Revista Europea
Madrid, 8 de marzo de 1874
año I, tomo I
número 2, páginas 33-40

Emilio Castelar

La filosofía del Progreso

(Conclusión.)

La vida orgánica realiza la idea de la totalidad; cada individuo es en sí, dentro de sí, no solamente abreviado universo, sino también abreviado absoluto. El más débil de los seres organizados, el más efímero, procede, no como rey, como tirano del mundo inorgánico; recoge las fuerzas mecánicas y las subordina a su fuerza propia; recoge los medios químicos, y les obliga a servirles de alimento; derriba las plantas; destruye los seres enfermos; se apropia las sustancias que necesita; rompe, destroza para procurarse o habitación o alimento; acecha a otros seres, y vive por otros seres acechado, pero extendiendo a todas partes la sombra de su individual egoísmo; hasta que viene como manifestación de la eterna justicia esa inflexible reina de los seres, la muerte, con su paso callado, con su mano huesosa, con su manto de tinieblas, con la guadaña por cetro, a castigar las ambiciones individuales, a refundirlas en la vida general de la especie, a demostrar que ningún individuo puede elevarse a lo absoluto por sí sólo, a rejuvenecer con la renovación de las generaciones la vida sobre este vasto cementerio de seres desaparecidos, sobre esta vastísima pradera de seres renacientes, sobre los planetas: que la muerte, por destructora, por exterminadora, no deja de representar en el universo la fianza y el seguro de la inmortalidad. En la lógica, el ser y el no ser se confunden; y en la naturaleza se confunden también el amor y la muerte; ambos en último resultado sujetos a renovar la vida y a perpetuar las especies.

La idea, que no pudo permanecer en las puras abstracciones, que sintió necesidad de concretarse en la naturaleza, siente necesidad de subir desde la naturaleza a escalas superiores de la vida y del ser. Prepárase el universo a convertirse en el teatro de una evolución superior de la idea, desde que la evolución orgánica está concluida, perfecta; y toca a sus últimos grados. La tierra se pule, la atmósfera se aclara, la luz y el calor dispersan los vapores y las nieblas, extínguense los volcanes, retíranse los mares; próvida vegetación, cargada de flores y de frutos surge; los continentes se dibujan rodeados de sus collares de islas, entre las cuales juguetean y cantan coronándose de espumas las agitadas ondas; en las series de organismos la vida busca instintivamente el organismo superior; los animales se perfeccionan; el sentimiento, el instinto, la memoria, aparecen como profetas de la nueva vida, como precursores del nuevo ser; las aves abren sus alas, y se elevan a las alturas, entonando sacro himno, como si aspiraran a lo infinito; las fuerzas ciegas se van sometiendo a una fuerza suprema; y al fin, bajo el cielo espléndido, sobre la tierra, perfeccionada, en la cima del organismo, en los ojos, en el cerebro del hombre, amanece el nuevo día, el eterno día del espíritu.

La lógica está sujeta a un desarrollo, la naturaleza sujeta a un desarrollo; el espíritu, como la lógica y la naturaleza, a un desarrollo también sujeto. En la cuna de la especie no existen aún ni la conciencia ni la libertad. El hombre primitivo, pegado casi a la tierra, uno con la naturaleza, en la cual parece como el feto en las entrañas maternas, todavía no es personalidad. El espíritu no se distingue de la materia, ni la inteligencia del instinto, ni la voluntad de los agentes naturales, y el ser humano se encuentra como asfixiado en el seno de la tierra. Esfuerzos grandes le costará tomar posesión de sí mismo, sentir su independencia del mundo, llegar al conocimiento de sí y al ejercicio de la libertad. Esta será una evolución en realidad, tan radical, como la verificada para pasar desde la lógica a la naturaleza y desde la naturaleza al espíritu. [34] Aquí comenzarán la moralidad interna del individuo y la vida superior de la sociedad. Cada hombre reconocerá su igual en otro hombre, y encontrará un límite a su propia libertad en la libertad de sus semejantes. El espíritu de cada uno existe íntegro y completo en la totalidad de los hombres; y comprende que necesita fundar su libertad en la libertad de los demás: que espíritu y libertad son sinónimos. Pero ningún espíritu individual puede ni debe arrogarse el monopolio de la libertad. Es como el aire, como la luz, el bien de todos. Y este poder superior a todos, que contiene la libertad, no de cada hombre, sino de los hombres juntamente, se llama por otra evolución superior de la idea, espíritu objetivo.

El espíritu objetivo tiene como la lógica, como la naturaleza, como el espíritu subjetivo sus grados y sus desarrollos. El primero de estos grados es el espíritu nacional. Admítese con dificultad por el sentido común la unidad sustancial de los espíritus, el espíritu general humano. Admítese con mayor dificultad todavía el espíritu nacional. –¿Qué quiere decir eso de espíritu de un pueblo?, preguntan generalmente. Se ve que todos los hombres sienten la identidad, la comunidad de su ser en el espíritu, y no se quiere admitir el espíritu de la humanidad. Se ve que los ciudadanos de un pueblo se confunden e identifican en ideas comunes, en comunes sentimientos, y no se quiere admitir el espíritu nacional. El común sentido, muy cerca siempre del empirismo, sólo ve ciudadanos, sólo individuos, y no esa fuerza superior de la vida social, que no es resultado de los esfuerzos individuales. En la experiencia sólo se encontrarán individuos; pero en la razón existen también las naciones con su espíritu propio, existen las sociedades con su propia fuerza. Y no puede ser la nación la suma de los ciudadanos; es algo más, es un organismo, es un espíritu. –¿Quién os ha dicho que tenéis un cuerpo, cuando tenéis la aglomeración de órganos necesarios al cuerpo? ¿Y quién os ha dicho que tenéis un pueblo, cuando tenéis una aglomeración de ciudadanos? –Hay en los organismos orden, proporción, ley, armonía, funciones, y hay lo mismo en los pueblos. Tienen los organismos su unidad y la tienen los pueblos. En este orden, y en esta proporción de las naciones hay una fuerza superior. Arrancar al hombre de la sociedad, es como arrancarle de la tierra, y arrancar las sociedades de esta determinación llamada nacionalidad, es destruir una de sus leyes esenciales. El individuo no es un ser puro; como ha nacido en una familia, en un tiempo, ha nacido también de una nación. Ningún hombre vivirá fuera del aire. Ninguno podrá vivir socialmente fuera de su tiempo, ni fuera de su pueblo. A su vez los pueblos que renuncian al espíritu de su siglo, como los hombres que renuncian al aire de su planeta, mueren. Las restauraciones políticas y las restauraciones literarias, significan vejez en la vida social. Los pueblos restauradores del régimen reaccionario que han destruido, se parecen a los ancianos alimentándose de los recuerdos. Un pueblo es fuerte cuando vive en el espíritu de su siglo, como es fuerte un hombre cuando vive en el espíritu de su pueblo. Véase, pues, cómo existe realmente ese grado del espíritu objetivo que se llama espíritu nacional.

Todos los seres tienen alas. Todos aspiran a subir. Todos, como la nube de incienso en la bóveda del templo, se elevan a lo infinito. Esta aspiración es interna y constitutiva de los seres. La idea no reposa en su progresión ascendente, en sus evoluciones hacia la superior perfección. De la lógica ha pasado a la naturaleza, de la naturaleza al espíritu, del espíritu subjetivo al espíritu nacional objetivo; al tocar en la región del Estado, la idea comienza a sentirse y a reconocerse espíritu absoluto. Por el Estado el espíritu subjetivo se objetiva en el mundo exterior, lo trasforma, y se lo asimila. El Estado se diferencia de la sociedad civil, en que la sociedad civil procura el bien de los individuos o de las familias, y el Estado procura el bien general. Así obliga a sacrificar las satisfacciones egoístas del individuo o de la familia en el altar de la patria. El Estado es la esfera de lo universal.

Mas para Hegel hay error gravísimo en [35] admitir como forma de gobierno la pura monarquía o la pura democracia. Esta tendencia a las formas puras de gobierno consiste, según su sentir, en el desconocimiento de la sociedad y de los elementos contrarios que la componen y de las fuerzas opuestas que la sostienen. Así no responden a la idea total del Estado. La monarquía pura sólo ve la unidad, y suprime la libertad. La democracia sólo ve la variedad, las individualidades, y suprime la unidad. Se han considerado los gobiernos parlamentarios gobiernos convencionales, siendo los gobiernos de la razón los gobiernos de la naturaleza. Esta creencia, en sentir de Hegel, proviene de esos hábitos inveterados al espíritu humano, que, ansioso de simplificar los sistemas, les quita sus elementos esenciales. La República, según Hegel, confunde la sociedad civil con el Estado, y atiende sólo al bien del individuo. Por eso, por confundir el bien del individuo, de la casta con el bien general, cayeron las repúblicas antiguas en el despotismo. Esta trasformación de las repúblicas en dictaduras, es la condenación inapelable de semejante forma de gobierno. Así proclama la forma normal de gobierno la monarquía. El Estado para Hegel no pasa de pura abstracción cuando no se realiza en una persona, representante de sus ideas, de sus tradiciones, de su historia, encarnación de su autoridad y de su derecho. ¡Lástima grande que concepción tan alta se precipite en resultado tan lastimoso!

¡La monarquía forma normal del Estado! Para sostener tan extraña tesis tiene el filósofo que recurrir a la máxima proverbial en labios de Luis XIV, al «Estado soy yo.» Y en verdad, aun para aquellos que más templada la quieren, tiene algo siempre la monarquía de apoteosis o deificación, ya sea de una persona, ya sea de una familia. Y esa deificación, ese derecho hereditario a reinar sobre un pueblo, tiene algo de la casta oriental, rota por tantos progresos. Suponer que un hombre, por grande que parezca, puede personificar la sociedad, es como suponer que puede personificar el universo. Pedir su intervención personal, es tanto como creer la sociedad entregada al arbitrio de una inspiración milagrosa. Las leyes sociales son independientes de las personas, de las familias, como las leyes del Cosmos. Decir que dentro de la República no caben los dos términos de las sociedades humanas, la autoridad y la libertad, el derecho individual y los poderes sociales, el movimiento y la estabilidad, equivale a desconocer la esencia de la República que distribuye la vida con regularidad, y en proporciones imposibles dentro de una monarquía. La ley social debe obligar a todos. Y es ley social, independiente de las convenciones de los hombres y de la voluntad de los poderes públicos, el derecho, Y es ley del derecho su universalidad. Y esta universalidad se desmiente si un sólo hombre trae desde la cuna, desde el momento de su generación, el privilegio de regirnos; porque este hombre se encontrará fuera del derecho, y dentro del privilegio, desde el punto en que una ficción, necesaria a las monarquías, le declare irresponsable. Decir que la individualidad se desarrolla abusivamente en las repúblicas, argumento parecerá a todo espíritu recto tan baladí, como el de aquellos filósofos misántropos que pedían el sacrificio de los derechos individuales para el sostenimiento de la autoridad y de la vida social. Hegel ha dicho en uno de los más admirables análisis de su filosofía, que toda esencia lleva en sí misma su forma. Y nadie puede negar, nadie, que la forma perfecta de las democracias es la República. El espíritu nacional que Hegel reconoce como un ser en sí, como un grado más en la ascensión de las ideas, no puede contenerse en organismo que le sea más propio. Los reyes fundan monarquías; las repúblicas verdaderas naciones. Y no se repita el argumento de que las dos repúblicas antiguas degeneraron en dictadura. Degeneraron desde el día nefasto en que cayeron por su mal en los errores monárquicos de imaginar a un hombre personificación de la sociedad. Y esta sustitución de la República por la monarquía fue su muerte. Los genios que brillaron en la corte de Augusto, hijos eran de la República. Después la hinchazón sucedió a la grandeza , y la retórica a la elocuencia. Grecia murió el día que murió su República. El género humano llora aún la batalla de Queronea, [36] en que murió la Atenas republicana; la batalla de Farsalia, en que murió la Roma republicana; maldice al emperador Carlos V y al papa Clemente VII, que mataron la República florentina; y no cree bastante castigo al primer Napoleón Waterloo, y al tercero Sedan, ya que cometieron el crimen de asesinar dos repúblicas.

Y la conciencia humana, encerrada en la historia, recuerda que las épocas faustas han sido las épocas del florecimiento de las Repúblicas. La federación de Israel dictó la ley moral a que nuestra conducta se atiene, y educó aquellos Profetas, cuyas imprecaciones contra los reyes todavía inflaman los corazones de nuestros varios pueblos; y cuyas esperanzas de redención todavía animan las ideas religiosas de nuestras varias civilizaciones. La República griega comenzó la educación estética del género humano, y fundó a un tiempo la eterna forma del arte y el espíritu de la ciencia; cincelando con su cincel en piedra las estatuas, modelos inmortales de la belleza plástica, y con sus ideas en la sociedad los primeros ciudadanos de la democracia. Los fundamentos del derecho civil en el occidente de Europa y en la América latina débense a otra República, a la República romana. Mientras subsistió, sus héroes fueron capaces de merecer en pleno imperio la pluma de Plutarco; en tanto que los emperadores más grandes sólo merecieron las estoicas maldiciones de Tácito, o la vergonzosa ignominia de la Historia augusta. En el mundo moderno sigue la prodigiosa vitalidad de la República, Todas las glorias de Italia en la Edad Media se unen a esta forma de gobierno. En la República se educaron el genio que pintó la Cena, el genio que modeló el Perseo y el genio que animó con su epopeya ciclópea las bóvedas de la capilla Sixtina. Cuando aquella República, nueva Atenas, cayera definitivamente , Miguel Ángel modeló en mármol una mujer desnuda, con la belleza griega, con el alma cristiana, puso el dolor en su rostro, el sueño en sus párpados, y le llamó la noche, indicando que había venido eterna noche sobre la conciencia humana al extinguirse tan clara estrella en su cielo. Y en efecto, Pisa, que animó las piedras; Florencia, que resucitó el genio griego; Génova, que vivificó el comercio y encontró la letra de cambio, y engendró al descubridor de América; Venecia, que llenó con las maravillas de Oriente, empapadas en la primera luz de la creación los días sombríos de la Edad Media, todas rodeadas de series de artistas, cuyas obras forman el oasis de consuelo en el desierto de la vida, todas son Repúblicas. Y Repúblicas aquellos municipios de España, aquellos comunes de Francia, aquellas ciudades libres de Alemania, que contrastaron el feudalismo, que sustituyeron a la justicia del señor la justicia del jurado, que echaron los fundamentos de la propiedad, que son artífices de la libertad y de la democracia. Y República el pueblo alpestre, vencedor en los desfiladeros de los Alpes y en los bordes de sus lagos, como los griegos en las Termópilas y en Salamina, vencedor inmortal de los tiranos. Y República la pequeña nación que robó espacio al mar para establecer sus hogares, verdaderos templos de la libertad del comercio y de la libertad del pensamiento. Y República la sociedad gloriosa que a fines del pasado siglo se alzó, fortalecido su pensamiento en las máximas democráticas del Evangelio, su razón en las ideas de la ciencia, a ponerse a la cabeza del movimiento republicano, que es la honra y la grandeza de América. Y República la que en Francia venció a todos los reyes de Europa, y sembró las primeras ideas de progreso que concluirán por regenerar y democratizar a todos los pueblos de Europa. En alguno de sus libros ha dicho Hegel que al contenido, a la esencia, corresponde invariablemente la forma. Y el contenido, la esencia de la civilización moderna, es la democracia. El advenimiento de la democracia no es un problema; es un hecho. Inútil buscar quién la ha traído. El movimiento hacia este elemento social fue tan grande, tan seguro o incontrastable, que buscar su impulsor sería como buscar quién ha levantado nuestras montañas o abierto nuestros valles. No tienen arquitecto. El que tal se creyera, el que se imaginara arquitecto de las democracias modernas, pareceríase a los hombres ideados por Voltaire en su Micromegas, [37] que apenas visibles por su pequeñez a los gigantescos habitantes de otros mundos, teníanse por creadores de todos los espacios y de todos los orbes. No ha traído la democracia ningún hombre, ningún bando político. La ha traído el espíritu cristiano; la irrupción de las tribus germánicas que sellaron con el sello indeleble de la dignidad humana nuestros corazones; las otras gentes, no menos guerreras, venidas del Norte a destruir la reacción carlovingia, a surcar con sus espadas la tierra para poner en ella la idea de la personalidad; las antiguas órdenes monásticas que ungieron con el óleo del sacerdocio la frente del plebeyo; el misterioso valladar que detuvo el movimiento de las Cruzadas y obligó a las tribus europeas a buscar en sus propias fuerzas lo que jamás hubieran encontrado en la conquista; la nube de gremios, de asociaciones, de municipios que comenzaron a reconocer la virtud del trabajo y a maldecir las calamidades de la guerra; los cismas que rompieron y soterraron la autoridad de la teocracia; los Concilios de los siglos XIV y XV que reanimaron el genio republicano del Evangelio; los descubrimientos que rehicieron y centuplicaron nuestras fuerzas; la pólvora que puso el fuego de Prometeo en las manos del hombre; la imprenta que dio el talismán de la inmortalidad a las ideas; la brújula que le sojuzgó los mares; el telescopio que le escudriñó los cielos; la América que trajo en su hermosura nueva creación para la nueva alma; la reforma que reveló como la escuela socrática el numen de la conciencia y la virtud interior de la libertad de creer y de pensar; el renacimiento que reconcilió al genio moderno con la historia antigua y con la naturaleza eterna, que encontró las formas perdidas del arte en el culto al organismo humano; el establecimiento de la república holandesa y el progreso de la república suiza en el corazón de Europa; los viajes de los puritanos al Nuevo Mundo para levantar un templo al dios de la libertad y una sociedad al genio de la revolución; la filosofía que reveló el derecho natural; las revoluciones que hicieron saltar en pedazos todos los obstáculos opuestos al progreso; la conjuración de todas las ideas científicas, de todas las fuerzas vivas: que si los movimientos del planeta y la evolución de sus organismos convergen a producir el hombre, cima de la creación, las evoluciones del arte, de la industria, de la política, de las ciencias convergen a producir la democracia, cima de la sociedad y de la historia.

Las esencias producen sus formas. Imagínase Hegel que a la idea, a la esencia de su filosofía, al viajero incansable de sus construcciones científicas, después de haber descendido del desierto de la eternidad a la vida multiforme de la naturaleza; después de haberse irradiado por los espacios en soles y en mundos, y de haber subido por las escalas de los mundos a las más altas formas orgánicas; después de haber entrado en nuestros cuerpos y hasta visto con nuestros ojos, hablado con nuestra lengua, pensado con nuestro cerebro, sentido en la frente el resplandor de la nueva aurora del espíritu absoluto, le dijeran que retrocediese en su camino, que tornara a dormir en el mineral, a trocar el instinto por la inteligencia, el hado de las especies inferiores por la libertad, –no protestaría contra este absurdo aunque se lo impusiera la voluntad misma de Dios–. Pues las naciones modernas han llegado a concebir una idea superior del derecho, una forma digna de esa idea en el Estado; y no retrogradará su conciencia hasta encerrarse en los absurdos organismos de las castas teocráticas en el monstruoso seno de las vacilantes monarquías.

Hegel lo comprendió también así; pero su carácter no estaba al mismo nivel de su inteligencia. Filósofo de un estado monárquico, sacrificó en el altar de la monarquía para que en paz le dejasen los poderes públicos proseguir sus investigaciones científicas. Pero toda su filosofía de la historia desmiente sus consecuencias políticas. La historia es el desarrollo del espíritu universal en el tiempo; y este espíritu es la razón de Dios que gobierna al mundo. Decir que algo se desarrolla, es decir que viene a ser en actos lo mismo que era en potencia. El espíritu, esencialmente activo, desarróllase en acciones. Las leyes de la lógica llámanse [38] en el mundo de la naturaleza leyes físicas, y en el mundo del espíritu leyes históricas. Estas leyes tienen carácter racional y científico. En su movimiento eterno los seres y las cosas reciben el impulso de la razón, y van a convertirse en espíritu absoluto, en espíritu con plena conciencia de sí mismo. La Providencia divina, que es poder, que es razón, que es virtud, que esfuerza, ha trazado un plan divino, un ideal divino para gobierno del mundo. Y este plan, este ideal se encarna sucesivamente en la historia. La historia aparece como una verdadera Theodicea. La historia es el teatro verdadero del espíritu; y la esencia del espíritu es la libertad, como la esencia de la materia es la gravedad, la pesadumbre. La historia es la serie gradual de vicisitudes por donde ha pasado el espíritu humano para llegar a la libertad y a la conciencia. El Oriente ignoró por completo la libertad. Así su religión fue como la confusión del hombre en la naturaleza. Allí no hubo libertad sino para uno sólo; para la especie de dios, que se llamaba rey. Los griegos y romanos extendieron la libertad, la proclamaron para algunos, mas en sus respectivas sociedades quedó la esclavitud. A la raza germánica corresponde el privilegio histórico de haber traído al cristianismo la idea de la libertad personal, de la libertad debida al hombre, no como ciudadano de este o aquel Estado, sino como persona moral. Mas para aplicar este principio a la religión, a la vida, al derecho, a la política, han sido necesarios esfuerzos verdaderamente gigantescos por su intensidad y seculares por su duración. La historia del mundo es la historia de la libertad, y la libertad busca la perfección en su desarrollo progresivo. El que no comprenda así la vida, no comprenderá el espíritu. La historia será para él una tragedia donde combaten pasiones encontradas, y que tiene por eternos protagonistas, ya el hado, ya el acaso. El espíritu pasa, al adquirir su libertad, su conciencia; y al realizar su perfeccionamiento, por diversos estados históricos. Y no hay Estado histórico que no se crea definitivo y que no oponga resistencia al desarrollo espiritual y humano. De aquí grandes conflictos en que la victoria definitiva toca siempre a la libertad y a la conciencia. El espíritu se ha confundido con la naturaleza en Asia; ha distinguido al hombre de la naturaleza en Grecia y Roma; ha llegado a la idea plena de su libertad en el mundo germánicocristiano, en Europa y América. Ninguna fuerza ha podido emprender este desarrollo. La humanidad ha llegado a su madurez completa. Esta última edad tiene tres épocas: irrupciones germánicas; feudalismo e Iglesia; tiempos modernos, razón y libertad. El descubrimiento de América fue el alborear de este día; la Reforma fue su mañana, la Revolución francesa su plenitud. El hombre se siente henchido de libertad, y la libertad henchida de espíritu divino. Y no quiere ya reconocer la diferencia entre sacerdote y laico, ni la diferencia entre monarca y vasallo. La edad de la razón se fortalece desde la paz de Westphalia, que asegura la libertad religiosa hasta las revoluciones modernas, que revelan el derecho. Decimos a esta edad última edad de la razón porque conoce las leyes de la justicia y del derecho. La verdad que Lutero creyó encontrar en el libro histórico, en la Biblia, la busca todo hombre en el libro eterno, en la conciencia. Pero el hombre no es solamente razón, es también voluntad. Se necesita completar la soberanía de la razón humana con la soberanía de la voluntad humana. En Francia Rousseau proclamó el derecho de los pueblos; y en Alemania, Kant y Fichte dijeron que el hombre sólo debe querer su libertad. En Alemania la idea era más libre, y siguió su camino más sosegadamente. En Francia la idea era más perseguida, sobre todo por la Iglesia, y estalló la revolución. Se ha dicho que la revolución francesa provino de la filosofía, y la filosofía no debe negarlo, debe reconocerlo, porque la filosofía no es solamente la razón pura, sino también la razón viviendo, la razón realizándose en el mundo, y vino la tempestad, porque la idea progresiva tuvo que romper la oposición vieja y formidable del Estado histórico. Para evitar este conflicto se necesita que nada haya tan sagrado a los ojos de gobernantes y gobernados como el derecho. Así desarrollaremos el espíritu humano hasta [39] llegar a su plenitud y a su perfeccionamiento. He aquí la teoría de Hegel. Decidme si el filósofo que piensa así, que enciende este ideal en la mente, que traza este plan a la historia, que dicta las leyes del progreso, que ve al espíritu elevarse desde la naturaleza a la ciencia, puede querer, sin contradecirse radicalmente con sus principios, que todo este progreso humano se detenga o retroceda ante la sombra de la monarquía.

Y la filosofía del progreso aún aspira a más en su desarrollo, en su crecimiento; aún aspira a más que a encerrar el espíritu en la vida social. La política aparece a sus ojos como humilde esfera; el Estado como organismo positivo; la autoridad, a pesar de sus últimos progresos, como potencia exterior, necesitada de fuerza de coacción para cumplir sus más inmediatos fines; en tanto que el espíritu, aspirando siempre a mayor libertad, a mayor independencia, no puede encontrarlas sino fuera de su cárcel y de sus cadenas materiales, allí donde es creador, donde sacude de sus potentes alas todo el barro terrestre, en los cielos del arte. Mientras que en el Estado el espíritu, desceñido ya de la naturaleza y sujeto a fuerza más ideal, obedece, sin embargo, a la fuerza; en el Arte sólo se obedece a sí mismo, en el Arte el espíritu sólo obedece al espíritu. Y no solamente se emancipa del Estado en la cima de este luminoso Tabor; se emancipa también de la naturaleza, se emancipa de todo lo visible, y se recrea en la contemplación de sí mismo, y se absorbe en su incomunicable esencia, y se acerca a Dios. No, no destruye ninguna de sus anteriores manifestaciones; no reniega de ninguno de los antecedentes y grados de su vida; no rompe la escala misteriosa por donde ha subido a la posesión de esencia; encerrado primero en la lógica, después en la naturaleza, pasando de la naturaleza al Estado y del Estado al Arte, no destruye ninguno de los términos anteriores de su vida; los toma por base, por pedestal, de la misma suerte que la tierra agrupa sus armoniosos organismos para que sirvan a su obra maestra, a la estatua que remata el planeta, al hombre y a su conciencia. Poeta-artista, ya eleve un monumento de grandezas, ya trasforme el frío mármol en estatuas donde el espíritu y la naturaleza se abrazan; ya anime con sus colores y matices, con sus creaciones, las tablas y los lienzos; ya arranque a las vibrantes cuerdas divinas melodías, o se eleve a las inspiraciones épicas, a los dolores trágicos, siempre será sacerdote de lo infinito, ángel de regiones etéreas, Verbo de un mundo ideal, superior al universo, mundo de libertad, en que se identifican la idea con su objeto, se tocan el cielo y la tierra, se confunden la criatura y el Criador.

Mirad como las artes van separándose progresivamente de la materia. En la arquitectura la materia con su grandeza abruma el espíritu; las piedras talladas no pasan de símbolos muy alejados de las alturas a que las ideas tocan; arte primero equivale al mundo mineral en que tiene relativamente su magnitud, sus moles, sus proporciones, y no tiene aún la gracia, la belleza, la variedad de ideas que alcanzan otras formas del arte. El escultor usa también de materia, pero la trasfigura, la espiritualiza, la acerca más a la forma orgánica, la sujeta a expresar las ideas; la obliga a manifestar inmediatamente la esencia de la idea, y la eleva hasta confundirla con el tipo perfecto de la humana belleza. La escultura, sin embargo, no puede expresar el alma, el mundo interior; este ministerio lo desempeña el pintor, en cuyos colores, en cuyas figuras, en cuyas escenas, más cercanas a la vida interior, comienza a alborear el espíritu y a dilatarse la esfera intermedia entre las artes plásticas, las artes de la forma y las artes espirituales, las artes verdaderamente expresivas de las ideas, expresivas del alma. La música más vaga, menos material que las otras artes, ya entra en el mundo del espíritu y expresa lo más íntimo del sentimiento. Pero el arte por excelencia, el que resume toda la vida humana, el que expresa con mayor unidad y variedad a un mismo tiempo la esencia del espíritu, la identificación de lo finito con lo infinito, el soplo creador de Dios, difundiéndose por el espíritu, y el espíritu elevándose a lo divino, es la poesía.

Pero el arte no es el grado último del [40] espíritu absoluto; hay otro grado superior, hay la religión. Como el arte tiene tres términos; simbolismo o predominio de la forma sobre el fondo en Oriente; clasicismo o armonía del fondo y de la forma en Grecia; romanticismo o predominio del fondo sobre la forma en el mundo cristiano, la religión tiene también tres términos. Lo que el mundo mineral en el desarrollo de la materia, lo que la arquitectura en el desarrollo de las artes, el panteísmo materialista del Oriente es en el desarrollo de la idea religiosa. Dios lo llena todo, lo representa todo, lo absorbe todo, está en los cielos y en la tierra, en los templos de sacerdotes y en los palacios de los reyes. La criatura, aun la misma criatura humana, de ninguna manera merece compararse ni con el polvo que levantan las ruedas del carro de Dios en los espacios infinitos. De la libertad no hay idea. Pero el espíritu religioso se trasforma. Un nido de perlas sirve a esta trasformación. Grecia tendida sobre los mares como una hoja de morera, rodeada de islas que parecen sirenas, ceñida por un cielo resplandeciente, surcada de montañas donde el mirto y la adelfa crecen como para coronar a los poetas, esmaltada de templos armoniosísimos como si fueran liras de piedras, poblada de dioses, nacidos en los cánticos de Homero, modelados por el cincel de Fidias, verdaderos reflejos y criaturas de la inspiración artística: que así como en Oriente la divinidad lo llena todo con su esencia, lo llena todo con su libertad en Grecia el hombre. Mirad como la idea se desarrolla. Asia ha producido Dios y no el hombre; Grecia ha producido el hombre y no Dios; pero Dios y el hombre se encuentran concebidos, pensados, aunque separados al concluir la antigua historia, y viene a reunirlos por medio del Verbo, el cristianismo, la religión de lo absoluto, la religión del Hombre-Dios.

Pero ni el arte ni la religión realizan la esencia del espíritu. El espíritu absoluto se realiza completamente en aquella esfera superior, en la filosofía, donde tiene por objeto único la verdad entera; donde el ser llega por fin, después de tantas sucesivas trasformaciones, a la plenitud completa de su vida y a la absoluta posesión de su conciencia. Lo infinito, lo absoluto tiene de sí mismo conocimiento en la filosofía, donde termina este largo viaje del ser, de la idea, desde la pura lógica a la naturaleza, desde la naturaleza al Estado, desde el Estado al arte, desde el arte a la religión, desde la religión a la filosofía; donde adquiere la plenitud, como hemos dicho, de la vida, la posesión de la conciencia, llegando a ser espíritu absoluto.

Emilio Castelar

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