Renovación Española, revista semanal ilustrada
Madrid, 12 de febrero de 1918
 
año I, número 3
páginas 1-2

Eugenio D'Ors

Las obras y los días
 

Crónica de la Ciudad de Dios

Esta es la crónica de la Ciudad de Dios, en que a ninguna Mente derecha es negada ciudadanía. Alzáronse las ciudades de los hombres, y levantaban una contra otra grande y turbio rumor. A la Ciudad de Dios llegan ciertamente las palabras que se dicen en la lucha; pero no llega el vocerío.

A puertas de la Ciudad de Dios encontraréis, en guisa de patronal figuración, una estatua. ¡Honor a Arquímedes que, absorto en sus geometrías, dejó que le atravesase, mientras su casa ardía, la espada de un soldado de Roma! No fue Arquímedes mal patriota, y de él se dijo que proporcionó, con la invención de los espejos ustorios, medios de quemar las galeras enemigas. Pero en verdad, lo que supremamente interesaba a Arquímedes en aquellos espejos era su calidad de maravillosos, y no sus servicios como siracusanos.

Combustibles, tristes combustibles, son galeras y casas; perecederos imperios y repúblicas. Pasan y se olvidan guerras y paces. Amistad, flor de un día; odio, fuego de virutas. Sólo es grande la Inteligencia.

Como de la Iglesia se dice, también hay para la Inteligencia tres estados. Hay la Inteligencia militante, la Inteligencia paciente, la Inteligencia triunfante. Vivimos hoy momentos de Inteligencia paciente. Jamás en la historia de la cultura europea ha padecido como ahora, si no es en las cercanías del año 1000.

Mayor deber, por tanto, de fidelidad y de heroísmo en sus servidores. De heroísmo, sí. Que no es únicamente heroico el soldado que da su sangre en la trinchera. Si no aquel otro que sabe afirmar imperturbablemente su confianza en las luces, cabe una lámpara que la carestía dejó en claridad fementida y vacilante, y mantener el calor de un corazón universalmente generoso, al lado de una chimenea, que bosteza su álgida orfandad de carbón.

Madame de Stael

No únicamente se erigen grandes estatuas en la Ciudad de Dios. Bustos graciosos decoran también los discretos jardines.

He leído el volumen que Pedro Kohler, de Lausanne, dedica a Madame de Stael. Un homenaje a la gran dilettante que enriqueció la literatura francesa con el panegírico de Alemania, sería hoy prematuro. Contentémonos con tales estudios y con su escondido poder de reparación.

En el Museo de Versalles hay el retrato de Mme. de Stael por Mlle. Godefroy. Sin la garganta poderosa –que da toda clase de garantías en otro sentido–, la figura podría pasar, en rigor, por un Goethe. Por un Goethe que, en alusión a sus lecturas gozosas del «Diván», hubiese tenido el capricho de tocarse con un pomposísimo turbante persa.

Jamás, cuando visito aquel Museo, escapo a la aprensión de que la escritora está allí pensando en Goethe y reproduciendo inconscientemente alguna de las actitudes del poeta, y sobre todo, uno de sus visajes. Aquel, por ejemplo, que nos ha conservado, con más años encima, la famosa imagen de Stieler.

«El entusiasmo es la cualidad verdaderamente distintiva de Alemania.» En estas palabras resumía Mme. de Stael, según auténtica indicación, todo su libro. Seguramente también hubiera podido resumir, con las mismas palabras, la propia vida. ¿Ese entusiasmo le engañó alguna vez? No podrán quejarse de ello, en todo caso, ni el país que cálidamente admiraba ni aquel otro, dotado, por obra de tal admiración, de un libro que es un pequeño monumento de libertad intelectual y de generosidad comprensiva.

La vida es sueño

Mme. de Stael era una Weltbürgerin. Arturo Farinelli es hoy un Weltbürger, un ciudadano del mundo. Tenía ella sangre ginebrina. El ha nacido junto a los lagos ticinos.

Cuando Júpiter robó a Europa parece que, como un vulgar adúltero turista, la instaló por allí. Así fundóse allí una estirpe de grandes almas europeas.

¡Qué manifiesto el que Arturo Farinelli lanzó al mundo [2] erudito en 1913, proyectando en el más ardiente sentido de la internacionalidad, su nueva colección de literaturas modernas! Pero la flor de sus amores siempre fue y será para España.

España ha sido ingrata con él. A los dos admirables volúmenes de La vita e un sogno –el más sabio, el más hondo, el más apasionado y apasionante comentario a Calderón que jamás se haya escrito–, ha respondido aquí el silencio. Algún erudito tal vez... Pero este libro debía haber interesado más que a nadie a los teólogos.

«Car c'este vraiment, Seigneur, le meilleur témoignage
Que nous puissions donner de notre dignité
Que cet ardent sanglot qui roule d'agé en age
Et vient mourir au bord de votre éternité.»

Así cantaba Baudelaire, sobre la desesperación oculta tras la fastuosa sensualidad de los pintores-faros. Farinelli ha recogido otro sollozo que también rueda como una ola a través de los siglos. Y también en su voz profunda trae testimonio de la dignidad del hombre y de la Eternidad de Dios.

¿Hay teólogos en España?

Un filósofo madrileño

Filósofo nace aún alguno. Suele marcharse.

Jorge Santayana nació en Madrid. Ahora profesa en la Universidad Harvard. No era muy conocido. El Baldwin cita nada más de él el título de algún trabajo. El Eisler dice: «Aunque procedente del pragmatismo, es realista.»

Ahora ha publicado un panflet contra la filosofía de los alemanes. Esto le ha hecho celebrado en Inglaterra, traducido en Francia. ¡Triste!

Más que un panflet es «Egotism in German Philosophy» un álbum de caricaturas. Su aspecto satírico viene de acusar, en las mentes germánicas, los rasgos del subjetivismo individual... Otras caricaturas, no menos sofísticas, habían venido antes con la atribución contraria: la de un realismo excesivo. Según estas últimas, colectividad y naturaleza anulan, en el pensamiento germánico, cualquier libre individualidad; según el filósofo madrileño es, al revés, la individualidad caprichosa, la que priva de cualquier derecho y consideración a la colectividad y a la naturaleza.

¡Bah! Un libro así antes de la guerra hubiera sido juzgado como una ocurrencia más o menos ingeniosa. Ahora es traducido, examinado, prologado por Boutroux, puesto por las nubes. Bien es verdad que al lado de algún hermano suyo, el panflet de Pedro Duhem, por ejemplo, resulta aún el de Santayana un prodigio de lógica y delicadeza.

Gobierno de la Ciudad de Dios

En la ciudad de Dios el cargo público más importante es hoy el ministerio de la Memoria.

Vendrá la paz entre las ciudades de los hombres. Entonces el cargo público más importante en la ciudad de Dios será el ministerio del Olvido.

Xenius

———

Barcelona, 31 Enero 1918.

Señor director de RENOVACIÓN ESPAÑOLA.

Mi distinguido amigo:

He visto que en algún prospecto de su nueva publicación figuraba mi nombre entre los muy estimados de los redactores de la misma. Creo preferible y más fiel al sentido de la invitación con que usted me honró, que sea aquél incluido en el cuadro de colaboración.

Hay en esto un matiz que subraya la condición de libertad de opiniones que ha sido la base de nuestro acuerdo. Pareciéndome muy respetables y elevadas las que ustedes enuncian en aquel prospecto, no podría yo compartirlas todas. Empiezan ustedes por decir: «España sobre todas las cosas», y a mí me parece que, por encima de España y de cualquier patria, están todavía ciertos altos intereses ideales, como la Justicia o la Belleza.

Le agradeceré haga constar este punto de vista, que no llega a tener la importancia de una rectificación.

Le estrecha la mano,

Eugenio D'Ors
 

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