Revista Europea
Madrid, 2 de diciembre de 1877
año IV, tomo X
número 197, páginas 725-727

Armando Palacio Valdés

< Los oradores del Ateneo >

Don Francisco de Paula Canalejas

Cuando oigo decir que en España abunda el talento, mi pensamiento va a parar sin saber cómo al Sr. Canalejas. Cuando me dicen que escasean la diligencia y el carácter, sin saber cómo también pienso en el docto presidente de la sección de literatura. Por más que no acabe de convencerme de que el talento busca puerto en nuestra patria con preferencia a otros puntos del globo, no cabe duda que el Supremo Hacedor mostróse pródigo y hasta rumbón, como acá decimos, y aúnse le fue la mano con alguno de mis compatriotas.

¡Excelente cosa es el talento! Que lo diga, si no, el Sr. Perier, que en esta materia es testigo de mayor excepción. ¡Cuántas cosas buenas se pueden hacer con talento! Entre ellas, una semblanza de gracioso corte, que agrade a los lectores y no disguste al orador. Lo cual es mucho más difícil que inflar un perro.

Para mí, el talento del Sr. Canalejas es materia de dogma. Aparte de que mi entendimiento así me lo dice, tengo otro motivo para creerlo. Es un motivo fantástico. Han de saber ustedes que allá en los tenebrosos laberintos de mi cerebro, he dado en representarme, sin que tenga fuerzas para huir esta insensata imaginación, las ideas y las cualidades del espíritu por los colores de la materia. Así que, al amor me lo figuro blanco, a la simpleza rosada, al talento azul, al país rojo y a los constitucionales verdes. El Sr. Canalejas lleva siempre delante de sus ojos unos espejuelos azules. No me cabe duda, tiene talento.

Creo haber dicho ya, y si no lo he dicho lo digo ahora, que el talento del Sr. Canalejas está contrarestado por un carácter enteco y tornadizo. Esto al menos se dice de público, y esto debernos creer pensando mal, que es la mejor y más fácil manera de acertar. En el espíritu del Sr. Canalejas han contraído matrimonio un talento másculo y un carácter hembra. Y como este matrimonio no se ha verificado como el Santo Concilio de Trento lo dispone, para los buenos creyentes es un nefando concubinato.

La voz del pueblo (vox Dei) acusa, además, al Sr. Canalejas del feo pecado de holgazanería. Confesemos que en esta ocasión la voz de Dios ha dado un gallo. Para mí el Sr. Canalejas es un prodigio de actividad. Sólo con actividad, y con mucha actividad, se alcanza un nombre esclarecido en la literatura, en el foro y en la filosofía. Pero nuestro presidente sostiene lucha desigual, que agotará sus fuerzas, con un enemigo terrible: el tiempo. El tiempo es la materia primera de todo sabio, y sin ella no es posible laborar ciencia. Así se explica que el señor Canalejas aborde con denuedo todos los problemas del pensamiento humano y los abandone cuando aún no está bastante saturado de ellos. Yo hubiera deseado más verle ahondar en la ciencia de la estética, que tanto contribuyó a propagar en nuestra patria, que hallarle cual frívolo mancebo requebrando de amores ora a los estudios de erudición literaria, ora al derecho, ora a la filosofía. Necesito hacer una salvedad. Si el Sr. Canalejas se ha dedicado al estudio del Derecho –incompatible, a mi juicio, con otros de distinta índole– por pura afición o deseo de saber, merece que le censuremos acremente. Mas si ha dedicado sus talentos a la jurisprudencia tan sólo para alcanzar por su intercesión lo que no ha podido recabar por vías más amables, entonces sólo nos resta lamentarnos amargamente de que en nuestro país necesite un [726] literato insigne sacrificar su vocación en aras de las necesidades físicas.

He dicho que el Sr. Canalejas tenía talento, y no me vuelvo atrás. Sobre que sería igual que me volviera, pues no dejaría por eso de tenerlo. Conviene que determine ahora de qué clase es su talento. Acerca de esto no puede existir duda alguna: el talento del Sr. Canalejas es esencialmente crítico. Como crítico no tiene rival hoy en España. Vaya usted a averiguar ahora por qué un hombre que posee dotes extraordinarias de crítico no piensa en criticar nada. Para la resolución de este problema recuérdese lo que he dicho en el comienzo de este artículo. De todos modos es imperdonable que el Sr. Canalejas abandone el campo de la crítica, principalmente de la crítica dramática, a la impotencia petulante e insufrible de los literatos menores que hoy la tienen monopolizada para baldón de las españolas letras.

Las cualidades que le realzan como crítico menoscaban su elocuencia, de la cual tiempo es ya que hablemos. Un crítico es un hombre que necesita criterio firme, talento analítico, dicción correcta y juicio sereno. No diré yo que estas aptitudes sean para el orador cosas superfluas, pero me atrevo a creer que tampoco son de primera necesidad. Tengo para mí que el docto lector ha enderezado ya su pensamiento hacia un insigne orador del Ateneo, y lo está desmenuzando sin piedad para comprobar mi aserto. Caro lector, ten el afilado escalpelo y observa que vas a cortar la fibra de la pasión y el hermoso tejido de la fantasía.

El Sr. Canalejas pasa por orador de muchas tildes. Con efecto, de tal modo peina y asea su palabra, que las frases que brotan de sus labios, por lo afeitadas y relamidas, semejan damas del tiempo de Luis XV. Salen con el cabello empolvado, las mejillas pintarrajadas y hasta lunares postizos. El señor Canalejas aspira, por lo visto, a hablar lo mismo que escribe. Supongamos que lo consigue: tendremos un elegante y castizo escritor que redacta su prosa con la punta de la lengua, pero no un orador. La oratoria necesita más de calor y oportunidad que de tildes.

Pero si no es un verdadero orador el Sr. Canalejas, bien puede considerársele en cambio (un cambio que nadie vacilaría en aceptar) como el prosista más elegante, más castizo y más fluido que hoy posee el idioma castellano. Es la prosa del Sr. Canalejas como una de esas bebidas azucaradas y refrescantes que se toman con delicia en una tarde calurosa del estío. Si la comparamos con las inmundas pócimas que diariamente nos hacen gustar las prensas españolas, parece ambrosía de los dioses. He aquí por qué leo sus discursos con más placer que los escucho. El Sr. Canalejas no pronuncia discursos, los dicta, o lo que es igual, los pronuncia para el día siguiente. Pero al día siguiente son una obra tan lucida y primorosa, que merecen llevar a su cabeza el humeante pebetero de la Academia con la metafórica inscripción: Limpia, fija y da esplendor.

La palabra de este orador sería fluida y expedita si no cuidara tanto de su aliño. Pero el público tiene que esperar a que cada una haga su toilette o tocado, como decimos en romance, y este se prolonga alguna vez en demasía. No sé decir si a esta frialdad que advierto en la oratoria del ilustre presidente, contribuyen aquellos supradichos espejuelos azules. Creo que sí. Los ojos son un poderoso auxiliar para la lengua, y los del Sr. Canalejas son unos ojos mudos; mudos al menos para el auditorio, aunque agoten los giros más expresivos detrás de unas paredes cristalinas. Los ojos ríen, los ojos lloran, los ojos interrogan, los ojos amenazan. Nada de esto llega a nosotros cuando habla el orador que nos ocupa. El Sr. Canalejas habla como hablaban con su boca de sílice los antiguos oráculos egipcios; se percibe el movimiento de los labios, se escucha el ruido de la voz, y nada más. Los ojos no varían el curso de la palabra, pero lo iluminan. Cicerón no hubiera confundido a Catilina si gastara anteojos azules.

En cambio, estos anteojos prestan a su pensamiento un optimismo que escandaliza al Sr. Revilla. La tierra para él es un segundo cielo. Los campos y las ciudades son azules para nuestro orador. Hasta al Sr. Revilla lo ve de color de cielo.

Se dice que es discípulo de Krause{1}. Distingamos. Si por krausista se entiende un personaje extravagante y soberbio que, colándose de sopetón en la morada de la ciencia, pretende dar con la puerta en las narices a cualquier otra doctrina que no sea la suya; es decir, si el krausista ha de ser un ultramontano vuelto al revés, el Sr. Canalejas está muy lejos de recibir con justicia tal denominación. Mas si ésta significa por ventura la creencia razonada en todas o en parte de las doctrinas de aquel filósofo sin constituirse en sectario suyo, bien puede asegurarse sin temor de calumniarle que es krausista. ¡Que no fueran todos los krausistas como el Sr. Canalejas, tolerantes, flexibles, y sobre todo más estéticos en su obrar y decir!

Merced a su talento y a una base metafísica bien asimilada, nuestro orador habla con lucidez y discreción, sobre todo lo que es asunto de la ciencia y del arte. Prefiero, no obstante, escucharle cuando diserta sobre el último punto. Entonces adquiere su frase el más alto grado de perfección y domina en [727] las palabras como en los pensamientos una armonía que denota la irresistible vocación de su espíritu. No hay duda que el Sr. Canalejas está formado para amar la verdad por conducto de la belleza.

Armando Palacio Valdés

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{1} Observen ustedes que escribo Krause con una ese, aún cuando sus impugnadores en España lo escriben casi siempre con dos.


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