Revista Europea
Madrid, 3 de febrero de 1878
año IV, tomo XI
número 206, páginas 154-158

Armando Palacio Valdés

< Los oradores del Ateneo

Don Emilio Castelar

Estudio

Conclusión.{1}

III

Heme aquí dispuesto por breves instantes a colgar de aquel lloroso sauce de que en otro tiempo nos hablaba Núñez de Arce, mis pobres atavíos de literato, para ceñirme a las costillas el sesudo paletó del escritor político. Había prometido en la primera parte de este estudio no salir de la vida privada, pero como ustedes ven, no fue mas que por el gusto de contradecirme. La contradicción tiene para mí ciertos encantos, sobre todo desde que el cuarto estado de la inteligencia se ha pronunciado de un modo tan decidido contra ella. Las gentes honradas se dedican hoy a cazar contradicciones en los dramas de Echegaray, en las críticas de Valera y en los discursos de Castelar, con el mismo regocijo y solicitud con que tiran a los conejos en el Pardo. No es, por tanto, muy extraño qua yo, devoto fervoroso de la moda, rompa con estas prácticas burguesas, y encaje una contradicción en mi discurso con el mismo desenfado que un elegante de Madrid se pone un rizo en medio de la frente.

Esto dicho, me contradigo y sigo. Viniendo de mecerme con todas las sonrisas y cefirillos del arte, no puedo menos de deplorar el tener que vagar ahora entre humeantes escombros. Y si se tiene en cuenta que no ha de faltar quien desde estos escombros me arroje algún ladrillo a la cabeza, mi conducta debe aparecer heroica. Sin embargo, rechazo toda admiración. Elegí de mi grado el papel de barquero, porque es mi deseo cantar en ramplona prosa unas cuantas verdades. Sé que con mi canto ahuyentaré de mi lado a muchos de mis amigos; pero, ¿qué me importa? ¡Es tan dulce quedar solo escuchando el aplauso de la propia conciencia!

La política no es el fuerte de los españoles. He aquí el primer recitado de mi barcarola. La política vale tanto en romance científico como «lo posible» [155] y los españoles aman con pasión lo imposible. De esto se deduce que implantar en España cualquier teoría, significa lo mismo que traerla por los cabellos y pasearla por todo el ámbito de la Península, contra la voluntad de Dios y de los hombres. Y hay que convenir en que nosotros hemos forzado a pasear muchas teorías sin lograr jamás domiciliarlas. Pero de estas teorías indudablemente la más fea y desgraciada es esa libertad, abstracta, incondicional, casi infinita, que cierto partido demócrata ha tratado de hacer compatible con un poder tradicional. Aun suponiendo que esta abigarrada amalgama, –no es poco suponer,– fuese una verdadera armonía, ¿es posible, y si fuera posible, es conveniente para los intereses democráticos el arrojar a la deidad a quien rendimos culto, indefensa y desnuda en una nación donde cuenta tantos y tan poderosos enemigos? ¿No es exponerla torpemente a una muerte prematura? Cierro mis labios y dejo que por mí contesten los hechos de que todos hemos sido unos regocijados y otros tristes espectadores.

Otro elemento que pondrá siempre en peligro de muerte la libertad en España, es el socialismo popular que algunos alientan en las épocas críticas para que la borrasca los conduzca velozmente al poder. Hay muchos todavía que esperan vestirse de frac con los harapos del pobre. Este socialismo inconveniente y perturbador es nuestro enemigo nato, es la polilla que roe nuestros huesos: debemos luchar con él.

La democracia no puede tener en el día otro ideal que un gobierno apercibido siempre a defender la libertad contra las agresiones de propios y extraños, a reprimir los desafueros de todo elemento perturbador sea cual fuere. ¿Pero no vale más, me dirá alguno, un poder tradicional suavizado por el uso prudente de las libertades modernas que este gobierno fortísimo y temeroso? No, porque el poder tradicional tiene por genuinos aliados la Iglesia, la nobleza y todos los demás elementos tradicionales; tiene forzosamente sus ojos puestos en el pasado, mientras el gobierno que yo solicito, por robusto que él sea, los tiene fijos en el porvenir. Nos ofrece el sufragio universal como base del organismo político una completa y absoluta libertad religiosa, sin la cual no hay ni puede haber progreso en ninguna sociedad, completa también y absoluta libertad científica y de asociación. Con estas solas libertades, aunque las demás sufran alguna forzosa limitación, ningún país puede marchar hacia la tiranía, sino hacia una libertad cada vez mayor.

Todo el que se halle conforme con las breves precedentes observaciones, que con el mayor gusto ampliaría si no atendiese a más de una consideración, habrá de convenir también en que no es sólo Castelar un retórico, sino un político. Bien que sea verdad que el prototipo del político sea muy otro en nuestra patria que el que Castelar representa, no es menos verdad qua éste haya dado pruebas de estadista elevado y resuelto.

El político en España principia dirigiendo con feliz éxito unas elecciones en calidad de secretario del ayuntamiento, después las dirige y las gana como gobernador, y más tarde como ministro también las dirige y también las gana. De lo cual se deduce que aquí el mejor político es el que mejor hace unas elecciones.

Pero aún hay en España otra especie de políticos de más estupenda y peregrina invención, el cual aspira nada menos que a regir los destinos públicos con la misma severa inflexibilidad que un moralista gobierna su conciencia. Para este político de nuevo cuño nada hay en la vida social que discrepe da la individual, ningún valor tienen las circunstancias del momento ni le aterran por ningún concepto los conflictos que pueden nacer de su obstinación. Es preciso marchar en línea recta hacia la verdad concebida, sacrificando, si es forzoso a la patria en holocausto de esta remota verdad.

Este puede recibir con menos razón aun que el anterior, el título de político. La política tiene un resorte que a cada instante es preciso tocar y los hombres de esta clase, ignoran dónde se halla el botón que lo mueve. Gobernar es transigir. Figuraos que este hombre de Estado y el que tiene el honor de ocupar vuestra atención con estos renglones (que no es más que hombre de su casa), se ponen en camino a un mismo tiempo para Pekín, y que nuestro político se empeña, contra todas las advertencias y observaciones de otros viajeros que han hecho la misma ruta anteriormente, en marchar hacia Pekín en línea recta, salvando bosques, ríos, cordilleras y escalando la muralla que rodea una gran parte del Celeste Imperio. Y que, por el contrario, este humilde servidor de ustedes comienza su peregrinación trazando enormes curvas, sorteando bosques, ríos, cordilleras y buscando con el mayor sosiego las brechas de la famosa muralla. ¿Cuál de entrambos calculan ustedes que llegará el primero a la capital de la China?

Pero este político suele acusar a los peregrinos que no le acompañan en su peligroso viaje, de falta de ideales. Ustedes ven ahora con cuánta sinrazón, puesto que los dos marchamos hacia Pekín.

Incurriría Castelar en una lamentable contradicción consigo mismo si rechazase de la vida pública, esta que es la condición esencial de toda vida, la armonía; si al tenor de otros menos avisados correligionarios se mostrase intransigente. [156] Para mi el decirse intransigente, no significa incluirse en ninguna de las grandes corrientes que cruzan el campo de la política, es confesarse enfermo. La intransigencia es una enfermedad del pensamiento, no es un partido político ni mucho menos una escuela científica. El que se haya asomado siquiera una vez a los balcones de la ciencia para otear sus vastos dominios, sabe muy bien que la verdad y el error no marchan por ellos sueltos y definidos, sino confundidos y revueltos y que es gran insensatez aceptar cualquier teoría sin reserva, como rechazar cualquier otra por entero. Pues si en la ciencia que es de suyo más sólida que la política no puede decirse de ninguna teoría que se halla desprovista absolutamente de verdad, ¿con cuánto más error condenaremos a perpetuo ostracismo en la vida del Estado, las opiniones y los intereses de una gran parte del país y los dejaremos sin ninguna satisfacción?

Ni llamo yo político, ni nadie puede llamar con justicia, al que presume de infalible en medio de tan complejas relaciones y pretende una absoluta firmeza sobre un suelo tan falso y movedizo. Paréceme aún más digno de aquel título el que equivocándose confiesa ingenuamente su error y promete la enmienda, el que viendo los intereses de la patria en flagrante contradicción con sus opiniones las sacrifica gustoso, el que en épocas críticas sabe adoptar una resolución salvadora, el que sabe organizar lo desorganizado, y avenir lo que anda desavenido.

Castelar no es un político geómetra como apellidaba Talleyrand a los que buscan la exactitud en el arte del gobierno; pero en el corto espacio de tiempo en que rigió los destinos públicos, y sobre todo en la firme y resuelta actitud que adoptó después, ha mostrado claramente que posee la primera de las cualidades que debe exigirse a todo estadista, esto es, un oído muy delicado para percibir las múltiples y sentidas reclamaciones de la opinión.

El párroco de mi pueblo, que es un terrible cazador de perdices y de ideas, y así que pone alguna bajo el cañón de su escopeta no se le escapa aunque en ello se empeñen todos los diablos y filósofos del infierno, profesa la opinión de que el político debe ser un hombre muy largo, cuánto más largo mejor, estrecho por consiguiente, es decir, que jamás se le vengan mientes de imaginar conceptos generales, ideas comprensivas, planes humanitarios ni ninguna de esas cosas que el pastor de sus ganados llama, estirando un poco el cuello, pataratadas. Las opiniones de la Iglesia han pesado siempre bastante en mi ánimo; así que muy formalmente traté de persuadirme de que toda la filosofía de la historia era una verdadera pataratada, pero ¡ay de mí! no logré convencerme. Y sigo pensando, aun cuando en ello comprometa gravemente la salvación de mi alma, en la lógica histórica, en el progreso y en el poder de la razón humana. También creo y confieso, para mengua de mis intereses espirituales, que el político no debe ser como el tonsurado cazador enseña, un hombre largo, sino más bien un hombre ancho o que tenga las ideas amplias y posea las dotes necesarias para llevarlas a la vida. El estado de postración y de miseria a que ha llegado nuestra política nos hace considerar como hombres de Estado a los que no son más que hombres de intriga, y cuando un político sano como Castelar aparece en la arena, con ideales firmes y probados, con la suficiente habilidad, prudencia y resolución para llevarlos a la práctica, los unos por lo que tiene de ideal le llaman ideólogo, los otros por lo que tiene de práctico le llaman reaccionario. Bien se le alcanza a Castelar que hoy se ha hecho la soledad en torno suyo, por que no quiere alentar con su palabra ni con su actitud ilusiones quiméricas ni bastardas ambiciones; pero lo que tal vez no sabe es lo que ha tenido a bien comunicarme mi trasgo familiar (el cual, dicho sea de paso, mantuvo en otro tiempo relaciones muy íntimas con Tertuliano) y es, que si hoy somos pocos, tal vez no tardemos mucho en poblar las ciudades y en llenar las imprentas y las tribunas. Así sea.

IV

Cuando una idea baja de la región de las madres a tomar carne en un hombre, agota con habilidad que maravilla, sin distraer uno sólo, todos los recursos que nuestra naturaleza finita la ofrece para mostrarse admirable, y aparece el genio. Castelar ha encarnado en los tiempos presentes la idea de la elocuencia. El que desee ver claramente las pruebas de esta verdad no tiene más que examinar con cuidado su vida y sus escritos, y podrá observar con cuánta energía se muestra el orador en todos los rasgos del hombre y en todas las páginas del escritor. Leed cualquiera de las obras de Castelar y, sin daros cuenta de ello, vuestros labios empezarán a moverse, pronunciarán al principio tímidamente aquellos tersos períodos, después los dirán con énfasis, y al cabo de algún tiempo, si algo no os saca de vuestra distracción, estaréis declamando en alta voz. Es que por todas las páginas del libro corre y centellea la idea de la elocuencia; es que Castelar es siempre un orador. [157]

¿Y qué es un orador? Otra vez escucho la voz de mi venerable párroco, que formula una definición tan breve cuanto sustanciosa. No oso trascribirla aquí; pero si alguno siente curiosidad por conocerla, diríjase a él en buen hora, que no dejará de repetírsela cuantas veces lo demandare.

Yo no estoy en ésta, como en casi ninguna otra cuestión mundana o extra-mundana, de acuerdo con mi párroco. El orador es para mí el hombre a quien Dios entrega la espada del espíritu, la palabra. Unas veces se sirve de ella para sacar muelas en la plaza pública, y otras para volcar los imperios. Pero esta espada sale alguna vez de las fábricas cerúleas, luciente y afilada como aquella de fuego que, al decir de la Biblia, un ángel esgrimió contra nuestros primeros padres a las puertas del Paraíso, y la Providencia las destina a los seres privilegiados como Castelar. Otras salen melladas y opacas como la que Bernardo usara en otro tiempo, y son las que el Padre Eterno regala a los seres que nacen sin privilegios como Perier.

La palabra de Castelar es una palabra exuberante, briosa, con todo el calor de la juventud. Es una palabra destinada a hacer la luz en el profundo piélago de nuestra política, sublime y aparatosa como la de Moisés, flexible y gubernamental como la de un lord.

Su espíritu recibe todos los días nuevos ensanches como las grandes poblaciones, y la palabra corre con presteza como medio de comunicación a infundir la vida y el movimiento en la nueva ciudad. Es una fuerza que sin cesar acrece, llenándose de todo lo sano que flota en el ambiente que se respira, y su palabra recibe en cada trasformación un nuevo temple que la hace esclava, bella y sumisa de un pensamiento grande.

Mas esta esclava es una esclava india, no hay que dudarlo, y por más que en ocasiones vista a la europea y siga la moda de París, veo aprisionado en sus ojos el rayo de sol del Mediodía y en sus cabellos negros y sedosos contemplo las sagradas selvas del Indostán.

El Consultor de los Párrocos, que es, a mi juicio, el mejor periódico satírico que se publica hoy en España, y este servidor de ustedes, somos los orientalistas más pronunciados que se pasean por las calles da Madrid. La única diferencia que nos separa consiste en que yo me inclino hacia la India, mientras él dirige sus aficiones a los turcos. El docto colega convendrá, pues, conmigo en que la palabra de Castelar es asiática de pura raza, aunque bien se me alcanza que mi colega preferiría oírla expresarse en latín. Siempre es prudente que estas odaliscas se produzcan en una lengua sabia, como los atribulados suscritores que le exponen alguna vez sus dudas.

Castelar trae del Oriente el sentido poético de la naturaleza tan necesario para templar y vigorizar los vuelos harto descompasados del ideal en nuestra Europa. Su estilo es un estilo plástico y poblado de imágenes que giran en caprichosos pasos por delante de vuestros ojos con la sonrisa en los labios y apuntando al porvenir.

¿Nunca sumergisteis vuestra mirada en las profundidades del mar durante una tarde sosegada y dulce del estío, en una de esas tardes en que se muestra trasparente como una doncella que quisiera abriros su corazón? ¡Cuánto rico tesoro, cuántas espléndidas ciudades olvidadas para siempre en el seno de las aguas os hace ver la inquieta fantasía! Sumergidlas también en las profundidades de este estilo oriental, y alcanzareis a ver los prodigiosos tesoros y las maravillas que puede fabricar la palabra humana.

Es una felicidad para el Sr. Castelar no haber nacido en los tiempos de Nerón o de Calígula, porque su lengua admirable haría nacer indudablemente en aquellos insensatos la infernal idea de cortársela para servir de plato en sus festines.

¿Por qué no se mueve ya esta lengua en la cátedra del Ateneo de Madrid? ¿Por ventura teme la competencia de la hoja de Albacete que esgrime el P. Sánchez entre sus carrillos? ¿O le infunde pavor la brocha de polvos de arroz que Perier pasea dulcemente por su boca?

No dejo de comprender que la política es una amiga celosa y exclusiva que con frecuencia nos priva de cualquiera otra inocente distracción. Tengo presente demás, que usted, D. Emilio, necesita aprovechar todas sus fuerzas para llevar a feliz término la patriótica tarea que ha emprendido: ¿pero se figura usted que en el Ateneo no hacemos política? Vaya si la hacemos y muy flamante y muy seria{2}. Si usted pensara en dar una vuelta por aquí, no dejaría de tropezar con algunos jóvenes de corazón sano y de mente vigorosa, discutiendo en voz un poco más que alta las más arduas cuestiones de la ciencia del Estado. ¡Si viera usted que mustios andan y que desencantados! Entusiastas siempre de la libertad, pero aterrados ahora por sus excesos, se encuentran al borde del escepticismo, del cual sólo usted puede librarlos. Es necesario hacerles entender que aun hay para la democracia española una bandera, símbolo de progreso y compatible con la paz y la salud de la patria, y esta bandera es la que usted ha levantado valerosamente sobre los restos de un partido ensangrentado y delirante.

El Ateneo es un país neutral, es la Bélgica de [158] nuestra política, y aunque no pocas veces se cuela por sus rendijas y ventiladores el simoun de la pasión, usted sabe muy bien que los árabes llaman al simoun el hálito de Dios, y lo es en efecto. ¿Qué sería de una idea si la pasión no la cobijara bajo su manto de grana? Se moriría de frío. A este centro debe usted acudir nuevamente, porque este centro con sus pasiones, con sus indisciplinas, con sus deslices artísticos, hasta con sus conservadores, y a pesar de sus ultramontanos, sabe mantener vivo el amor al estudio de los grandes problemas. Tiene una historia gloriosa, goza de un feliz presente, y si los grandes espíritus como usted no desertan de su modesto recinto, continuará empuñando en nuestra patria, con aplauso de todos, el cetro de la ciencia.

Armando Palacio Valdés

——

{1} Véase el número anterior, pág. 120.

{2} La Academia de la lengua no permite que se haga política, pero la haremos a hurtadillas.


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