Renovación Española, revista semanal ilustrada
Madrid, 5 de febrero de 1918
 
año I, número 2
página 5

Margarita Nelken

La vida artística

Un retrato de Zuloaga
 

Ignacio Zuloaga, Retrato de Daniel Zuloaga

Siendo Zuloaga nuestro pintor representativo, la significación de un retrato suyo –de un retrato de carácter nacional– no puede limitarse al análisis o a la figuración de un modelo; y cuando se trata, como esta vez, del retrato de una personalidad ya de por sí representativa en nuestra vida, debe considerarse la obra, ante todo, con relación al medio, ambiente y espíritu que, por el sólo hecho de ser de Zuloaga, pretende tácitamente encarnar.

Pasaron los tiempos académicos en que las caracterizaciones de Zuloaga eran insultadas como caricatura de españolada francesa; ya no es necesario explicar la falsedad de una representación fotográfica y la verdad de una acentuación. Hoy, todos los que sienten el sentido intimo de España, reconocen como suya la verdad suprareal de los apasionamientos de este arte de exaltación; siempre será más verdadero, según su espíritu, un santo del Greco que una fotografía, si la tuviésemos, de un Santo. Los «cuadros castellanos», con castellanos iluminados según los colores de la indumentaria de Ávila o Segovia, no dicen nada, ni a nuestra alma, ni siquiera a nuestros ojos; los personajes intensamente desproporcionados de Zuloaga significan, para todo el que los lleva en su sangre o los reconoce en su espíritu, imágenes de epopeya. Y la España grotesca, hermosa, vil y grande de Zuloaga, vibra como vibran las significaciones de los maestros-faros que representan todo un mundo: presente, pasado, cuerpo, alma, cielo y tierra.

Se dice «la mujer florentina», pensando en las figuras de Santa María Novella; se dice «la corte de Felipe IV», pensando en Velázquez. ¿En quién, sino en Zuloaga, habrá de pensarse un día al decir la España de nuestra época? Y como la intimidad de España no está sólo en los «Cristos de Sangre», en las «Corridas de pueblo» ni siquiera en la lumbre de las muchachas con mantilla o de las ermitas que agonizan encima de algún picacho –(¿no es una sola la llama que envuelve a las piedras y a las gentes de España?)– el pintor representativo de su país y de su raza, después de haber pintado, por encargo, los espíritus decadentes de la celebridad cosmopolita, ha venido a pintar, con el resumen de toda su ciencia y de toda su pasión concentrada, el espíritu y la figura de una celebridad de aquí, pero celebridad fuerte y dura como la tierra que sirve de fondo al retrato.

Me gustaría agrandar el título de «Retrato de Daniel Zuloaga» con el de «Retrato de un obrero del arte». Je suis un ouvrier de l'art, decía el gran Rodín al reconocerse descendiente de los anónimos de las catedrales. Y la palabra «artista» está prostituida por todo lo que consiente de amateurísmo, de trabajo fácil y de enaltecimiento vulgar. Obrero del arte; trabajador luchando y penando con la dura materia, la materia que se rebela y oculta su secreto y que hay que obligar, por la purificación y la eternidad del fuego, a dar su palpitación. ¿No es acaso, todo nuevo barro que entra en el horno, como una nueva e incógnita Galatea? Obrero, sí, Daniel Zuloaga; separado por la gloria de su título fuerte del tropel de los que intentan crear sin dejar gotas de sudor y de sangre en su obra. Obrero, como fue obrero aquel que, en los tiempos inmemoriales del arte que nacía y de las leyendas que cantaban sus invenciones, descubrió, por la huella de un pecho de virgen, la forma de la primera copa. Y así, como a obrero consciente de toda su orgullosa filiación –pasada y futura–, es como lo ha pintado su sobrino Ignacio Zuloaga.

La vulgaridad de nuestra época no se merece, en ninguna nación, la consagración de una escuela de arte, y la degeneración de nuestro espíritu artístico ha llegado hasta entender, por escuela, los conjuntos de fórmulas que distancian el arte de la vida. Arte individual; pero aquí, en el país de los individualismos rebeldes, la fuerza de la tierra es tal, que frente a las producciones exóticas agrupa en un solo bloque todas las manifestaciones de nuestro arte. Y así no le ha costado ninguna sumisión a Ignacio Zuloaga reconocerse del mismo espíritu que su tío Daniel, y no es sólo cuestión de dinastía.

Familias de artistas, hubo algunas, no muchas, a lo largo de la historia del arte. Hubo más bien patriarcados libres, en que la tradición era recogida libremente por discípulos voluntarios. Y no deja de tener cierta grandiosa ironía el que sea precisamente hoy, y precisamente en España, cuando una familia de artistas se manifieste, con una única significación, por dos clases bien distintas de producciones, resultado, las dos en un mismo grado, de cuatro generaciones de espíritus idénticos. A través de los damasquinadores, Plácido y Eusebio Zuloaga, el retrato de Daniel proviene directamente del espíritu de aquel D. Blas Zuloaga, glorioso armero que allá, a fines del dulzón XVIII, organizó, con la fuerza que hoy lleva el pincel del pintor, la Real Armería de Madrid, e inició de este modo el carácter representativo de los suyos.

Y está bien que sea hoy, y solamente hoy, cuando Ignacio Zuloaga nos ofrece esta efigie. Hoy Zuloaga «está de vuelta»; ha probado los caracteres sin carácter, con todos sus retratos innecesarios, desde Barres, extraño en Toledo, hasta los Argentinos extraños en todas partes; retratos innecesarios porque no los necesitaba imprescindiblemente, como se necesitan las obras que uno lleva dentro; ha ido exaltando, progresiva e instintivamente, su sensibilidad con las figuras y los paisajes que se le levantaban sobre su tierra cuando abría el alma y cerraba los ojos; es decir, cuando veía con la clarividencia de sus sensaciones perennes; se encuentra en la plenitud de su dominación, de su exaltación y de su razonamiento, y entonces es cuando, como si esta debiera ser su obra única, encarna en la figura representativa del espíritu de su dinastía, todo el espíritu que siente palpitar en él como en el receptáculo elegido de toda su raza.

¿A qué preparaciones? Son inútiles cuando la obra se presenta con su vida plantada y definida sin variación posible. Daniel Zuloaga, como buen obrero del arte, ha trabajado todo el día, tostándose ante sus hornos, y buscando, con amores de místico sienés, los azules iguales al cielo más diáfano que entra por los ventanales de su taller iglesia y los ocres iguales a la tierra más seca de la Castilla que le rodea sin blandura y sin desfallecimiento. Sus hijos, las tres hembras y el varón robustos, han trabajado con él, para que no se extinguiera la llama sacra de la familia. Después de la jornada, el buen obrero se ha sentado, cogiendo en sus manos cansadas uno de los cacharros que mejor han llevado su alma a través del fuego. Y entonces, sencillamente, como quien hace una cosa decidida y realizada de antemano, Ignacio le ha pintado, con su blusa, su cacharro, su fuerza y su vida, encarnación de todo lo que le rodea y de todo lo que ha llegado hasta él. Nada más.

Yo creo que hablar de la técnica de las obras de arte es una vacuidad. Basta con hablar de su emoción. Si efectivamente esta emoción vibra, ¿no es que la técnica dijo lo que debía? ¿Acaso existe una técnica más perfecta que la que dice perfectamente una emoción? De todos los retratos de Zuloaga, el último, el de su tío Daniel, es el más emotivo, el más vibrante, el de la verdad más amplia y más estrecha; su técnica, libertada hasta poder decir exactamente lo que significa, es como debía ser. Y lo mismo da, para la verdad de la obra, que sea de manchas grandes o de toques menudos. Es, eso sí, espontánea incomparablemente, nacida de la obra misma: tan absoluta, que quizá un día, al decir «la España de nuestra época», se piense, antes que en ninguna otra, en la figura de D. Daniel Zuloaga, pintada por su sobrino Ignacio.

Margarita Nelken

Por excepción, publicamos esta vez la crónica de arte sin ilustración, pues, por apremios de tiempo, no nos ha sido posible reproducir para este número el retrato, tema de este artículo; y, por otra parte, no hemos querido demorar el comentario –primero que se hace en la prensa– de la última obra de nuestro más ilustre pintor.

[Reproducimos aquí el cuadro de Ignacio Zuloaga que no apareció en la edición original de este artículo]
 

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