Revista Ibérica
Madrid, 30 de marzo de 1862
Tomo II, número VI
páginas 393-406

Francisco de Paula Canalejas

Del estudio de la historia
de la filosofía española

I

Hace ya algunos años, que gracias a los esfuerzos de muy distinguidos literatos, y muy en particular, a los de los señores Laverde Ruiz, Valera, Campoamor, Sanz del Río, sin olvidar el laborioso presbítero de la Compañía de Jesús, Cuevas, se advierten deseos de sacar a luz, lo que haya de desconocido y digno de estudio en la edad media y en la antigua, respecto a indagaciones filosóficas. Ya no se dice, que España se encuentra desheredada respecto a estudios filosóficos; y a la par que renace en nuestros días el amor a la ciencia, se recuerdan nombres venerandos, y se concibe que existió el pensamiento filosófico, si bien coloreándose con el espíritu reinante, y siguiendo los senderos que el estado político y religioso le permitía recorrer. Es una verdad innegable que en todos los pueblos, como en todos los individuos existe una solución más o menos intuitiva, de los temerosos problemas que desentraña la metafísica, porque tal es la naturaleza del [394] hombre, y en el mero hecho de existir, piensa, y más o menos conscientemente continúa su laboreo intelectual hasta que brilla a sus ojos la solución que apetecía. Esta solución es las más veces hija de la educación, de influencias extrañas, del genio de raza, de aspiraciones históricas, no es científica; pero sirve para el estudio racional, porque guía y advierte al pensador sobre la manera y el modo con que deben presentarse las verdades filosóficas, e indica cuáles son los problemas y el método a que tiende esta razón popular, o este sentido común, que es preciso convertir en científico, depurándolo, corrigiéndolo y prestándole base y fundamento.

Únense a estas consideraciones de alta importancia, otras no menos dignas de atención, que prueban la necesidad y urgencia del estudio de que tratamos. El estudio literario de nuestra civilización y cultura, es un estudio dificilísimo, si no va acompañado del estudio de nuestra cultura nacional, y será ocasión a que se abra el campo a la paradoja en la interpretación de nuestros autores, el no conocer la trabazón interior de los conceptos filosóficos que en su tiempo constituían el sistema de soluciones que admitían los doctos, respecto a Dios, al mundo, al hombre, a la sociedad y a los destinos y fines humanos. En las obras de Cervantes, como en las de Luis de Granada, en los poemas de Acevedo como en los del Cartujano, en los comentarios del ilustre Santa María, a las epístolas de Séneca, como en los inmortales escritos de Quevedo, se encuentra un sistema más o menos reflexivo pero completo en lo concerniente a los problemas indicados. Para llegar al conocimiento del alma interior de estos celebrados autores, es necesario descubrir el estado de la razón filosófica en su edad para tener un criterio que nos permita juzgar sus creaciones. [395]

¿Existe materia de estudio? se pregunta. Resueltamente afirmamos que sí, y lo demostraremos con los siguientes apuntes. Pero aun cuando pocos sostengan hoy tesis contrarias a las expuestas, la dificultad estriba, en abrazar el cuadro del estudio. ¿Desde qué punto partir? Si en efecto el genio de una raza y de un pueblo se encuentra indicado, así desde los primeros instantes de la vida histórica, como desde los primeros de su arte, según sostiene el Sr. Amador de los Ríos: si en los poetas hispanos romanos, existen ya rasgos característicos del arte español, debemos seguir el mismo camino y colocar al frente de la filosofía española el nombre de Lucio Anneo Séneca, con tanto mayor motivo, cuanto que Séneca, es quizá el autor que ha influido más en la historia de nuestra cultura intelectual, y creemos no pecar de extremados si hablando de escuelas españolas, decimos que en nuestra cultura figura a la par de Aristóteles y quizá influye más que Platón. Séneca ha creado el sentido moral de nuestro pueblo: así en el último periodo de la edad media, como en el siglo XVII y aún en el XVIII las doctrinas de Séneca corren de libro en libro, y su nombre recibe un acatamiento religioso.

Pero dejando este punto (sobre el cual volveremos algún día) junto al nombre de Séneca, debía figurar el de Anneo Sereno y C. J. Higeno, y quizá J. Moderato Columela, en cuyas obras podían encontrarse rasgos de la doctrina estoica en el primero, y quizá de la pitagórica en los siguientes. En la edad cristiana se presentan en primer término los sectarios de Prisciliano, que ofrecen no escaso interés, porque revelan un estado de la opinión pública, y ofrecen datos para el estudio de la edad visigoda. Liciniano nos presenta ya en la epístola a Epifanio doctrinas dignas de estudio, muy en particular sobre los elementos constitutivos del cuerpo, así como [396] es curiosa la argumentación que presenta para probar la espiritualidad del alma. Mayor importancia tiene el libro de San Julián, Prognosticon, De futura vita, y el de Martín Dumiense De formula vitae honestae, en el que aparecen ya doctrinas de Séneca, pero que nos manifiesta la tendencia práctica que la iglesia visigoda daba al cristianismo, separándose más y más del espíritu de la iglesia griega, lo que es tanto más de aplaudir, cuanto eran muy estrechas las relaciones con Constantinopla. Bachiario con su profesión de fe y Paulo Orosio ofrecen indicaciones luminosas, que sirven para completar el estudio del gran Isidoro de Sevilla. San Isidoro, con su definición de la filosofía, rerum humanarum divinarumque cognitio, con su división de física, ética y lógica, nos abre el mundo de la filosofía escolástica y enciende un faro, que será la luz de las escuelas, hasta la aparición de Santo Tomás de Aquino. Su doctrina respecto a Dios y su opinión sobre el origen del mal, Lib. I, sententiarum, cap. IX, son verdaderas fuentes de sentido filosófico, y advierten la tendencia a derramar la doctrina en la vida, para que la fortalezca y anime. El estudio de las obras de San Isidoro da luz bastante para comprender, por qué el desarrollo de la filosofía escolástica en nuestro suelo se separa del camino que sigue en naciones extrañas: no arraigó el espíritu puramente formal del escolasticismo en España, como arraigó en Francia, porque la raíz filosófica, que es San Isidoro, es más viva y más verdadera, que las tradiciones puramente eruditas y oscuras que existían en las Galias y en Italia.

Al concluir este periodo, y al abrirse la edad árabe, asaltan dudas muy graves del que desea indagar la historia de la filosofía española. ¿Cómo considerar las escuelas árabes en España? [397] ¿Son únicamente eco de tradiciones clásicas, y fruto del espíritu del islamismo, o en su desarrollo y crecimiento prevalecen elementos nuevos, nacidos en España? Nos inclinamos a esta última opinión, porque de las dos grandes escuelas árabes, la mística y la propiamente aristotélica, la que en España se arraiga con más fuerza es la mística, y esta tendencia ha sido y es tan natural en nuestro pueblo, se presenta tan obstinadamente en todos los períodos de la historia, se apodera con tanta facilidad de nuestros espíritus, aún de los más circunspectos y reflexivos, que con razón ha dicho uno de nuestros más discretos escritores contemporáneos, que aún los que se llaman racionalistas, más pecan por místicos, que por racionalistas. En nuestro juicio, la escuela que propagan Alí Ben Ragel (1032), Alí Albucacen y otros, y que ilustra el gran Averroes (1206), es la gran corriente que anuda la indagación antigua a la moderna, que fecunda a la edad media con las inmortales enseñanzas de la antigüedad, en tanto que la escuela de Ibn-Tophail, la mística, la del filósofo autodidáctico, representa el espíritu de nuestra raza y el sentido de nuestro pueblo.

Como española reivindicamos asimismo la doctrina escéptica renovada de Algazel, que enseñan varios doctores árabes, porque el misticismo y el escepticismo se confunden en ese punto de partida y engendran idénticas consecuencias, y ambas doctrinas son propias del pueblo que adora la intuición y se muestra receloso de la razón, del que aspira a la ciencia, como a la gloria, por hechos heroicos, hijos del arrebato y del entusiasmo, del pueblo que se enardece en el estudio y llama a la fantasía, como se enardece en el combate y pide la muerte antes que el vencimiento. El primer fenómeno que produce en estos pueblos el despertar de la reflexión fría y [398] consciente, es el escepticismo, así como el resultado de este escepticismo es una deificación del sentimiento que crea doctrinas místicas, y viceversa la influencia de la reflexión en el místico, que dado al vuelo espontáneo de su espíritu nunca midió su paso ni valoró sus concepciones, es, la duda, en algunos casos, pero en los más la negación y la indiferencia.

Como españolas reivindicamos también y quizá con mejores títulos, las escuelas rabínicas, así la cordobesa, como la toledana y barcelonesa. –La escuela cordobesa, cuyo maestro es el insigne Maimonides, que desdeñando a los cabalistas y separándose de los talmudistas, en su Escrutinio de las Escrituras como le llama Pablo Burgense, o sea en su Directio perplexorum, inicia aquellas vastas y sintéticas concepciones, que encierran la esencia de una edad, y que durante los siglos medios y aún la edad del Renacimiento fueron el alimento principal de los pueblos meridionales, refleja un espíritu que podríamos llamar español; y cosa parecida acontece a la toledana, cuyo doctor principal es Aben Ezra, que en sus libros de la lógica, y el de las luces y lumbreras encierra observaciones dignas de ser aún hoy repetidas. La escuela catalana quizá llegue a florecimiento con R. Moscheh bar Nahhman (1194), que fue vulgarmente conocido con el epíteto de Padre de la ciencia, y que dejó discípulos del precio de un R. Jonah, de un R. Joseph Caspi. Poco después florecía Abraham Ben Jehudah. –En el estudio de la filosofía rabínica, podemos descubrir más quizá que en ninguno otro las causas del predominio del arte simbólico en nuestras letras en los siglos XIV y XV; y quizá encontramos los datos para juzgar del inmenso prestigio que consiguió la filosofía luliana.

Tampoco es para olvidada la filosofía muzárabe, y en el Apologético de Sansón el famoso cordobés se encuentran [399] sobre Dios y el mal doctrinas que deben ser recogidas, por más que la influencia de San Isidoro sea manifiesta entre los muzárabes de Córdoba.

En aquella gran trasformación que sufre la ciencia y la vida en Europa en el siglo XIII, en aquel gran esfuerzo de la idea católica, y creación portentosa de su genio, se ofrece en España una figura extraordinaria que se levanta a la par de Tomás de Aquino, y que expresa de una manera completa el genio filosófico de nuestra raza. Personificación gigantesca de la ciencia nueva, de la nueva civilización, Raimundo Lulio, se levanta atrevidamente contra Averroes, y como pedía hasta el olvido de aquel nombre, si faltaba una ciencia, él era bastante a crear otra nueva. No es del momento exponer los merecimientos de Raimundo Lulio (lo que intentaremos en otra ocasión) pero si el franciscano Alejandro de Hales, Alberto el Grande, y Santo Tomas de Aquino, salvaron a la ciencia católica de los sectarios de Averroes, bien puede colocarse junto a esos venerandos nombres el de nuestro Raimundo Lulio, que sobrepuja a Alberto y es quizá más original y sintético que el mismo Santo Tomás de Aquino.

El nombre de Raimundo Lulio llena nuestra historia de la edad media. Los lulianos luchan con los tomistas y los escotistas en nuestras universidades, y no aparece en los siglos siguientes hasta Raimundo Sabunde, ninguna luz capaz de separar nuestra atención del estudio del gran autor del ars magna.

De estos ligeros apuntes se desprende una observación de la mayor importancia, que es a la par una excelencia. La filosofía española se desarrolla bajo la influencia sucesiva de las tres grandes ideas que han avasallado al mundo; bajo la influencia del mosaísmo, del islamismo y del cristianismo. [400] Las grandes escuelas gentílicas y racionalistas griegas, no han ejercido influencia en nuestro desenvolvimiento filosófico. Los rabinos y los árabes, y después Raimundo Lulio, nos separaron del estudio de Platón y de Aristóteles; y cuando llegan a nuestras manos llegan ya disfrazados por los escolásticos. Quizá sea esta una de las causas que nos han tenido alejados del gran movimiento cartesiano; que para nosotros no tenía razón de ser, porque en nuestro suelo no se habían desarrollado los principios platónicos y aristotélicos: quizá por esta causa hayamos conservado esa repugnancia instintiva hacia las escuelas psicológicas, y corra gozoso nuestro entendimiento tras concepciones sintéticas hijas de aquellos bosquejos que trazaron, bajo la ley de unidad, Maimonides y Raimundo Lulio; quizá esta educación, que nos evita las preocupaciones con que lucha el espíritu de Francia para recibir ideas novísimas, sea propicia para que arraigue en nuestro suelo la doctrina sistemática y armónica que profesan ilustres escritores.

Pero sea de ello lo que se quiera, y dejando esos quizás para posteriores estudios, y volviendo a nuestro asunto, es indudable, repetimos, que Raimundo Sabunde cierra la historia de nuestra filosofía en la edad media. El eminente Barcelonés, en su teología natural, filosofa con espíritu libre y con gran método, y en la libertad de su pensamiento como que se anuncia ya la nueva edad que despuntaba para las letras y las ciencias.

Dícese generalmente que con Raimundo Sabunde (1432) concluye la filosofía española, pero es la verdad que en el siglo XVI en España, como en Francia, Italia y Alemania, se empeñó muy reñida contienda entre las escuelas peripatéticas y los libre-pensadores, lucha que revistió diferentes [401] caracteres según él estado político y religioso de las naciones. Acaloróse el sentido filosófico con las doctrinas de los protestantes, pero en España este movimiento fue ahogado por la violenta persecución político-religiosa que continúa durante el largo reinado de Felipe II. Desde este punto la filosofía española toma un carácter especial: se separa del movimiento general europeo. Ahogada la libérrima indagación, que constituye la esencia de la filosofía, dominó en nuestras universidades un sentido político, patriótico quizá, que hizo buscar en doctrinas romanas y canónicas la consagración de la política austriaca, y que las forzó a buscar en el Ángel de la Escuela puerto seguro contra la creciente suspicacia de la Inquisición y del monarca. La escuela peripatética domina por completo, y Gabriel Vázquez como Rodrigo Arriaga, Hurtado como Quirós y otros, se empeñaron en aquella ardua tarea de conciliar a Tomás de Aquino y Aristóteles. A esta escuela pertenece el famoso Francisco Suárez (1548-1617) que así en sus Disputationes Methaphisicae, trata y dilucida las más abstractas cuestiones de la metafísica; las que versan sobre el concepto del ente, como sobre el de causa, sustancia, bien, mal, verdad, infinito, finito, &c., como en su libro de Anima, resuelve la mayor parte de las cuestiones psicológicas. Excusado es hablar del perspicuo ingenio y habilidad polémica del ilustre granadino; pero en las secciones que consagra al estudio del ente en sus divisiones de finito e infinito, a la esencia de los entes finitos, y en otras, se descubren muy luminosas indicaciones sobre estos gravísimos problemas.

Sin embargo, la vida propia del pensamiento español se indica principalmente en la escuela mística, y en particular en fray Luis de Granada, jefe y maestro de aquella ilustre [402] pléyada de eminentes escritores. La escuela mística española del siglo XVI se separa a gran distancia del misticismo Alejandrino y del misticismo de la edad media. El misticismo Alejandrino y aún el de la edad media, tiene un carácter objetivo que lo lleva como por la mano al panteísmo; el misticismo español del siglo XVI es subjetivo, es hijo legítimo del siglo en que se fundaba la libertad de conciencia, y se enaltecía la fuerza y la inteligencia individual: no parte de esta o aquella abstracción sobre la unidad o la sustancia; arranca de un defectuoso estudio de las facultades humanas, de una vista de Dios anticipada, intuitiva y no reflexiva. Bajo esta relación nos ofrece estudios de alta importancia y sirve para demostrar cómo encarnan las leyes generales de la historia, porque hasta este movimiento de reacción en España, que contradice al movimiento racionalista de Europa, parte de la gran revolución del siglo XVI.

A par de la escuela mística, figura la escuela anti-peripatética, que siguiendo la corriente de las nuevas ideas, lucha a brazo partido para derrocar el ídolo de las aulas, Aristóteles. Pocos son en número los aristotélicos, pero su precio compensa con usura su número. Figura en primer término el gran Luis Vives. Después de atacar valerosísimamente a los escolásticos, y de señalar los vicios de su método y sus fatales consecuencias, Luis Vives escribe su parte dogmática, en la cual se encuentran presentimientos de algunas doctrinas sostenidas después por las escuelas modernas. Sin olvidar al esclarecido autor del Examen de ingenios, que abre también un nuevo y original camino a los estudios filosóficos, preciso es convenir en que Luis Vives en su obra De causis corruptarum artium, se mostró uno de los más terribles adversarios de la escolástica, y su claro y recto [403] sentido le hizo adivinar el verdadero carácter de la ciencia, libre de las abstracciones, logomaquias y errores con que la habían afeado los últimos discípulos de la escuela Durandiana.

Pero los nobles esfuerzos de Luis Vives no dieron frutos sazonados: la presión político-religiosa fue más potente que su ingenio, y el estudio de la filosofía fue rodando de abismo en abismo hasta las pobres paráfrasis e interpretaciones en que la vemos durante el siglo XVII. Libre volaba la fantasía por las regiones del arte, y allí debemos buscar el pensamiento filosófico durante el reinado del tercero y del cuarto de los Felipes. No como indagación ordenada y sistemática aparece la filosofía en el siglo de oro de nuestras letras; pero en Mendoza y en Quevedo, en Cervantes, en Mariana y aun en nuestros poetas como Alarcón y el gran autor del Mágico Prodigioso, lucen rasgos que deben ser recogidos para conocer el sentido filosófico de aquella edad. Como filósofo que ofrezca algo propio y espontáneo, quizá sólo pueda citarse a Sebastián Fox Morcillo. Su libro De natura philosophiae, seu de Platonis et Aristotelis consentione, es notabilísimo bajo muchos aspectos. Platónico como lo prueban sus comentarios del Timeo y del Fedon, Fox Morcillo no participó del espíritu de secta, y su manera de entender a Aristóteles guarda cierta analogía con los últimos juicios emitidos en nuestros tiempos por doctos historiadores y filósofos. Sobre la oposición de Platón y Aristóteles, vio Fox Morcillo un punto de concordancia y de enlace, y esta tendencia, por sí sola, basta para asegurarle un título de legítima gloria. No llegó a formular el principio superior que debía concertar a esos dos polos sobre los que gira la historia de la filosofía, o se limitó a buscar en la doctrina religiosa el punto de enlace, trayendo así a la ciencia doctrinas tomadas de distinta esfera. [404] No sostendremos nosotros que en Fox Morcillo se encuentra la esencia de la doctrina cartesiana, porque en nuestro sentir las analogías que se descubren entre el filósofo español y el francés, son las que fácilmente se advierten entre una escuela de carácter platónico y la escuela fundada por el inmortal Descartes.

El último escritor que presenta puntos de vista originales al mediar el siglo XVII, es Oliva Sabuco. En sus diálogos se advierten varias tendencias: se descubre como un eco apagado de las doctrinas de los filósofos de la edad media: su doctrina del macrocosmos y del microcosmos, recuerda las concepciones sintéticas de Raimundo Lulio, y su manera de filosofar es análoga a la usada por aquellos pensadores. Muy para advertida es la tendencia fisiológica que descubren sus obras, particularmente en sus doctrinas sobre el hombre, que no es otra cosa (Coloquio del conocimiento de sí mismo, título 67, 4ª edición, Madrid 1728) que un árbol invertido, cuya raíz es el cerebro, de donde toma los jugos necesarios para la vida, la espina dorsal es el tronco, y los nervios las ramas y las hojas. Siguiendo la analogía, va exponiendo las diferentes funciones fisiológicas, comparándolas con las de las plantas; pero el cerebro es la raíz, causa y principio, la oficina, de los buenos y de los perniciosos jugos, de la salud y de la enfermedad; allí se encuentra la raíz de la vida, de la sensación, de las pasiones y de todo movimiento, y es el domicilio y el asiento del alma. Dividido en tres celdas, el cerebro es el lugar donde residen las causas o virtudes de las acciones, corporales y espirituales. En la parte anterior frontal residen el sentir y el conocer; en la parte media y superior la imaginación, el raciocinio, el juicio, el amor y el aborrecimiento, y en la parte posterior las facultades que se refieren a la [405] conservación de la especie. No es del momento averiguar cómo conciertan estas doctrinas con las modernas de Gall y sus discípulos, pero lo indubitado es que la escuela frenológica tiene antecedentes importantísimos en la filosofía española del siglo XVII (1622).

Otros nombres pueden presentarse durante esta infelicísima centuria, que permiten seguir la filiación del estudio hasta llegar al siglo XVIII, a la renovación de la lucha entre peripatéticos y antiescolásticos; pero ninguno de ellos varía el carácter general que hemos expuesto. Con el advenimiento de los Borbones se refrescó algun tanto el agostado espíritu de nuestra España: la restauracion iniciada por Felipe V dio frutos, y entonces, Luis Losada y Fernández Valcarce, como defensores del peripato, y Feijoo, Tosca, Gómez Pereira y Hervás, como abogados de las modernas doctrinas, echaron los primeros cimientos para la renovación política, social y literaria de nuestra España, que Forner creaba de nuevo en el amor de sus olvidadizos compatriotas.

Limitamos en este punto nuestra tarea, porque hace pocos días la Revista Ibérica{1} presentó un cuadro muy cumplido del movimiento filosófico en el siglo XVIII, y no es bien que con nuestra tosca pluma desluzcamos aquellos felices conceptos.

II

Bastan estas ligeras indicaciones para demostrar que es posible tejer la historia de la filosofía española, y que si bien en sus páginas no se encontrarían nombres como los de Descartes y Leibniz, aparecerían otros que pueden figurar al [406] lado de filósofos muy considerados por la crítica moderna; y que si bien no se señalaría a nuestra España como cuna de una de aquellas trasformaciones que llevan el nombre de Bacon, Descartes y Spinosa, se ofrecerían al hombre pensador rasgos originales, tendencias dignas de tenerse en cuenta en la historia del pensamiento humano y preciosas indicaciones acerca de la vida y destinos de esta vigorosa nacionalidad.

La empresa hace días que está anunciada: sólo falta el caballero que toque con el hierro de su lanza al escudo y la acometa y la de dichoso remate; y la ocasión es oportunísima, porque en estos momentos los menos dados a estudios filosóficos sienten ya que germina entre nosotros el espíritu filosófico; y en instante tan supremo, que influirá de una manera tan poderosa en el destino de nuestra patria, será sano consejo y advertencia utilísima, el consejo y la advertencia que se deduzca de la historia del pensamiento ibérico en las edades pasadas.

(Valladolid, Marzo 1862.)

F. de Paula Canalejas

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{1} Tomo II, núm. 1°, art. del Sr. Laverde Ruiz.

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