Revista Europea
Madrid, 20 de mayo de 1877
año IV, tomo IX
número 169, páginas 631-632

Armando Palacio Valdés

< Los oradores del Ateneo >

Don José Carvajal

Aunque reconozca de buen grado mi insuficiencia para dar colorido a estos bocetos, no es parte pequeña a quitárselo la conformidad que guarda mi pobre entendimiento con las ideas profesadas por los ilustres oradores que presento al público. Sé bien que el elogio a que me inclina esta para mí feliz avenencia, no puede despertar interés. Tampoco se me oculta que la más áspera censura y hasta la crítica mordaz o maldiciente, regocija a los perversos, y alguna vez hace también sonreír a los benévolos. Porque así es nuestra naturaleza. El brillo de los unos significa siempre la oscuridad de los otros. Mas yo no tengo ninguna culpa de que la mayoría de los oradores del Ateneo sean elocuentes y discretos. Si no lo fuesen tanto, quizá ganaran mis semblanzas en color y en dibujo. Pero ¿qué ganaría con ello la cultura de la patria?

La historia del orador que ahora juzgamos no puede ser más breve. Pertenece a esa clase de hombres cuya historia se resume por mucho tiempo en la historia de su pensamiento, que nutren lentamente allá en el silencio de sus soledades, cuando la borrasca de la tiranía azota con furia los cristales del retiro que les da albergue y se escucha apenas el sordo gemir de la patria que se dobla, se retuerce y cede a la violencia del huracán. Estos hombres salen llamados por las circunstancias a detener la mano airada de la demagogia cuando quiere perpetrar el mayor de los crímenes, la ruina de la libertad. Aparecen en el ocaso de las revoluciones a prestarles un apoyo que por desdicha no alcanza a conjurar la gran derrota.

El Sr. Carvajal no apareció en la vida pública sino al llegar al apogeo de sus facultades intelectuales y al colmo de su experiencia. Desdeñó lo que aquí ha dado en llamarse con no poco cinismo la carrera política, y dedicó su claro talento a la dirección de empresas industriales o financieras. La carrera política en España tiene todo al aspecto de una correría, de una algarada a través de los fértiles campos del presupuesto. Por gran desdicha, a mi juicio, ha querido aplicarse a la dirección de los negocios públicos el principio económico de la división del trabajo, y en nuestra patria a los jóvenes se les destina indistintamente a ingenieros, veterinarios o políticos desde sus primeros años. Convertida la política en profesión, el que a ella se dedica prescinde casi en absoluto de la vida del ciudadano, desconoce las necesidades del país porque no las ha sentido; también su opinión porque siempre ha militado en un partido que oscurece su pensamiento con torpes preocupaciones, y se aplica con ahínco a conquistar puestos en el escalafón de los hombres de Estado. Confieso ingenuamente que en esta ocasión no veo la ventaja de la distribución de tareas. Pienso que la política no debe ser un oficio, sino una de las indeclinables funciones del ciudadano. Todos necesitamos ser políticos, y todos debemos consagrar parte del tiempo que nos dejan libre nuestras ocupaciones profesionales a meditar sobre los arduos problemas de la gobernación del Estado y a gestionar activamente sus intereses, que son también los nuestros. La plaga de los políticos de profesión es tanto más terrible, cuanto que invaden el campo de todos nuestros partidos. Como la flora terrestre nacen y se desarrollan así que encuentran en el suelo que pisan condiciones de existencia. Los enemigos más encarnizados de esta política profesional han sido los partidos extremos, y cuando el viento de la fortuna los echó a la playa del poder, ¡ay! no dejaron de hallar bella la profesión. Triste es reconocer que esto mismo ha podido observarse varias veces en el gobierno de los partidos avanzados. Se resuelven con sana intención a cortar todos los abusos, pero en algunos de ellos quedan cautivos. Recuerdan a aquel soldado que gritaba: «Mi teniente, ¡acabo de hacer un prisionero!» Y cuando el teniente le mandaba que lo trajese, contestaba: «No puedo, porque me tiene sujeto.»

Bajo este sentido, la figura del Sr. Carvajal no puede menos de aparecer simpática. Es un político de ayer, y acaso por esto le desdeñarán los que desde sus juveniles años han seguido la carrera de ministro, empezando por concejales. Los señores del escalafón deben sufrir con paciencia, no obstante, que el Sr. Carvajal haya comenzado por el fin, porque si no ha intervenido de un modo tangible en la administración del Erario municipal antes de intervenir en el nacional, no ha dejado por eso de preocuparse con ella y estudiarla. Ha sido siempre un concejal platónico.

Fuera para mí tarea más sabrosa el juzgar al señor Carvajal como orador político que como académico. El Parlamento fue el teatro de sus campañas más brillantes. Como orador del Ateneo no hemos tenido el gusto de conocerle hasta el presente año, y cualquiera comprenderá las dificultades con que he de luchar para hacer el juicio crítico de un orador que por vez primera levanta su voz en tales debates. Esto no obstante, el Sr. Carvajal ha tenido tiempo para mostrar excelentes condiciones en este género de oratoria. Por el vigor de su pensamiento, siempre fino e intencionado, por la solidez de sus conocimientos, y más que por esto, por la pasmosa corrección y sonoridad con que maneja el habla castellana, puede y debe ser colocado este orador en primera línea. [632]

Habla con cierta solemne entonación que no permite echemos en olvido al hombre de Estado, e imprime a su palabra una trascendencia que no es la científica, sino altamente personal y política. No se remonta jamás el Sr. Carvajal por encima de la realidad, ni se engolfa en apartadas disquisiciones; habla para el momento actual, razona sobre lo inmediato y dice lo que ha querido decir; nada más, pero tampoco nada menos. La significación de actualidad que el Sr. Carvajal presta a su palabra hace que se le escuche con profunda atención y con religioso silencio, pero desnaturaliza un tanto el candor tradicional de los debates académicos. Bien claramente nos revela esto que el Sr. Carvajal es, ante todo, un orador parlamentario. Otro hecho nos lo acusa con mayor claridad aún. El Sr. Carvajal se ha distinguido siempre en las contiendas parlamentarias por el empleo de la sátira, que maneja con rara habilidad. Pues bien, este elemento, tan característico de su oratoria, lo ha hecho desaparecer así que levantó su voz en la cátedra del Ateneo, juzgando, y no sin razón, que en los severos moldes del debate científico no cabe con holgura esa referencia continua a la persona, que se observa en toda lucha parlamentaria{1}. La ausencia de este elemento, a tal punto integrante en la oratoria del Sr. Carvajal, esparce sobre ella un tinte de frialdad que la perjudica, porque no es ingénita, sino accidental. Quédale, sin embargo, esa serenidad majestuosa y casi sacerdotal que, si no hiere vivamente al sentimiento, avasalla y reduce a la inteligencia. Hay en su forma de expresión un tono tan soberano, que ayuda poderosamente al éxito de su elocuencia.

La energía de sus convicciones no se revela como en la mayor parte de los oradores demócratas (sobre todo en los antiguos) por la exaltación y la intransigencia. Manifiéstase, al contrario, por el lógico encadenamiento de sus ideas y por ciertas extrañas concesiones hechas a los representantes de la tradición que no dejan de irritar al elemento más impetuoso del partido extremo liberal. El Sr. Carvajal, al obrar así, prueba que tiene más seso y más amor a la libertad que los que a cada minuto la ponen a dos dedos del abismo con sus insensatos discursos, cuando no con sus locas empresas. En efecto, el Sr. Carvajal no está vaciado en el mismo molde que los oradores liberales del primer tercio de nuestro siglo. Aquel era un período de destrucción, y convenía a los fines de la idea democrática el que sus defensores en la prensa o en la tribuna encendiesen su palabra con la tea del exterminio, fuesen otros tantos arietes aplicados a la fortaleza del pasado. Mas hoy nuestra situación ha cambiado radicalmente. Hemos sembrado de ruinas el suelo de la vieja Europa, y a su vista sentimos la necesidad de alzar sobre robustas pilastras las bóvedas espléndidas del alcázar del porvenir. Tregua, pues, a la piqueta demoledora, y vengan a nosotros diestros artífices para labrar con primor los colosales fustes. Si por acaso el brazo de los nuevos artífices no presenta formas tan atléticas como el de los pasados, no nos importe: para destruir hacen falta principalmente la decisión y la fuerza; para edificar son necesarias la perseverancia y la idea.

Después de manifestar que el Sr. Carvajal no debe clasificarse en el género de aquellos oradores que hace algunos años podían llamarse milicianos y hoy reciben otro nombre derivado de cierto combustible de universal consumo, sólo nos resta fijar nuestra atención sobre el elemento artístico de sus discursos, sobre su forma. Y en verdad que, llegados a este punto, no es fácil que acertemos a significar cuánto nos admira la palabra de este orador. Porque esta palabra no es simplemente correcta: ofrece su corrección tal esmero, que hace recordar las líneas de la estatuaria. Parece que el orador, cuando habla, tiene por lengua un buril que va esculpiendo sus frases. Al escuchar esta palabra siempre tersa y armónica, el orgullo nacional se nos sube a la cabeza y prorrumpimos en exclamaciones de entusiasmo, porque abrigamos la ilusión de que las demás naciones nunca acertarán a producir oradores como los nuestros. España es la patria de la elocuencia. Ningún otro país presentará en el día oradores como Castelar, Moreno Nieto, Moret y Carvajal. Porque no se limitan nuestros oradores a expresar su pensamiento claramente y con dicción correcta, sino que agotan en sus discursos los más ricos tesoros de la poesía y los últimos recursos del idioma. Más que oradores, son pintores y escultores de la palabra.

Tales son las impresiones, torpemente reproducidas, que en mi ánimo ha dejado el discurso del señor Carvajal. De hoy más, el Ateneo cuenta con otro orador elocuente; la libertad con otro campeón insigne.

Armando Palacio Valdés

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{1} Advertiré de paso que no quiero recordar al lector con estas palabras las formas empleadas en el debate por el Padre Sánchez, a quien ya he tenido la honra de dedicar un artículo.


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