Revista Europea
Madrid, 16 de diciembre de 1877
año IV, tomo X
número 199, páginas 796-798

Armando Palacio Valdés

< Los oradores del Ateneo >

Don Francisco Javier Galvete

La muerte, que todo lo quebranta, también ha quebrantado un propósito que había concebido al inaugurar esta galería de oradores. Pensé que siendo los jóvenes de suyo sobrado inquietos para hallarse bien entre personas de tal gravedad y discreción como las que aquí han venido, era prudente no dar cabida en ella a los oradores noveles.

Por otra parte, el carácter de estos ofrece tal vaguedad en los contornos y están sus tendencias tan borrosas v confusas, que la pluma nada acierta a definir con claridad en ellos, y al convertirse en hombres, acaso mostrarían mi semblanza como una de esas fotografías envejecidas y arrinconadas en álbum añoso que despiertan siempre la hilaridad de los amigos de la casa.

Pero la muerte envejece más que los años. El que muere queda en un todo definido, y sus rasgos fijados por una eternidad. Es un joven muerto de quien os voy a hablar.

Poco más de un mes hace todavía que un puñado de yeso cerró para siempre en tétrica estancia el cadáver de Javier Galvete, y ¡cuántos le han olvidado ya! Tal vez a alguno le parezca demasiado tarde para hablar de él. ¿Haré mal en entregar a su indiferencia con este recuerdo el nombre de un amigo querido? ¡Decídmelo los que escuchasteis por última vez aquella palabra vigorosa y acerada que hacía vibrar las conciencias! ¡Decídmelo los que visteis aquel rostro, lívido por el dolor y por la duda, mirando por vez postrera hacia vuestros escaños, con los ojos opacos y ansiosos del gladiador que muere en la arena! ¡Si! murió el atleta del espíritu, y el olvido fue la losa que cerró su tumba. Mas yo tengo motivos poderosos, motivos del corazón, para no asociarme a tal olvido, y quiero rendir a Galvete con estas líneas un triste y fraternal homenaje.

Javier Galvete había alcanzado una madurez de entendimiento fatalmente prematura. Como ciertos frutos que ostentan desde muy temprano su dorada corteza entre las verdes hojas del estío, Galvete ocultaba una inteligencia de gran alcance, bajo una frente de niño. Pero los frutos prematuros no pueden resistir el ímpetu del vendaval ni las tempestades del verano, y caen y se corrompen en el suelo. Así cayó Galvete del árbol de la vida.

De aquellos dos grupos de temperamentos que se reparten el linaje humano, el uno soñador, místico, entusiasta; el otro práctico, sereno, impasible, Galvete pertenecía al primero. El mundo indiferente y egoísta en que vivimos era pobre escenario para un espíritu tan ardiente y turbulento como el suyo. [797] Mejor le cuadrara aquel otro de tensión extrema, de fiebre, que recibe el nombre de Edad Media: en sus locas empresas, en sus férreos dogmas, en sus brillantes emociones, conseguiría tal vez apagar la sed que lo devoraba. Este afán ansioso que sentía de llenar su alma de ideas para engrandecerla, llevóle harto temprano, sin auxilio de nadie y sin medios de fortuna, al país donde hoy se forjan los más altos pensamientos, a la tierra insigne de Alemania. ¡Cómo se repitió con mi infeliz amigo el viejo cuento germano! La pérfida Loreley, la virgen de los cabellos de oro, disfrazada ahora con el manto inmaculado de la filosofía, le atrajo con sus cánticos suaves para hacerle morir traidoramente.

Los que hemos conocido a Galvete nunca dudamos de su mérito, y sabíamos muy bien que no tardaría en hacerse la luz sobre su nombre. Mas él mostrábase indiferente y hasta esquivo a las seducciones de la gloria, tal vez porque reclamaba toda su atención la cruel batalla que se reñía en su conciencia. La idea religiosa llenó completamente su breve existencia. Al nacer a la vida de la razón, sintiose acometido de esa terrible enfermedad que azota nuestro siglo y que amarga todos nuestros placeres. La duda impía alojose en su cerebro. Muchos estudios, muchas vigilias, muchas torturas consiguieron al cabo lanzarla fuera, pero al salir dejó detrás un cuerpo marchito y agotado, muy propio para servir de presa a la tisis.

Nada hay más horrible que esos gritos desesperados del pensamiento que a toda costa quiere ser acción. Galvete los sintió siempre tronar en sus oídos. Apenas nacidos ya le atormentaban demandándole una instantánea realización, y su alma y su cuerpo se esforzaban en vano por concedérsela. Esta lucha le producía fiebre, y la fiebre le mataba lenta, pero seguramente.

La verdad, después de todo, es que yo no sé si Galvete era un hombre religioso o un impío. Los hombres religiosos que me han hecho conocer desde muy temprano, respiran sosiego y alegría por todos los poros de sus mejillas frescas y rosadas por punto general: su marcha es reposada y firme; están siempre en guardia contra su pensamiento, y hablan sin escrúpulo de todas las cosas que no se relacionen directa ni indirectamente con el dogma. La Providencia, pero una Providencia regocijada y próvida, parece habitar en su alma. ¡Cuán diferente de ellos era Javier Galvete, tan brusco, tan flaco, tan triste, tan inquieto!

Yo he oído decir, sin embargo, que la meditación sobre la naturaleza de Dios es un verdadero culto; nuestra alma se desprende de lo que es perecedero y finito, y marcha hacia lo absoluto e infinito en alas de la razón, penetrándose del amor eterno y de la armonía del universo; pero doy en presumir que estas son huecas palabras de una filosofía revolucionaria y atea.

Lo cierto es que nuestro joven orador no iba a la moda en materia de religiosidad, sin comprender que a todo el que pretende romper con la moda se le levanta una cruz en este mundo.

Como escritor tuvo también este ilustre joven la mala ventura de no ver aprovechadas sus notables aptitudes por la prensa política afín a sus ideas, necesitando poner su pluma, para subsistir, al servicio de otra menos liberal.

De este ultrajante grillete que la necesidad aplicaba a su inteligencia durante el día, vengábase a la noche lanzando rojas oleadas de una oratoria vivaz y atrevida sobre las dormilonas cabezas de los ultramontanos del Ateneo. Nadie como él logró estremecerlos azotando sin compasión sus invasoras doctrinas, después de arrancar a jirones el oropel con que se encubren. Aquel rostro pálido y de algún modo siniestro, aquella palabra audaz, penetrante, fanática, traían a la memoria las predicaciones de los primeros campeones de la Reforma. Como en los de ellos, brillaba alternativamente en sus discursos un entusiasmo ruidoso, un amargo desengaño o una ansiedad febril. Sin embargo, aunque exaltado e impetuoso en el debate, era dulce y afable cuando hacía reposar su espíritu angustiado en el seno de la amistad. Me complazco en consignarlo aquí para desvanecer cualquiera duda que acerca de su carácter pudieran concebir los que no conocieron a Galvete más que en las discusiones académicas. Se había erigido en apóstol de los derechos del libre pensamiento y del Estado, enfrente de las pretensiones del ultramontanismo monstruosamente acentuadas en estos últimos años, y acaso movía su lengua con demasiada sinceridad para la usanza de esta tierra. Su oratoria era profunda y nerviosa. Hablaba con una facilidad severa y restringida, como aquel que quiere hacer que prevalezca la idea sobre la palabra. La acción con que se acompañaba tenía muy poca variedad, era monótona, pero se acomodaba bien a ese género de oratoria sin efectos, serena y clara, donde cada juicio vale una sentencia y cada palabra un hecho. Era una oratoria interior más que exterior. Los años hubieran limado las asperezas de su estilo y los arranques de su misticismo, y entonces pasaría a formar entre los más grandes oradores.

Pero ¿a qué imaginar lo que pudo ser? Acordémonos más bien de lo que ha sido: un joven que pensó, que sintió con exceso y que pagó con la muerte el capricho de pensar y de sentir las cosas que tienen sin cuidado a los demás; un perseguidor infatigable de fantasmas; uno de esos hombres que en el jardín de la vida se empeñan en coger tan sólo aquellas [798] flores tristes y simbólicas que la fantasía del pueblo ha llamado pasionarias.

La verdad es que el número de estas va aumentando de tal modo, que amenazan cubrir con fúnebre manto los vergeles de la tierra. Todos los antídotos de la filosofía optimista no bastan ya a convencernos de que esta vida sea más que una serie dolorosa de tristezas y decepciones. La muerte va adquiriendo de día en día mayor reputación entre los hombres razonables. Y es que la vida debe parecerse a una de esas mujeres coquetas y abominables de las que nos cuesta gran trabajo separarnos, pero que, después de conseguido, nos admiramos de haber amado tanto. Por el contrario, la muerte es tranquila, serena, inalterable como la virgen de los últimos amores. ¿Vale tanto por acaso una vida de dolores y desengaños como el dulce reposo de lo eterno? ¿Y qué otra clase de vidas ofrece el destino a los que nacen con talento? El talento es ya por sí una enfermedad, por más que esta enfermedad, como la de las ostras, produzca hermosas perlas, y el que lo posee lo arrastra por el mundo con trabajo. Fuera de los carriles ordinarios de la vida, va tropezando con todo, chocando con los infinitos obstáculos que la preocupación, el egoísmo y la rutina oponen a su paso, y cuando llega al término de su carrera, que es la muerte, ha dejado ya en pedazos por el camino todos los deseos y todas las ilusiones de su alma. El hombre que muere sabe que deja en pos de sí un universo de desdichas cuyo amargo jugo hubiera él gustado gota a gota, a prolongarse más su estancia en este suelo. Lo que nos hace amar la vida es la seguridad que tenemos de perderla. Sin esa seguridad, no me cabe duda que la miraríamos con desden, y ¡quién sabe también si con horror!

He visto morir a algunos de mis amigos cuando habían llegado a la plenitud de las esperanzas, pero no a la de la razón. Pues bien; creo, después de considerar atentamente su existencia, que a serles posible, ninguno volvería de la región de las sombras, ninguno atravesaría de nuevo la laguna Estiria para mezclarse otra vez con la turba de los vivos. Galvete menos que todos querría emprender nuevamente su fatigoso Calvario: él, que ha descifrado ya el enigma tremendo de lo infinito, conoce bien lo que vale este mundo finito. Algunos, muy pocos, atraviesan la tierra de día. Galvete la atravesó en las horas más negras de la noche. Por eso de los hombres como Galvete no debe decirse que mueren, sino que hacen dimisión de la vida.

Armando Palacio Valdés


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