Revista Ibérica
Madrid, 30 de diciembre de 1862
Tomo V, número VI
páginas 425-438

Federico de Castro

Exposición histórico-crítica de los sistemas filosóficos modernos y verdaderos principios de la ciencia, por D. Patricio Azcárate. Madrid, Mellado, 1861-1862

I

Cuando recorríamos hace algunos meses las páginas de esta obra, añadiendo al interés que siempre producen altas verdades dichas con galanas frases y animado estilo, el muy especial que nos inspiran los estudios fundamentales tan injustamente desdeñados por nuestros letrados y repúblicos, desdén caramente pagado por los más con la insustancialidad de sus producciones y la vaguedad de sus juicios, confiadamente esperábamos luminosas críticas, calorosas discusiones, extraordinarios movimientos en los órganos de la opinión. Era la primera vez (y decimos la primera porque las Veladas sobre la filosofía moderna no son en rigor más que un fragmento de este libro) que se daba a la estampa en [426] lengua castellana, un resumen ordenado de los sistemas filosóficos que señalan esa faz del pensamiento humano que comienza en el renacimiento con metódica unidad, sin la ligereza que impide estudiarlos en sus propias fuentes, sin la temeridad que permite exponerlos aún no comprendidos, y sin la dañada intención que los desfigura para combatirlos. Era quizá la única en que se apreciaban seriamente la influencia y el valor de nuestros místicos del siglo XVI, mientras que atacando errores añejos y mal intencionados, claramente se mostraba que no faltó genio para trascendentales especulaciones en un país que, apenas halla lugar en la civilización romana, engendra en Séneca el mayor de los filósofos provinciales, que con S. Isidoro prepara y domina toda la ciencia de los siglos medios, que maravilla con Lulio, que contribuye como el que más al despertar de las letras, que con Vives, Huarte y Gómez Pereira precede a Bacon y a Descartes, que con Foxio Morcillo realiza al decir de Bosvin la tentativa más feliz de conciliación entre Platón y Aristóteles, esos luminares mayores de la filosofía griega y con Servet, Sta. Teresa y S. Juan de la Cruz intenta la más difícil empresa de conciliar el último resultado de toda la antigua cultura del neoplatonismo con el idealismo cristiano. Doctos escritores, entre los que se cuenta nada menos que el padre del derecho natural, atribuyen a españoles la honra de haber sentado las bases sobre que siempre se sustentara este linaje de trabajos, y el representante más fiel de nuestra nacionalidad literaria, el ingenio lego, el inmortal Cervantes, colócase entre los reformados, y recogiendo aquellos extravíos místicos escolásticos que sólo la opresión perpetuaba y hoy se quieren resucitar como eficaz remedio, colócalos en la fantasía de su ingenioso hidalgo y exponerlos así a la befa y a la irrisión del mundo. [427] Si luego el espíritu nacional vencido no sin oponer antes tan generosos como malogrados esfuerzos, calla porque pesadas cadenas le sujetaban las manos y dura mordaza le oprimía la lengua, y con su silencio huyen las musas y se deslustra el arte, ¿deberá atribuirse a natural imperfección lo que fue efecto de ajena culpa? ¿Y que apenas concluye ese desastroso período, que un publicista por cierto nada sospechoso llamaba un paréntesis en nuestra historia, no comienza un nuevo florecimiento, que sólo la necesidad más imperiosa de defender nuestra independencia y fundar nuestras libertades son poderosos a detener? Y ya conseguidos tan preferentes objetos, cuando nuevos laureles brotan para oradores y poetas, cuando laboriosas investigaciones históricas y artísticas ven la luz, y la locomotora interrumpe el monótono silencio de nuestros campos y el ruido de los talleres amena nuestras ciudades y el mar refleja de nuevo nuestras banderas sepultadas en Trafalgar, y nuestros soldados triunfan y España renace, ¿no es ahora la ocasión, nos preguntamos con el señor Azcárate, de cimentar en aquello que es sólo lo verdaderamente indestructible tantos triunfos, tantas conquistas y tamaños esfuerzos? No creemos que parezca nuestra contestación dudosa, pero no se trata de nosotros. Lo que días y días vienen repitiendo hasta la saciedad y sin ser por nadie preguntados, que hay no sé qué enfermedad hereditaria o vicioso germen en nuestra raza que vedándonos todo pensamiento propio nos condena a perpetua infancia, ¿cuánto no deberían agitarse, remover manuscritos y hacer sudar prensas para negar la certeza de los hechos alegados por el Sr. Azcárate? y si esto no fuera como no es hacedero, ¿con cuan exquisito cuidado no debían buscar en extrañas fuentes orígenes que privaran siquiera de la originalidad a nuestras doctrinas? [428] Y semejantes esfuerzos aunque negativos cuánto no han de contribuir, imaginaba yo, a aclarar la filiación de las ideas y a deslindar el lugar que de derecho nos pertenezca en la historia de la filosofía; y quién sabe si acaso a descubrir alguno de esos tesoros que se perderán para las generaciones venideras carcomidos por el polvo de las bibliotecas, sin que una mano amiga les ayude a aumentar el catálogo de nuestras glorias.

Los que tan afanosos se muestran de limpiar nuestros escritos de la más imperceptible sombra de panteísmo, tan imperceptible en ocasiones que sólo sus ojos alcanzan a distinguirla, y esto con tan extraordinaria diligencia, no es raro acontecerles denunciar antes de penetrarse del sentido de lo denunciado, ni faltan ejemplos de censurar fuertemente líneas cuya explicación se hallaba en la siguiente, que por la premura del tiempo no podrían acaso detenerse a leer como no se aprestaran, decíamos, nosotros a rechazar por apócrifas las proposiciones que en la exposición de los sistemas filosóficos modernos se citan como de Sta. Teresa y S. Juan de la Cruz con dar algo más pronunciado que las que cotidianamente enumeran y si por desgracia estuvieran aquellos en sus libros tales como en el traslado, ¿con cuánta prisa no se arrepentirían de lo dicho, o acudirían a las autoridades y ensordecerían las gentes gritando a estas que los arrojaran de las manos y a aquellos que los condenaran en el más oscuro rincón de alguna biblioteca, ya que el uso del fuego parece desterrado de nuestras costumbres?

Los que tachan de impías nuestras escuelas por demasiado filosóficas, ¿cómo podrían sufrir, por pacientísimos que fueren, que haya quien se atreva a asegurar que la dolencia que les postra es serlo poco? El que mira no ya en la libertad de [429] pensamiento sino en la fatal manía de pensar la suma de errores que trae contristadas las conciencias, ¿cómo no contradecir al que pide libertad para la ciencia, y para nuestras universidades protección y no reglamentos? Los que suponen que la razón humana ama el error con amor invencible, ¿cuándo encontrarían ocasión más oportuna de defender su tesis que ahora frente al Sr. Azcárate, que populariza la contraria? Y finalmente, los que no disimulan su afecto a lo pasado y su desamor a lo nuevo, ¿cómo podrían obtener mayor victoria que dejándolo sin base?

Por otra parte los que tan amargamente lloran el largo cautiverio de las letras patrias, los que por mucho que respeten las preciosas joyas que nuestros antepasados nos legaron, no se resignan al papel de meros imitadores: los que creen que es imposible toda originalidad sin la libertad interior que la filosofía cultiva, que lo que sin ella se edifique es movible y quebradizo, como edificio sobre arena sustentado, que apartarse de ella es apartarse de la humanidad, que la razón divina no niega ni contradice la razón humana sino que la ensancha y completa; la juventud, que con el no aún apagado primer entusiasmo que a todo lo grande la aficiona cree llegado el momento en que el laurel castellano brote para sus hijos coronas nuevas, aquellos mismos que a fuerza de escuchar dislates puestos en boca de hombres comúnmente reputados, llegáronse a ellos sin más genio que su buen deseo, y admirados de su grandeza y seducidos por el prestigio de sus nombres, no se apercibieron de sus faltas, ¿cuan presto no acudieran al llamamiento del autor de las Veladas, aportando unos la ciencia tras largos desvelos adquirida, quién la sutileza de su ingenio, quién la seguridad de su juicio, quién la conseguida experiencia, quién su entusiasmo caluroso. [430] Y colocados frente a frente tan contrarios bandos, y templada la impaciencia de los unos con la inamovilidad de los otros, ¿qué dificultad no sería vencida, a qué conquista, por arriesgada que la soñáramos, no se daría con tales cualidades juntas cumplido remate y venturosa cima?

Estos juicios formábamos, y la imaginación adelantándose al discurso se representaba ya el nuevo santuario de la ciencia en nuestra Península y por nuestras generaciones fabricado, torrentes luminosos derramándose por donde quiera purificaban y ennoblecían el carácter propio, y aun a lejanas gentes y apartados países alumbraban, y en medio de ellos ostentaba la madre España su antiguo timbre de maestra de naciones; pero bien pronto tan halagüeñas ilusiones se desvanecieron: un artículo y algunos sueltos; hé aquí lo más que los periódicos creyeron deber conceder en sus columnas al planteo y resolución de tan fáciles problemas. Verdad es que importantes personalidades las llenaban. ¿Quién me había de decir hace algunos meses que yo tan pobre de conocimientos, como retirado de las disputas, me vería obligado a llamar la atención sobre la importancia de esta obra? Y sin embargo preciso es hacerlo, pues que los mejores no lo hacen.

¿Cuál es el verdadero mérito de la Exposición de los sistemas filosóficos modernos y verdaderos principios de la ciencia? ¿El ser un sistema original bajo muchos aspectos aceptable? ¿El ser una historia de la filosofía moderna única en España por lo extensa, lo imparcial y bien escrita? No es posible negar que cualquiera de ellos bastaría para dar a su autor en el congreso de los sabios más encumbrado asiento que la capa que tan modestamente se atribuye; pero aun multiplicados ambos, no igualarían al en que se tiene. Un sistema puede desprestigiarse, una historia renovarse con el [431] conocimiento de nuevos monumentos; pero el tratado del Sr. Azcárate no teme el desprestigio ni sufre modificación. ¿Por qué esto? porque el libro del Sr. Azcárate no es la aspiración de un hombre, sino el anhelo de un pueblo; no es la expresión del estado de un espíritu, sino la manifestación del estado de nuestra ciencia con sus necesidades y sus esperanzas. Por eso presenta un plan no un sistema, indica a donde y cómo debemos ir sin detenerse en las revueltas del camino, y si tremola pendón y llama a la juventud a sus banderas, es a pendón y bandera bajo que todos caben.

El autor de las Veladas no era un filósofo de profesión, él mismo lo confiesa. Jurisconsulto acreditado, la política le arrebató al foro como a tantos otros; pero la política y la jurisprudencia le mostraron la necesidad de estudios fundamentales, y a ellos se dedicó en cuanto sus ocupaciones lo permitieron. Era padre y antes de entregar la inteligencia de su hijo a la dirección oficial, examinó reglamentos, y consultó maestros; y con este examen y esta consulta adquirió la convicción que lo que en los Institutos se llama filosofía no es filosofía, sino en mínima parte, que oscura y mínimamente explicada por la escasez del tiempo y lo poco a propósito de los textos que a ella se destinan, viene a reducirse a cero, si la repugnancia que causa por lo indigesto y mal preparado de las dosis no la convierten en cantidad negativa. ¿Qué partido tomar? Lamentarse: muchos se lamentaron y hallaron siempre oídos endurecidos. Acallar con una supuesta imposibilidad el grito de la conciencia. No era digno de su amor ni de su talento. ¿Qué hacer pues? Enseñar con el ejemplo. Y cosa extraña: un individuo sin previa educación filosófica, sin más medios que una voluntad firme, teniendo que aprovechar los escasos ocios de una vida agitada, se atrevió a lo que los [432] gobiernos con tantos medios no se habían atrevido. Feliz atrevimiento, de que resultaron las Veladas. Pero al contemplar el Sr. Azcárate el porvenir de su hijo, era el porvenir de toda una generación lo que había contemplado, y aún sin apercibirse de ello, la idea movió su pluma, que tal es el poder de lo verdadero y de lo bueno, y lo que había de ser asunto privado de familia pasó al dominio público y las Veladas se imprimieron. Complemento de ellas es el trabajo que examinamos. Si pues una crítica ilustrada exige lo primero que se aprecie en toda producción el propósito que la origina y los motivos que le impulsan, raíz de donde parten cuando aquel es estrecho o estos interesados futuros extravíos. ¿Qué móvil más desinteresado que el amor de padre, ni qué propósito más levantado, que dar a conocer aquella ciencia que es fundamento de todas las ciencias y de las instituciones humanas, se podría encontrar?

«Es preciso desengañarse, dice con razón el Sr. Azcárate: la filosofía es la reina del mundo. Desde Thales con el que comienzan los hechos históricos, la humanidad ha tenido constantemente filosofía y más en el camino de la razón: Grecia fue la cuna de la filosofía y de todos los sistemas, el pueblo romano fue estoico, la edad media aristotélica, el renacimiento platónico, el siglo XVII pertenece a Descartes, el siglo XVIII a Loke, el siglo XIX a Kant, ni puede suceder otra cosa a no ser que el hombre renuncie al más precioso don que recibió del Criador, que es el uso de la razón. Si entre nosotros se extinguió toda luz filosófica, esta luz tiene que renacer ahora en el curso natural de las cosas, pues al no ser así equivaldría a vivir fuera de la humanidad.»

Y en efecto, cuando se predica odio a la filosofía y se pretende extirpar hasta sus semillas, debe preguntarse a los que [433] tal hacen si se consideran hombres. Porque si lo son y el ser hombres es ser racionales, y la filosofía es el cultivo de la razón, al renegar de la filosofía es de sí y de la humanidad de quien reniegan. Pero tal suicidio moral es imposible, no está en la mano de nadie el quebrantar las leyes divinas. Renuncien si quieren a la dignidad de su naturaleza, cubran con una triple venda el órgano de lo divino, que ni el dolor de sus caídas les aleccione, ni un rayo de verdad les ilumine: penoso es el sacrificio, pero al fin, helos libres de toda tentación filosófica. ¿Libres? pues bien: al negar las verdades racionales, en verdades racionales se apoyaban; al entregarse esclavos, era un acto de libertad lo que producían; al negar la certeza de todo sistema, escribían sin saberlo otro sistema.

Esto consiste en que la filosofía no es algo de arbitrario o caprichoso, es un desarrollo necesario a la plenitud de la vida de la raza. Mientras esta no llega a ver en un primer fundamento las relaciones totales de las cosas, duda y vacila, porque presiente que hay algo que puede saber y no sabe, está intranquila y se duele porque se halla en débito con su naturaleza. Todo espíritu finito (individuo o pueblo) que no alcanza a este grado de conocimiento, es un espíritu que no tiene la entera posesión de sí, es un espíritu niño que necesita dirección y tutela. Discutir si ha de haber o no filosofía, es pues a lo sumo un tema retórico sin consecuencias prácticas. La verdadera cuestión consiste en averiguar si nos hallamos en aptitud de pensar por nosotros, o hemos de aceptar ciegamente lo primero que nos venga de Francia, de Alemania o de Inglaterra. Porque lo cierto que en estas materias, de nada sirven expurgos ni aduanas. Los sistemas filosóficos no penetran sólo en los tratados de metafísica; se introducen en las teorías científicas, se reflejan en la literatura, nos hablan en [434] las estatuas y en los lienzos, los compramos con los muebles de nuestros salones, los llevamos hasta en nuestros vestidos. Y si la propaganda es irremediable, si a ella contribuyen hasta los que más intentan detenerla, ya exponiendo al refutar, ya dándola el atractivo de lo vedado y el interés de lo misterioso, ¿debemos recibirla desprevenidos para absorber el veneno de sus enseñanzas si son malas, para desperdiciar sus frutos si son buenas?

Mas aunque por invento tan maravilloso como para nosotros escondido, consiguiéramos, ligados como estamos por la naturaleza y por comunidad de raza e intereses al foco mismo de la civilización, lo que la extrema China cercada de mares desiertos y murallas no ha conseguido, esto es, separarnos de toda relación humana, planteando tan sensato arbitrio, cuando las piquetas de nuestros ingenieros allanan las fronteras, y las cadenas de nuestras aduanas ceden ante las exigencias del comercio, ¿cómo librarnos del enemigo que llevamos con nosotros? O ya que sea preciso razonar, ¿será preferible atenernos a lo que buenamente se nos ocurra, sin meternos en depurar lo errado de lo cierto? ¿Es indiferente raciocinar mal o raciocinar bien?

¿Somos tan jóvenes que podemos descansar durante mucho tiempo en la ilusión de las primeras edades? ¿Somos tan inocentes que no hemos dudado todavía? Tal es a nuestro juicio la verdadera posición del problema, Pero no es problema lo que ya está resuelto por la historia. No fue nuestra nación la última de las que se constituyeron en Europa en sociedades independientes; nuestra cultura, aventaja en antigüedad a las más remotas, y antes de tomar nombre de nación ya tuvimos filósofos. Las inmensas y pavorosas dudas, martirio y corona de nuestra época, la contrariedad entre el derecho del [435] individuo y el del estado, entre el productor y el consumidor, el fabricante y el obrero, entre el arte clásico y el romántico, fundadas en la superior oposición entre el idealismo panteísta y el sensualismo ateo, que no resulta ni siquiera mitiga la inseguridad ecléctica, son sentidas tan vivamente entre nosotros como fuera, alguna de ellas ha enrojecido ya con sangre campos y cadalsos. Nadie en el fondo de su conciencia imagina sin espanto que la solución se aplace; hechos repetidos muestran con aterradora evidencia que lo que a la ciencia se arrebata, la revolución lo toma. Ni nos es permitido esperar a que las resuelvan pueblos más adelantados. Hay ciertamente mucho de común entre nuestra situación y la suya, más hay también algo de especial y propio. Aspiramos a fundar como ellos un derecho, una ciencia, un arte modernos, pero es una ciencia, un derecho y un arte españoles, lo que debemos fundar, o nuestra nacionalidad desaparece.

Aquella unidad abstracta y absorbente que apoyada en la fuerza negaba toda individualidad a los sometidos, ha recorrido todas sus fases y ha sido vencida sucesivamente con Carlomagno, con Felipe II, con Luis XIV y con Napoleón. Cualquiera que sea lo que resulte de la cultura presente, ha de sustentarse en la independencia de los unidos. Pero el que no se dirige por sí, tiene que ser dirigido por otro; no es verdaderamente independiente. No basta para serlo poseer territorios y mantener ejércitos; la soberanía reside en la cabeza, no en el suelo ni en el brazo. Una fuerza ciega es como una tierra baldía que está a disposición del primero que la toma: poder que por sí no es obedecido, no es poder, y sólo lo bueno es obedecido sin coacción; sus reveladores, esos son los que gobiernan con autoridad incontrastable. No son los legisladores góticos los Recaredos, Sisenandos ni Recesvintos, sino los [436] Isidoros. No es Alejandro Severo ni Teodosio sino Zenon el legislador romano. Toda civilización supone un sistema, una filosofía.

La cuestión que nos ocupa no se limita pues, como cándidamente se propala, al esclarecimiento de unas cuantas verdades más o menos accesibles a vulgares entendimientos, es una cuestión de independencia nacional, primero; es en seguida una cuestión humana. Porque la humanidad tiene tanto interés en que se eduquen sus pueblos, como la tienen los pueblos en que se eduquen sus individuos, desde que la culpa de cada uno redunda en menoscabo de todos, y así como hace oír la voz del derecho al salvaje que la insulta, ha de hacer escuchar la voz de la razón a quien se aparte de ella.

Sosténgase lo que quiera, lo seguro es, que la necesidad que indicamos es ya universalmente sentida, y la ansiedad que causa comienza a dar preciosos frutos. Impulsados por ellas, entusiastas patricios renuevan la memoria de nuestros antiguos pensadores, distinguidos maestros exponen y traducen a los más notables entre los contemporáneos franceses, ingleses y alemanes, se aventuran sus sistemas originales, quizá algo prematuramente, por otros no menos conocidos, mientras que la juventud con noble desinterés, y a pesar de lo espinoso del empeño, se prepara para sucederlos en círculos y ateneos. ¿Qué más? inspirados poetas consiguen con los melodiosos sones de su lira abrirse las cerradas puertas de las no ha mucho inmovibles academias, imprimiendo a sus antes poco menos que rutinarias tareas el sello del común movimiento que contra su voluntad arrastra aún a los que lo combaten a maldecidos estudios, que de día en día modifican sus envejecidas creencias, exponiéndolas no pocas veces a risible contradicción. [437]

Pero si esta necesidad era general, y como instintivamente vislumbrada, pertenece al Sr. Azcárate la honra de haberla formulado. Tendamos a crear una filosofía española: he aquí el blanco y el resumen de su exposición de los sistemas filosóficos modernos y verdaderos principios de la ciencia.

Y la prueba de que su autor se ha colocado en el punto de reunión de estos, para el observador superficial, tan apartados caminos, es que restauradores e introductores ponen la mira en la vivificación del patrio genio, y este, tanto exige restauración como complemento. La obra del gobernador filósofo debía ser y es efectivamente la síntesis de estos diversos fines, y siéndole, el compendio de nuestras aspiraciones filosóficas. Si en ella se evocan cariñosamente los nombres de aquellos ilustres españoles que eran llamados a porfía a regentar las cátedras de todas las universidades, si se les adjudica una escuela (el idealismo místico) y un período (el siglo XVI), es porque la filosofía parte del conocimiento propio, para conocernos debemos saber lo que hemos sido; sin el exagerado temor a los aires infectos del Norte, de que ya nuestro gran benedictino se burlaba, se sigue paso a paso el progreso de la razón donde quiera que este se ha efectuado, es porque al decir filosofía española, no se debe entender una filosofía para nuestro uso disimuladora de dificultades y encubridora de errores, porque esto sería una ilusión de filosofía; porque si la verdad como infinita admite infinitas formas de expresión, como una no sufre variación ni acomodamiento. Si, por último, se proponen un camino y se anticipan sus consecuencias, es porque éstas y aquel parecen justificadas por lo hecho y por lo que resta.

Apruébese o difiérase de esta dirección, a ella ha de encaminar la que se acepte, pues que ella puede traducirse, [438] continuar españoles, es decir, ni extranjeros ni cadáveres. Separar ahora lo que haya de permanente en nuestra vocación, de lo que como accidental y cumplido no ha de volver, es nudo que, para desatarse, demanda mayor espacio; pero españoles y hombres no son términos que se excluyen, y esto es lo que se solicita al pedir filosofía española.

La oportunidad de la demanda se inferirá de lo enunciado, pero la avaloran también las cualidades del que la presenta. No es este un puro teórico, a quien admitida la teoría, se le entretiene haciéndole esperar a que madure la ocasión, es el práctico, es el doliente que muestra la llaga y clama por la cuchilla. Es el soldado de nuestra libertad, cuya cuna se meció al sangriento arrullo del cañón que proclamaba nuestra independencia, el que nos grita que la epopeya que comenzamos llegue a su tercer canto, o un siglo de oro científico; o no os apellidéis nuestros hijos, porque sois indignos de nosotros.

La fórmula es imprescindible y oportuna, resta determinarla. Queremos una filosofía, porque somos hombres; una filosofía para nuestro siglo, porque es en el XIX y no en el XVI en el que vivimos; una filosofía apropiada a nuestro país, porque somos españoles. Francamente, lo confesamos, la dificultad nos asusta. Ojalá hombros más robustos la tomen sobre sí; si así no fuera, arrimaríamos los nuestros, aún a riesgo de que su peso nos confunda.

Federico de Castro.

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Patricio de Azc√°rate
Exposición histórico-crítica...
1860-1869
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