Karl Marx

Karl Marx, jefe de la Internacional, grabado de Julio Robert, El Correo de Ultramar, París, noviembre 1871
Karl Marx, jefe de la Internacional
 

Desde hace ya tiempo se habla mucho de la Internacional y de su jefe y fundador Karl Marx. Hemos tenido la suerte de que llegue a nuestras manos un retrato fotografiado de ese misterioso personaje, con pormenores biográficos poco conocidos. El artículo siguiente es exacto, y le publicamos, aunque nos parece útil advertir que estamos lejos de apadrinar muchas de las ideas que contiene.

Dice así:

Hay en la revolución del día dos escuelas, la doctrinaria y la científica. La primera cuenta entre sus adeptos a todos los hombres amantes de la tradición, fieles a la consigna de 89, de 92 o de 93 y que sientan por término de las reivindicaciones las deducciones de una de las mil teorías socialistas que están en boga. La segunda prescinde del pasado, y busca el secreto de la sociedad del porvenir en el experimentalismo: se apoya científicamente en el estudio de la constitución del ser humano, en la anatomía, la sociología y su antropología; aspira a formular la ley del individuo sobre el examen de sus órganos y los derechos público e internacional, según los caracteres de las razas humanas. Los jefes de la escuela doctrinaria son Cabet, Proudhon, Stuart Mill, Luis Blanc, los economistas, &c., en tanto que la segunda se funda en las obras de Bückner, Darwin, &c., y en los descubrimientos de la filosofía medical. No es este el lugar de extendernos en la exposición de la nueva manera revolucionaria: lo único que diremos es que el doctor Karl Marx pertenece a la escuela científica.

Después de haber tenido una existencia muy accidentada, el doctor Karl Marx vive hoy en un barrio apartado de Londres, casi en una aldea, en Camden-Town. Le he visitado en su casita de Maitland-Park, en donde se concentran todos los hilos de la revolución social en el antiguo y el nuevo mundo. El doctor, pues a Marx le llaman el doctor, como a Blanqui el ciudadano, es un hombre de más de cincuenta años, sumamente afable. Antes que un loco furioso o un bebedor de sangre, parece un buen vecino de Hamburgo, extraviado en la niebla de Londres y tratando de vivir allí lo menos mal posible, como un excelente padre de familia, que no tiene nada que ganar en los trastornos sociales.

El mueblaje de su casa es muy sencillo, muy modesto: ningún aparato, el confortable elemental y nada mas que lo que exige estrictamente la respectability, a lo que todo se sacrifica en Inglaterra. Se ve que las rentas del doctor que pasa por muy rico, no se gastan en la satisfacción de sus goces personales. He oído decir, en efecto, que consagra su tiempo y su dinero al servicio de sus opiniones.

El doctor Marx, nacido en 1818, es un hombre alto, vigoroso, rechoncho, que parecería destinado a morir centenario, si no estuviera desde hace algunos años atormentado por un asma. La cabeza del doctor Marx, plantada sobre un cuello grueso y anchos hombros, es grande como conviene al utopista que lleva en sí los elementos de una sociedad nueva. El rostro guarnecido con una cabellera cana echada hacia atrás, está iluminado por el pensamiento y atestigua con sus numerosas arrugas las meditaciones del doctor. La frente es espaciosa y radiante de inteligencia, y los ojos oscuros y profundamente hundidos en sus órbitas, brillan bajo sus párpados. La nariz es ancha en su base, señal de grandes facultades intelectuales según los fisiognomonistas, y sus mejillas fuertes y musculosas, acusan el tipo eslavo. Su barba bastante cana es larga y le da cierto aspecto patriarcal.

El doctor viste siempre de negro.

Estudió leyes en la universidad de Bonn y en la de Berlín; pero muy luego abandonó el derecho por la historia y la filosofía que después profesó en Bonn. Sin embargo, la vida militante le reclamó luego, y a la muerte de Guillermo en 1841, entró en el movimiento político que hubo en Prusia, como redactor de la Gaceta rhiniana que acababan de fundar en Colonia los Hanseman, Kamphausen y otros, jefes de la clase media liberal que llegaron al poder después en la revolución de marzo de 1848. Marx se distinguió tanto que en 1842 le confiaron la redacción en jefe. De esa época arrancan las primeras contiendas de Marx con los gobiernos. La Gaceta rhiniana se publicaba como todos los periódicos alemanes de aquel tiempo, bajo el régimen de la censura; pero la polémica de Marx mereció doble censura y el diario no podía salir sin el imprimatur del censor ordinario y la aprobación del prefecto de Colonia. Finalmente, a pesar de todo esto, la Gaceta pareció tan peligrosa que fue suprimida en 1843 por decisión ministerial.

Marx vino entonces a Paris por primera vez y publicó en alemán con el doctor Ruge, los Anales franco-alemanes (1844) que fueron prohibidos en Alemania y con Federico Engels, la Santa familia contra Bruno Bauer y consortes (1845). Los Anales querían la combinación de los dos movimientos críticos que se producían simultáneamente en Alemania y en Francia, y la Santa familia, era una sátira contra el idealismo alemán que Marx quería reemplazar con lo que él llama Realismo histórico.

Como Marx mientras se ocupaba principalmente en París de estudios sobre la economía política y la primera Revolución francesa, continuaba, sin embargo, publicando ataques contra el gobierno prusiano, este pidió a la Francia la expulsión de Marx del territorio francés, que le fue acordada. Dicen que Alejandro de Humboldt sirvió de mediador en este asunto.

Marx pasó a Bruselas en donde continuó su vida de estudio y de agitación. Allí dio a luz en francés un Discurso sobre el libre cambio (1846) y Miseria de la filosofía, respuesta a la filosofía de la miseria de M. Proudhon (1847); y en alemán con Federico Engels, el Manifiesto del partido comunista (1848), que fue adoptado por un congreso de obreros de distintas naciones celebrado en Londres en 1847. Por la propaganda que hacía entre los obreros y por sus artículos contra el gobierno prusiano en la Gaceta alemana de Bruselas, Marx fue expulsado de Bélgica sobre la petición del gobierno de Berlín; pero al mismo tiempo M. Flecon, a nombre del gobierno provisional, le abrió las puertas de Francia, en donde esta vez debía residir corto tiempo.

Con efecto, al estallar la revolución en Alemania, marcho a Colonia y fundó la Nueva Gaceta rhiniana, con el concurso de sus antiguos compañeros de destierro. La Gaceta de la Cruz, órgano de los feudales alemanes, dijo que ese periódico publicado en una fortaleza prusiana, sobrepuja en audacia revolucionaria aun a los diarios franceses de 1793 y 1794. Marx defendió con calor la insurrección de junio.

Cuando en el otoño de 1848 el gobierno prusiano dio su golpe de Estado, arrojando de Berlín a la Asamblea nacional, Marx hizo en su periódico un llamamiento al pueblo, diciéndole que se negara a pagar las contribuciones y que rechazara la fuerza con la fuerza. El gobierno proclamó el estado de sitio en Colonia y naturalmente se prohibió la Nueva Gaceta, y su redactor tuvo que salir de la ciudad. Marx no se desanimó y al punto que se levantó el estado de sitio, continuó la lucha. Entonces comenzaron las causas; pero como las juzgaba el jurado simple salía absuelto. Por fin, cansado el gobierno, aprovechó el movimiento revolucionario del Sur de la Alemania, para envolver a Marx en la reacción y le expulsó definitivamente de Prusia en la primavera de 1849.

Marx quiso fijarse en París por tercera vez; pero de nuevo reclamó el gobierno prusiano, y se decidió a marchar a Londres, en cuya ciudad vive desde entonces.

En 1850, Marx continuó en Londres la publicación de la Nueva Gaceta rhiniana, bajo la forma de una Revista mensual, revista que se imprimió en Hamburgo y sucumbió en 1857 ante la reacción victoriosa.

Después del golpe de Estado de diciembre de 1851, Marx publicó en alemán el 18 brumario de Luis Bonaparte (Boston, 1852), obra que se reimprimió en Alemania en 1869, algunas semanas antes de la guerra.

En 1853, dio a la estampa, en alemán, Revelaciones sobre el proceso de los comunistas en Colonia, que es una filípica contra el gobierno prusiano y la clase media alemana.

Después que condenaron a sus amigos en los Assises de Colonia, Marx permaneció largos años fuera de toda agitación política, explorando los ricos tesoros que el British-Museum ofrece a los que quieren sondar las profundidades de la economía política, y no escribiendo activamente sino para la New York tribune, donde hacía la correspondencia inglesa, hasta la explosión de la guerra civil, y muchos artículos de fondo sobre el movimiento europeo y asiático. Sus artículos contra la política extranjera de lord Palmerston, se reimprimieron en Inglaterra.

Marx publicó también en 1859, Contribuciones a la crítica de la economía política (Berlín), y en 1860, Monsieur Vogt (Londres). En este último libro ridiculiza a la pseudo-democracia imperialista, mientras acusa al profesor Karl Vogt y a sus colegas de la prensa alemana y de la prensa suiza, de haberse vendido al hombre de diciembre, cuando la guerra de Italia. Finalmente, en 1869 publicó en Hamburgo su obra principal: El Capital, crítica de la economía política, de la que solo ha salido aun el primer tomo de 800 páginas.

El 28 de setiembre de 1864 en el meeting de Saint-James'Hall, se nombró la Asociación Internacional de los trabajadores y se eligió su consejo provisional. Marx, que en dos ocasiones había tratado ya de fundar una asociación de este género, secretamente en la Liga comunista de los obreros, y abiertamente en la Sociedad internacional de la democracia (Bruselas 1847), fue nombrado miembro del consejo provisional y redactó el Manifiesto inaugural y los Estatutos generales, definitivamente adoptados en el Congreso de Ginebra de 1866. Desde entonces Marx redacta las principales publicaciones del consejo central de Londres, y la última, Manifiesto sobre la guerra civil en Francia, ha hecho en las filas de la democracia un ruido considerable.

La doctrina de Karl Marx se distingue de los sistemas de los demás socialistas en dos puntos principales.

Primeramente, rechaza como he dicho ya al principio de este artículo, todas las concepciones y deducciones doctrinarias y trata de demostrar que la actual sociedad posee en sí los gérmenes de una sociedad nueva; que esta sociedad se elabora por medio de la lucha de las clases que después de haber pasado, a consecuencia de la fatalidad histórica, por la dictadura transitoria de la clase obrera, se fundirán finalmente en la Asociación de los productores libres, basada en la propiedad colectiva del suelo y de los instrumentos de trabajo.

Segundo punto: Marx proclama el carácter internacional de esta lucha de las clases y de la trasformación social que ha de producir.

En suma, lejos de ser esta una doctrina nueva, no es mas que el antiguo Fourierismo revisado, corregido y aumentado por la crítica de Darwin aplicada a la política.

Tal es el hombre que el mundo se figura como un revolucionario implacable y sin entrañas. Es un filósofo y un pensador, temible sin duda, por causa de sus facultades organizadoras y eminentemente sintéticas, por causa de la larga experiencia de las revoluciones, de su vasta ciencia, de su tenacidad, secundadas por la independencia de su posición, la afabilidad de sus modales, el conocimiento de todas las lenguas europeas y una incansable aptitud para los trabajos mas áridos. Arma terrible en las manos de la Democracia, suspendida siempre sobre las razas latinas, cuya extinción y absorción cree Karl Marx y a las que supone sucede ya el pangermanismo.