Revista de Asturias
Oviedo, 25 de febrero de 1879
año 3, número 6
páginas 86-88

Leopoldo Alas

Un libro nuevo

Lecciones de Calotecnia para un curso de Principios generales
de Literatura y Literatura Española,
por Don José Campillo y Rodríguez

I

Las primeras palabras al tratar de esta obra interesante por muchos conceptos, deben ser de incondicional elogio; cualquiera que sea nuestro juicio definitivo acerca del conjunto y de cada parte, nos creemos obligados a comenzar alabando la empresa del Sr. Campillo, que sólo por haberla intentado hubiera merecido bien de las letras. Que un profesor de nuestro Claustro se decida a publicar un tratado de la ciencia que enseña, no es cosa tan usada que no deba sorprendernos. Por culpas, ajenas casi todas a su voluntad, los profesores de estas abandonadas Universidades de provincia no tienen más aliciente en los trabajos de la ciencia que el amor desinteresado del estudio; y necesita ser muy intensa esta pasión para que lleva, a un hombre prudente y justamente económico al riesgo de perder en la publicación de un libro cuidados, sudores, dinero, para que al fin su voz se pierda en el desierto. Aquel tristísimo cálculo de Hartmann el pesimista que demuestra cuán poco fruto logra el autor de en libro en gloria y en provecho, bien entendidos el provecho y la gloria, aún sería menos halagüeño si se le aplicaran datos recogidos en nuestra vida científica y literaria. Bien comprende todo esto el Señor Campillo, pero venciendo la apatía a que inclinan el ánimo tanto obstáculo y tan pocas esperanzas, escribe su Calotecnia, fruto de muchas reflexiones, de estudios no superficiales y de atenta y esmerada lima.

Sin ofender a otros podemos asegurar que este profesor distinguido ha realizado lo que en vano intentaron algunos: escribir en un medio literario bien poco favorable una obra que sale de la vulgar manera a que parecía condenada la raquítica literatura provincial, falta de elementos y de naturales incentivos.

Por lo común, los que escribían libros didácticos desde algunos de estos rincones a donde llegan tardíos, confusos y desfigurados los ecos de la vida intelectual moderna, solían afectar intolerancia y desdén respecto a todo lo nuevo que en rigor no conocían, y más por la necesidad que por sus preocupaciones, encerrábanse a navegar en las aguas muertas de una ciencia anticuada, sólo interesante bajo el punto de vista arqueológico. El Sr. Campillo, aunque no oculta la pobreza de fuentes de que ha de resentirse su trabajo y a pesar de que milita en escuela no muy amiga de los corrientes actuales de la ciencia, déjase de fingir desdenes por lo que no conoce, y tolerante hasta donde puede, acumula con simpático y noble afán cuantos elementos pudo haber a la mano, siendo resultado de este buen sentido y prolijo trabajo un libro digno de su tiempo; mérito no despreciable tratándose de obras didácticas, más sujetas que las de ingenio y arte bello a las mudanzas de la actividad del pensamiento.

Bien puede asegurarse que en mérito intrínseco supera la obra de Quintiliano a cuantos tratados de retórica se han escrito en los tiempos modernos, pero sería grave error enseñar hoy ni más ni menos el libro del retórico insigne.

Penetrado el Sr. Campillo de esta verdad y muy por encima su espíritu de los vaivenes a que sólo a los muy ligeros sujeta la moda, guíase por el dictado de sus propias reflexiones sin desdeñar lo nuevo, sin olvidar lo antiguo, admitiéndolo todo en cuanto sea bueno. ¡Lástima grande que el diligente catedrático haya tenido que ver limitados sus esfuerzos por la penuria de obras, de que él mismo se lamenta! Por grande que sea el talento del Sr. Campillo no ha podido sobreponerse a la influencia que en sus investigaciones tenía que ejercer la falsa perspectiva en que las circunstancias le colocan; lo que ve de cerca, casi a la mano, le parece de colosales proporciones y llama su atención como si fuera lo más importante, mientras que lo verdaderamente grande, por causa de la distancia lo distingue apenas, pequeño y confuso en el horizonte, y aún necesita de instrumentos auxiliares para darse cuenta de ello. De este modo, el Sr. Campillo aprovechando libros y otros datos que por azar tuvo cerca, concede a ciertos autores de tercero o cuarto orden una importancia que ni ellos quizá soñaron, al paso que de los mas acreditados sólo sabe por referencias y no conoce de ellos más que lo que plugo a sus enemigos comentar malamente, siendo de estos enemigos, tan inferiores, de donde toma el señor Campillo lo más trascendental de su doctrina. Así por ejemplo vemos con pena y sorpresa al distinguido catedrático empeñado en continuas escaramuzas con el libro del Sr. Revilla, ensayo contradictorio de un espíritu escéptico y vacilante, más, que por original criterio por [87] desordenados impulsos, y vémosle tratar de las obras de Vischer, Schiller, Burke, Nussleim y otros autores notables sin más guía que las inexactas y bien superficiales referencias de Yungmann. Así contradice el autor de la Calotecnia en la estética de Vischer, ni más ni menos aquellos pasajes que también combate el profesor de Insbruck, haciendo especial censura de lo sublime de la mala voluntad, que ni Yungmann comprendió, ni el Sr. Campillo pudo penetrar. –Un oportuno y noble propósito del profesor de Oviedo es dar a su obra una tendencia anti-posibilista, toda vez que el determinismo modernísimo ha llegado ya al terreno del arte y en él pretende reinar, como de hecho reina en las ciencias naturales y acaso en las sociológicas–. Pero también aquí le atajan fatalmente el paso dificultades del mismo orden. El Sr. Campillo más que olvidado de su tolerancia, ignorante de que desfigura doctrinas poco conocidas, sigue a los autores apasionados en que estudia y da golpes de ciego, como suele decirse, gastando sus fuerzas retóricas, dogmáticas y metafísicas, en combatir a enemigos que no lo son, mientras ni mienta siquiera a los Spencer, a los Helmoltz, a los Veron, a los Ganckler, a los Laugel, a los Hartmann, (por recordar los más vulgares) que con tantos otros son los adversarios temibles de la antigua estética. Cierto es que algunos autores neo-escolásticos, por ejemplo el P. Ceferino González entre nosotros se obstinan en ver consecuencias materialistas en la doctrina de Hegel y en todo el panteísmo alemán, aún antes de la decadencia de la extrema izquierda, pero el Sr. Campillo que huye de exageración e intransigencia, debió prescindir de estos injustificables prejuicios y atenerse a la enseñanza de la crítica filosófica en estos últimos años. Hoy, en realidad, ya son lugares comunes de sermón esas confusiones del dogmatismo que mezcla y baraja, llamándolo a todo racionalismo, escuelas que no pueden ser más opuestas. Estudia el Sr. Campillo las teorías, mutiladas por cierto, de Vischer sobre la naturaleza de lo bello y le atribuye, siguiendo siempre al jesuita Jungmann, una tendencia materialista que existirá donde quiera menos en la Estética de Vischer. Es esto tanto más deplorable, cuanto que ya antes de ahora, según nuestras noticias, se le ha hecho notar al señor Campillo la injusticia de tales ataques. Por otra parte, Vischer no es el principal autor de su escuela, pues si bien en muchos respectos amplía y completa a Hegel, en lo esencial es éste el fundador de la escuela que el Sr. Campillo combate, y la obra del filósofo de Berlín es con mucho más importante que todas las de análogo sentido. Medite imparcialmente el profesor de Oviedo cuán triste es haber gastado el valor y las fuerzas en combatir soñados enemigos y haber dejado ilesos por ignorados a los representantes de ese realismo sensual y grosero que tan justamente indigna al Sr. D. Justo Álvarez Amandi, admirador inteligente del Sr. Campillo.

Pero todo lo que puede parecer censura en los párrafos precedentes, va más bien que en son de tal, como elegíaca lamentación, puesto que sin culpa suya el Sr. Campillo ve cerrado el camino y no puede excogitar, como fuera bien, los autores y doctrinas merecedores de estudio y crítica atenta.

Sin embargo, el ilustrado profesor de literatura es el único responsable de haber llevado tan lejos su incondicional adhesión a determinados autores. Como sería ligereza insigne acusar de este modo al Sr. Campillo sin acompañar de pruebas la censura, vamos, molestando con gran pesar a nuestros lectores, a seguir paso a paso al autor de la Calotecnia en su odisea por el libro de José Yungmann.

El plan y método de una obra reflejados naturalmente en el programa o índice de materias es lo que necesita principalmente originalidad si hemos de apreciar al autor como digno de estudio y crítica: pues bien, el Sr. Campillo, original, demasiado quizás, en el plan de su libro, intercala enunciados de la Estética de Yungmann tomados literalmente, y los disloca haciéndoles entrar en lecciones distintas. Esto necesariamente lastima el orden metódico de modo grave, y hace dudar si los trabajos heurísticos del señor Campillo obedecerán ni en lo elemental al canon de la lógica. Por desgracia, como veremos más adelante, sin estas lamentables intercalaciones el método de la Calotecnia es puramente arbitrario.

Pero aún es más censurable el proceder del señor Campillo respecto a los autores extranjeros que con más emporio combate. Vischer, Schiller, Nassleim, Lemke, Krugg, Barke y Solger reciben palmetazos crueles, y no obstante el señor Campillo manifiesta claramente que desconoce sus obras, pues ni por casualidad hace alusión a otros pasajes distintos de los que cita Yungmann, para combatir a los mismos autores. –Ejemplos: Yungmann, obstinándose en echar sobre toda [88] estética racionalista el sambenito del sensualismo y del materialismo, toma algunos párrafos aislados de Burke y de Solger, y el Sr. Campillo apresurándose a dar por representada la escuela inglesa en estos autores, copia ni más ni menos lo que traslada a su libro el jesuita alemán, ateniéndose literalmente a la traducción del Sr. Orti Lara: en la página 188 de la obra de Yungmann {(1) Trad. española, Tomo 1º, 1871.} está todo lo que en la Calotecnia puede verse en las páginas 52 y 53, inclusive la nota «Erwing, página 26.» Y el Sr. Campillo sin más datos, arroja sobre Burke y Solger todo el peso de su indignación espiritualista, diciendo como Yungmann que aquello no merece refutación &c. &c. A quien no cita el autor español es al profesor de Insbruk.

Para quienes guardan sus rayos el alemán jesuita y el catedrático de Oviedo es para Vischer y demás autores que han sostenido la teoría de lo sublime posible en el mal. Yungmann, en la página 176, copia algunos párrafos de Schiller tomados de su opúsculo «De la razón del deleite en los asuntos trágicos.» y el Sr. Campillo reproduce en las páginas 108 y 109 ni más ni menos las palabras que copia su autor predilecto, con nota y todo. En la página 112 el Sr. Campillo vuelve a copiar porte de lo reproducido en la página 109. El Sr. Campillo en la página 106 copia, con la nota y todos los pormenores, las palabras, ni una más ni una menos, que Yungmann traslada de una obra de Vischer a la suya, página 177. Ni una vez sola se refiere el Sr. Campillo tratando de Vischer y todos estos autores a pasajes que no cite también su Mentor, y siempre son las reproducciones literales y de igual extensión. –Tócale el turno a Nussleim citado por el alemán y copiado en las páginas 177 y 178, y con la nota inseparable, aunque llevada al texto, el Sr. Campillo cumple su cometido respecto de Nussleim en las páginas 109 y 110; Nussleim, cuyo materialismo grosero, con el de otros extranjeros, tanto indigna al Sr. Álvarez Amandi. En la misma página 110 el Sr. Campillo lanza su anatema, de paso, sobre Lemke y Ficker: y como buena prueba copia lo que Yungmann copia de estos autores (páginas 178 y 179.) El profesor Krug rinde su tributo en la obra de Yungmann página 177 y en la de Campillo página 108, advirtiendo ambos que Krug escribió veinte años antes que Vischer. Por último, el Sr. Campillo, por su cuenta, cita y emplaza al Sr. Revilla, de quien, naturalmente, Yungmann no tiene noticia.

Y sin más datos, sin otro conocimiento de las obras respectivas, el catedrático de Oviedo se arroja a combatir sin miramientos ni reservas sistemas y escuelas de que sólo sabe que no sabe nada, pues no es saber nada el haber leído los fragmentos arbitrariamente aglomerados por un autor ajeno, después de todo, a la verdadera ciencia estética, como tal ciencia. ¡Qué lástima! El señor Campillo, con tan buenos propósitos, se abandona por seguir a un guía temerario, a las tinieblas del desorden y a las iras espesas de la intolerancia.

Hemos tratado con despacio este punto porque en realidad es grave y porque tales extravíos merman no poco la autoridad del autor ilustrado de la Calotecnia.

Seguiremos, cumplido rigorosamente nuestro deber de críticos en esta, parte, analizando la obra del Sr. Campillo, aunque no tan detenidamente como merece y quisiéramos. En el próximo número, Dios mediante, daremos fin a nuestro trabajo, y por adelantado repetimos nuestros plácemes al catedrático de Literatura de nuestra Universidad de Oviedo.

(Concluirá)

Leopoldo Alas
Oviedo, 20 de Febrero de 1879

 
 

Revista de Asturias
Oviedo, 15 de marzo de 1879
año 3, número 7
páginas 101-103

Leopoldo Alas

Un libro nuevo

Lecciones de Calotecnia
por el Sr. D. José Campillo y Rodríguez

II

El Sr. Campillo que, según lo visto en el artículo anterior, manifiesta desde el principio propósitos de combatir las teorías materialistas de la belleza y con ellas todo sensualismo y positivismo estético, no sólo pierde sus fuerzas, empleándolas contra enemigos que no lo son, sin que, además se pasa por momentos al campo contrario y escribe lo que no dudarían en firmar Spencer, Wundt y el mismo Taine. Dice el Sr. Campillo (página 42): «La idea de la belleza puede deducirse de principios admitidos a priori, como base de un sistema metafísico, o inducirse de la observación y experiencia de los efectos que lo bello causa en nosotros, relacionándolos con las instrucciones derivadas del sentido común y otras enseñanzas. Lo primero podrá parecer mas científico y brillante; pero lo segundo es sin dada más seguro y menos expuesto a errar

Por si esto no bastara, el Sr. Campillo acentúa su empirismo de positivista añadiendo que la investigación de lo que sea belleza no se debe fiar al apasionamiento y obcecación de los sistemas filosóficos y de metafísica...

¡Y de metafísica! Ni más ni menos la opinión de Comte, de Spencer, de Littré y todos esos materialistas que ya se ven anatematizados en púlpitos y pastorales. El Sr. Campillo, positivista empedernido, no quiere metafísica por que la metafísica es apasionamiento, poesía, que dice Ribot en su Introducción a la Psicología inglesa.

Y ¿qué idea de belleza va a ser esa a la cual quiere llegar el Sr. Campillo, no por un análisis de conciencia, sino por la observación y la experiencia de los efectos? ¿Es decir que, como Enrique Taine, aspira al concepto de la belleza por la acumulación empírica de datos, de hechos del orden estético?

A seguir por este camino el Sr. Campillo, a pesar de todos los Santos Padres y Doctores, hubiera caído en el más franco sensualismo positivista, y el señor Cos, magistral, se hubiese visto precisado a negarle el favorable informe que acompaña al prólogo. Pero no; con la ayuda de Dios y de Jungmann, el autor de la Calotecnia vuelve sobre sí y al comenzar el estudio de la belleza, lejos de atenerse, como anunciaba, a la observación y experiencia de efectos históricos, en cuanto se trata de la belleza en sí escribe lo siguiente:

¿Qué es la belleza en sí misma? «La belleza es una centella de la hermosura de Dios que resplandece en el objeto bello, como dice Proclo; es el recuerdo de la esencia que vio el alma en otro tiempo...»

Esta es ya demasiada metafísica. Decirnos que la belleza es una centella y que es el recuerdo de la esencia, como asegura Platón, es muy otra cosa que recurrir a la observación y a la experiencia. Para construir el concepto objetivo (un concepto ¿cómo puede ser objetivo?) de lo bello el Sr. Campillo cree que basta con citar tres autoridades y agregar el hecho de la experiencia individual del atractivo que para nosotros tiene la virtud. Esta metafísica entreverada de experimentos sentimentales y autoridades históricas empieza a parecernos nebulosa o, como diría el Sr. Campillo, kraussista.

De todo lo cual deduce o induce, (no sabemos esto) que la belleza es la bondad última y perfecta de los seres; pero no la bondad que dice relación de la cosa con su fin, sino otra bondad. ¿Cual? qué bondad puede haber que no sea de relación al fin? Será la bondad íntima. ¿Qué bondad hay que no sea íntima o, mejor, qué quiere significar íntimo tratándose de bondad? Si nosotros nos atreviéramos a usar las palabras que el Sr. Campillo emplea en una obra didáctica, diríamos que el autor recurre a la germanía de la escuela pseudo escolástica, que más que escuela filosófica parece retórica mística ininteligible para todos los que no estén iniciados.

Es de advertir que el Sr. Campillo, imitando en esto al Sr. Revilla, antes de tratar del concepto de la belleza en su unidad habla de conceptos parciales, es decir, que comienza por la división interior del objeto antes de tener el objeto mismo. Semejante falta de lógica la hemos combatido ya ocupándonos en el examen del desdichado libro del señor Revilla. ¿Qué significa hablar de belleza subjetiva y belleza objetiva si el análisis previo del concepto de belleza en unidad? Este defecto de lógica, sin embargo, no tiene graves consecuencias en la Calotecnia, merced a otro error más grave que neutraliza el anterior, por que lo que llama el Sr. Campillo belleza subjetiva nada tiene que ver con el concepto de la belleza y es sencillamente a la percepción, impresión, emoción y juicio estéticos a lo que se refiere. Ni más ni menos; el Sr. Campillo comienza su indagación analítica empírica del concepto de lo bello... por un capítulo de psicología estética. El autor ha creído seguir en este punto la corriente iniciada por Kant en la filosofía; pero confundiendo cuestiones muy diferentes, entendió que el problema crítico, tan terrible para todo intelectualismo, era lo mismo que esa división abstracta de belleza objetiva y belleza subjetiva. La cuestión del criticismo es real respecto de la belleza, como punto histórico de polémica: «esto que llamamos belleza en los objetos ¿es realidad en ellos, es del noúmeno, o sólo existe como representación en nosotros, como aparecer fenoménico? De este problema ha surgido la división de la belleza, no como tal, sino en la cuestión de su conocimiento, [102] y en este sentido se ha dicho la belleza es objetiva, si es la de la cosa, es subjetiva, si es del ser que la percibe, como agente, del sujeto. Pues bien el Sr. Campillo lo ha entendido de manera que llama belleza subjetiva a las modificaciones psíquicas del sujeto que percibe, y belleza objetiva a la belleza en sí, es decir a la belleza única y respecto de la cual se ha planteado la cuestión de objetividad y subjetividad; pues ni Kant ni nadie pensó jamás que la naturaleza fenomenal de lo bello, que el criticismo dice ser la única cognoscible, fuese lo mismo que las impresiones del sujeto y el juicio del mismo. Kant, bien leído, vio deja ocasión para tales confusiones. Bien sabía el autor de la Crítica del Juicio que el sujeto al hablar de belleza no se refiere a lo que en sí siente ni a los juicios que le sugiere la presencia del objeto bello, sino a la causa de estos juicios y emociones, al objeto de ellos; otra cosa es determinar si ese objeto es real y puede saberse su realidad, o si sólo como fenómeno puede ser conocido. Y de todas maneras, aunque supusiéramos que la belleza subjetiva significara en Kant lo que quiere que signifique el Sr. Campillo, ¿no sería esto peor para el acrisolado dogmatismo del profesor ovetense?

No hay eclecticismo que pueda llegar al punto de admitir dos proposiciones contradictorias. La belleza es objetiva o subjetiva? Esta es la cuestión; es de la cosa en sí, o sólo fenómeno, representación? Contestar a tal problema que la belleza es de la cosa en sí y que al mismo tiempo es representación nuda –pues esto sería la belleza subjetiva– equivale a decir que sí y que ni, todo junto. Cabe sin duda el estudio de lo bello (aparte el análisis de su concepto real y científico) como es en la representación, pero sin que a esta se le pueda dar el nombre de belleza subjetiva. En rigor las palabras «belleza subjetiva» sólo tendrán sentido científico cuando hagamos referencia a los elementos bellos que puedan existir en el espíritu racional considerado como agente de sus facultades. Y el Sr. Campillo, que es ortodoxo, es decir, idealista en el sentido escolástico de la palabra, ¿cómo reniega de la belleza en cuanto idea que a priori puede deducirse del principio? ¿Por qué esa falta de fe en la antigua metafísica? ¡Y a qué propedéutica tan extraña a sus creencias recurre el profesor de Oviedo! Como podría hacerlo cualquier discípulo de Reid o de Jouffroy, comienza nuestro autor por un defectuoso análisis de psicología estética experimental, pero análisis puramente empírico...

Confesamos con ingenuidad que casi echamos de menos aquí al sistemático y consecuente escolástico que podrá equivocarse en todo, pero se equivoca sin menoscabo de la lógica. Tan cierto es que el error sistemático es el menos malo, porque como se forma se deshace; pero el error arbitrario, que nace del desorden, de las ilusiones y complacencias de un pensamiento distraído o débil, es enfermedad que difícilmente se cura porque se ignoran sus orígenes.

En el libro del Sr. Campillo falta la clave para compaginar los errores, el método es puramente arbitrario; imitando ora a unos ora a otros autores, el de la Calotecnia ha tenido cierta originalidad: la de no atenerse a ningún método y tomar algo de muchos.

La Calotecnia es una Introducción al estudio de la Literatura en el plan del Sr. Campillo; pero la Calotecnia es lo que llamamos la Estética. Ahora bien: es evidente que la Estética es ciencia más general que la ciencia de la Literatura; esta, en aquella parte de su objeto que constituye una esfera interior en la estética, sólo se presenta cuando, estudiada la Belleza en general se penetra en la Estética especial, y dentro de esta pertenece a la subdivisión de la belleza representada artísticamente, y dentro del sistema de las artes es una de sus especies. ¿Cómo, si esto es claro, el Sr. Campillo coloca como preliminares de su obra, de su Calotecnia, algunas lecciones de Literatura? Bien que el señor Campillo quisiera justificar y explicar la relación de la Calotecnia a la Literatura, pero hiciéralo como exige la realidad de las cosas, llegando desde lo genérico, la estética, a lo especial, la Literatura. ¡Qué despegadas aparecen aquellas lecciones preliminares de Literatura al principio de la obra! No se entiende qué hacen allí ni el autor explica porqué enseguida comienza a tratar de la belleza en sus principios.

No hay una palabra para la razón del método. Y después de todo más vale así. El Sr. Campillo que define la belleza la bondad íntima, no es menos claro y explícito al definir la Literatura. Dice que es Ciencia y arte a la vez (¡!) que nos enseña a conocer, producir (!) y apreciar la belleza en las obras literarias. ¿Y cuáles son las obras literarias? si no sabemos previamente qué es literatura, ¿cómo conoceremos las que son obras literarias?

Pero a bien que el Sr. Campillo explica después lo que son obras literarias: toda composición que se propone la belleza como fin. Bueno; un cuadro es una composición (¿por qué no?) que se propone la belleza como fin; luego la Literatura enseña a conocer, apreciar y producir cuadros: y lo mismo estatuas, catedrales, sinfonías; es decir, la Literatura es todo el arte bello. Confiese el Sr. Campillo que esto es lógica y que su definición no sirve. Pero vamos más allá con la lógica, que es buena compañía; como la Literatura es, según esa definición, la ciencia de toda belleza, de cualquier belleza, y como belleza es la bondad íntima podemos decir que Literatura es «la ciencia y el arte de conocer, producir y apreciar la bondad íntima.» Y bien sabe Dios que no hay tal cosa. La Literatura no es eso.

En la lección segunda de su Calotecnia el señor Campillo habla de humanidades, y en este capítulo mismo dice que la Estética es una parte de la Literatura. Como si dijéramos que Europa era una parte de España por lo que España tiene de Europa. Aunque parezca imposible el Sr. Campillo en la lección tercera trata de... clasicismo y romanticismo [103] para entrar en el capítulo siguiente en el ancho campo de los principios estéticos. ¿Pero qué orden es este, Sr. Campillo? ¿Qué tienen que hacer en tal lugar el romanticismo y el clasicismo de que tan menguado concepto tiene el digno profesor de Oviedo? Este método y el tou waou son cosa muy parecidas. No nos es posible detenernos para seguir al autor en sus excursiones por los capítulos de la Calología, pero sí diremos de paso que nos extraña verle terminar con una lección sobre el lenguaje en que se trata principalmente la cuestión de sus orígenes. ¿Era este el lugar propio? En un tratado de la parte general de la Estética, a que se reduce la Calotecnia; ¿cabe propiamente un capítulo de filología?

Un estético positivista, Eugenio Veron, cuya obra ha conseguido un éxito que no nos explicamos, trata también esta materia del origen de lenguaje en su estética, pero que al principio para llegar a la literatura por el transformismo evolutivo que las escuelas modernísimas quieren introducir en todo asunto. El Sr. Campillo no se ha propuesto cosa parecida, y por eso no se explica aquel capítulo final, que dicho sea de paso, no responde a los adelantos de la ciencia de los orígenes. Ni Labock, ni Tylor, ni Funk Brentaur, ni Soviertokouwski ni tantos otros, ni siquiera Vagehot, tan conocido, suenan para nada en las disquisiciones extemporáneas del ilustrado catedrático.

Lo decimos ingenuamente: tanto desorden, tanta arbitrariedad en la elección y relación de las materias nos han desorientado, y han logrado amenguar hasta el deseo de proseguir este análisis de la Calotecnia.

III

Respecto de la forma literaria del libro que examinamos diremos pocas palabras, por el temor fundado de haber sido demasiado prolijos en nuestro examen.

El Sr. Campillo declara que Calotecnia vale tanto como Estética. Somos poco amigos de discutir palabras, menos cuando se trata de fidelidad etimológica. Convenimos en que la palabra Estética no significa lo que la ciencia es; lo mismo sucede con la Economía y otros nombres, que, sin embargo, el uso ha consagrado; nadie dice Krusología, ni Ponología, ni Cataláctica, ni Krematística, todos decimos Economía. Sin embargo, es respetable el propósito de sustituir un nombre inadecuado, llame en buen hora el Sr. Campillo a la Estética Kalología, pero no la llame Kalotecnia ni Calotecnia.

Tejné significa antes que instrucción o enseñanza, arte, en el sentido de aplicación de los medios naturales de un objeto; así la industria tiene su aspecto técnico, que es el que mira a los medios propios de su especial naturaleza; sobre todo, el uso de los científicos ha dado a toda ciencia que trata de un particular objeto en su parte teórica el afijología y nadie dice Teotecnia, ni Cosmotecnia, ni Arqueotecnia &c., &c.: sólo cuando se trate de aplicación especial puede convenir la terminación tecnia; así el Sr. Campillo en frente de su Kalotecnia encontrará la Pirotecnia que trata de los fuegos artificiales. Si se propusiera el autor enseñarnos los procedimientos técnicos de todo arte bello, o al menos los generales de toda producción de belleza, bienvenida fuera lo palabra; pero la filosofía de lo bello no puede llamarse con propiedad Kalotecnia. Y mucho menos puede llamarse a la emoción estética emoción calotécnica, como hace el Sr. Campillo. Si él mismo reconoce que el afijo tejne se refiere a la enseñanza, a la construcción, a la ciencia o arte (!) en fin, en la emoción que nos produce lo bello ¿qué tiene que hacer la ciencia de lo bello? Al sentimiento religioso se le podrá llamar sentimiento teológico? ¿Será calotécnica la emoción estética del que nada sabe de tal ciencia de lo bello?

No hace falta insistir; salta a la vista lo impropio que es tal adjetivo aplicado a la emoción, esto es, a lo que pertenece al sentimiento.

En general hemos notado poca propiedad en los términos malamente llamados filosóficos o técnicos. El lenguaje del Sr. Campillo es claro, es sencillo, pero no pocas veces peca de trivial y desciende mucho del tono propio del libro didáctico. Llamar a las diferentes escuelas «tirios y troyanos», calificar de germanía el tecnicismo de un sistema y zaherir a los personajes políticos que no son doctores y arrastran coche, es abdicar en porte de la dignidad que por fuero propio tienen el magisterio y la obra didáctica.

Y no más. Fácil será al Sr. Campillo notar que los defectos que hemos apuntado son en su mayor parte de tal índole que podrían desaparecer sin gran esfuerzo en una segunda edición. El Sr. Campillo puede, corrigiendo su obra, dar a la estampa un tratado completamente digno del buen nombre que ha conquistado en el magisterio.

Leopoldo Alas
Oviedo, 4 de Marzo de 1879


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José Campillo Rodríguez 1870-1879
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