Revista Europea
Madrid, 15 de abril de 1877
año IV, tomo IX
número 164, páginas 470-472

Armando Palacio Valdés

< Los oradores del Ateneo >

Don Juan Valera

No es tarea tan fácil como a primera vista parece, trasladar al papel los rasgos salientes de un orador. Unos, como el Sr. Perier, están siempre traspuestos o adormecidos, y es fuerza copiar su semblante con la ausencia de vida que caracteriza al sueño. Otros, de espíritu agitado y sutil, como el Sr. Valera, se niegan a estarse quietos, y con sus desordenados movimientos hacen imposible el buen desempeño de la obra.

Siento aprensión inusitada al tocar con mis torpes dedos la delicada, la culta, la espiritual figura del Sr. Valera. Inútilmente trataré de imitar, haciendo su semblanza, al acreditado pintor que ha enriquecido la galería del Ateneo con su retrato. Confieso humildemente que no me siento con fuerzas para reproducir embellecida la imagen del ilustre escritor. Harto haré si consigo no empañar su mucho brillo.

Principio por suponer al Sr. Valera bastante sensato para no abrigar las pretensiones de orador grandilocuente. Corto es el número de los que ven ceñidas sus sienes con una corona legítimamente alcanzada; más corto aún el de los que pueden soportar el peso de dos o más. Y el renombre que el Sr. Valera tiene adquirido como escritor, brilla con luz demasiado clara para no eclipsar el de otros astros de segunda magnitud que alguna vez se dejan ver en el cielo de su gloria. El escritor y el orador se confunden en el Sr. Valera, y como las condiciones exigidas para uno y otro son muy distintas, el escritor tiene sofocado bajo su gran pesadumbre al orador. En el Sr. Castelar encontramos un ejemplo de lo contrario. El orador puede y debe ser exuberante en la frase, armonioso hasta con detrimento de la precisión, siempre rico, fácil y sonoro. El prosista debe proceder con cierto rigor en el empleo de las formas métricas, y huir con tacto de las asociaciones de palabras que tienen su verdadero lugar en la oratoria. De aquí la inferioridad del Sr. Valera como orador. Posee todo el donaire, ingenio y flexibilidad de un consumado prosista, pero es necesario afirmar que no tiene la afluencia, ni la armonía, ni la fluidez que deben adornar al orador. Es un hablador delicioso a quien se escucha con más gusto en conversación familiar que sobre la tribuna. Es el rey de los pasillos. Discurriendo en aquella atmósfera más ardiente y menos hipócrita que la de la cátedra, no tiene rival. Allí vierte el Sr. Valera el manantial inagotable de su gracejo. Los jóvenes expresan ruidosamente su alborozo; los viejos hacen el sacrificio de su paseo; todos forman círculo en torno suyo y escuchan regocijados la palabra breve, incisiva y modulada por un acento andaluz que se escapa como aguda saeta de los labios del ilustre novelista. Las exigencias de la tribuna le embarazan sobremanera: así que ha optado con buen acuerdo por no satisfacerlas y convertir el discurso en sabrosa plática.

Entro a hablar ahora del espíritu del Sr. Valera, que como he indicado no tiene poco de inextricable y enmarañado. Las puertas de este espíritu me causan cierto temor supersticioso como las de un alcázar encantado. Tanto pienso que hay en él de misterioso y laberíntico. Desde fuera se escuchan ruidos que unas veces semejan risas, otras lamentos.

Después que oigo hablar al Sr. Valera, no me preocupa tanto lo que ha dicho como lo que dejó por decir; de suerte que cuando ha expresado un juicio sobre alguna cuestión nunca dejo de preguntarme: ¿Qué pensará el Sr. Valera sobre esta cuestión? ¡Quién puede saberlo!

El carácter del Sr. Valera no puede reconocerse en su manera de escribir o de hablar, porque no pertenece al número de aquellos que siguen la inspiración del momento, que obedecen a la palabra y no la gobiernan. Sólo los espíritus superficiales se abren sin inconveniente para que la mirada del observador penetre en ellos. La multitud los comprende y los aplaude; pero esta facilidad con que son comprendidos significa en último término que pagan tributo servil a la inspiración del momento, que carecen de esa plástica necesidad propia de [471] los grandes artistas. La multitud no puede medir jamás el horizonte en que se mueven los grandes espíritus. Considérese por qué el Sr. Valera jamás será un escritor popular. El pueblo jamás verá a través de las nieblas que flotan sobre su espíritu, jamás llegará a descifrar la charada de su carácter, jamás entenderá esos refinamientos o tiquis miquis (como él los llamaría) psicológicos con que se complace en amasar sus novelas. Son muy pocas las mujeres que han podido dar fin a la lectura de su Pepita Jiménez. Pesada e incomprensible les parece, o cuando más, sólo advierten en ella los rasgos vulgares con que se disfraza el pensamiento.

Sin que yo trate de escudriñar lo que pasa en el cerebro del Sr. Valera, pienso que es un espíritu engendrado por la civilización helénica más que un producto del movimiento cristiano. Tiene una naturaleza demasiado realista, y se entrega sobradamente a las alegrías y dulzuras de la vida, para que deje de aborrecer las tendencias ascéticas, iconoclásticas y espiritualistas que caracterizan al cristiano. Ama y se penetra de todo lo que vale la existencia, y goza con esa majestad propia del que tiene conciencia de su divinidad. Tengo entendido que nuestro orador no se macera como el padre Sánchez, privándose del tabaco, del café y de otros productos ultramarinos. En cuanto a aquellos otros que el sol de Andalucía sazona y torna tan dulces, tampoco juzgo que sienta demasiado horror por ellos, recordando el último capítulo de Pepita Jiménez. Y no se me enoje el Sr. Valera porque no le tenga por un San Antonio, que después de todo no tenía ni la mitad de su talento, pues a tiempo está para serlo si le place seguir sus huellas y desea ver, como la de aquel, su imagen de madera honestamente vestida con muchos pliegues adornando bajo un fanal la celda de alguna devota y sirviendo de incentivo a sus castísimos arrobos. Nada más fácil que el Sr. Valera enderece el día menos pensado sus torcidos pensamientos y los incline hacia el padre Sánchez, y por el padre Sánchez consiga la bienaventuranza, desde donde tal vez un recuerdo de estas líneas me dispense la merced de un milagro que estoy necesitando hace tiempo. ¡Lástima es que el Sr. Valera no crea en los milagros! Pero, ¿qué acabo de decir? Advierto que el insigne novelista se ha ruborizado hasta las orejas y me hace señas para que calle. ¡Si soy más torpe...! ¡Qué necesidad tenía de saber la elevada sociedad donde el Sr. Valera se agita, que no cree en la eficacia del agua de Lourdes ni en la elocuencia de la burra de Balaan! El comercio con una sociedad distinguida, culta y espiritual, el trato íntimo con hermosas y aristocráticas damas que nos celebran y nos aplauden, que nos sonríen al vernos aparecer y nos estrechan dulcemente la mano al partir, merece bien que alguna vez reservemos y hasta sacrifiquemos nuestra opinión. «¡París bien vale una misa!»

Transijo, pues, con que el Sr. Valera sea un hombre de orden entre las damas, y después de dar a luz a D. Luis de Vargas vaya a rezar con ellas novenas a San Luis Gonzaga, porque son cosas estas que nacen y mueren con el individuo; pero que tan esclarecido ingenio tenga el mal gusto de entonar loas a la Inquisición y al fanatismo religioso del siglo XVI en plena Academia Española, le digo a usted, Sr. D. Juan, que esto me ha conturbado penosamente. Usted y el Sr. Núñez de Arce, a quien muy de veras aprecio, son dos sabios de primera fuerza, como diría La Correspondencia. Son ustedes tan eruditos, tienen tanto talento y son tan liberales, que cuando de ustedes hablo, no puedo remediarlo, se me cae la baba como si les hubiera enseñado algo. ¡Imagínese usted ahora la rabieta que habré tenido al ver la dureza con que atacaba usted al Sr. Núñez de Arce, que es tan buena persona, para defender al bribón de Torquemada! ¡Es mucho afán de llevar la contraria!

He dicho que transigía con la devoción aristocrática del Sr. Valera porque me parece de todo punto inofensiva. Yo no soy de los que excomulgan a un demócrata por haberle hallado besando la mano de una dama encopetada. Goethe suponía que la mano más digna de ser besada el domingo, era la que había cogido la escoba el sábado. Me adhiero con toda el alma a esta delicada lisonja que el gran poeta dedica a las hijas del pueblo; mas para que la verdad quede en su punto, es necesario hacer constar que la escoba no tiene el privilegio de embellecer las manos, antes por el contrario las torna duras y acrece sus dimensiones, por lo que no es gran maravilla que el Sr. Valera, y con él otros muchos, sean más dados a adorar manos aristocráticas que plebeyas.

Pero estos instintos que alejan a ciertos escritores y oradores demócratas de lo que ha dado en llamarse cuarto estado y los arrastra a las doradas mansiones de las nobles, responden además a una verdadera y plausible disposición del espíritu, que detesta lo vulgar y lo adocenado, que ama lo brillante y lo distinguido.

Ernesto Renan ha convertido en sistema lo que no pasaba de vergonzante inclinación, pretendiendo sustituir a la aristocracia de la sangre, que ya no tiene ninguna significación positiva en nuestra época, otra más verdadera y respetable; la del talento.

En efecto, ya estamos cansados de que por un palo más o menos oportuno y fecundo en consecuencias, aplicado en tiempo del rey que rabió, llamemos hoy todavía a un descendiente del ínclito apaleador, «Marqués del Real-Trancazo.» [472] ¿Cuánta mayor razón existe para expedir títulos de nobleza a los que han dado a la humanidad una obra imperecedera? ¿Por qué no habría de titularse el señor Castelar «Príncipe de la Elocuencia,» el Sr. Valera «Barón de Pepita Jiménez,» el Sr. Revilla «Marqués de las Dudas y Conde de las Tristezas?»

Lo dicho basta para comprender que, si bien el Sr. Valera es un bravo campeón de la idea democrática, no se juzga obligado por esto a comer callos y caracoles. Ama la atmósfera perfumada de los salones y se aleja del pueblo que no se lava con jabón de olor. O lo que es igual, algunos sienten al pueblo en el corazón; el Sr. Valera lo siente en la nariz.

Doy de mano al carácter del Sr. Valera, porque me siento sin fuerzas para llevar adelante mi exploración. Temo llegar a ser indiscreto (si es que ya no lo he sido), levantando un poco más la punta de la cortina. Veamos si para terminar logro dar mayor precisión al género de su oratoria.

Es una elocuencia original la del Sr. Valera. Procede en sus discursos con un tan ameno desorden, que nadie echa de menos la ausencia de proporciones y la excesiva copia de incisos y paréntesis. Es una conversación que el Sr. Valera sostiene con el público, sin que nadie le interrumpa. Dice todo cuanto le viene bien; pero por un extraño capricho quiere hacer pasar por pueriles indiscreciones las más acerbas de sus diatribas. Es regla general que yo entrego a la delicada observación de mis lectores: cuando el Sr. Valera hace una salvedad, es que nada deja a salvo; cuando vacila, es que está muy decidido; cuando su intención era otra, no lo duden ustedes, era la misma.

Pero esto es llamarle embustero, me dirá alguno. Distingo, digo yo siguiendo el ejemplo del padre Sánchez: cuando Moisés, por encargo divino, escribió las tablas de la ley, prohibió en absoluto la mentira, pero lo hizo sin contar con el Sr. Valera. Al lado de la regla debió consignar, a mi juicio, la excepción, y conceder carta blanca a nuestro orador para decir cuanto se le ocurriese, fuese verdad a no. Pues qué, ¿no valen más las mentiras del Sr. Valera que las verdades de todos los demás? ¿Cuánto más chistoso es el Sr. Valera que Pero Grullo, con ser éste el hombre de más verdad que se ha conocido? Además, nuestro orador sabe desenterrar con mucha oportunidad verdades que yacen en el polvo injustamente olvidadas. Cuando alguno de esos señores que pasan la vida sobando manuscritos, echa sobre los tiempos pasados todo el color rosa de su paleta, ¡con qué alegría veo al señor Valera tomar el pincel y arrojar sobre el rosado cuadro unas docenas de manchas rojas o negras! ¿Sale de alguna sacristía un orador lamentándose de la inmoralidad del teatro moderno? pues ahí tienen ustedes al Sr. Valera demostrándole inmediatamente que no sabe lo que se dice, porque nuestro teatro de los siglos XVI y XVII es bastante más inmoral que el presente. ¿Quiere algún otro ensalzar el fervor religioso de otras épocas? pues el Sr. Valera pone con presteza de relieve cuanto había de brutal e irrespetuoso en este fervor. Todo razonado con tan graciosos y picantes ejemplos, que ordinariamente el inadvertido reaccionario vuelve a su guarida maltrecho y amoscado para no salir más de ella.

Doy fin a estos renglones, haciendo presente a mis lectores, que cuando sientan impulsos de ahuyentar por algún tiempo sus pesares sin menoscabo de la pureza del espíritu, dirijan sus pasos al Ateneo de Madrid, y si el Sr. Valera está hablando, siéntense para escuchar humildemente la palabra más culta, más ingeniosa y más chispeante de nuestra patria.

Armando Palacio Valdés


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