Revista Europea
Madrid, 30 de julio de 1876
año III, tomo VIII
número 127, páginas 132-140

Marcelino Menéndez Pelayo

Mr. Masson redivivo

Al señor D. Gumersindo Laverde Ruiz,
Catedrático de Literatura en la Universidad de Valladolid, &c.

Mi muy querido amigo y paisano: Parece que algún revoltoso duende anda empeñado en hacerme prolongar esta correspondencia. No será para mal, puesto que Dios se lo consiente. He aquí que cuando pensaba continuar hablando con todo reposo acerca de los medios de facilitar a la generación actual el conocimiento de nuestra ciencia antigua, se me atraviesa el ingenioso y agudo crítico D. Manuel de la Revilla, que en el último número de la Revista Contemporánea nos larga tremenda filípica, llamando mito a la filosofía española, y soñadores a los que en ella nos ocupamos, citándonos a usted y a mí (aunque indigno) nominatim, y honrándonos con un calificativo que por mi parte no acepto, aunque se lo agradezca de veras. Justo parece que, a modo de paréntesis, nos hagamos cargo de las afirmaciones de este caballero, eco póstumo de aquel Mr. Masson de la Enciclopedia tan briosamente criticado un siglo ha por el abate Denina y por Forner, ya que no duda en lanzarlas al mundo, suscritas con su nombre y apellido. Y comenzaré por advertir que ninguna extrañeza me ha causado el verlas en letras de molde en la Revista citada, pues parece que esta publicación profesa odio mortal [133] a todo lo que tenga sabor de españolismo, y yo, por mi parte, juro que desde que apareció por estas playas, ando buscando en ella a moco de candil algún artículo, párrafo o línea castellanos por el pensamiento o por la frase, y muy pocas veces he logrado la dicha de encontrarlos. Como no sé el alemán, ni he estudiado en Heidelberg, ni oído a Kuno Fischer, no me explico la razón de que en una revista escrita (al parecer) en español y para españoles, sea extranjero todo, los artículos doctrinales, las novelas, las poesías y hasta los anuncios de la cubierta. Dios nos tenga de su mano. Si esto sigue así algunos años, ¿qué será de los desdichados que jamás entramos en el Sancta Sanctorum del Deutschen, y que en vez de leer a Hartmann y a Schopenhauer y a otros pensadores y filósofos eximios, cuyos nombres acaban en of y en graf, como los de los héroes de El Gran Cerco de Viena, gastamos el tiempo y la paciencia en los añejos y trasnochados libros de esos pobres españoles de las tres centurias antecedentes, que vivieron bajo el triple yugo de todos los despotismos, de todas las intolerancias, de todas las supersticiones? Afortunadamente, los redactores de la Revista Contemporánea no paran mientes en esa grey servil, aherrojada por el despotismo y la Inquisición, y siguen impertérritos su camino. Con ellos me entierren, que son inteligencias abiertas a todo viento de doctrina y libres de preocupaciones históricas. ¿Qué extraño que menosprecien la filosofía española?

Cosas más raras estamos viendo cada día. Parecía que ya era tiempo de que callase esa literatura progresista de perversa ralea, cuyas inocentadas han sido la delicia de tres generaciones. Pues he aquí que el eminente lírico Sr. Núñez de Arce (nombre caro a nuestras musas), al tomar asiento en la Academia Española, se acuerda de haber sido periodista y diputado constituyente, y gobernador de Barcelona después del movimiento setembrino, y con mengua de su buen juicio y talento poderoso (¡debilidades humanas!) nos regala un trocito de poesía doceañista, capaz de hacer llorar a las piedras. El Sr. Núñez de Arce es de los que para todo encuentran una explicación: la intolerancia. ¡Felices ellos que así poseen la clave de nuestra historia!

El vulgo de los mortales nos devanamos el seso para comprender cómo esa intolerancia puede producir efectos contradictorios. Unos dicen que las letras españolas florecieron gracias a la intolerancia, pero que ésta mató toda actividad científica; otros afirman que la susodicha intolerancia echó a perder ciencia y arte y costumbres, todo en una pieza. De éstos es el Sr. Núñez de Arce. Al leer su discurso me parecía tener a la vista el estudio crítico que antepuso el abate Marchena a sus Lecciones de Filosofía Moral y Elocuencia, o algún otro de los alegatos que por el tiempo de este aparecieron en defensa de la imbecilidad y estupidez de nuestra raza. El nuevo académico está, por lo visto, en tales cuestiones a la altura de los críticos del año de gracia 1820. No le envidio la triste gloria de sustentar causa tan antipatriótica y atrasada. El Sr. Núñez de Arce, que como poeta tiene no pocas semejanzas con el gran Quintana, hasta en lo declamador a veces, se le parece mucho más en ideas religiosas y políticas: uno y otro se hacen insoportables cuando se acuerdan de que pertenecen a la incorregible y reacia estirpe liberalesca de comienzos del siglo presente.

Pero dejemos el discurso del nuevo académico, ya que con tanta brillantez le trituró su compañero el Sr. Valera (pocas veces se pudo decir con tanta exactitud como ahora: Paz a los muertos), y digamos algo del artículo de Revilla, al cual dió principal asunto la solemnidad literaria en que fué leído aquel sangriento ataque a nuestra cultura. El crítico ex-krausista se entusiasma con él y bate palmas de gozo al hallarse con una nueva catilinaria contra la Inquisición y la gente de sotana. A otro le causaría empalago tan enfadosa repetición de lugares comunes; al Sr. Revilla no: en este punto es insaciable: trivialidades, contradicciones, absurdos, todo sirve para su propósito. Examinemos punto por punto los párrafos que dedica a esta materia, y no espere usted, amigo mío, descubrir una idea, ni una noticia nueva; será la peroración eterna con algunas variantes, no siempre atinadas.

Ante todo, ha de advertirse que el Sr. Revilla no conviene en absouto con las ideas del autor de los Gritos del Combate, y hace algunas salvedades respecto a la literatura, aunque ninguna en punto a la ciencia. Vea usted cómo se explica en cuanto al segundo de estos dos ramos de la cultura patria: «A despecho de los que se obstinan en descubrir en aquella época un supuesto florecimiento de la ciencia española, es lo cierto que en este punto caímos bien pronto en lamentable atraso.» Contradicción lastimosa en el pensamiento y en la frase. Si caímos en atraso, sería porque hasta entonces estábamos adelantados; sería porque antes florecía la ciencia en nuestro suelo, pues mal se puede decir que decae lo que primero no ha existido; no se queda atrasado el que no se pone en camino. Ahora quisiera yo que el Sr. Revilla fijase las épocas de florecimiento y de decadencia en nuestra actividad científica, no con vagas afirmaciones de es cierto y es indudable, sino con ejemplos al canto, como discuten los míseros mortales que no han penetrado los arcanos de las novísimas filosofías. Yo le aseguro que el determinar estos límites es más difícil de lo que parece. En general, el siglo XVII puede estimarse [134] como de atraso científico respecto al XVI; pero, aun en este punto, cabe establecer sus excepciones; la crítica histórica, por ejemplo, rayó mucho más alto en el reinado de Carlos II que en el de Carlos I el Emperador. ¿Sabe el Sr. Revilla que en materias de erudición conviene proceder con no poco tiento? El ingenio y la agudeza y el desembarazo sirven de mucho; pero en cuestiones de hecho, los hechos deciden.

Y añade nuestro crítico: «Regístrense los nombres de todos los físicos, matemáticos y naturalistas que entonces produjimos, y ninguno se hallará que compita con los de Copérnico y Galileo, Newton y Kepler, Pascal y Descartes.»

Al Sr. Revilla se debe el asombroso descubrimiento de que todo geómetra, físico y astrónomo que no llegue a la altura de los citados, es un pigmeo indigno de memoria. ¿Ignora el arrojado crítico que esos genios poderosos aparecen muy de tarde en tarde para cumplir una providencial misión en la vida de las ciencias? ¿Ignora que no hay intolerancia que logre cortar su vuelo, ni libertad que baste a producirlos? Y si no, ¿dónde están los grandes astrónomos, físicos, matemáticos y naturalistas que ha dado España en este siglo, no ya de libertad y tolerancia, sino de anarquía y desconcierto? Y ¿qué es aquí la intolerancia más que una palabra vana, una verdadera garrulería, arma de partido, buena para los tiempos en que se quemaban conventos y se degollaba a los frailes, pero hoy desgastada y sin uso? ¿Qué influencia buena ni mala había de ejercer la intolerancia religiosa en ciencias que no se rozan con el dogma? No nació en España Copérnico, porque no quiso Dios que naciese, pero nació Diego de Stúñiga, que abrazó inmediatamente su sistema y le expuso con toda claridad sin que nadie le pusiese trabas. ¿Quiere decirme el Sr. Revilla en qué índice expurgatorio del siglo XVII, en cuál de esos libros de proscripción del entendimiento humano, como dijo el Sr. Núñez de Arce, ha visto prohibidas las obras de Galileo, de Descartes y de Newton? Pues si a nadie se prohibía su lectura, ¿con qué derecho se afirma hoy que el Santo Oficio coartó la libertad científica? Luego si no tuvimos Galileos, Kepleros ni Newtones, por otra razón sería, y no por los rigores inquisitoriales.

En mi primera carta, que sin duda no leyó el señor Revilla, porque tan insignificante escrito no merecía solicitar su atención, apunté algo sobre el particular, y a lo dicho entonces me remito.

Y sigue hablando el Sr. Revilla:

«Por doloroso que sea confesarlo, si en la historia literaria de Europa suponemos mucho, en la historia científica no somos nada, y esa historia puede escribirse cumplidamente sin que en ella suenen otros nombres españoles que los de los heroicos marinos que descubrieron las Américas y dieron por vez primera la vuelta al mundo. No tenemos un solo matemático, físico ni naturalista que merezca colocarse al lado de las grandes figuras de la ciencia.»

Punto y aparte. Cargad aquí la consideración, como decía aquel predicador portugués. El Sr. Revilla cree, por lo visto, que la historia de la ciencia se reduce a las biografías de seis, siete u ocho hombres prodigiosos: ellos dieron la luz; en los intermedios completa oscuridad. Pero a cualquiera se le alcanza, sin ser filósofo ni crítico de la Revista Contemporánea, que una historia de la ciencia escrita de esa manera, ni sería historia ni sería ciencia, sino un libro muy ameno y entretenido, à l'usage des demoiselles, como las Vidas de los sabios que publican Luis Figuier y otros franceses. Una historia seria no puede escribirse de este modo: ¿qué unidad ha de tener obra semejante? ¿cómo ha de escribirse una historia de la astronomía saltando de Copérnico a Galileo, y de Galileo a Kepler y Newton, y de Newton a Laplace? Concibo que se escriba una historia de la literatura dejando aparte las obras de los autores medianos, no obstante la importancia grandísima que suelen tener bajo el aspecto histórico y a pesar de las grandes bellezas que con frecuencia se hallan en los libros de escritores de segundo orden, merecedores de estudio y de aplauso, aunque no se llamen Homero, Dante, Shakspeare, Cervantes, Calderón o Byron; comprendo, repito, que se escriba tal historia, aun a riesgo casi seguro de dejar sin explicación infinitos fenómenos literarios y sociales producidos en el mundo por poetas y prosistas oscuros, y hasta malos; pero en la historia de la ciencia, ¿cómo olvidar la infatigable labor de esos modestos cultivadores que han abierto y allanado el camino a los genios (según en voz poco castellana, aunque necesaria, decimos ahora) y que, si no han sido grandes hombres, han sido por lo menos hombres eminentemente útiles para los progresos del entendimiento humano, lo cual vale en ocasiones tanto o más que lo primero? En ciencias de observación y experimento como las naturales, o de cálculo como las exactas, ¿no significan tanto como los descubridores de leyes y los forjadores de hipótesis, esas generaciones de observadores, analizadores y calculistas que día tras día, en incesante lucha y noble cumplimiento de la ley del trabajo, han ido adquiriendo nuevos hechos y demostraciones no sospechadas? Las tareas de esos hombres ¿no merecen un recuerdo en la historia de sus respectivas ciencias? ¿A qué recompensa pueden aspirar en el mundo, si no se les otorga ésta?

El Sr. Revilla debe de pensar que los grandes hombres aparecen aislados en el mundo, y que nada les precede ni les sigue nada. Puede afirmarse, por el contrario, y muchas veces se ha demostrado, que [135] cuanto ellos supieron, pensaron, fantasearon y dijeron, estaba en germen en los trabajos de modestos sabios antecedentes, aunque no expuesto en fórmulas claras, ni sistemáticamente enlazado, ni reducido a unidad científica. Siendo esto tan evidente que por sabido debiera callarse, yo le aseguro al Sr. Revilla que gran trabajo había de costarle escribir la historia de ninguna ciencia sin tropezar una y muchas veces con los españoles, a pesar de la mala voluntad que muestra y el desprecio con que mira a cuanto haya salido de manos de sus compatricios. ¿Qué historia de la Botánica sería la que para nada mentase a Nicolás Monardes, José de Acosta, Francisco Hernández, a quienes debió Europa el conocimiento de la Flora americana, ni a Quer, Mutis, Cavanilles, Lagasca y tantos otros posteriores? Desengáñese el Sr. Revilla: no hay medio humano de omitir a los españoles en esa obra. ¿Tanto exceden los botánicos extranjeros del siglo XVI a los españoles? Aunque esa historia se escribiese con la deliberada intención de oscurecer nuestros méritos, muchos o pocos, ¿podría el narrador (siquier lo fuese el Sr. Revilla) dejar de decir al llegar a esa época: «Diversos españoles dedicados a estos estudios dieron a conocer infinitas especies de plantas ignoradas en el antiguo mundo?» Y ¿no basta esto para que se recuerde con respeto a nuestros fitólogos? ¿Cree el Sr. Revilla que sólo marinos y aventureros pasaron el nuevo continente y que sólo les debe reconocimiento la humanidad por la exploración material del territorio?

Fuerte cosa es que los españoles seamos tan despreciadores de lo propio. Los autores de la Biblioteca mineralógica, recientemente dada a la estampa, dicen en su prólogo que tiempos atrás se les acercó un erudito extranjero pidiéndoles noticias sobre el particular. Si este erudito, en vez de dirigirse a aquellos dos ingenieros de minas, doctos y bien intencionados, que se creyeron en la obligación de apurar el asunto, hubiese tropezado con el Sr. Revilla, éste no habría dudado en decirle las siguientes o parecidas palabras: «No hay noticia de que esta tierra, atrasada e ignorante, haya producido ningún Haüy, Werner ni Beudant; he oído hablar de ciertos rancios librotes que tratan de metales, de minas y de otras cosas semejantes, pero todo ello es despreciable: aquí no se ha hecho nada digno de memoria en esas materias; la Inquisición y el despotismo nos han impedido estudiar las piedras y los metales, porque, ya ve usted, tales estudios ponían muy en peligro la inviolabilidad de esa creencia inflexible, divorciada de toda dirección científica, que nos ha mantenido apartados de todo comercio intelectual y ha sido causa de todas las plagas de España.» Y el extranjero se iría tan persuadido de que los españoles habíamos sido unos salvajes, gracias a la Inquisición, y no dejaría de decirlo en letras de molde apenas llegase a su país. Porque ese terrorífico nombre de Inquisición, coco de niños y espantajo de bobos, es para muchos la solución de todos los problemas, el Deus ex machina que viene como llovido en situaciones apuradas.

¿Por qué no había industria en España? Por la Inquisición. ¿Por qué había malas costumbres, como en todos tiempos y países, excepto en la bienaventurada Arcadia de los bucólicos? Por la Inquisición. ¿Por qué somos holgazanes los españoles? Por la Inquisición. ¿Por qué hay toros en España? Por la Inquisición. ¿Por qué duermen los españoles la siesta? Por la Inquisición. ¿Por qué había malas posadas y malos caminos y malas comidas en España, en tiempo de Madama D'Aulnoy? Por la Inquisición, por el fanatismo, por la teocracia. ¡Qué furor clerofóbico domina a ciertos hombres! Hasta son capaces de afirmar que los pronunciamientos y los escándalos del parlamentarismo, y las licencias de la prensa, y las explicaciones de los krausistas, y la gerigonza de la Analítica son efectos póstumos de la Inquisición y obra de esa abominable teocracia que quiere desacreditar por el ridículo las ideas e instituciones modernas.

Volviendo a nuestro asunto, yo le diría al Sr. Revilla si, a su juicio, debe mencionarse en una historia de la ciencia la invención de las cartas esféricas o reducidas y la del nonius. Pues a dos españoles fueron debidas, la primera a Alfonso de Santa Cruz, la segunda a Pedro Núñez. Preguntaríale asimismo si no son dignos de recuerdo en una historia de las matemáticas (o de la matemática, como dicen los krausistas con insufrible pedantería), aparte del Rey Sabio y de los que le ayudaron en sus grandiosas tareas científicas, aparte de Raimundo Lulio y no pocos de sus discípulos, aquellos insignes españoles que en el siglo XVI enseñaron con general aplauso las ciencias de la cantidad y de la extensión en aulas españolas y extranjeras, como fueron, entre otros que al presente omito, el cardenal Silíceo y su discípulo el doctísimo Hernán Pérez de Oliva, el aragonés Pedro Ciruelo, Pedro Juan Monzó, Núñez, los numerosos autores de tratados de la esfera, los no escasos comentadores de Euclides y Tolomeo. los que como nuestro paisano Juan de Herrera hicieron estudios acerca de la figura cúbica y otras materias semejantes, adquiriendo fama de aventajados geómetras; los tratadistas de arte militar que lograron renombre europeo y fueron traducidos a diversas lenguas, los celebrados matemáticos que en el siglo XVIII atajaron la decadencia de estos estudios, cuales fueron (aparte de otros menos conocidos) los PP. Tosca, Cerdá, Andrés y Eximeno, y el ilustre autor del Examen Marítimo.

Yo soy enteramente extraño a tales disciplinas, y [136] aunque conozco de visu los libros de muchos españoles cultivadores de las ciencias exactas, nunca he caído en la tentación de leerlos (otro tanto digo de los extranjeros, y juzgo que lo propio le habrá sucedido al Sr. Revilla); pero sí puedo afirmar que las obras de los autores citados y de otros que fuera prolijo referir, lograron en su tiempo aceptación grande y son mentados con aprecio por críticos e historiadores, si no como prodigios científicos ni mucho menos, como obras apreciables, doctas y juiciosas, no inferiores al estado de los conocimientos en su época, y que tales cuales son bastan para demostrar que nuestra relativa pobreza en este punto no llega a esterilidad absoluta. Por lo demás, a algún docto matemático incumbe la resolución de este punto, no al Sr. Revilla ni a mí, meros profanos que hablamos al aire en tales materias, gracias a la manía que hoy reina de generalizar las cuestiones y de confundirlo todo. Tractent fabrilia fabri.

Pero antes de dejar este asunto y entrar en materias que nos tocan más de cerca, permítame el Sr. Revilla aconsejarle que, si desea saber lo mucho que la Medicina debió en todos tiempos a los españoles, hojee las obras conocidísimas de los señores Morejón y Chinchilla, en que, aparte de mucho fárrago, hallará noticias copiosas que de plano le convenzan de que es imposible escribir la historia de dicha ciencia sin hacer mérito, no de uno, sino de muchos nombres españoles. Tengo, no obstante, por cierto, dada su erudición, que sabe todas estas cosas, y sin duda por eso no incluye a nuestros médicos nominatim en el general anatema que contra la ciencia española fulmina.

Y aun nos falta la cola por desollar, y la cola es lo siguiente: «Sutilícese el ingenio para descubrir portentos y maravillas en las ignoradas obras de nuestros filósofos; búsquense en ellos precursores de Bacon y Descartes; encómiense los merecimientos de Vives y Suárez, Pereira y Morcillo, Huarte y Oliva Sabuco, y por más que se haga, forzoso será reconocer que, salvo los que siguieron las corrientes escolásticas, ninguno logró fundar escuela ni alcanzar legítima influencia, siendo por tanto un mito esa decantada filosofía española, con cuya resurrección sueñan hoy eruditos como Laverde Ruiz y Menéndez Pelayo.» Gracias por la lisonja, y vamos al grano. Cualquiera al leer el párrafo transcrito y fijarse en lo magistral y decisivo de sus afirmaciones, diría que el Sr. Revilla se ha pasado la vida estudiando nuestra filosofía y desempolvando los libros de nuestros filósofos, convertido en hurón literario, y dividiendo sus horas entre los estantes de las bibliotecas públicas, los de las particulares y las madrigueras de los libreros, para sacar por fruto de todas sus investigaciones, lecturas y molestias, el convencimiento tristísimo de que la decantada filosofía española era cosa absolutamente despreciable, como engendrada, ya se ve, en país de Inquisición y fanatismo.

Yo también juzgué piadosamente que el Sr. Revilla había hecho esta preliminar e indispensable indagación, aunque algo me daba que sospechar lo rotundo y destemplado de sus negaciones, siendo propio de los que han mascado un poco el saludable polvo de los antiguos volúmenes no decidir de ligero y en redondo las cuestiones, hacer en todas no pocas salvedades, desconfiar mucho del propio juicio y no aventurar palabras, todo lo cual se deja, no para eruditos como el Sr. Revilla, sino para esos filósofos que discuten en el Ateneo y sentencian en las Revistas sobre todo lo discutible y sentenciable. Pero volviendo a leer con alguna detención las precitadas líneas, convencíme de que el Sr. Revilla no debe de haber penetrado mucho en el estudio de nuestros filósofos, puesto que dice que sus obras son ignoradas, y que la filosofía española es un mito, palabra que no se aplica a lo que es malo, sino a lo que no existe, a lo que es fábula y mentira, si no miente la etimología griega o no he perdido yo los papeles desde que he vuelto a la Montaña. Y ahora ayúdeme usted a discurrir, amigo mío: el señor Revilla dice que la filosofía española es un mito y que está ignorada; ergo el Sr. Revilla es los que la ignoran y dudan de su existencia. De lo que está ignorado y se tiene por mito no hay derecho a afirmar que sea bueno o malo, que valga o que no valga: la cuestión es de existencia o no existencia. Sed sic est que existe la filosofía española, como está superabundantemente demostrado; ergo póngase a estudiarla el Sr. Revilla y cuéntenos después sus impresiones. Tome el Sr. Revilla las obras de Lulio, Vives, Foxo (a quien él llama Morcillo a secas, semejante a aquel buen hombre que llamaba a Cervantes D. Miguel de Saavedra), Servet, Suárez, Soto, Gómez Pereira y tutti quanti; léalos con la misma atención y amore con que leería a Darwin o a Haeckel; y entonces podrá decirnos con algún fundamento si tales escritores son despreciables o dignos de veneración y loa. Entre tanto, ni en el Sr. Revilla, a pesar de su agudeza de ingenio y poca aprensión, ni en el sabio más eminente de los nacidos, aunque se llame Platón o Aristóteles o Leibnitz, reconozco ni reconoceré nunca el derecho de sentenciar sobre doctrinas que no conoce y sobre libros que no ha leído. ¿No se reiría de mí el señor Revilla si magistralmente comenzase a hablar del darwinismo, del positivismo y de otras doctrinas, hoy a la moda, que poco más que de nombre y por referencias conozco? Pues en el mismo caso se encuentra él respecto a las obras y sistemas de los filósofos peninsulares. El talento más claro no libra [137] a nadie de dar traspiés en lo que ignora. Por eso, sin duda, ha tropezado tantas veces el Sr. Revilla en las breves líneas que copié antes.

Sólo a quien desconozca por entero la filosofía española se le puede ocurrir el citar entre nuestros grandes pensadores a Huarte y a Doña Oliva Sabuco de Nantes, colocándolos en la misma línea que a Luis Vives, Suárez y Foxo Morcillo. Con ser el Examen de ingenios y la Nueva Filosofía de la naturaleza del hombre dos libros discretos, amenos y originalísimos, por ningún concepto pertenecen a la alta Filosofía ni pueden, en manera alguna, ser puestos al mismo nivel que los tres libros De prima philosophia de Vives y el De Platonis et Aristotelis consensione de Foxo Morcillo, la Metafísica y el tratado De Anima de Suárez, ni aun el Quod nihil scitur de Francisco Sánchez, el Christianismi restitutio de Servet o la Antoniana Margarita de Gómez Pereira (no le llame Pereira a secas el Sr. Revilla, porque corre riesgo de confundirle con otro filósofo portugués del siglo pasado, autor de una Theodicea escrita en castellano). Apreciables los libros de Huarte y doña Oliva como manifestaciones del empirismo sensualista en nuestra historia filosófica, curioso el primero por sus vislumbres de Frenología, y el segundo por su delicado análisis de las pasiones, son, a pesar de todo, de más interés en la relación fisiológica que en la psicológica, según entiendo.

El Sr. Revilla se engaña de todo punto si imagina que somos usted y yo los únicos defensores de la filosofía ibérica. Esta, por el contrario, cuenta, así en la Península como en el extranjero, numerosos aficionados. Sonlo en España el Sr. Valera (a pesar de ciertas proposiciones dubitativas que alguna vez aventura), pues le debemos, aparte de otros artículos, un notable estudio acerca de Quevedo considerado principalmente como filósofo; el Sr. Campoamor, que en su discurso de entrada en la Academia Española llama a Gómez Pereira el fundador del psicologismo moderno, y al canciller Bacon el más prosaico de los discípulos de Vives; el Sr. Canalejas, autor de una extensa Memoria sobre Las doctrinas del iluminado Dr. Raimundo Lulio, de las cuales casi se declara partidario, manifestando deseos de su restauración, y llegando a afirmar que el solitario del monte Randa fué más sintético que Santo Tomás; D. Adolfo de Castro, que ha llegado a formar un tomo de filósofos (moralistas los más) para la Biblioteca de Rivadeneira: D. Luis Vidart, autor de un tomo de Indicaciones bibliográficas sobre nuestros filósofos; los dos krausistas D. Facundo de los Ríos Portilla y D. Federico de Castro, expositor el primero de las doctrinas vivistas, biógrafo el segundo de Pérez y López; el hegeliano de la extrema izquierda Sr. Pi y Margall, que en su discurso preliminar a las obras del P. Mariana encomia altamente el valor filosófico del libro De morte et immortalitate; el escolástico Fr. Ceferino González, cuya Filosofía Elementaria, aparte de numerosas citas, incluye en la parte histórica noticias de varios filósofos peninsulares; el Sr. Azcárate (D. Patricio), que muy atinadamente declara nuestro, en el concepto filosófico, el siglo XVI, al analizar los tratados panteístas de Servet en la Exposición de los principales sistemas filosóficos modernos; el neo-cartesiano Sr. Martín Mateos, que en 1857 apoyaba en la Revista de Instrucción pública los proyectos de usted, amigo mío, y posteriormente ha dado a la estampa estudios acerca de nuestros místicos; el empírico Sr. Weyler y Laviña, expositor y crítico de las doctrinas de Raimundo Lulio; el portugués Lopez Praza, historiador de la filosofía de su país, y el erudito mallorquín Roselló, bibliógrafo infatigable del lulismo, sin otros que al presente no recuerdo.

Fuéronlo entre los muertos el doctor D. Ildefonso Martínez, editor e ilustrador de Huarte y doña Oliva; el Sr. Sánchez Ruano, panegirista de la segunda; el suarista P. Cuevas, digno de muy honroso recuerdo por haber trazado ya en 1854 un compendio de nuestra historia filosófica, destinada a la enseñanza de los Seminarios; el bibliotecario ovetense Suárez Bárcena, erudito biógrafo de los Abarbaneles, Sabunde y Servet; el Sr. González Muzquiz, vindicador de Vives en 1839; el ilustre Martí de Eixalá, importador de la filosofía escocesa a Cataluña, y su sabio y nunca bastante llorado discípulo del doctor Llorens, eminente profesor de Metafísica en la Universidad barcelonesa, de quien todos los que alguna vez tuvieron la dicha de oírle recordarán el respeto con que citaba siempre a Vives, el largo estudio que de sus obras había hecho, dejando traducida e ilustrada la De anima et vita, y las relaciones que hallaba entre las doctrinas del eminente pensador valenciano y la del sense common de Guillermo Hamilton, por él con tanta gloria defendida. Y no es cosa de ayer la creencia de una tradición científica en España, pues quien haya leído las notas sabias y asaz olvidadas de los Discursos filosóficos de Forner, una de las inteligencias más claras y poderosas que en el siglo XVIII produjo España, y la Oración apologética, el Preservativo contra el Ateísmo y otras obras del mismo, no podrá menos de contarle con igual o mayor razón que a usted y a mí en el número de los soñadores. En igual categoría deberá poner a Cerdá y Rico, editor de diversas obras de nuestros filósofos, y que por desdicha no llegó a reimprimir, como deseaba, las de Foxo Morcillo, a los PP. Andrés y Lampillas, y al infatigable y eruditísimo Mayans, a quien tanto deben estos y otros estudios de parecida índole. Y en general puede afirmarse [138] que, hasta fines del siglo pasado, nadie dudó de que España hubiese tenido en todas épocas filosofía y filósofos eminentes. Pues si al extranjero pasamos, no quiero suponer que el Sr. Revilla desconozca los libros y artículos de Adolfo Franck, Munck, Ernesto Renan, Rousselot, Saisset, relativos a Maimónides, Avicebron, Averroes, los místicos, Miguel Servet y otros filósofos peninsulares, hebreos, árabes o cristianos, ni pienso que ignore la existencia de una Historia alemana de la Psicología en España, y no dudo que habrá leído en la antigua Revista de Edimburgo un estudio de James Mackintosh a propósito de ciertos ensayos de historia de la filosofía publicados por Dugald-Stewart, y en él encarecidos elogios de Suárez, Domingo de Soto, Francisco de Vitoria y otros españoles cuyos nombres no le sonaban, por lo visto, al crítico escocés tan mal como al Sr. Revilla. ¿Qué más? Hasta soñaron con la filosofía española Montaigne, traductor y apologista de Raimundo Sabunde; Lessing, que vertió al alemán la obra de Huarte; Leibnitz, en cuya opinión los libros de nuestros escolásticos contenían mucho oro, y los doctores de la Universidad de Jena que, según cuenta Puffendorf, no obstante ser luteranos, tenían a Suárez, Molina, Vázquez, Valencia y Sánchez por escritores dignísimos de eterno renombre (con perdón sea dicho del Sr. Revilla y de los que como él piensan y juzgan).

Todos estos autores y algunos más, célebres u oscuros, españoles y extranjeros, buenos, medianos y malos, representantes de todas las tendencias filosóficas o simples eruditos, antiguos y modernos, vivos y muertos, han soñado o sueñan, y continuarán soñando los que aun viven, con la filosofía y con los filósofos españoles.

Hormiguean las contradicciones y los errores en el párrafo del Sr. Revilla. Ante todo conviene advertir que, a pesar de ser la filosofía española un mito, nos concede la existencia de grandes escolásticos y de místicos incomparables, esto es, las dos terceras partes (y me quedo corto) de nuestra filosofía.

Excluye a los primeros en términos expresos, «salvo los que siguieron las corrientes escolásticas», y comprendo bien que los excluya, porque no invalidan su doctrina. Fuera de cerrar los ojos a la luz, no veo otro medio de desconocer el mérito y la influencia de Suárez y del suarismo, ni la importancia grande de muchos tomistas y escotistas españoles.

Concede, pues, el Sr. Revilla que tuvo un gran florecimiento la ciencia escolástica en España. Y como el escolasticismo abraza sin duda algunos de los sistemas más completos, luminosos y prepotentes que han ejercitado el entendimiento humano (aunque no el sistema primero ni único de la filosofía cristiana, digan lo que quieran los neo-tomistas), síguese por lógica consecuencia que España, madre de los más ilustres escolásticos después de Santo Tomás, ha tenido una grey de verdaderos y profundos filósofos dentro de las vías católicas, y que aunque esto sólo hubiese producido, siempre sería ligereza indisculpable (por no darle otro nombre) llamar mito a la filosofía española, y que así como fuera absurdo suprimir el escolasticismo en la historia de la filosofía, absurdo sería y mayor omitir en el capítulo a tal materia dedicado los nombres y obras de los doctores peninsulares, por más que el Sr. Revilla afirme (con admirable patriotismo), que en la historia de la filosofía puede suprimirse sin gran menoscabo la parte relativa a España.

Pero aun es más peregrino lo que dice de los místicos. Para el Sr. Revilla, el misticismo no es filosofía, puesto que pone en parangón y contraste la riqueza del uno con la pobreza de la otra entre nosotros.

¡Bien por el Sr. Revilla, que sabe distinguir, como el Estrepsiades de Aristófanes, la piel de perro de la de perra, y disputa como los conejos de la fábula sobre si son galgos o podencos! Todos los católicos y muchos racionalistas están de acuerdo en considerar el misticismo, no sólo como filosofía, sino como la más alta y sublime de las filosofías existentes.

Si el Sr. Revilla me dice que el misticismo es más que filosofía, que el misticismo empieza donde la filosofía concluye, y que sólo él resuelve hasta cierto punto las perpétuas dudas de la primera, porque la intuición del alma iluminada y abrasada por el amor divino es siempre más poderosa que el mezquino análisis psicológico y las eternas logomaquias de los sofistas, estaré de acuerdo con él; pero entonces la cuestión será de palabras, y a mí me será lícito decir: «España, además de sus escolásticos y de sus pensadores independientes, precursores de Bacon y Descartes, tuvo una casta de hombres, hoy perdida, que no fueron filósofos, sino mucho más que filósofos, pues por intuición soberana y nunca igualada, supieron y entendieron lo que nunca han sabido ni entendido los filósofos, dijeron clara y hermosamente lo que los filósofos han envuelto en laberínticos juegos de palabras, y vieron a toda luz lo que los filósofos nunca han visto sino a medias y envuelto en mil nebulosidades.»

Tenemos, pues, que el Sr. Revilla admite la existencia y el mérito de nuestros místicos y escolásticos. Del resto de nuestros filósofos dice que son un mito, porque (según él piensa) no formaron escuela ni ejercieron legitima influencia. ¡Peregrina regla para juzgar el mérito de los filósofos! Figúrese el Sr. Revilla que hasta ahora hubiesen estado [139] inéditas y desconocidas o no estudiadas por nadie, aunque impresas, las obras de Platón, y que hoy las publicase o reimprimiese, ilustrase y comentase algún erudito apreciándolas en su altísimo valor. Si el Sr. Revilla es consecuente con su doctrina, tendría que decir: Platón es un mito; no ha formado escuela ni ejercido influencia en el mundo. O bien: imagine el Sr. Revilla que él mismo da mañana a la estampa un libro portentoso de alta filosofía, que por uno de aquellos azares bibliográficos tan comunes, habent sua fata libelli, nadie compra, ni lee, ni estudia, hasta que al cabo de los años mil sale un doctor alemán proclamando su excelencia: ¿querrá el Sr. Revilla que aplicándole entonces sus principios, diga alguno: no leáis el libro de Revilla; Revilla es un mito, no ha formado escuela ni ejercido influencia en el mundo? Es método muy aventurado a errores estimar el mérito de los libros por el ruido que han hecho o por el número de los secuaces de las doctrinas de sus autores. No se ha dicho en el mundo absurdo ni desatino que no haya tenido secuaces: ahí está, sin ir más lejos, el mormonismo, para comprobarlo. Para el Sr. Revilla, la religión de los mormones será un sistema prodigioso, porque a la voz de Smith se congregó muy pronto numeroso enjambre de ilusos y de truhanes. No hay idea que no tenga partidarios, en religión, en filosofía, en sociología (como hoy se dice bárbaramente), y cuanto más grosera sea la doctrina, más elementos de anarquía envuelva y más halague los apetitos humanos, tanto más seguro será su efecto.

Niego además que los españoles que filosofaron fuera del escolasticismo y de la mística no formasen escuela ni ejerciesen influencia. Luis Vives es el patriarca de una serie de pensadores críticos: sus discípulos se llaman Gélida, Melchor Cano, Foxo Morcillo, Gómez Pereira (con ciertas vislumbres de empirismo en ocasiones), Quevedo (vacilante también, pero con marcada tendencia vivista), Pedro de Valencia y Caramuel, y en el siglo XVIII el deán Martí, Feijoo, Mayans, Viegas, Piquer, y su ilustre sobrino Forner, que hace profesión de vivismo clara y descubiertamente en repetidos lugares de sus obras impresas y manuscritas. Esta doctrina crítica, cuya restauración no sería un sueño ni mucho menos, constituye, con el lulismo y el suarismo la gran triada de los sistemas peninsulares ortodoxos. En cuanto a los peripatéticos clásicos, los ramistas, los partidarios del empirismo sensualista, y los moralistas ya estoicos, ya epicúreos, nadie negará que constituyen grupos perfectamente definidos, si bien casi todos ellos pueden considerarse como derivaciones más o menos próximas de la corriente vivista. En cuanto a si ejercieron o no influencia en el mundo, baste repetir lo que hasta ahora no se ha convencido de falsedad, que Vives y el vivismo son los precedentes históricos de Bacon y el baconismo y de Descartes y el cartesianismo; que el libro De augmentis scientiarum del famoso canciller inglés en nada supera (si es que iguala) a los De disciplinis; que Foxo Morcillo intentó, al decir del sabio francés Boivin, la más docta conciliación entre Platón y Aristóteles, y que desde su época hasta la nuestra se viene trabajando en el mismo sentido, sin haber mejorado gran cosa lo que él dejó escrito.

A algunos ha de extrañar la tenacidad sin ejemplo con que los sectarios de ciertas escuelas niegan el mérito de nuestros filósofos, sin haberlos leído ni querer leerlos. Muy sencilla me parece la explicación de esta terquedad y de esta ignorancia (llamemos las cosas por su nombre) en que voluntariamente se mantienen. Si llegasen a confesar que España había dado grandes filósofos en esa época de Inquisición y fanatismo, ¿qué peso tendrían sus declamaciones contra la intolerancia? De suerte que, por mantener una vulgaridad y un absurdo, tolerables sólo en gacetillas de periódico, consienten en cerrar los ojos, tapiar los oídos y mantenerse apartados de toda investigación erudita. El Sr. Revilla desprecia la erudición, sea en hora buena; dice que expone a grandes extravíos: a mayores expone la falta de ella. Yo estoy firmemente persuadido de que la erudición conduce siempre a algún resultado provechoso; el charlatanismo y las discusiones de omni re scibili a ninguno. De sofistas y oradores de Ateneo estamos hartos en España. La generación presente se formó en los cafés, en los clubs y en las cátedras de los krausistas; la generación siguiente, si algo ha de valer, debe formarse en las bibliotecas: faltan estudios sólidos y macizos.

Nuestros flanantes filósofos desprecian a los antiguos sabios españoles porque fueron católicos y escribieron bajo un gobierno de unidad religiosa y monárquica. Muchas veces me he sentido tentado a tomar alguna de sus obras, traducirla en la jerga bárbara de la Analítica y ofrecérsela a esos señores (gente poco escrupulosa en materias bibliográficas) como traducción de un libro alemán desconocido. De seguro que les hacía buen efecto y que la ponían en los cuernos de la luna.

La prueba de que sólo por ser católica desprecian nuestra ciencia, nos la da el Sr. Revilla cuando, al refutar a su modo al Sr. Valera, dice pocas líneas más adelante: «En esa Inglaterra... nacieron las más avanzadas sectas del protestantismo (¡gran progreso, a fe mia!) y propagaron Bacon, Hobbes y Locke los más radicales principios de la filosofía; en esa Francia... minó Ramus los fundamentos de la escolástica, abrió Gassendi el camino al materialismo, zahirió Rabelais los más altos ideales, proclamaron escépticas doctrinas Montaigne y Charron, y fundó Descartes el racionalismo moderno; y esa Alemania... [140] fué la cuna de la filosofía novísima que ha conmovido los cimientos de toda creencia.» Bien por el Sr. Revilla. ¿Conque para él significan más en la historia de la filosofía el pedante Ramus, cuyas innovaciones fueron únicamente de palabras, y el asqueroso Rabelais, que ni fué filósofo ni hizo cosa de provecho jamás, y el sensualista Locke, y Hobbes, apologista de la fuerza bruta y de toda tiranía; conque estos escritores, digo, representan más que Lulio, Foxo, Vives, Suárez y toda nuestra filosofía junta? ¿Conque hasta el Pantagruel, libro estúpido si los hay, excede a todas las concepciones de nuestros filósofos? Imposible parece que la pasión ciegue tanto a hombres de claro entendimiento. Si Montaigne y Charron fueron escépticos, escéptico fué Francisco Sánchez y más radical que ninguno de ellos. Si Francia engendró el materialismo, guárdese esa triste gloria, que aquí no la necesitamos. Si el Sr. Revilla juzga que la filosofía alemana ha conmovido los fundamentos de las creencias, yo creo y creeré siempre que éstas permanecen firmes y enteras; y después de todo, España dió a Miguel Servet, que ni en audacia ni en talento cede a ninguno de los pretensos demoledores de allende el Rhin.

Del resto de la lucubración del Sr. Revilla nada diré, porque se alarga ya en demasía esta carta, y los restantes párrafos de su artículo no nos interesan de un modo directo. Con decir que constituyen una sinfonía patriótica sobre motivos inquisitoriales, quedarán calificados como merecen. No falta ninguna de las campanudas expresiones de rúbrica, «intolerancia sistemáticamente organizada», «bárbara fiereza», «crueldad fría y sistemática», «muerte del pensamiento», «poder teocrático implacable y tenaz», «uniformidad de la muerte», «calma de las tumbas», «sangría lenta, jamás interrumpida», «opresión constante», «siglo de hierro», «tiranías de todo género» y otras ejusdem furfuris, dignas de la Inquisición sin máscara del recalcitrante novicio cartujo Dr. Puigblanch, o de la Histoire Critique del canónigo volteriano Llorente, escritor venal y corrompido, cuya buena fe y exactitud niego, aunque no dispute su erudición.

Respecto a la literatura, juzga el Sr. Revilla, discorde en esto del Sr. Núñez de Arce, que no fué oprimida por el Santo Oficio, lo cual, dice, da singular prueba del talento y habilidad de los Inquisidores, porque la actividad intelectual del hombre necesita desahogo, y toda máquina que la comprima ha de tener válvulas para darla salida. ¡Benditos Inquisidores aquellos que abrían semejantes válvulas!

Dos palabras para acabar. Yo no niego que una de las mil causas ocasionales de la declinación parcial de la ciencia española en el siglo XVII fuese la intolerancia; pero no la de la Inquisición tan sólo, sino más bien la de las escuelas y sistemas prepotentes, harto más dañosa, como usted apuntó ya en uno de sus Ensayos críticos. Y esto ha sucedido y sucederá en todos tiempos: las sectas filosóficas dominantes, lo propio que los partidos políticos, tienden a la intolerancia y al exclusivismo, cohibiendo de mil maneras la iniciativa individual. Sin ir más lejos, ahí están los krausistas, de cuya tolerancia pueden decir muy buenas cosas los que alguna vez han asistido a sus aulas.

El Sr. Revilla no es ya krausista, no es siquiera hegeliano, por más que tal se le creyera en algún tiempo, ha renegado de esas sectas por reaccionarias y atrasadas; hoy no gusta de espiritualismos e idealismos, según nos informa en el mismo artículo a que contesto; hoy tiende con toda claridad al materialismo positivista en crudo, y rompe lanzas en pro de la teoría darwiniana. Pero en medio de todas estas transformaciones ha conservado el señor Revilla la intolerancia de la impiedad, como otros la de la creencia; habla siempre con desdén del catolicismo y de los católicos, y afecta mirarnos con cierta compasión, cual si se tratase de parias o ilotas. Yo, por mi parte, ni acepto la compasión ni tolero el desprecio. El verdaderamente digno de lástima es quien camina a ciegas, sin fe, sin amor ni esperanza en las cosas de este mundo ni en las del otro.

Antes de terminar, diré a usted que me parece muy dudosa la propiedad de expresión con que el Sr. Revilla incluye a Pericles entre los déspotas protectores de las letras. El llamar déspota a un hombre que gobernó bien y legalmente en una república, pasaría por grave lapsus, aun en sujeto de menos campanillas que el crítico de la Revista Contemporánea.

De usted siempre apasionado amigo y paisano

M. Menéndez y Pelayo

Santander, 2 de Junio de 1876.


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