Revista Europea
Madrid, 1 de marzo de 1874
año I, tomo I
número 1, páginas 1-6

Emilio Castelar

La filosofía del Progreso

La verdadera filosofía del progreso es la filosofía de Hegel. Y es la filosofía de Hegel la verdadera filosofía del progreso, porque ningún sistema da, como el sistema hegeliano, al movimiento dialéctico de las ideas fuerza bastante para remover desde las inmensas moles del universo, hasta las seculares instituciones de la sociedad. Reconozco y confieso que hay en los ánimos reacción vigorosa contra las ideas del más generalizador, del más sintético entre los filósofos modernos; reconozco que cae en desuso su formulario, y que se atribuyen pura arbitrariedad del talento las maravillosas construcciones de su sistema científico. Pero aquel ser de su porte que sería indeterminado o vago en las profundidades de la eternidad, se concreta por la existencia, se define por la contradicción; pasa de la pura lógica a la lógica real, de la lógica real a la naturaleza inorgánica, de la naturaleza inorgánica a la naturaleza orgánica; y después de haberse irradiado por los espacios infinitos en mundos, sobre los cuales fuerzas físicas y químicas producen las especies, se alza a ser espíritu, primero subjetivo o individuo, luego objetivo o sociedad; y se eleva a Estado, y desde el Estado al Arte, donde la realidad y el ideal se identifican en amor inextinguible; y desde el Arte a la Religión, que une lo finito con lo infinito, y en cada ser humano encarna el Verbo divino: y desde la Religión a la Ciencia, en que triunfa la razón pura, hasta llegar, después de haberse movido en series tan perfectamente sistematizadas, después de haberse agrandado en fases tan necesarias y sucesivas, desde ser indeterminado y vago a ser absoluto y perfecto, en la plenitud de la vida, de la conciencia, de la posesión de sí mismo; aquel ser en su comenzar confinando con la nada y al término de su viaje cosmogónico y espiritual adquiriendo lenta riqueza de vida, contiene la eterna sustancia del progreso.

Hegel es el filósofo por excelencia del movimiento progresivo. Hasta él toda metafísica buscaba un principio absoluto, pero inmóvil, un ser en sí, fuera de nuestras continuas trasformaciones y de nuestros perpetuos cambios, para contemplarlo en su perpetua quietud, sobre las cimas inaccesibles de la ciencia y del universo. Desde él, desde la aparición de pensador tan extraordinario, el oleaje de las generaciones, el río de los tiempos, la metamorfosis continua de las ideas, las mudanzas en el estado de los seres, la muerte misma que sobre todo se extiende y domina, la sucesión de las civilizaciones, los cambios continuos en las historias, el progreso indefinido forman como el organismo de lo absoluto. La metafísica hegeliana representa en las ciencias filosóficas lo mismo que el sistema de Copérnico en las ciencias astronómicas. El inundo inmóvil , hacia el que gravitaban todas las ideas, se mueve como la tierra; se remuda como las estaciones. La corriente del pensamiento humano, como la corriente de las aguas, riega, fecundiza, vivifica. La lógica pierde el carácter puramente formal y abstracto, y toma realidad tan viva como las leyes de la mecánica celeste. La premisa contiene la consecuencia como la semilla contiene el fruto. Las contradicciones del pensamiento se llaman fuerzas opuestas en el universo. La vida de la naturaleza no está en la esencia, en la materia primera, tan abstracta y tan etérea por su indeterminación como el más vago pensamiento; está en el mudar de los seres y de los fenómenos. La vida social tampoco está en ninguna abstracción, en ninguna idea pura, sino en el desarrollo sucesivo de las instituciones, de las artes, de las creencias, de los pensamientos dentro de toda la historia. Los hechos copian a las ideas. Los sistemas científicos, que parecen más abstractos, se encarnan vivamente en la realidad. [2] Del uno de la metafísica griega brotan las dos cosas por excelencia prácticas que el mundo antiguo lega al mundo moderno, el derecho romano y la moral cristiana. Por eso los hechos no pueden separarse de las ideas, como los cuerpos no pueden separarse de las almas. La aparición de un nuevo sistema filosófico profundamente conmueve a una sociedad. Por esto la historia de la filosofía es la filosofía de la historia en el sentido de que las sociedades copian el espíritu, y se animan, y se coloran, y crecen a su luz, a su calor, como los planetas siguen a la atracción, y se coloran a la luz, y se vivifican al calor del sol. Y el espíritu es primero ser, después naturaleza, después sujeto, después objeto, y por último, absoluto. Y desde el ser primitivo a lo absoluto median series de determinaciones sucesivas que constituyen la ley del movimiento universal. Y esa filosofía así es la filosofía por excelencia del progreso.

Yo bien sé cuánto van a decirme aquellos que juzgan los sistemas por sus partes aisladas más que por su espíritu y por su contexto. Van a decirme que, después de haber condenado la escuela histórica, pongo entre los filósofos del progreso al ilustre metafísico de la historia. Van a decirme que, después de haber reivindicado la libertad de pensamiento, alabo y encarezco una filosofía del Estado, adscrita al Estado y a sus intereses. Van a decirme que, después de proponerme el seguir a todas sus esferas el movimiento republicano alemán, me detengo ante el filósofo que ha declarado la monarquía institución esencial a las sociedades humanas, y que disolviendo la idea con el derecho en el movimiento histórico de esta idea, ha llegado a justificar todas las instituciones y sostenido hasta la pena de muerte. Mas yo creo que una filosofía no debe ser juzgada por sus fragmentos, por las series aisladas, donde pueden hallarse contradicciones palmarias con su general sentido y espíritu. Yo creo que las reservas de Hegel respecto al Estado son accidentes de aquel día histórico, eclipses de aquel espíritu luminoso. Yo creo que aun condenando sus concepciones metafísico-históricas al espíritu en el desarrollo progresivo de su esencia a ser espíritu nacional, y a convertirse en Estado, cuya superior representación es la monarquía; cuando el espíritu crece, se agranda, pasa de espíritu nacional a espíritu de la humanidad; cuando sucede esto, no puede menos que romper los antes estrechos moldes, y esparcirse en superiores organismos y formas, correspondientes a la elevación y a la dignidad de su esencia. Y si esta conclusión en su pensamiento no se encontraba, encontróse luego en el desarrollo y en la difusión de su doctrina. Tuviéronla por algo más que republicana los gobiernos. Abrazáronla como su dogma, como el espíritu de sus creencias políticas, todos aquellos jóvenes que compusieron la extrema izquierda hegeliana, y que pelearon así en los parlamentos con la palabra, como en los campos y en las calles con las armas, por encerrar el individualista e independiente espíritu germánico en el organismo propio de su esencia, en el organismo republicano. Y el espíritu de Hegel no se ha contenido sólo en Alemania. Si allí ha vivificado a los jefes del radicalismo, a Ruge, a Stirner, a Grün, a Fewerbach, en Francia ha vivificado a republicanos templadísimos, como Vacherot y Michelet, a republicanos federales, como Proudhon, y en Italia al ilustre Ferrari. No puede juzgarse todo el inmanente alcance de una doctrina por la inconsecuencia personal de su fundador y de su maestro. Aunque Cristo mandó pagar tributo al César, su doctrina de libertad y de igualdad destruía el cesarismo; aunque Lutero daba a la gracia tal extensión que anulaba el libre arbitrio, su Reforma alentó la libertad humana; aunque Hegel admita la monarquía, su realidad de la lógica, su inmanencia de las ideas, su movimiento dialéctico del ser, su progreso indefinido rompen abiertamente con las estrechas inconsecuencias del maestro, y van a fundar el gobierno de la razón pura y el advenimiento del espíritu absoluto en una confederación de pueblos libres. El gran maestro lo ha dicho en frase, que admira por lo profunda y lo sencilla: la historia del mundo es la historia de la libertad.

Así el pensador germánico no se aisla [3] en su razón individual, a fin de encontrar allí la frágil base de la ciencia, dando por vanas todas las ideas anteriores al momento de su aparición momentánea en la historia. Tanto valdría despreciar en el conocimiento de nuestro planeta los terrenos primitivos cuando forman como sus bases inconmovibles; y en el conocimiento de nuestro propio temperamento fisiológico el temperamento de nuestros padres y abuelos, cuando salta por todo nuestro organismo y por todos nuestros humores. El hombre no aparece súbitamente en la tierra y en la sociedad; no debe creerse, pues, el triste abandonado expósito de los mundos. Como su vida natural se enlaza con la serie de los minerales, de las plantas, de los seres orgánicos, su vida espiritual se enlaza con todos los siglos. La ciencia pura nos da las ideas en sí, las ideas en su entidad; y la historia nos da las ideas en su desarrollo y sucesión progresiva. En la ciencia las ideas son; en la historia las ideas se mueven y viven. No separéis la filosofía de la historia , porque será abstracción sin realidad; no separéis la historia de la filosofía, porque será confuso montón de hechos sin ningún principio superior que los coordine. La razón es individual y universal. La razón individual se encuentra en cada hombre; pero la razón universal en todos los hombres y en todos los siglos, en toda la historia. Despreciar la ciencia anterior y recomenzar a cada momento su estudio, es tanto como nacer todos los días. De esta suerte la ciencia permanecerá en perpetua infancia. Lo presente, que asegura lo pasado, jamás podrá engendrar un mejor porvenir. Toda ciencia, aun la más material y empírica, se resuelve en idea. No lo dudéis: idea es el átomo del materialista; idea es el substratum del químico. Y por consiguiente, aun los sistemas, que más a la observación se someten, no pueden salir del idealismo. Y como todos los sistemas contribuyen al desarrollo de la idea, todos son, más que falsos, incompletos, y todos se completan mutuamente en sus contrarios, en sus opuestos, porque la ciencia se encuentra en la totalidad de todos ellos, como la vida bajo todas sus fases en la totalidad del universo.

En la idea se encuentran el pensamiento y el ser. Nosotros no conocemos en sí los objetos externos; sólo tenemos ideas de ellos. El mundo interior y el mundo exterior se nos revelan por medio de esas divinas sibilas, por medio de las ideas. No detengamos nuestra atención a reflexionar si las ideas son adventicias o innatas, resultado de la experiencia o resultado del raciocinio; no caigamos tampoco en el problema inútil de averiguar si el sentimiento es superior a la inteligencia, si sobre la razón hay aún otra facultad más perspicaz, más escudriñadora, más inspirada, más luminosa, que se llama intuición; declaremos con verdad, declarémoslo, que ni las sensaciones llegarían a lo íntimo de nuestros ser si no se trasformaran en ideas, y ni el pensamiento podría ejercitarse dentro de nosotros mismos si no tuviera como elemento esencial las ideas; de suerte que bien podemos llamarlas, puesto que sin ellas nada sentiríamos ni comprenderíamos, las almas de las cosas.

Pensar es vivir; pensar es crear. El pensamiento lo abraza todo, lo contiene todo, lo explica todo. Más ancho que el espacio, más duradero que el tiempo; rápido y universal como la misma luz, vivificante, y necesario como el calor; atmósfera que envuelve, no a manera de nuestra baja atmósfera un sólo planeta, sino todo el universo; pesa desde el insecto que zumba en los límites de la vida hasta la infinita vía láctea; nota desde los arpegios del ruiseñor en sus escalas músicas hasta la armonía de las esferas en sus tablas astronómicas; se eleva de las cosas y de los fenómenos a las ideas abstractas y universales que son como la norma y el modelo de las obras humanas, y de la vida real a la justicia, a la bondad, a la hermosura perfecta; y cuando, llegado a tan alta cúspide, parece estar rendido, cobra aliento, sigue así su raudo vuelo en su ambición infinita, y mira frente a frente a Dios; como el águila, que, despreciando la tempestad, se eleva sobre las nubes a contemplar cara a cara los resplandores del sol.

La idea es necesaria al pensamiento. La idea es necesaria a las cosas. Ni podemos pensar sin ideas, ni podemos sin ideas conocer el mundo y el espíritu. La idea entra, [4] pues, en la existencia íntima y sustancial de los seres. La idea es la razón de todos los fenómenos. Mas la idea no tiene el carácter del motor inmóvil de Aristóteles; la idea mueve porque se mueve ella misma. Al movimiento de la idea lo llamamos dialéctica. La idea no es una; es ella misma y su contraria. Dentro de cada idea hay una oposición a esa idea. La idea de lo infinito supone la idea de lo finito; la idea de la hermosura supone la idea de la deformidad. En las religiones la fe ha opuesto al Dios del bien el Dios del mal o el diablo, al cielo el infierno; en la metafísica el filósofo opone a lo contingente lo absoluto, a lo finito lo infinito; en la mecánica celeste el astrónomo encuentra la atracción y la repulsión; en el aire el químico los gases opuestos que forman el equilibrio de la vida; en nuestro cuerpo el fisiólogo la sangre venosa y la sangre arterial, la batalla de humores contrarios; en la tierra por todas partes ve el hombre la vida que engendra y la muerte que devora. Coexisten siempre los contrarios. Y sobre esta coexistencia se funda la dialéctica. Así la dialéctica no es un mero método subjetivo, es la ley real objetiva de todos los seres. Ningún cuerpo escapa a la ley de la gravedad. No consienten estas leyes excepciones. El tenue polvillo de las plantas, que parece burlarse de ellas, vuelve a caer sobre las alas de la mariposa o sobre el cáliz de las flores, o en la tierra misma, atraído como la mole inmensa de Saturno o de Júpiter a su centro de gravedad. Nada en el mundo ni en el cielo se exceptúa tampoco de la ley imperiosa de los contrarios. Por doquier hay ser y no ser; unidad y multiplicidad; identidad y diferencia. Todos los seres por algún lado se tocan, por algún concepto se confunden; y por otro lado, por otro concepto se diferencian y se combaten. Pero los contrarios se resuelven y se armonizan en otro tercer término. Por ejemplo, ser y no ser; cuándo se unirán estos dos conceptos. Pues se unen, según Hegel, en la ley fundamental de su dialéctica, en el llegar a ser, por cuya virtud lo que no ha sido, es.

Véase, pues, cómo en filosofía el orden y la conexión de las cosas representa de una manera sensible, palpable, el orden mismo y la misma conexión de las ideas. La dialéctica es ley a un tiempo de las cosas y de los pensamientos, de la naturaleza y del espíritu, de la realidad y del ideal.

El secreto entero de la filosofía hegeliana se encuentra en el concepto fundamental de lo absoluto. Para la antigua metafísica, lo absoluto es trascendental; para Hegel, lo absoluto es inmanente. Para la antigua metafísica, lo absoluto, pura esencia, ser purísimo, fuera del espíritu, fuera de la naturaleza, apartado del mundo y sin claras relaciones con él más que por la idea confusa de la creación, y por la ley no bien definida de la Providencia, fluye en su inmovilidad, en su serenidad los seres, de lo absoluto distintos, de lo absoluto separados, como la alta montaña fluye los ríos que van en su carrera creciendo a medida que van de su fuente apartándose; mientras que para Hegel lo absoluto se mueve, se difunde, anima como el calor central todas las cosas, late en las ideas cual si fuera su sangre; es aquí materia inorgánica, allá materia organizada; toma las afinidades de la química para engendrar la vida de los seres, y las fuerzas de la mecánica para producir la armonía de los mundos; sube, como la savia por los árboles, sube por las fibras de la creación y se convierte en espíritu, primero espíritu individual, personalísimo; luego espíritu objetivo, espíritu social; y planteando de continuo oposiciones que resuelve en síntesis suprema, tomando el carácter de la Trinidad cristiana, tres términos distintos y un solo ser verdadero, encarna su derecho en el Estado, su hermosura en el arte, su vida en la historia, su esencia múltiple, rica de ideas, de pensamientos, plena, vivaz, perfectísima, en la última y más acabada de todas sus manifestaciones, en la manifestación de la ciencia.

Los antiguos creían que diciendo el ser lo decían todo. Su Dios era el ser. Y creían no deber afirmar ya más. Para Hegel, para este gran filósofo del movimiento dialéctico, es más que el ente, que el ser por excelencia de quien nada se afirma el último de los seres, que a su cualidad de ser otras cualidades reúne, y de quien pueden otras afirmaciones [5] decirse. Y lo que decimos de la antigua concepción de lo absoluto, lo que decimos de la antigua concepción del ser, decírnoslo también de la antigua concepción de la lógica. Demasiado extensa para unos, demasiado restringida para otros, la lógica no se hallaba, no, concretada ni definida para todos. Y la lógica principia las ciencias, puesto que tiene por objeto la idea en su pureza. Externa, formal, arbitraria para los escolásticos, no pasaba de ciencia de las proposiciones. Para Hegel, bajo su primer aspecto, la lógica aparece como la ciencia de las formas universales y absolutas del pensamiento y de la existencia. Pero la idea lógica no es pura forma, puesto que puras formas no existen, y todas reclaman su contenido. El contenido de la lógica, digámoslo así, la sustancia de la lógica es la idea natural, la idea en su incomunicable esencia, la idea purísima cuando se despierta, se levanta en el ser como se despertó y se alzó sonriente la Venus griega en las espumas del mar. Dada la idea, se da la lógica; dado el contenido se da la forma, porque la forma y su contenido se compenetran de igual manera que se compenetran la idea y la lógica, la sustancia y el organismo de la sustancia. Separad por medio del pensamiento el alma del cuerpo; contemplad el alma en sí, en su esencia, y tendréis la idea lógica, la idea pura, la idea antes de que la haya encubierto el velo de la materia en el mundo y la impureza de la realidad en la historia. Y como la lógica es la ciencia de la idea en su pureza, todas las ciencias presuponen la lógica, y la lógica no presupone ninguna ciencia. Todas deberán a la lógica su método; y la lógica se lo deberá a sí misma. No hay ninguna ciencia que todo lo saque de sí, como la lógica; ninguna tan libre, ninguna tan autónoma. La lógica es la ciencia del método absoluto, de la forma absoluta, no sólo mientras, la idea sea abstracta o en sí misma, sino después que la idea se haya encarnado en la naturaleza y en el espíritu. Porque la idea se habrá desarrollado en otras sustancias sin dejar su propia esencia, ni su pura forma. Las categorías lógicas del pensamiento leyes son también de la realidad.

La idea no puede existir en la pura abstracción. La idea pasa de lo posible a lo real. La idea pasa de la lógica a la naturaleza. Hay en la naturaleza principios absolutos, como los hay en la lógica, como los hay en las matemáticas. Y si hay en la naturaleza principios absolutos, hay la ciencia de la naturaleza como hay la ciencia de la lógica. Los principios lógicos, por ejemplo, el principio abstracto de la causalidad, pertenecen solamente a la lógica, y se pueden aplicar a todas las ciencias; los principios físicos pertenecen a la lógica y a la naturaleza. Como la lógica es la idea en su abstracción, la naturaleza es la idea en su primer grado de realidad. El universo es total. Nada existe en él separadamente y en la soledad absoluta. No se puede apartar el espacio del cuerpo, ni el cuerpo del espacio, el calor de la luz, las cualidades de las sustancias. Si por abusos de lenguaje la separáis; si apartáis la sucesión de los fenómenos del tiempo; si apartáis los cuerpos del espacio, caeréis en puro nominalismo. Todo se junta, y se vivifica, y se anima, y se relaciona, y se sostiene en la totalidad del universo. La idea, no pudiendo. ser solamente la pura abstracción lógica, pasa al espacio, que es y no es a un tiempo mismo, que es algo y es nada; y del espacio la idea pasa a la materia, más tangible, más real que el espacio; y ya la materia en el espacio adquiere movimiento y se divide en unidades distintas que forman los astros, el sistema sideral; y la aparición de los astros es el primer esfuerzo para engendrar la individualidad; y la atracción es el deseo universal de los astros a juntarse, a sostenerse, a relacionarse mutuamente, divididos todos en grandes individuos y subordinados todos a una fuerza común; y de estas relaciones puramente mecánicas, en las cuales el peso, la gravedad predomina, va la idea a la vida química, que engendra la variedad de sustancias, la acción de unas sustancias sobre otras, el trabajo interno de unión y de oposición, que es afinidad, cohesión, calor, magnetismo, flujo y reflujo de combinaciones, metamorfosis continua, gradual de esencias; hasta que aparece después del mundo mecánico y del mundo químico el organismo, [6] la planta que se asimila y se nutre de materias inorgánicas, y las vivifica, y las espiritualiza; el animal, cuyos órganos están sometidos a la unidad central de cada cuerpo, y que afirma esta idea de la individualidad moviéndose, y poseyendo, además del movimiento, calor propio, calor central; y así como el mundo mineral se une al mundo vegetal por las cristalizaciones que tienden a organismo propio, el mundo vegetal se une al mundo animal por el zoófito, por el pólipo, especie de plantas animadas, especie de cordón umbilical que ata nuestro organismo a la vegetación, hasta que desde estos bocetos, desde estos borradores, poco a poco, por grados sucesivos, por series sistematizadas, pasando en serie ascendente del crustáceo al mamífero, la vida animal crece, y crece en perfección, llegando al cabo a su obra maestra, al resumen y compendio de la naturaleza, al organismo humano.

Emilio Castelar

(La continuación en el próximo número.)

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Revista Europea 1870-1879
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