Los Aliados
Madrid, sábado 30 de noviembre de 1918
 
año I, número 21
páginas 1-2

Luis Velázquez

Preparémonos para la paz
 

Si prepararse para la guerra es difícil, prepararse para la paz es más difícil todavía, pues todos estamos siempre dispuestos para odiar, pero no para amar a los que fueron nuestros enemigos.

Cuando pienso en las penalidades que están sufriendo nuestros amigos los aliados, en las trincheras, les dirijo a esos santos modernos un pensamiento de agradecimiento profundo en nombre de toda la Humanidad, deseándoles, además, que luchen, sí, denodadamente, pero sin abrigar en sus nobles pechos odio alguno hacia sus enemigos. Aquéllos son también nuestros hermanos.

¡Pobres alemanes! Ellos son las primeras víctimas del imperialismo. Una nación fuerte, poderosa, la están convirtiendo sus gobernantes en un montón de escombros; un pueblo dócil y trabajador, transformado en un ejército odioso, que lleva la ruina a todas partes y que será casi destruido. ¡Pobres madres!, ¡pobres esposas!, ¡pobres huerfanitos! Los niños llamarán a sus padres con sus vocecitas angelicales, y no tendrán respuesta; ellos no entienden de odios, y por eso hacía a su padre aquella enigmática pregunta la niña francesa: «¿Por qué han matado a mamá, si no les había hecho ningún daño?»

Tanta sangre vertida cae sobre la cabeza de los gobernantes de los Imperios centrales, promovedores de esta terrible tragedia, y los pueblos alemán y austriaco no deben odiar a sus enemigos, que están dispuestos a tenderles sus fraternales brazos, sino al imperialismo, que aquéllos tratan de destruir; esa política funesta que quiere imponerse al mundo.

Cantad, pues, no «sobre todo, Alemania», sino un canto de amor y libertad, y cuando llegue la hora de que uno y otro bando arrojen al suelo las armas y salgan al encuentro, gritando cada uno: «¡A mis brazos, hermano mío!», será el momento más grande de la Historia... Pero antes, será preciso que los que han provocado esta terrible guerra hayan desaparecido del mundo de los vivos.

La labor de destruir el imperialismo no pueden hacerla más que los ciudadanos, y la guerra durará hasta que esta labor sea hecha. La cizaña hay que arrancarla totalmente, porque, si no, renace; el imperialismo no puede firmar la paz, sino el pueblo.

El error de los pueblos centrales consiste en que creen un deber ser imperialistas para ser buenos patriotas; es lo mismo que suponer que no es uno español si no es taurófilo.

El ideal de la Patria es grande, pero mayor es el de la Humanidad, y cuando una nación trata de perjudicar al ideal de Fraternidad, la elección no es dudosa. Hoy día se observa el curioso fenómeno de que se lucha, no por la Patria, sino por los ideales: las fronteras existen ahora, no sobre la Tierra, sino en el pensamiento humano. De aquí que se haga preciso romper esas vallas del pensamiento, que es lo que divide a los humanos, y fundir todos los ideales de la Humanidad, para que resulte uno solo, una vez que se hayan quemado las impurezas de nuestros prejuicios y pasiones por medio del dolor...

Y así resultará entonces una Patria, una Familia, una Religión...

Hasta tanto, los cañones aliados seguirán disparando, no contra la población civil, sino contra los palacios de los emperadores.

Luis Velázquez

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