. «¡Afuera el bárbaro que no hable francés! ¡Anatema al audaz que solicita entrar en este recinto, ultrajando la gloria mayor de la Academia; la lengua francesa noblemente marcada para siempre con el sello del alma y de Dios; idioma que no hablará ni escribirá jamás en su nativa pureza, con su belleza original, quienquiera que niegue, negando el alma y a Dios, el genio de la humanidad y particularmente el genio de Francia.»

Mr. Littré fue, en efecto, despedido a la puerta de la Academia.

Ahora bien, si esto se dice con tanta razón de una lengua como la francesa, sobre la cual ha pasado el siglo XVIII, el siglo de la Enciclopedia, el siglo de Rousseau, Diderot, D'Alembert y Voltaire, el siglo de Condillac y Lametrie; si esto puede afirmarse después de la revolución francesa que principió en 1789 y no ha terminado aun; después de la jerigonza de los tribunos de la guillotina, después de las innovaciones del liberalismo, de la democracia y del socialismo, ¿qué diremos del hermoso y rico idioma castellano salido de las entrañas del Catolicismo, martillado en el yunque de la unidad religiosa y perfeccionado con los magistrales toques del más acendrado espiritualismo, con esas para otros inefables delicadezas místicas, en que no hay estado del alma que deje de tener su nombre propio, matiz de sentimiento que carezca de dicción, afecto que no se exprese con gallardía, ni concepto subido que no pueda decirse con frase castiza, magnífica y feliz?

El habla castellana amamantándose a los pechos de la Religión católica participa de su sangre generosa, de su inmortal sustancia, de su índole intolerante y al propio tiempo asimiladora y caritativa. Inflexible en la exposición de la verdad, libre en la variedad de la frase, armoniosa, rotunda y musical en la construcción de sus períodos; en su inflexibilidad nos está revelando que la teología y filosofía escolástica han impreso en ella el sello de la precisión y exactitud de la ciencia de Dios y de la metafísica: en su variedad de giros nos da noble muestra de la libertad cristiana; y por último, en el número y cadencia que exige siempre a los períodos, bien a las claras manifiesta que no por hablar al alma desdeña el agrado y recreo de los sentidos.

Hay más: hablar con perfección el castellano es no solo irrecusable prueba de verdadero y sólido talento, sino de numen, de soberana y avasalladora inspiración. Hay en la poesía secretos de ritmo que sólo conocen los que hoy llamamos genios, y sólo perciben las almas privilegiadas, los hombres dotados de exquisita sensibilidad, de grande corazón. Pues bien, nuestra prosa está dotada del mismo misterioso encanto que la poesía. La inspiración del escritor español no solo se ostenta y patentiza en los conceptos, en los rasgos de ingenio, sino en la construcción gramatical, en los giros, en la frase, en la colocación, al parecer fortuita, de las palabras, en la gallarda disposición y desinencia gráfica de los periodos.

Un buen escritor francés tiene que ser esclavo de la gramática; un buen escritor castellano solo es esclavo de la verdad. Dentro de la verdad goza de cierta libertad amplísima, y el uso que de ella haga le caracteriza de escritor mediano o de escritor de primer orden. Las diosas de Virgilio se dejan conocer solo en cuatro pasos que dan; los genios españoles solo en cuatro frases que pronuncian. No hay autor más incorrecto y desaliñado, entre los de nuestro siglo de oro, que Santa Teresa de Jesús, ¿y quién puede leer una sola página de cualquiera de sus libros sin comprender que la Santa escribía inspirada?

¡Oh! Estos secretos resortes del romance, este modo misterioso y natural de mover los ánimos, sin poder uno darse cuenta a sí propio de por qué se mueven; esa fascinación de la frase, sencilla como una mirada y conmovedora como el toque que siente el corazón, están revelando, no hay duda, el sublime espiritualismo del idioma castellano, pues solo la espiritualidad puede producir tan íntimos, tan recónditos, y, sin embargo, tan indubitables efectos.

¿Qué sería, pues, del romance robándole, no ya la idea de Dios y el concepto del alma, que eso sería arrancarle de cuajo las entrañas, sino arrebatándole ese encanto de la mística, esa quinta esencia del espíritu cristiano, que trasforma al habla de Castilla en un habla endiosada, embriagada con vino celestial, vivificada con el amor de Dios y al propio tiempo desfallecida a fuerza de vida espiritual, como aspirando en dulces desmayos y arrobamiento de los sentidos a más alta manera de expresarse, al idioma de los bienaventurados, a la lengua de los Serafines, a la palabra única, al Verbo divino?

Nada más frecuente entre nosotros que exclamar en vista de los neologismos del lenguaje moderno: –iOh, Cervantes! ¡Oh Fray Luis de León! ¡Oh Granada! Si hoy resucitarais, al oír a nuestros oradores y al leer nuestros libros y periódicos, tornaríais desconsolados al sepulcro por no parecer extranjeros en vuestra patria! Esta exclamación confirma la verdad de cuanto estamos queriendo persuadir a nuestros lectores. Ciertamente no tenemos en España un Diccionario de Nysten: no hay aquí un Littré, un ateo, un materialista que ose llamar a las puertas de la Academia española: no han pasado por nosotros, por el Estado, ni el socialismo, ni la guillotina, y sin embargo, se confiesa que nuestro idioma sería ininteligible para nuestros escritores del siglo XVI.

¿Y por qué?

¡Porque! ¡Ah! Las palabras son hoy casi las mismas que entonces; la gramática es igual; pero no es uno mismo el espíritu que informa al siglo de Santa Teresa de Jesús y a nuestro siglo. Y sólo esta diferencia produce esa diversidad de rumbo en los razonamientos, de estructura en la frase, de armonía en los períodos; esa falta de encanto, de majestad, de serenidad apacible y de señorío completo en el conjunto. Fáltanos algo que está sobre las reglas escritas, porque sólo puede escribirse en el corazón: fáltanos la sed que sólo puede templarse en aquel vino espiritual con que se emborrachaban nuestros escritores místicos; fáltanos aquel incesante acudir a tomar el alimento del hogar; porque está averiguado que el pan ajeno puede gustar un día, pero que no hay pan que a la larga sepa como el de casa; fáltanos el pan partido por nuestra madre que es el más sabroso y rico de todos los manjares, el que más nutre y conforta; el que más presto restaura las perdidas fuerzas.

Hace tiempo que nuestra literatura lleva la vida del hijo pródigo: hace tiempo que no ha probado la olla de casa; que vive de prestado mendigando de puerta en puerta, llamando hoy a las de Francia, ayer a las de Alemania. Susténtase de despojos muchas veces corrompidos y emponzoñados; sin acordarse de que los brazos de la madre Patria siempre están abiertos para recibirla, y su despensa abundantemente provista de los manjares y regalos que ha recibido del catolicismo.

Por eso dicen la verdad los que afirman que Granada y Fray Luis de León parecerían hoy extraños en su patria. Hijos de una misma madre, pero criados a sus pechos y en su dulcísimo regazo, apenas podrían reconocer por hermanos a los que niños, han vivido con nodriza, jóvenes se han educado a la francesa o a la inglesa, y adultos no han podido saborear los manjares condimentados por manos de su madre.

III

Decía Carlos V que el inglés era lengua para hablar con los pájaros; el alemán con los caballos; el francés con los hombres; el italiano con las damas, y el español para hablar con Dios. Este juicio de persona tan imparcial y competente como el Emperador de Alemania, que poseía todas las lenguas cultas de Europa y trataba con familiaridad a los grandes hombres de su gran siglo, más que a las condiciones eufónicas de los idiomas, puede, respecto del nuestro, aplicarse también a sus cualidades gramaticales y filosóficas que lo hacen el menos imperfecto de los modernos y el más propio y adecuado de ellos para hablar con la Divinidad; ora explicando en lo posible sus inefables atributos, ora anegando el corazón en el inmenso piélago de afectos que la caridad engendra en las almas que por el Sumo Bien anhelan y suspiran.

Porque acomodando, como debernos, nuestro estilo y lenguaje a la categoría y capacidad de las personas con quienes hablamos, y a la alteza y magnificencia del asunto que vamos a tratar, claro está que para pensar en Dios, inteligencia infinita, para hablar de Dios, bondad por esencia, o para conversar con Dios, en quien vivimos, nos movemos y somos, todas las lenguas del mundo son mudas y hasta los labios seráficos torpes y balbucientes; no existiendo, como no existe, otra palabra digna de Dios que la que Dios pronuncia en la eternidad engendrando al Verbo divino, Dios de Dios, lumbre de lumbre; porque en Dios es una misma cosa el ser y el comprenderse, como son igualmente una esencia misma el ser y el comprenderse y el amarse.

Si, pues, la lengua española es de todas las lenguas vivas la menos imperfecta para hablar con Dios y de Dios, no hay duda que debe de ser la más excelente de las modernas, la más propia de la criatura racional, la que presupone más esmerada y discreta cultura en la nación que por misteriosas combinaciones la ha formado, pulido y perfeccionado, más clara y elevada inteligencia, más abundancia viveza y suavidad de afectos, más riqueza y lozanía de imaginación. Porque al hablar con el Hacedor y Señor del hombre, todas las facultades del alma, todas nuestras potencias y sentidos deben pagarle tributo y rendirle pleito homenaje.

Las palabras representan ideas, que primero se han concebido que expresado, y es obvio que el pueblo de lengua más rica haya de ser el más acaudalado en conceptos y sentimientos, el pueblo de más vigorosa vida intelectual y afectiva, pues la perfección del artefacto, irrecusable testimonio será siempre del ingenio y habilidad del artífice.

Demostrar la excelencia de la lengua castellana analizando su estructura gramatical, su condición libre, su índole generosa, su aptitud para las ciencias, su facilidad para expresar todo linaje de afectos, comparándola con los demás idiomas cultos y vivos, sería impropio de este sitio, en el que bastan algunas indicaciones de tan preciosa cuanto inagotable mina, que otros más felices podrán explotar con holgura.

Detengámonos solo un momento a considerar nuestro romance en el orden puramente intelectual. Es la filosofía la primera y mas subida de las ciencias humanas, y la metafísica el ápice de la filosofía. Sin metafísica no hay lenguaje filosófico ni rigorosamente propio y fijo; porque sin ella tartamudea el entendimiento, y en la más perfecta operación intelectual, titubear es dudar, y dudar es no saber. Ultima razón de las cosas y evidencia inmediata, que son el fundamento de la filosofía, implican contradicción con la duda, con la indecisión del juicio. La metafísica fija el concepto de las cosas, y por consiguiente, el valor y significado de las palabras. Cuanto más abundan en un idioma las dicciones metafísicas, o menos dificultad nos ofrezca en su organismo para expresar conceptos metafísicos, más propio será de criaturas racionales, más culto y mejor trabajado en el yunque de nuestra oficina intelectual.

Esta riqueza científica de una lengua no se ha de calcular ni estimar por la copia de voces técnicas que posea. «Me parece, dice Capmany, que debíamos distinguir dos lenguajes, o mejor, dos diccionarios: el uno llamaré racional, que incluye el moral, y es el peculiar de cada nación; y al otro científico o técnico, que es común a todas cuando han de tratar unas mismas materias... La abundancia de la lengua francesa, comparándola con la española, no se ha de sacar de un término de relojería, mineralogía, tintura o peluquería, &c., ni de los que explican nuevas operaciones en artes que sólo conocemos por los artefactos que compramos. Nuestra lengua admite estos términos siempre que carece de otros equivalentes, y su diccionario los adopta... La riqueza de nuestro diccionario usual y general nace del caudal propio de la lengua: caudal que no ha tomado prestado de otra vulgar, ni puede prestarlo.» (Teatro histórico-crítico de la elocuencia española. Tomo I.)

El diccionario técnico, no vulgar sino científico, es general y común a todas las lenguas cultas, porque se compone de raíces griegas o latinas o de palabras greco-latinas, que al acomodarse en los respectivos diccionarios, no hacen más que modificar la terminación, según la índole del idioma que las acoge. Tan francesas como turcas son las voces de endocarditis o pericarditis, y tan españolas como francesas en sus raíces, las de geología, monografía, monolito, &c., que respectivamente se componen de dos palabras griegas.

Pero ¿será posible, sin convertir en otra la gramática, que el verbo sustantivo ser, que en castellano no se confunde jamás con el auxiliar estar, dejen de confundirse a cada paso tanto en francés como en italiano? Pues este sólo privilegio constituye de suyo uno de los más preciados timbres filosóficos de nuestra lengua.

No menor es por cierto nuestro artículo neutro aplicable a los adjetivos sustantivados, con que facilísimamente y sin esfuerzo alguno ni menoscabo de la claridad elevamos el pensamiento de lo particular a lo universal, de lo concreto a lo abstracto, de lo relativo a lo absoluto.

Y esta facultad de convertir el lenguaje a las más altas regiones de la filosofía, no se circunscribe meramente a los adjetivos, sino que, hasta cierto punto se extiende a frases enteras; como quiera que con igual desembarazo y propiedad hacemos de el santo lo santo, como decimos: lo que se ha de creer, lo que se ha de obrar, &c.

Nosotros tenemos además del nombre sustantivo ser, el de ente; además de esencia, sustancia, con todos sus derivados, en cuyo acertado uso se prueba y aquilata la fineza de estilo filosófico: nosotros sacamos a manos llenas todo el tesoro escolástico de la lengua latina, sin que ni la teología, ni la filosofía nos nieguen y escatimen sus conceptos, ora macizos, ora delicados y sutiles: nosotros gozamos la facultad de sustantivar verbos y de convertir a veces en verbos los sustantivos, y poseemos veneros de verbos frecuentativos e incoativos que tanto agilitan una lengua para expresar las ideas parciales y secundarias.

Hase tenido por atrevida innovación de Kant el convertir en nombre sustantivo el pronombre personal yo, cosa al parecer tan peregrina que dio cierto renombre a la filosofía alemana, caracterizada y conocida por filosofía del yo. Pues bien: dos siglos antes de Kant y de Fichte, fue usada gallardamente esta licencia por nuestros escritores más castizos.

Léanse los siguientes pasajes del maestro Alejo Venegas, escritor del primer tercio del siglo XVI:

«No le aprovechará mas al christiano el nombre de christiano sin las obras por el tal nombre significadas, que aprovecharan las letras deste vocablo pan al hambriento. Reírnos iamos, y con mucha razón, de este hombre hambriento... y no echamos de ver a los que presumen hartar la hambre y sed que tienen de Dios con solo el nombre de christianos engastonado en tetrarcas

y reyes, vándalos y godos... queriendo hacer caudal de su yo... La humanidad sacratísima de Christo dende el primer instante de su concepción hincó la rodilla con tanta reverencia delante de la divinidad, que tomó en unidad de persona, que en lugar de cortesía y acatamiento que a la divinidad hizo, se quitó el yo de la persona que fuera, si no fuera subpositada y personada con el Verbo divino. Y con toda esta reverencia que la humanidad hace a la divinidad, hay algunos miembros que presumen tanto de si y de su yo, que en este mundo se tienen por más hombres por ser la imagen de Cesar que de la imagen de Dios.» (La agonía del tránsito de la muerte. Cap. VII.)

Ni fue solo este autor quien hizo discreto uso de tamaña licencia. Santa Teresa de Jesús, dice en las Exclamaciones o Meditaciones: «No me castiguéis en darme lo que yo quiero o deseo, si vuestro amor (que en mi viva siempre) no lo deseare. Muera ya este yo, y viva en mi otro que es más que yo, y para mi mejor que yo, para que yo le pueda servir.»

Gramaticalmente considerado el Yo de Kant, Fichte, Schelling y Hegel, es el mismo Yo de Venegas y Santa Teresa de Jesús: es el pronombre con que se explica la primera persona, convertido en nombre de esa persona; es el hombre, no como naturaleza abstracta o humanidad, sino como ente individual, como persona que siente y piensa. Pero en la aplicación filosófica y moral de la palabra, ¡qué inconmensurable distancia hay entre el yo castellano y el yo alemán! Es el abismo que media entre la soberbia y la humildad, entre la verdad y el error, entre la filosofía católica y la miserable filosofía racionalista.

En cuanto a la docilidad de nuestra lengua en la expresión de los afectos, no hay más que hojear los autores místicos, y particularmente aquellos que, como Santa Teresa y San Juan de la Cruz, no sólo no limaban el estilo, sino que lo desdeñaban y no lo tenían en cuenta, reputándolo por cosa vana y terrenal: no hay más que hojearlos, repetimos, para comprender hasta qué punto de sublime afectuosidad podía subir un corazón que volaba con las alas del amor divino y se derretía en el fuego de la caridad. Este fuego, purificando el alma, acrisolaba el idioma; por tal manera, que ningún otro puede expresar con tanta vehemencia y verdad lo que sentían aquellos corazones endiosados, que reventaban en palabras de ternura incomprensibles en otra lengua que en la lengua de Castilla, inventadas por serafines más que por hombres.

Tan cierto es esto, y tan claro es además que esta libertad de la inspiración dentro de los límites de la índole del idioma se comunicó a este, llegando a ser corriente y vulgar, que ninguno de nuestros buenos hablistas, ora místicos, ora profanos, es traducible a lenguas modernas extrañas. Cervantes y Santa Teresa, Quevedo y San Juan de la Cruz, ¿qué son en otro idioma que el español? Sombra del original. Quedarán norabuena más correctos, pulidos y tersos en la traducción; pero menos elocuentes y expresivos. Serán otros, que no ellos: su cadáver, no su persona.

Y esta insuperable dificultad de traducir a nuestros autores, no es la común del estilo, que al fin pudiera vencerse por un traductor de igual ingenio que el escritor original: es la materialmente insuperable de la gramática y del diccionario, contra los cuales tiene que estrellarse el talento más privilegiado, cuya desesperación es el más vivo testimonio de la excelencia de nuestra lengua bien manejada por nuestros autores de los siglos inquisitoriales.

F. Navarro Villoslada

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